1
DEVON
—¿Qué te hace creer que tú eres el Príncipe Maldito?
Devon permaneció callado. Estudió la sonrisa que asomaba bajo el bigote de manillar de Adort.
Durante el último mes se había convencido de que era la figura despótica que describían los Septem Sacris.
Incluso había llegado a verse como un traidor al desarrollar sentimientos por Nínive.
Si ella no emitía esencia, sería considerada terrestre de por vida y él se convertiría en un hereje por amarla más que a Elysabeth.
Pero su círculo estaba cerrado y Nínive era la causa.
Se había hecho a la idea de que pasaría a la historia como el «gran traidor» que prefirió a una terrestre antes que a una noble de cuna.
Adort-Boge, por su parte, se reclinó contra el respaldo de la silla y contempló a Devon.
—Oh, ya veo —dijo—. En verdad te has tragado los titulares del Le Sang.
Devon apoyó los antebrazos en la mesa.
—No lo entiendo. ¿Quién podría serlo si no soy yo? He roto demasiadas normas, y sé que romperé un montón más de ahora en adelante. No pienso casarme con Elysabeth. Querrán colgarme por ello. No sé qué ha salido mal con Nínive, pero…
—No puedo decirte mucho, niño. Tiene que ver con Ana y sus experimentos. No estuve ahí, pero Agnes sí; por eso el priorato confía en que ella revertirá el daño que se ha hecho.
—¿Daño? —Devon apretó sus puños.
Le convenía controlar la oleada de enojo que se alzaba en su interior.
Había leído acerca del cambio drástico que experimentaba un sangbìbier que hallaba a su afín.
Le habían advertido que sus instintos pelearían por superar a la razón, pero jamás se le ocurrió que fueran emociones tan fuertes; todavía recordaba cómo el cuchillo de plata se había deshecho en sus dedos la vez que había tenido que contar hasta diez para no ahorcar a Bjorn después de que sugiriera llevar a Nínive a sus tierras.
—¿Por qué la reina dañaría a su propia hija?
—¡No fue adrede! —replicó Adort—. ¿Qué clase de monstruo te imaginas?
Hay mucho que no tengo permitido decir hasta que aclare con Pierrick algunos tantos.
Sí te diré que tu abuelo, mi hijo y yo considerábamos que la profecía del Príncipe Maldito ya se había cumplido.
La última carta que recibí por parte de Adort aseguraba que la lista de sospechosos se reducía a tres.
Al día siguiente, Phillipe lo alcanzó. Nunca pude saber quiénes eran esas personas, y si tu padre lo ha destruido…
—Mi padre desconocía el contenido. Creía que guardaba las fórmulas que barajaba la reina para suprimir nuestra esencia.
—¡Lo sé, lo sé! —Adort hizo un aspaviento con la mano—. Nadie sabe lo que dice, esa es la idea. Sin embargo, al perderlo también perdemos la investigación y sus últimos hallazgos.
—¿Al menos recuerdas la lista más extensa de sospechosos?
—Uh, uh, uh —Adort negó con un dedo en alto—. Alto ahí, pequeño granuja. Conoces el trato: los dos accedéis a la información o ninguno lo hace.
—Pero Nínive…
—¡Nínive cree que soy un demente! Dile que creo que ella es la heredera, ¿qué es lo peor que podría pensar? ¿Que necesito aumentar las dosis de mis pastillas? ¡Mejor! Adoro el limón, es adictivo. —El anciano dio unos toquecitos en la mesa—. Lo verá tan ridículo que ni siquiera sospechará.
Devon volvió a sumirse en silencio. Engañar a Nínive con semejante disparate era posible, pero una parte de él odiaba la idea de mentirle.
No era justo. Tampoco era correcto. Como líder de los Dragones Negros, mentirle a la corona era sinónimo de traición.
Y como su afín, ocultarle la verdad era inaceptable.
—¿Qué tanto piensas, niño?
Devon regresó la mirada al rey emérito. Enderezó su espalda adolorida antes de responder.
—Pienso que mentirle no es una opción. —Al ver que Adort estaba listo para objetar, se adelantó—: Puedo daros tiempo, pero mi paciencia es limitada.
No pienso seguir con esta estupidez. Para vosotros es fácil, pero ¿cómo esperáis que la vea a los ojos y le mienta en la cara?
Bastante le he mentido, y lo he hecho solo porque sé que se convertiría en el blanco de muchos otros si llegan a enterarse.
—Lo sé. Y lo agradezco. Pero ¿no te has detenido a pensar que si pedimos silencio es porque sabemos que es un objetivo fácil cuando aparenta ser terrestre?
