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NÍNIVE

Debía haber alguna salida. Una grieta, un árbol torcido, un par de rocas sobresalientes para escalar…

Algo que la catapultase a cruzar el muro.

Luego se ocultaría. Aprovecharía que era invisible y esperaría detrás de un arbusto.

Dejaría huellas falsas para ganar tiempo.

Borrar su rastro sería pan comido. El desafío era buscar una autopista.

Tenía que haber alguna. Sin embargo, salir de la abadía se estaba convirtiendo en una pesadilla por culpa del maldito código rojo.

Un código que también le impedía avanzar en la investigación del SCD.

Si no iba a estudiar la cura para su caso, ¿qué sentido tenía quedarse?

No era estúpida; los códigos y la seguridad aumentarían con la chica nueva.

Todos estarían más paranoicos de lo normal, y no pensaba quedarse de brazos cruzados mientras los estudiantes la arrojaban de nuevo a un armario o DeBlanckfort la acusaba de «amenaza» por saltearse los protocolos de seguridad.

Exhaló con brusquedad y elevó la mirada hacia el muro.

«Son como diez metros», calculó. No había forma de que escalara diez metros. Tornó la mirada hacia el portón, donde los oficiales del DII le habían denegado su derecho a irse. Era el colmo: al principio se peleaban por echarla y ahora se desesperaban por retenerla. «¿Quién los entiende?».

Sin mayores ideas, se arrodilló sobre el césped, aunque un segundo después se reacomodó para no obstruir su circulación.

Sacó una botella de jugo de naranja y bebió un sorbo.

Quedó absorta, realizando un inventario de los materiales a mano.

Estaba más que claro que la única forma de salir de ese loquero era mediante el portón.

Lo único que necesitaba era una buena distracción, algo que sacudiera a los oficiales del DII.

O que los cegase por un momento. O quizá…

Todo metal podía corroerse de una forma u otra.

Si conseguía deshacerse de esos antiguos goznes y el amplio portón de tres metros caía como un tronco…

Nínive vio de reojo el maletín repleto de muestras corrosivas. Formó un mohín.

—Ellos se lo buscaron.

Abrió el maletín, decidida a desatar el caos que la carcomía por dentro, pero oyó un par de pisadas y se enderezó de inmediato.

Alguien se acercaba.

Se puso de pie, lista para salir corriendo. Quizá Wagner había enviado agentes para detenerla. A esa altura, nada le sorprendía. Sin embargo, ni loca pasaba el resto de sus días en medio de interrogatorios y juicios.

Miró a su alrededor en busca del escondite más próximo. Lo único a su alcance era un pequeño arbusto. Se enfiló hacia él sin pensarlo, pero de nada sirvió:

—¿Dando un paseo por el muro? —la voz de DeBlanckfort la detuvo en seco.

Nínive formó dos puños. «Te odio», pensó antes de darse la vuelta y esbozar una sonrisa de lo más falsa.

—¡Qué va! Buscaba la manera más fácil de ingresar a un par de terroristas al campus. ¿Me exiliaríais por ello? Supongo que no necesitáis demasiadas pruebas para creerme, ¿o sí?

DeBlanckfort entornó los ojos.

¿Qué se pasaba por esos ojos más nublados que los cielos de Maine? No sabría decirlo. La contempló en silencio, y Nínive vio hacia otra parte. No podía sostenerle la mirada. No después de ser testigo de la escena en el balcón.

Se aborrecía a sí misma por haber caído tan bajo.

La verdad era que el hallazgo de la heredera no le había sentado tan bien como hubo creído.

Todo porque se había involucrado sentimentalmente con alguien que la veía como una valiosa herramienta.

Herramienta de la cual prescindía ahora que tenía a una cien por ciento capaz de derrotar a Phillipe.

—Wagner dice que has intentado huir —dijo DeBlanckfort.

—Huir es una palabra muy fuerte —Nínive merodeó sin rumbo conforme examinaba el muro—.

Quería ahorrarme tiempo y regresar a mi mundo.

Allí podré investigar, no como aquí, donde surge un código rojo a cada segundo.

—Se agachó para recoger una grava y la arrojó.

Ni siquiera llegó a la mitad. Resopló; no había forma de arrojar su equipaje ni por asomo.

Entonces miró a DeBlanckfort—. ¿No puedes pedirle a Wagner un permiso, visa o lo que sea?

He ayudado varias veces. La estúpida insignia que me diste debería venir con alguna clase de beneficio.

DeBlanckfort no respondió. La contemplaba en silencio, haciéndola sentir como una rata de laboratorio en medio de ensayos clínicos.

—No podéis retenerme contra mi voluntad.

No tenéis ningún derecho a fingir mi muerte y tampoco tenéis derecho a decidir por mí.

Quiero mi vida de regreso —exigió—. No era la terrestre más feliz del planeta, pero te juro que todo era mucho mejor antes de conoceros.

No me importa si para ello debo volar el lugar entero; si no me dejáis salir de aquí, los Minoritarios serán el menor de tus problemas, DeBlanckfort. No soy un juguete.

—Nunca afirmé tal cosa.

