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KINA
Kina volvió a recorrer el ala sur para matar el tiempo. Nunca en la vida se imaginó que se encontraría contando los minutos para salir de una biblioteca. Sin embargo, su turno terminaba dentro de una hora y el lugar estaba vacío a causa del enorme revuelo que había generado la heredera.
«La heredera».
«Le ha roto el corazón», pensó.
Sabía muy bien cómo debía estar sintiéndose; recordaba el sentimiento de desolación que se había apoderado de su pecho aquella mañana de otoño, cuando había visto a Jeff y a Leslie.
Fue como si le hubieran arrancado todas sus fuerzas y esperanzas de un tirón, como si no hubiera motivos para seguir.
Si bien Nínive no solía expresar sus emociones, eso no implicaba que careciera de ellas.
Sangbìbiers y terrestres poseían corazones. Corazones proclives a sufrir daños.
«Quizás aquí haya algo a modo de distracción».
Se le ocurrió echar un vistazo a los altos estantes que la rodeaban.
Después de todo, los sangbìbiers eran especialistas en biología gracias a la minuciosa búsqueda de sus orígenes.
Podría haber algún libro que hablase sobre los avances en materia de enfermedades terrestres, o estudios sobre la terapia genética que pudieran ser de ayuda.
Kina regresó al mostrador. Estiró el cuello para asegurarse de que nadie estaba a punto de entrar a la biblioteca y cogió el juego de llaves que Margoux le había conferido para casos excepcionales, como la visita de un miembro de la realeza o del consejo, los únicos con acceso a la Sección Censurada.
El área restringida contaba con todos los ejemplares que Adort-Boge I había prohibido en medio de sus ataques de histeria.
Habían sido tantos que por eso la biblioteca acaparaba más de la mitad del segundo piso.
Una biblioteca que le debía su nombre al rey y sus locuras.
Los libros censurados de Adort-Boge no eran los únicos: allí también descansaban aquellos libros que hablaban sobre el mundo terrestre, así como numerosas investigaciones científicas que ambos mundos habían realizado en conjunto.
Estaba prohibido para el alumnado acceder a ellos, pero Nínive no era una estudiante, y Kina no pensaba robar el libro ni nada; a lo sumo tomaría notas o haría una copia, la cual le pediría ocultar a Nínive.
Su intención era hallar algo lo suficientemente interesante como para hacerla olvidarse del motivo por el cual la abadía lucía tan revolucionada como el primer día de clases.
Con cierto temor, cruzó el último pasillo a la derecha.
Quedó frente a un mapa gigante del reino, cuyas líneas fronterizas eran más anchas que las fronteras terrestres, y las ciudades prohibidas —ciudades cuya densidad terrestre era tan alta que se sugería no visitarlas— estaban marcadas con rosas rojas.
Si bien París era una de ellas, Kina siempre había soñado con instalarse allí después de graduarse.
Lo más difícil era el acceso a las dosis, pero podía apañárselas, como lo habían hecho sus padres.
Sabía que Jeff estaría más que complacido con la idea dado que la sede principal del DII estaba ubicada allí, pero aún no habían hablado sobre un futuro juntos, y ella no tenía idea de cómo ni cuándo las parejas tenían esa clase de conversaciones.
Enrolló el mapa cual papiro enorme y dejó al descubierto la pequeña puerta que se camuflaba entre los ornamentos de la madera labrada.
Rememorando lo que le había enseñado Margoux, cogió uno de los múltiples ornamentos, jaló de él hacia atrás, luego al costado e insertó la llave en una pequeña cerradura.
La puerta de apenas un metro de altura chirrió al abrirse. Por temor a las telas de araña que había visto en el recorrido ofrecido por la bibliotecaria, cogió con premura una pequeña farola que Margoux utilizaba para guiarse a través del estrecho pasillo que terminaba en una segunda puerta.
Con manos temblorosas, insertó la segunda llave. Una rendija de luz ambarina iluminó el viejo pasaje. Kina entró en el depósito repleto de clásicas estanterías idénticas a las de la biblioteca. El espacio era reducido, no tenía ventanas y olía a encierro, moho y libros antiguos.
Por miedo a que algún estudiante tocase la pequeña campana del mostrador, se apresuró a deslizar la escalera con ruedecillas a lo largo del primer estante. No obstante, esta se llevó puesto un libro mal colocado y lo arrojó al suelo, provocando un estruendo que hizo encoger a Kina.
—Por los santos Dioses —susurró con los brazos por encima de la cabeza y un ojo abierto, reponiéndose del susto.
Bajó de las escaleras y recogió el libro cuyo título había quedado expuesto: «Linajes perdidos: siglo XX». Consumida por la intriga, lo volteó y aplanó sus páginas maltratadas. Sin embargo, quedó de piedra al divisar a Nínive en una de las ilustraciones.
Como eso era imposible, aguzó la mirada.
Leyó el pie de la fotografía, el cual profesaba: «Ana I en la 56ª Gala Dorada».
