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LYSS

Desde una ventana del tercer piso, el rostro de Lys se mantenía inexpresivo, observando cómo DeBlanckfort parecía estar interesado por demás en esa criatura terrestre. Mentón en alto y espalda recta. Elysabeth mantenía el porte mientras que DeBlanckfort olvidaba cada norma.

—¿Hace cuánto dices que ha estado aquí? —preguntó.

Nicodème, de manos temblorosas, ajustó las gafas de montura negra y se aproximó un paso, quedando por detrás de ella, como dictaba el protocolo real.

—De-Ràzes se apareció con ella hace un mes.

—El dracum divisó a la chica caminando codo a codo con DeBlanckfort y torció el gesto—.

En un principio, su alteza actuó acorde a nuestros valores.

Luego la chica ayudó a capturar a un asesino minoritario.

Desde allí, todo ha ido cuesta abajo. Ya no sé cómo pedirle que la regrese a su casa.

—¿Pedirle? —Lys entornó los ojos sin dejar de analizar cómo DeBlanckfort hablaba con la terrestre en lugar de ponerla en su sitio: varios pasos por detrás de él, a un metro de distancia—.

Tú no tienes que pedirle nada. Un rey sabe que la corona no permite semejantes ultrajes.

Un rey de verdad la habría puesto en un avión ni bien la hubiera divisado.

Nicodème asintió con brío.

—Lo sé… Bueno, lo sabemos: su santidad Benôit ha buscado razonar con el protestantismo, pero ellos creen que es una gran oportunidad para demostrar que es posible la convivencia entre ambos mundos.

Si puedo dar mi humilde opinión, alteza, la prioridad del priorato es la corona.

Quieren ratificar sus principios. No en vano…

—Nicodème selló sus labios. Lo que estaba a punto de decir era inapropiado.

No obstante, la heredera comprendió el punto:

—No en vano mis padres cometieron el error de fiarse de ellos —complementó al mirarlo por el rabillo del ojo—. Lo sé. Y estoy de acuerdo: el priorato no debería acaudalar tanto poder cuando los sangbìbiers no son su prioridad. Va siendo hora que se desprendan de él.

Nicodème levantó las cejas. Si se permitía ser honesto, había temido que la heredera resultase tan imprudente como los previos Boge.

Resultaba gratificante hallar una mente racional a cambio.

Y un alivio; estaba convencido de que el luxirianismo ortodoxo nunca osaría arrojar a los reyes al fuego, como sí lo habían hecho los protestantes en su afán de unir mundos destinados a permanecer en guerra.

—Me parece lo más lógico, alteza —murmuró—. Aprecio a su alteza, el príncipe Devon, pero él… Me temo que lo perdimos desde aquel trágico día, cuando decidió defenderla frente a todos en el tribunal.

—Que hizo, ¿qué? —Por primera vez, Lys giró el rostro.

Nicodème retorció el hábito blanco entre sus dedos.

—Fue trágico —rememoró—. La chica iba a ser enjuiciada por robo de información. No contaba con abogado, por lo que el príncipe decidió abogar a su favor mientras que vuestro tío, Herald, defendía al DII. Un día que preferiría olvidar. Ni siquiera lo frenó el caso Sauer.

Lys se volteó por completo. Odoric nunca había mencionado nada de eso durante su estadía en Irlanda.

Sabía que los monjes no querían aturdirla con información, pero lo que el dracum relataba era de altísima gravedad, y lo que resultaba peor: todos en ese edificio habían consentido con absoluta normalidad las múltiples faltas de respeto hacia la familia real. Inconcebible.

—¿Qué es el caso Sauer? —preguntó entonces.

Nicodème dudó.

—Pues… No soy experto en investigación criminal, alteza, quizá no sea la mejor fuente, pero asistí al juicio.

Puedo asegurarle que no entiendo cómo es que un caso tan importante se redujo a cenizas.

Un agente del DII halló documentos que vinculaban a Agnes De-Ràzes y a Nínive Bryce con los Minoritarios.

El duque Herald presentó las pruebas, pero no pasó ni una semana antes de que todos se retractaran, como si el asesinato ritualista del agente no fuera indicio suficiente de que algo iba mal.

Lo menos que merece vuestra familia, en mi opinión, es atrapar a los culpables y llevarlos frente a la justicia.

Lys regresó la mirada a los jardines.

DeBlanckfort y su mascota ya no se veían.

Solo quedaban los largos predios de césped interrumpidos por algún árbol que otro y los rosedales.

Su corazón se endurecía conforme transcurrían los segundos.

Allí estaba ella, la única cien por ciento, la princesa heredera, atestiguando cómo su futuro esposo se paseaba en público con la misma especie que se había encargado de perseguirlos y destruirlos para mantener vivas sus instituciones eclesiásticas y el poder incrustado en ellas.

Su expresión se ensombreció.

—¿Nicodème?

—Sí, alteza.

—Me gustaría que te dirijas a la oficina del prior y solicites una sesión extraordinaria.

—Por supuesto. Nosotros la programaríamos sin cuestionamientos, pero ellos exigirán conocer los motivos pertinentes.

Lys soltó un suspiro disimulado.

—En ese caso, diles que quiero ejercer mis derechos. Acceso total al DII, como lo tiene DeBlanckfort, y desclasificar cualquier información sobre el Ataque 97.

—Es… ¿Se trata de los Minoritarios, alteza?

—Los Minoritarios ya están condenados, Nicodème.

—Una imperceptible sonrisa se trazó en sus labios color durazno—.

Sin embargo, una persona de confianza no hizo su trabajo como mano derecha aquel día, y quiero que sea enjuiciado como corresponde —insinuó con los ojos fijos en el muro, preguntándose lo mismo que se había cuestionado desde pequeña: ¿qué habría ocurrido si Huges DeBlanckfort no hubiera huido aquel once de noviembre?

Era tarde para saberlo, pero temprano para prevenir que su hijo se convirtiera en lo mismo que su padre: un traidor.

Algunas historias estaban condenadas a repetirse una y otra vez.

La suya no sería una de ellas. Sin importar las medidas que tuviera que tomar, no dejaría que una terrestre o un príncipe cegado por sus emociones destruyeran el trono.

El caso Sauer podía encarcelar a Bryce. El Ataque del 97 a lo mejor conseguía reducir el poder de Devon, tal y como había sucedido en el Siglo de las Luces con el loco de Ludovic II y su esposa.