—Entonces dile a Wagner que abra el maldito portón.

—No.

—¿Disculpa? —Nínive alzó sus cejas—. ¿Crees que no hablo en serio?

El heredero se cruzó de brazos.

—Al contrario: creo que encontrarías una ingeniosa manera de huir.

Estoy convencido de que serías capaz de dormirnos a todos o explotar el muro con tal de salirte con la tuya.

Sin embargo, no pienso permitir que cruces la frontera hasta que me digas por qué.

De-Ràzes y tú investigáis una cura. Creía que esa era tu prioridad. ¿Por qué irte?

—¡Nunca llegaré a nada por culpa de Wagner y los códigos!

—Es momentáneo. Hasta que terminemos de investigar.

—¡¿Investigar qué?! —Nínive indicó la abadía a lo lejos—. ¡Ya tienes lo que tanto querías! Hallaste a la heredera. Ella se encargará de aniquilar a Phillipe. Mientras tanto, yo pierdo tiempo esperando a que vosotros terminéis vuestra guerra para hacer un puto análisis.

—Creía que querías atrapar a quien quiso asesinarte —sugirió con una ceja en alto.

Nínive comprimió los labios. Sí, eso había querido, pero cada pista parecía arrojarlos a un callejón sin salida. Empezaba a sentirse como una ilusa dando vueltas en círculos. Se encogió de hombros, indispuesta a confesar esa horrenda y ajena sensación de inseguridad que la invadía.

—Las prioridades cambian. Tú mismo lo dijiste —le lanzó una mirada furibunda—. Se supone que los de mayor porcentaje son listos. Hay una cien por ciento, haced uso de ella. De seguro que consigue desenmarañar el asunto.

Nínive se colgó el morral al hombro. Estaba dispuesta a irse con tal de alejarse de DeBlanckfort y esa odiosa capacidad que tenía para incomodarla.

En su dormitorio podría diseñar un plan.

Averiguaría el horario del cambio de guardia y prepararía una sustancia que devorase el hierro del portón en segundos.

Dio un paso, pero DeBlanckfort la detuvo:

—¿Qué hay de la apuesta?

«Descarado». A Nínive se le escapó una risilla sardónica. Tiró la cabeza hacia atrás, dado que por un momento se había olvidado del otro motivo por el cual deseaba irse y no volver a pisar Europa.

—¿A eso le llamas apostar? LeBlanc fue a buscarme hoy.

Me dijo que no podía asistir al laboratorio porque debía reparar la «copia» del Verum Illustratum.

Una copia. Una. Maldita. Copia. Una copia de la cual tú sabías y no fuiste capaz de decirme nada.

¡Sabías que me jugaba el pellejo y ni siquiera me lo mencionaste!

¿Te parece divertido, DeBlanckfort? ¿Te gusta jugar con la «terrestre de De-Ràzes»?

—Niv…

—¡No! —Nínive apretó los dientes para no llorar al escuchar el apodo. «En lo que te has convertido», se reprochó por dentro.

Irreconocible, así se sentía. Como toda una estúpida incapaz de controlar sus emociones. Antes no era así. Antes las emociones no obnubilaban su juicio. Otro motivo por el cual ansiaba tomar el primer avión directo a Maine.

—Ya no quiero ser parte de este manicomio —admitió—.

¿Te preocupa la apuesta? Pues, felicidades: has ganado, Devon.

¿Qué más quieres? ¿Jactarte de cómo sois la especie más lista?

Ve y hazlo. No me importa. Al fin y al cabo, Agnes tenía razón: solo usáis a las personas a vuestro convenir.

Yo acepté ser parte de la investigación porque era la única forma de terminar la mía.

Pero ahora, con esta chica nueva… No es posible.

Todo será un eterno código rojo y no pienso quedarme para verlo.

Nínive se echó a andar. Sus zapatos crujieron sobre la grava, su cabello fue azotado por el viento. Cual espectro del pasado, de nuevo la alcanzó la voz de DeBlanckfort:

—¿Segura? —Oía sus pasos pisándole los talones, pero no se dio vuelta.

Tampoco lo vio a la cara cuando él se adelantó y se interpuso en su camino—.

¿Estás segura de que no huyes por otro motivo, un motivo que no tiene nada que ver con el código?

Los códigos no te impedían investigar a mi lado unas semanas atrás.

¿Quieres una apuesta justa? Mírame a los ojos y dime que te marchas por el código rojo.

Yo mismo ordenaré que abran las puertas.

Pero me cuesta creer que dejarás a tus amigos a merced de unos asesinos cuando más te necesitan…

—¡Ellos no me necesitan! —Las lágrimas asomaron al borde de sus ojos—. ¡Nadie me necesita! ¿No lo entiendes? No pude. Traté de robar las profecías y fracasé. Traté de adelantarme a los infiltrados y fallé… —Meneó su cabeza—. El sujeto es más listo de lo que pensé.

—Eso no es cierto.

DeBlanckfort tuvo la osadía de acunar su rostro entre sus manos, haciendo que Nínive lo mirara. Una vez más, relucientes trocitos de litio conseguían dejarla sin habla.