REX REXUM PRÓLOGO
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REX REXUM

REX REXUM

Por FIGENS Fiorella Gelos

© inepub.com

PRÓLOGO

La Convención del Consejo Internacional de Ciencias Biológicas era un evento al cual la doctora De-Ràzes acudía año tras año con la finalidad de recaudar información que le permitiera al DII avanzar en la Operación Neblina.

Sin embargo, por primera vez, la doctora asistía por obligación, dado que el laboratorio terrestre para el cual trabajaba la había enviado como representante.

No quería estar allí.

No quería ser oradora, mucho menos estrechar manos con desconocidos. Ansiaba regresar a su apartamento y no salir, tal y como había hecho los últimos meses.

Elora la había invitado a Texas. Insistía en que necesitaba un «cambio de aire».

Sin embargo, ¿qué cambio de aire podría necesitar una persona que acababa de perderlo todo?

Los Minoritarios habían penetrado las fronteras del reino, masacrando sangbìbiers nobles y plebeyos por igual, incluyendo la familia de la doctora.

La culpa la carcomía por dentro. ¿Qué habría sucedido si hubieran dado con el vector a tiempo?

Tanto la corona como el DII habían buscado por décadas la manera de suprimir la esencia de un sangbìbier sin necesidad de debilitarlo.

Muchos intentos, pero todos fallidos. Había rumores circulando por la agencia; Adort y Elora aseguraban que Ana lo había conseguido, que había dado con la fórmula, pero a De-Ràzes poco le importaba.

¿De qué servía la fórmula si los Minoritarios ya habían arrasado con todo?

Reacia a la idea de aproximarse al escenario, se detuvo frente a una máquina expendedora y pidió un café.

En las últimas semanas se había hecho adicta a esa bebida, la única sustancia capaz de mantenerla despierta después de noches enteras sin conciliar el sueño.

Sus profundas ojeras lo evidenciaban, así como su cabello raído y la túnica arrugada.

Acababa de realizar grandes avances respecto a la utilización de la terapia genética en casos de Beta-talasemia, pero poco servía la gloria en el mundo terrestre cuando acababa de fallarle al reino.

Un reino que le enviaba cartas cada semana, recordándole que debía regresar a su puesto dentro de la Cámara de Profesionales, pero De-Ràzes las arrojaba al fuego de la estufa.

Cuando la máquina le preguntó por la cantidad de azúcar, la doctora presionó una vez el botón, luego dos, tres…

, hasta que se rindió en la quinta. Azúcar.

Otra sustancia adictiva, la cual incluso era considerada una droga estimulante para el Ministerio de Salud y Bienestar.

«¿Qué más da?», pensó al recoger el pequeño vaso humeante de poliestireno.

Con el café en mano, contempló el escenario y arrugó el ceño.

No había forma de que subiera allí. Tal vez su odioso jefe terrestre la despedía, harto de los descuidos del último mes.

O no, considerando las patentes que ella manejaba.

De todas maneras, no se pondría a hablar sobre idioteces como la ética y el valor de la vida humana cuando los terrestres habían tenido un rol activo en la masacre.

Tenían suerte de compartir gran parte del genoma humano; muchas veces la doctora se regocijaba con la idea de soltar una peste capaz de causarles las mismas hemorragias que ellos ocasionaron junto con los Minoritarios.

Aunque, quizá podía inventar una toxina que se instalase en un gen exclusivamente terrestre.

Amenazar a los gobiernos con ella. Las investigaciones en el rubro de la genética eran lentas, pero…

De-Ràzes sacudió la cabeza. Definitivamente, necesitaba un somnífero. Harta del bullicio y la multitud de esencias que iban y venían, se dio la vuelta a fin de abandonar el ostentoso hotel, pero entonces oyó una voz a sus espaldas.

—¿Agnes? ¿Agnes De-Ràzes?

«Tendrías que haberte ido antes», pensó la doctora al reconocer la voz. Bebió el café de un sorbo antes de darse la vuelta.

—Heims.

El especialista en enfermedades congénitas estaba igual que la última vez que lo había visto: pelo blanquecino, barba y bigote, gafas cuadradas y piel rojiza.

Se habían conocido el año pasado; Heims había asesorado a los reyes acerca de los posibles riesgos a la hora de implementar la terapia genética en los embriones congelados en Maine.

De-Ràzes había salido del laboratorio tras mostrarse completamente en contra.

Le parecía una locura, un plan demasiado arriesgado del cual no formaría parte por oponerse a sus escasos principios.

Que Heims estuviera frente a ella no le daba buena espina.

