41. Sora #2
Los cuatro nos reímos. Por un momento, aquella risa pareció abrir un hueco entre el cansancio y la incertidumbre que —por una cosa u otra— todos estábamos sintiendo por dentro.
Justo entonces, David subió al pequeño escenario improvisado y tomó el micrófono.
Tras un pitido breve y algunas risas, el campamento fue quedándose en silencio.
Agradeció que todos estuvieran allí y dijo que, aunque nadie había imaginado cerrar el campamento de aquella forma, quizá por eso necesitábamos hacerlo de una manera especial.
Habló del fuego, del cansancio, de todo lo perdido…
y también de lo que habíamos levantado juntos para que nadie tuviera que atravesarlo solo.
Después respiró hondo y miró hacia mí:
—Y queríamos agradecérselo especialmente a Sora.
Alcé las cejas, sin duda sorprendida.
—Ella ha hecho posible que el Proyecto Lev no sea solo una idea bonita, sino una realidad —continuó David—. Gracias a ella, este campamento ha sido una tienda de puertas abiertas que se ensancha. Enhorabuena, Sora.
La gente aplaudió animadamente mientras David se limitaba a sonreír. No había drama en su gesto; más bien la ternura de quien había compartido una parte importante de mi vida.
—¿Debo preocuparme? —me susurró Iker junto al oído, abrazándome por detrás.
Pero en su tono no había ni una pizca de preocupación.
—Tú has hecho las paces con tu tío —murmuré, sonriendo— y yo las he hecho con David.
Sentí su respiración rozarme la nuca antes de que contestara.
—La revolución del amor —dijo.
Iker apoyó la barbilla un instante en mi hombro y luego besó ligeramente mi piel.
—La revolución del amor —repetí.
Entonces David puso una canción que todos conocíamos y nos pidió que bailáramos, cantáramos y nos mezcláramos sin dejar a nadie al margen. Bastaron unos segundos para que la gente la reconociera. Hubo gritos, aplausos, silbidos, voces siguiendo la letra. Y, de golpe, la energía cambió.
—¡Vamos! —exclamó Cris, agarrando a los chicos de los brazos—. ¡No voy a terminar el campamento sin veros bailar!
Álvaro protestó por pura dignidad, aunque ya se estaba dejando arrastrar. Iker, en cambio, giró la cabeza hacia mí con una expresión de absoluta súplica, esperando que yo interviniera en su rescate, pero no lo hice.
Me limité a reír y a observar de lejos. Quería quedarme un poco apartada, viendo cómo todo cobraba vida otra vez.
Me apetecía pasear la mirada por el rostro de cada una de las personas presentes para memorizar sus rasgos y sus historias.
Para dar las gracias por la vida de todos ellos y por un verano más.
Que ni una ni mil piedras en el camino te hagan tropezar
No te ates a nada, no hay tiempo para dejar la oportunidad pasar
Que no hay excusa alguna para no servir a los demás
Siempre sonriente sin dejar a la queja entrar.
Observé e intenté empaparme de todo y de todos.
Lo primero que hice fue buscar a los míos. Los mayores de edad habían decidido quedarse a sostener juntos la dureza de aquellos días.
Charlie era imposible de pasar por alto.
Llevaba unas gafas de sol absurdamente grandes y bailaba con esa falta total de vergüenza.
A su lado, Juan intentaba seguirle el ritmo entre risas, agarrado a él para no perder el equilibrio ni la paciencia.
Un poco más allá, bailaban Ángela, Rocío y Marta; tres chicas completamente diferentes que habían aprendido a quererse.
Ángela ya no parecía estar peleando contra el mundo entero.
Marta comenzaba a mostrarse un poco más segura de sí misma.
Y Rocío, que durante tanto tiempo se había escondido detrás de una fachada de roca, había terminado demostrando que debajo de todo aquello había un corazón enorme.
Que un ángel nos ha enseñado cómo se debe volar
Que si llevas la cruz a cuestas, no se tiene por qué notar
Que si esta no es nuestra liga, entonces ¿a qué te quieres aferrar?
Y, en ese momento, la música estalló.
La gente empezó a bailar con más fuerza, algunos saltando, otros cantando a pleno pulmón o simplemente dejándose llevar con los ojos brillantes.
Yo me quedé mirando la escena y sonreí, con un nudo en la garganta.
Había personas que habían perdido su casa, sus mascotas, sus recuerdos, una parte entera de su vida.
Y aun así, allí estaban, bailando. No porque hubieran olvidado el dolor, sino porque, por un instante, habían decidido que el dolor no iba a ser lo único que quedara de ellos.
Simplemente, baila y déjate de historias
Aunque no tengas el control
Cualquiera que sea la canción
Déjate llevar en el salón
Déjate hacer, que trace tu camino
Él también quiere bailar contigo.
Mis ojos buscaron a David. No bailaba; estaba junto a sus amigos, cantando a viva voz, con el micrófono ya lejos de la mano y una sonrisa tranquila en la cara.
Me alegró pensar en la conversación que habíamos tenido aquella semana, sin reproches ni heridas abiertas sobre la mesa.
Parecía que el fuego no solo destruía: también podía purificar y llevarse nuestro rencor.
Que si el sufrimiento es por amor, el dolor es diferente
Entrégate hasta el extremo, empápate de esta fuente
Inagotable, infinita, de la que siempre se sacan fuerzas
Es Dios Padre quien te grita, que te acompaña en lo que elijas.
Observé a todas las personas a las que habíamos servido aquellos días.
A don Manuel, que marcaba el ritmo moviendo los hombros con una dignidad entrañable, el bastón firme en la mano y una sonrisa ligera.
A Mercedes, que, desde su silla de ruedas, seguía la música dando palmas, riéndose cada vez que alguien intentaba sacarla a bailar de verdad.
A Iván, que, girando de la mano de Loli, se dejaba llevar como si pudiera permitirse desconectar al menos durante un rato.
Y al pequeño Kevin, que bailaba en brazos de su padre.