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—Phillipe lleva años en esto, es su principal ventaja.
No eres menos lista. Dispones de menos información.
Información que podemos conseguir. Olvida la apuesta, ¿quieres?
DeBlanckfort, Devon… Llámame como quieras, pero no me abandones.
—Sus pulgares acariciaron sus mejillas—.
Eres la única aliada que tengo —murmuró—. No me dejes.
Nínive respiró entrecortado. Si su corazón no estuviera en juego, todo sería más fácil.
Quedarse y ver a DeBlanckfort casarse con su afín equivalía a apuñalarse a sí misma con la esperanza de no sentir dolor.
Ya no podía negarlo: la chica era el motivo de su huida.
La chica y los sentimientos que había desarrollado sin querer.
En momentos así, cuando lo tenía tan cerca, sus manos escocían y la incitaban a hacer lo mismo.
Quería tocarlo, averiguar cómo se sentía al tacto su mejilla, pero el rincón más venenoso de su mente sugería abstenerse de todo problema extra.
—Yo… —Nínive se apartó y sorbió su nariz—. Creo que ella hará un mejor trabajo.
—No es de ayuda si Adort-Boge ni siquiera la reconoce como nieta. Él es el único que conoce el contenido del Rex Rexum. Él y su hijo tenían una lista reducida de sospechosos, pero no hablará hasta que tú vayas conmigo.
—Eso es porque el viejo no toma su medicación —replicó. Los análisis del laboratorio habían arrojado que el demente solo consumía azúcar y colorantes—. Dadle un fármaco decente y veréis milagros.
—O perderemos la lista al dejarlo totalmente sedado —porfió Devon. Ella rodó los ojos—. Te propongo algo: un último trato. Tú me ayudas con la lista del Rex Rexum y yo le pediré a Wagner que levante el código rojo de inmediato, así De-Ràzes y tú continuáis con la investigación.
Nínive alzó la mirada.
—¿Qué?
DeBlanckfort se cubrió el ojo derecho.
—Te doy mi palabra.
Nínive ladeó la cabeza.
—¿Así prestáis juramento?
DeBlanckfort asintió.
—Es una vieja costumbre; se solía arrancar el ojo derecho de un traidor. Los ojos son lo más importante para los sangbìbiers creyentes. Así sabíamos que no se podía confiar en ese individuo. Cuando juramos, lo hacemos por nuestros propios ojos.
—Ya veo. —Nínive quedó ensimismada—. Entonces, si yo te ayudo a conseguir esa lista, ¿tendré el camino libre para trabajar con De-Ràzes?
—Eso, o podrás arrancarme un ojo.
Nínive hizo una mueca de asco.
—Sí… Más te vale cumplir con tu parte.
Vio alrededor, preguntándose por qué diablos se hallaba aceptando semejante trato, pero lo sabía; posponía la agonía a cambio de un último baile con quien en un principio había jurado odiar.
Su mirada se estancó en la abadía. Podía estar errado en muchas cosas, pero Devon no se equivocaba al afirmar algo: le importaba.
Que él, Kina o Jeff resultasen heridos, le importaba, y mucho.
Tanto que rozaba el pánico, puesto que, por primera vez, tenía amigos que podía perder.
Y como si fuera poco, también tenía esa oportunidad por la cual había esperado toda una vida: hallar la condenada cura.
Solo restaba hacer de tripas corazón y arrancarse lo que sentía por DeBlanckfort, a quien miró a los ojos ni bien la decisión estuvo tomada:
—Consigues la lista y cada uno vuelve a sus tareas.
DeBlanckfort se la quedó viendo.
—Sé más precisa.
Nínive resopló.
—Una vez tengas la lista, podrás capturar a Phillipe. Ya no me necesitarás.
—Eso no es cierto.
Nínive bajó la mirada. «No te confundas», pensó, recordando una por una la lista de personas que la habían engañado en Maine. Formó una línea con los labios, volvió a ver a DeBlanckfort y extendió su mano para cerrar el trato.
—La lista a cambio de levantar el código.
DeBlanckfort la contempló con desconfianza. A Nínive no le sorprendió. Sin embargo, sí que le sorprendió, y mucho, la sensación que recorrió su brazo cuando él estrechó su mano y tiró de ella para acercarla a él.
—Trato hecho.
Ambos asintieron con la cabeza. Ninguno apartó la mirada, o las manos, las cuales seguían entrelazadas en medio del silencio. Nínive fue la primera en romper el contacto al aclarar su garganta.
—Así que, ¿cuántas reglas estás dispuesto a romper con tal de obtener la lista?
—Conoces muy bien mi respuesta…
—Sí, pero necesito que lo digas para saber que te quedará en la consciencia en caso de no cumplir con tu parte del trato.
Los ojos de DeBlanckfort resplandecieron.
Nínive tensó su cuerpo cuando él trazó media sonrisa y se inclinó.
No quedaban más pasos para dar cuando sujetó su cintura y la adhirió a él, dejando su cuerpo contra su pecho.
El corazón se dio de lleno contra sus costillas, confundido y delirando de la emoción.
DeBlanckfort siempre invadía su espacio personal, pero era la primera vez que sus cuerpos acaban tan juntos. Era la primera vez que ella se sentía al borde de un colapso, con su boca a punto de tocar la del heredero.
—Todas —murmuró prácticamente sobre sus labios. Incluso juraría que los había rozado sin querer—. Ya no sé cómo decirte que por ti rompo todas las malditas reglas —añadió al acariciar su nariz, justo antes de depositar un beso en su mejilla, demasiado cerca de su boca.
Nínive quedó petrificada.
«Maldito seas», masculló por dentro, preguntándose cómo diablos haría para pasar página y dejar de pensar en él después de que sus tripas se retorcieran de la agonía causada con un simple contacto.