Que pronunciase aquella maldita frase después de mirar hacia un lado y a otro, comprobó sus sospechas:

—¿Podemos hablar? Vitam regere fortuna.

«El destino rige la vida». Esas palabras las había utilizado la doctora y un puñado de especialistas, a modo de código durante la Operación Neblina.

No obstante, la operación era un edificio en ruinas ahora que principales sus colaboradores estaban muertos.

Aventurarse a hablar sobre ella le parecía un despropósito.

Solo porque temía acumular más errores de los que luego se arrepentiría, De-Ràzes abandonó la convención acompañada por el médico sangbìbier infiltrado en los Estados Unidos desde hacía décadas.

Lo guio hasta el modesto apartamento a las afueras de la ciudad, el único edificio donde no le habían pedido identificación para rentar un piso.

Cerró cada cortina y ventana antes de ir a la menuda cocina para preparar más café.

—Es… acogedor —comentó Heims, echando un vistazo general a las paredes cuyo papel tapiz se caía a pedazos.

—Es discreto. Es lo que importa. —Las cucharillas tintinearon sobre los platos para los pocillos del café—. Ahora, ¿por qué no me dices de una vez a qué has venido a Suiza? No me creeré que tenías asuntos pendientes en la convención.

Heims pasó los dedos por su mata de cabello blanco. Siguió a De-Ràzes en silencio hasta llegar a una pequeña mesa cuadrada sobre la cual depositó el café rojizo. Entonces soltó el suspiro que, por lo visto, llevaba tiempo aguantando.

—No es un tema sencillo —murmuró—. Cuando llegaron las noticias del atentado a Maine, hice lo pactado: me llevé los embriones modificados, los almacené en el hospital.

De-Ràzes revolvió su café sin mayor interés.

—No necesito que me relates todo el protocolo; dije que no participaría. Ni se te ocurra pedirme formar parte del Plan Betha.

El plan lo había diseñado Ana I en caso de que tanto ella como el rey murieran.

Agnes nunca había querido enterarse de nada, pero, por lo que había oído en el DII, se les había encomendado seguir trabajando con los embriones hasta que cualquier secuela o efecto secundario de la SSα —sustancia capaz de suprimir la esencia de un sangbìbier dentro del gen que indicaba su nombre— se eliminase.

No obstante, la solución estaba fuera de alcance para el grupo de científicos.

—No se trata de eso. —Heims negó—. Es algo… Ha ocurrido un error. Bueno, no ha sido un error, pero… Si me lo preguntas, es la peor idea que se le pudo haber ocurrido a los reyes.

De-Ràzes bajó el pocillo casi en cámara lenta mientras miraba a Heims. Conocía los arrebatos académicos de la reina demasiado bien; había trabajado a su lado por más de quince años.

Las interminables discusiones la habían guiado a apartarse de ella y de sus alocados planes, aunque a veces se reprochaba por ello.

—¿Qué hizo esta vez? —masculló.

Heims retorció sus dedos por encima de la mesa.

—Ella… Antes de que sucediera la gran tragedia, Ana editó un par de embriones extra.

Ese fue en gran parte el motivo por el cual viajaron sin autorización; buscaban una alternativa a la SSα.

Ella era consciente al igual que tú de que hallar la solución para los efectos secundarios de la SSα tomaría un par de décadas.

El Plan Betha consistía en provocar el menor de los males mediante las mutaciones en el gen SSβ.

—El otro cincuenta por ciento —comprendió De-Ràzes.

Ese gen, al igual que el SSα, era el encargado de codificar parte de las proteínas cruciales en la esencia de un sangbìbier.

Sin embargo, había sido descartado por estar junto a uno de los genes comunes, genes que tanto sangbìbiers como terrestres tenían.

—Exacto.

De-Ràzes resopló.

—¿Acaso se volvió loca? Los genes comunes son proclives a desarrollar enfermedades crónicas, tú lo sabes más que nadie.

—¡Era la desesperación, Agnes! —replicó Heims—.

¡Ellos lo sabían! Sabían que el tiempo se les acababa.

¿Culparías a un padre por querer lo mejor para su hijo?

Créeme cuando te lo digo: Ana y Adort estaban de acuerdo en esto.

No les molestaba la idea de morir con ese bebé si al menos conseguían salvar al que estaba en Maine. Y eso han hecho.

De-Ràzes entornó los ojos al ver que Heims retiraba algo de su chaqueta.

Al comienzo desplegó un simple papel: el perfil clínico de una mujer terrestre que la doctora jamás había visto.

Sin embargo, a ese documento Heims le añadió una fotografía.

Y no cualquier tipo de fotografía: era la captura de un ultrasonido, la ecografía de una mujer embarazada.