Allí aparecía la última reina de Sangbièrre, luciendo un vestido granate que resaltaba tanto su cabello color ébano como sus labios rojos, rasgos idénticos a los que había visto en alguien más.
Y no solo eso: su rostro, su complexión, la altura…
Era como ver a una doble de Nínive, pero sin esas ojeras violáceas y con un vestido de lo más formal.
—¿Qué es esto? —se preguntó ensimismada, pasando las páginas del libro que relataba los trágicos sucesos del siglo anterior.
Había más fotos de la reina, una reina que pocos sangbìbiers recordaban porque Adort-Boge había prohibido mostrar imágenes de los reyes difuntos por temor a que los Minoritarios buscasen personas similares a ellos para tenderles una trampa.
Pese a que el nombre que figuraba en las páginas añejas era el de la reina, Kina no podía dejar de confundirla con Nínive.
El peor de los presentimientos se arremolinó en su estómago al recordar la determinación en los ojos del príncipe cuando Jeff le advirtió no traicionarla.
Como una bola de nieve, un montón de recuerdos asaltaron su mente.
La búsqueda de las investigaciones científicas pasó a un segundo plano.
Kina salió del depósito con el libro bajo la axila.
Cerró ambas puertas con llave, regresó a su puesto y, ni bien el reloj dictó la una de la tarde, corrió escaleras abajo hacia su dormitorio.
«No lo has robado, lo devolverás enseguida —se dijo a sí misma para limpiar el cargo de consciencia—.
Lo haces por el bien del reino». En realidad, no tenía idea de si estaba siendo racional o si se había vuelto tan paranoica como Jeff.
Al menos quería que él lo hojeara para ratificar que ella no era la única que veía demasiadas similitudes y muchas incógnitas.
—¡Kina querida, suerte que te…! ¡Ay!
Kina tiró del brazo de Jeff en el Pabellón de Lyon.
—¡Oye, ¿qué sucede?!
No dijo ni una palabra hasta que abrió la puerta de su cuarto, arrojó a Jeff adentro y cerró con llave. Estaba dispuesta a darse la vuelta, pero se congeló al sentir a Jeff detrás suyo:
—¿Es esta tu forma de decirme que me has echado de menos, D'Agout? —murmuró cerca de su oído, deslizando sus manos alrededor de su cintura hasta que quedó apresada en sus brazos.
Por un momento se olvidó del motivo por el cual había arrastrado a Jeff a su habitación. Entonces recordó el libro, las fotografías, e hizo acopio de toda su voluntad para tornarse hacia él sin sucumbir ante la tentación de atraer sus labios hacia los suyos.
—Es importante, Jeff.
Él frunció el ceño en cuanto detectó la preocupación que curtía sus ojos.
—¿Qué sucedió? ¿Te sientes bien? ¿Alguien te molestó? Si aún no saben que meterse contigo es mala idea, juro que… —Jeff se detuvo al sentir que Kina depositaba una mano en su pecho.
—No es nada de eso, tranquilo.
—Oh. ¿Qué ocurre entonces?
Kina suspiró. No sabía cómo decirlo ni por dónde comenzar. Abrió su morral rosado y sacó de allí lo que tanto la hacía sentir como una criminal.
—Por favor, prométeme que no se lo dirás a nadie. Ni siquiera a AJ. Nadie puede enterarse.
Jeff alternó la mirada entre Kina y el libro.
Vaciló, pero se inclinó hacia ella, capturó sus mejillas entre sus manos y depositó un beso que consiguió despejar cualquier duda.
Igual que siempre, su corazón estalló de la alegría al recibir los labios de Jeff entre los suyos.
El cosquilleo que provocaban sus dedos en su cabello logró que se olvidara del mundo por un momento.
Solo existían ellos dos. Hasta que el beso se terminó.
Al abrir sus ojos, Kina se encontró con los ojos verdes de él, más oscuros que nunca.
—Que quede muy claro, pequeño lirio: tus secretos están a salvo conmigo.
La solemnidad con la que había pronunciado sus palabras le brindó a Kina una oleada de alivio. El miedo se esfumó. Algo tan malo como haber roto las reglas llegó a sentirse casi como si estuviera haciendo lo correcto. Con mayor coraje, abrió el libro que había quedado entre ambos.
—Es la reina Ana —explicó al ver la cara perpleja de Jeff—. Sé que no está permitido leer los libros prohibidos, pero este se cayó de su estante y, cuando lo volteé para alisar sus páginas…, ¿Soy yo o la reina es parecida a Nínive?
—¿Parecida? —Jeff cogió el ejemplar—. Parecidas mi madre y mi tía, ¡estas son idénticas! ¿Es de la Sección Censurada? ¿Te dejan acceder a ella?
—Bajo ciertas circunstancias —advirtió—.
Yo… Lo que hice está mal, pero… El parecido es innegable.
¿No crees que, quizás, existe una explicación de por qué el priorato permitió el acceso de Nínive a la universidad?
Jamás habían aceptado terrestres. Por no mencionar el extraño comportamiento del príncipe cuando tú le hablaste sobre ella.
Jeff soltó una risita.