Revolución 41. Sora #3
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41. Sora #3

Aquello era Lev, al fin y al cabo. No solo un proyecto, ni un campamento, ni una palabra bonita que sonaba bien en una reunión.

Lev significaba corazón. Y quizá por eso tenía sentido.

Porque no se trataba de salir intactos del dolor, sino de descubrir que el corazón también puede aprender una nueva forma de latir.

Aunque esté roto o asustado. Incluso después del fuego.

Y que, a veces, volver a bailar no era olvidar lo que había dolido, sino demostrar que el amor seguía teniendo la última palabra.

Cada segundo puede ser el último, es la hora de levantarse

Vive derramando, derramando todo el vaso

Que no haya gota que se salve

Busca creatividad, lo terrenal puede esperar

Recuerda que no poner firma es la mejor forma de firmar.

Mateo también estaba entre la gente y sacaba a bailar a los más rezagados.

Iba de un lado a otro con una sonrisa enorme, tendiendo la mano a quien intentaba quedarse escondido en una esquina, haciendo bromas, animando a los mayores, dejando que los niños tiraran de él sin descanso.

Y al verlo, di gracias por él. Por su forma de estar y de recordarnos que el amor lo ponían las personas.

Cala Blanca estaba herida y probablemente así continuaría durante mucho tiempo.

Y aquello me había escocido en lo más hondo, porque había creído que la magia se encontraba en el lugar: en su porche, en sus caminos, en el sonido de las puertas de las cabañas al cerrarse, en los bancos bajo los árboles, en cada rincón donde habíamos reído, rezado, discutido y vuelto a empezar.

Pero la verdadera magia no vivía en la madera ni en las piedras. Vivía en la gente, en el amor que había habitado aquel sitio durante años. Y el fuego no podía consumir ese amor; más bien, lo avivaba.

Simplemente, baila y déjate de historias

Aunque no tengas el control

Cualquiera que sea la canción

Déjate llevar en el salón

Déjate hacer, que trace tu camino

Él también quiere bailar contigo.

La hermana Teresa me sacó de mis pensamientos agarrándome de las manos y dirigiéndome al centro del porche, donde la gente ya se congregaba entre saltos, palmas y movimientos torpes.

Lo hizo con cuidado, pendiente de mi tobillo, marcándome pasos pequeños para que no tuviera que apoyar demasiado peso.

Cris apareció enseguida y se unió a nosotras con una carcajada.

—¡Menudo regalo de año! —exclamó Teresa, apretándonos las manos—. Gracias, chicas, por dejarse hacer este verano.

—¡Te queremos, Teresiiii! —alargó Cris, achuchándola con fuerza.

Nos fundimos las tres en un abrazo que se sintió como hogar. Porque, al final, el amor también era eso: las personas que Dios ponía en tu camino para recordarte que no tenías que atravesarlo todo sola.

Recuerda que somos eternos

Recuerda que el tiempo no es nuestro

Recuerda que el Cielo está abierto

De ti depende que entren cientos

Simplemente, baila…

Entonces me encontré con la mirada de Iker.

Se zafó del brazo de Álvaro y vino hacia mí con esa sonrisa pequeña que ya sabía desordenarme por dentro. La música seguía sonando, la gente seguía riendo, el mundo seguía girando. Pero yo solo veía a Iker.

—Gracias por enseñarme a bailar —me susurró, acercándome un poco más—. En todos los sentidos.

Antes de que pudiera responder, Iker me hizo girar. Y cuando volví, acabé en sus brazos. Me besó la frente con delicadeza y se quedó unos segundos ahí, con sus labios pegados. Entonces me tomó el rostro con cuidado y dijo:

—Te quiero, Sora.

Alcé los ojos hacia él, sorprendida, vulnerable, completamente suya en aquel instante y con el corazón más abierto que nunca.

No sabía si era demasiado pronto o si, en realidad, llevábamos demasiado tiempo pronunciándolo de otras formas. En sus manos, en sus cuidados, en mis ganas de quedarme. En todo lo que había sobrevivido al miedo.

Yo también lo sentía. Lo sentía en ese vértigo dulce en el estómago, en el corazón golpeándome el pecho cada vez que le veía, en la electricidad que provocaban sus dedos sobre mi piel, en la manera en que todos mis pensamientos terminaban encontrándolo.

También lo percibía en algo más profundo.

En una forma de amor que no presumía, no exigía, no llevaba cuentas.

Un amor que no venía a borrarnos las grietas, sino a quedarse con ternura delante de ellas.

A caminar despacio y a esperar cuando hiciera falta.

A creer, incluso en los días torpes, que todavía había esperanza.

—Te quiero, Iker.

Y entonces volvió a besarme y todo se sintió perfectamente imperfecto.

El campamento continuaba oliendo a humo.

Yo seguía yéndome a Corea en pocas semanas.

Iker aún necesitaba reconstruirse y sanar.

Nada estaba resuelto y, sin embargo, aquello no me pareció ninguna amenaza.

Más bien, descubrí la belleza de no estar intactos, de atrevernos a vivir con las grietas abiertas.

Porque era precisamente por las grietas por donde se colaba la luz para renovarlo todo.

Si algo había aprendido aquel verano, era que la mayor revolución consistía en aprender a bailar, amando, incluso en medio del fuego.