La expresión de De-Ràzes se ensombreció.

—¿Qué diablos es esto?

Heims trazó media sonrisa.

—«En provincia francesa nacida el quince de marzo, surgirá el milagro» —empezó a recitar el médico.

Era parte de los versos que Salvatore había dejado en la profecía de la Heredera Perdida.

Versos que De-Ràzes había leído cientos de veces en vano, tratando de hallar alguna pista—.

Quizá Salvatore no se refería a un punto de Europa.

—Salvatore jugó con todos, igual que el priorato. ¡Despierta ya, Heims! Somos científicos, nos basamos en hechos reales. El hecho principal aquí es que vuestro infame amigo terrestre nos guio a la ruina.

—¿Segura? —Heims indicó la ecografía proveniente de Camden—. Maine fue fundada el quince de marzo. Le debe su nombre a una provincia francesa. Y esta mujer de aquí, Katherine Bryce, recibió una donación anónima de un embrión justo el mismo día que alguien entró a mi bóveda y robó uno.

—¿Qué? —De-Ràzes enmudeció.

—Lo que oyes. Le pedí a uno de mis colegas que siguiera de cerca el caso de Katherine Bryce, puesto que los últimos estudios han arrojado algo muy interesante: su bebé es un Rh nulo. Nacerá el próximo año, seguramente en febrero, pero hay indicios de anemia falciforme.

De-Ràzes rodó sus ojos.

—¿Y qué esperabais? El SSβ está junto al HBB. Cualquier desperfecto en ese gen ocasiona enfermedades ligadas a la hemoglobina. —Agnes meneó su cabeza—. No puedo creer que hiciera algo tan irresponsable…

—Sé que es un desafío, pero no hay forma de que veamos graves incidentes como con la SSα. Y es una enfermedad tratable.

—¡No es tratable! —protestó De-Ràzes—. Es incurable, y en este caso está ocasionada por factores que no podremos explicarles a los médicos terrestres.

—Pierrick podría ayudarnos. Él está a cargo ahora. La Orden de Lyss no permitiría que algo malo le ocurriera. La protegerían hasta llegada la fecha.

—¿Llegada la fecha? ¿Qué fecha, Heims? La chica no presentará esencia alguna. No desarrollará habilidades; ni siquiera desarrollará los niveles necesarios de GDF11. Morirá antes de que siquiera cumpla medio siglo. Nadie notará en ella un cien por ciento; verán a un terrestre nulo.

—No necesitamos llevarla a Sangbièrre. Podríamos esperar. Hasta hallar la cura.

De-Ràzes volvió a sacudir la cabeza. Le devolvió los papeles a Heims, deseando no haberlos visto nunca. Guio la uña de su pulgar a la boca para empezar a mordisquearla. Era una locura. No, un grave error. Ana había cometido un gravísimo error.

Los ojos de la doctora se pasearon de un lado a otro, buscando alternativas inexistentes, hasta que Heims se inclinó al centro de la mesa.

—Escucha. Sé que estás enfadada. Sé que no quieres saber nada al respecto y que no trabajas con niños, pero… te necesita, Agnes. Ni siquiera lo digo por la corona y las profecías. La niña no merece estar sola. A Ana y a Adort les partiría el corazón.

De-Ràzes luchó contra la tentación de arrojar su taza de café por los aires.

En realidad, deseaba destrozar cada taza, vaso, cortina o mueble.

Una niña… Los reyes habían dejado una niña sin esencia ni habilidades, totalmente incapaz de sobrevivir a los Minoritarios si alguien supiera de su existencia.

«No si nunca se enteran», pensó.

Entonces cogió los papeles de la mesa. Se levantó de su silla, caminó hasta la estufa y los hizo arder en llamas.

Heims quedó boquiabierto.

—Pero… —silenció cuando De-Ràzes lo miró.

—Los reyes ya no están. Si quieres mi ayuda, lo haremos a mi manera. Nada de avisos al DII o a los linajes. DeBlanckfort, Tasclainer, Rehnov… Solo Elora y Adort son de fiar, así como la Orden de Lyss.

—Pero, sin el DII…

—Estas son mis condiciones, Heims. Si no, ve y colabora con ellos. Pero no llores si la niña se muere antes de los dieciocho. No puede saber nada de nosotros. No puede saber que es una de nosotros; podría tomar decisiones tan tontas como las de su madre.

Heims se quedó viendo con ojos bien abiertos a la doctora. Agnes sabía que sonaba como una desalmada, pero también sabía una cosa: no habría forma de tener éxito si no se trataba el asunto con severas normas de seguridad, y nada de profecías…