Sé que no está en tus principios, hijo, pero tendrás que aprender a confiar en alguien, y te sugiero que comiences por nosotros.
Créeme: todos queremos que ella llegue al trono.
No como terrestre, sino como una cien por ciento.
Devon dejó sus cejas juntas.
—¿Cómo esperáis que confíe en vosotros cuando permitisteis que viajara a América?
Adort-Boge sonrió.
—Ansiaba que escupieras eso. —Guio una mano hasta el bolsillo de su chaqueta.
Sacó un objeto que dejó caer y repiquetear sobre la mesa: una insignia dorada.
Pero no cualquier insignia; se trataba de la insignia de la Orden de Lyss, la misma que LeBlanc le había mostrado tiempo atrás—.
Hay cosas que van más allá de nuestro entendimiento, muchacho.
Elora y yo casi infartamos cuando conocimos la resolución del consejo.
Sin embargo, Salvatore así lo dispuso: «La sangre del león será derramada porque solo así despertará la furia del dragón».
No importa cuántas veces lo niegues, ¿te habrías permitido acercarte a ella de no haber tenido ese ligero percance?
—Adort señaló con diversión en sentido a su espalda—.
LeBlanc me comentó al respecto. Lo has llevado muy bien, debo felicitarte.
Devon apretó sus dientes.
«Hijo de puta», pensó. Estaba latente el recuerdo de cómo el Adort no había dejado de palmearle la espalda durante la Asamblea de los Trece; lo había puesto a prueba.
Y no solo eso. Las implicaciones iban mucho más allá; si tenía en cuenta los relatos del Rex Rexum, contaba con cuatro monarcas que, antes que él, se habían decantado por el luxirianismo protestante en secreto. No podía ser coincidencia.
Entonces recordó otro detalle de aquel día:
—Tú me llamaste «salvador». Cuando te presentaste en la asamblea, así me dijiste.
—Gatillos —señaló el anciano de mirada perspicaz—.
A veces podemos ir al punto sin siquiera mencionar el destino, tenlo en cuenta.
—Adort se desperezó—. Séptimo Códex, trigésimo segundo y trigésimo tercer verso: «Sin embargo, el Príncipe Maldito avanzará sobre ellos y la Lux Aeterna volverá a extinguirse sobre los luxirianos, hasta que las alas de los dioses regresen para despertar a nuestro Salvador.
Solo él encenderá la flama extinta». ¿No crees que es curiosa la naturaleza del destino?
Adort-Boge soltó una risilla.
Devon lo contempló sin rastro de humor.
—¿No podíais haberlo advertido? Nínive casi muere.
—¡¿Por qué crees que casi me desplomo cuando me enteré del ataque?
! ¡No es fácil, niño! ¡Nunca lo ha sido!
¡¿Crees que me gustó enterarme de que mi hijo tenía que morir para cerrar el círculo?
! ¡No! ¡Me destrozó! A veces debemos hacer sacrificios.
Sacrificios en nombre de un propósito más grande que un pellejo.
Los reyes lo sabían. Lo comprendían más que nadie y, honestamente, esperaba que tú también lo comprendieras.
Una vez más, Devon volvía a quedar atónito.
—¿Ellos lo sabían? ¿Sabían de su muerte?
Adort-Boge guardó la insignia de mala gana.
—Tenían que escoger y escogieron creer. Salvatore lo predijo: «De comienzos endebles, de frágil naturaleza, mas recordad que todo árbol como pequeño brote empieza».
—Adort se encogió de hombros—. Él lo sabía.
No sé cómo, pero lo sabía. A veces pienso que los Dioses lo escogieron a él como profeta a sabiendas de cómo terminaría toda esta historia.
Sé cómo te llevabas con ella en un principio, cuando era terrestre ante tus ojos.
El accidente en América lo cambió todo, ¿no es cierto?
Las fosas nasales de Devon se dilataron. Necesitó coger una gran bocanada de aire para no arremeter contra Adort y su expresión sabionda. Por un momento, vio el parecido entre el anciano y Nínive, la manera en que los Boge solían provocar con sus mejores armas: las palabras y la persuasión.
—No te creas tan listo —farfulló a cambio—.
¿Quieres el verdadero motivo por el cual propuse su exilio?
Egoísmo. Sí, no sabía quién era en verdad y por eso necesitaba alejarla: sabía que de lo contrario no podría plantarme en el maldito altar si no era para casarme con ella.
No te creas que no la acepté antes, porque varias veces me hallé a mí mismo deseando ser un terrestre.
¿Feliz? Sin embargo, si me hubierais dicho antes…
—No nos habrías creído. —Adort meneó su cabeza—.
Os conozco desde hace siglos. Conozco a tu padre, así como al grupo de adeptos que te sigue a todos lados.
Te habrían dicho que se trata de una trampa, que es manipulación del priorato, que la chica es minoritaria…
¿No fueron esas sus palabras cuando llegó?
Devon tamborileó con sus dedos. Sí, esas habían sido sus palabras.
Quería objetar, afirmar que sus sentimientos no se habían modificado pese a los comentarios, pero ni se molestó en negarlo.
Al final del día, todos tenían la misma noción respecto a él y su familia: despiadados, fríos y calculadores.
No pensaba ablandarse frente a Adort; prefería que mantuviera ese concepto y guardarse la verdad para él.
—Piensa lo que quieras —soltó—. Lo relevante aquí es que conozco su verdadera identidad y no permitiré que nada malo le suceda. Aun así, el reino está convencido de que esa chica que han traído Romerick y Benôit es la heredera. Mi código está completo, así que, ¿quién es ella?
Adort-Boge se frotó la frente.
—No lo sé —expresó—. En verdad que no lo sé.
Es el calco de mi hijo, tiene la esencia correcta, pero Adort nunca mencionó haber colaborado con alguien que no perteneciera a la Orden de Lyss.
No me sorprendería que él y Ana hubieran diseñado un plan de respaldo.
Deberíamos comparar fechas de nacimiento.
—Si Nínive no manifiesta su porcentaje, nadie creerá en ella.
—Lo sé, niño, lo sé. Por eso Agnes trabaja en la cura. Déjame hablar con Pierrick, ¿de acuerdo? Es obvio que ya no podemos mantenerte al margen, pero para confiarte información necesito la aprobación de la Orden de Lyss. Ellos se asegurarán de corroborar la identidad de esa chica.
Devon separó los labios para dejar en claro que no pensaba casarse con esa chica. Sin embargo, percibió que la esencia de Wagner se aproximaba al cuartel y se puso de pie para destrabar la puerta.
—Pff, el descarado de Wagner —protestó Adort—. Me pidió mi identificación al aterrizar, ¿puedes creerlo?
—Habrías protestado si no lo hubiera hecho —dijo Devon.
—¡Eso no es…! Bueno, sí, sería irresponsable de su parte.
Devon ignoró las habladurías del anciano y abrió la puerta justo cuando Wagner quedó frente a ella. El director del DII se adentró en el cuartel, no sin antes hacer una reverencia. Todavía llevaba puesto su abrigo. Traía el cabello un poco revuelto, probablemente por las aspas del helicóptero.
—No son buenas noticias. —Wagner sacó un folio plegado del interior de la chaqueta—. Me acaban de llegar reportes desde América: la CIA intervino en el caso de Maine. Se adueñaron de las muestras recogidas en la escena del crimen y se oponen a la idea de colaborar con nosotros.
—Fueron comprados por los Minoritarios, ¿no? —dijo Adort.
—Colaboran con ellos —contestó Wagner—. Pero lejos están de haber sido comprados: han proporcionado recursos para acabar con el reino.
—Y supongo que la reticencia sobre los terrestres por parte de cierta familia en estas últimas dos décadas no ha tenido nada que ver —insinuó Adort.
Devon lo miró de soslayo. Reunió los documentos que Wagner había traído y regresó a su lugar.
—Insistían en experimentar con nuestro código genético —replicó—. Ensayos que no contemplaban ninguna clase de ética. Prefiero estar en malos términos con ellos antes que preguntarme si habrá algún monstruo siendo creado por la CIA y sus agentes.
—¿No hay forma de solucionarlo? O negociarlo, al menos.
—La agencia no quiere negociar —dijo Wagner—.
Quiere absoluto control en materia de avances científicos.
Solo tiene que leer los informes de lo que han hecho durante el siglo anterior para comprender que no les importa los medios, solo los fines.
Sin embargo… —El director se interrumpió al oír su teléfono.
Con expresión ceñuda, atendió la llamada—. ¿Sí?
Adort y Devon intercambiaron miradas.
—No, nadie autorizó ninguna salida… No, no importa lo que diga.
Estamos en código rojo. Repito: nada de salidas…
¡Eso ni siquiera existe! No. Impedidle el paso y ya.
Bajo en un instante. —Wagner colgó y miró a Devon—.
Son los agentes en el muro. Reportan perturbaciones en el portón principal: dicen que Bryce intenta escapar.
—¿Qué? —Adort se levantó.
Devon fue el primero en abandonar el salón.