Revolución 41. Sora
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41. Sora

SORA

—Te echo de menos —dijo al otro lado del teléfono.

Eran casi las ocho de la tarde y, aun así, el sol seguía pegando con fuerza. Llevábamos más de una hora charlando —de todo y de nada—; hasta el pelo se me había secado solo al aire mientras escuchaba su voz al otro lado.

Medio campamento había vuelto a casa, pero el resto nos habíamos quedado para ayudar.

Limpiábamos cenizas, recogíamos cristales rotos, enfriábamos zonas todavía calientes y asistíamos a las familias que lo habían perdido todo.

Para cuando llegó el viernes, el cansancio —físico y mental— ya era insoportable.

Al menos el tobillo iba mejorando poco a poco, aunque seguía cojeando ligeramente.

—Yo también te echo de menos —respondí.

—De verdad, siento no estar allí contigo…

—No, qué va. —Sacudí la cabeza—. Estás donde tenías que estar. Me siento tan feliz de que estés recuperando tiempo con tu familia…

Iker no había vuelto de Madrid. Y aunque se me encogió el corazón al saber que no regresaría, lo entendí.

El lunes por la noche me llamó, feliz, para contarme con pelos y señales todo lo que había pasado.

Desde entonces, cada tarde me alejaba un poco de Cala Blanca para dar un paseo y despejarme, pero también para conseguir la suficiente cobertura que nos permitiese hablar un buen rato.

Yo no le ocultaba lo difícil y triste que estaba siendo todo en Cala Blanca, aunque siempre intentaba rescatar alguna anécdota o testimonio que mereciera la pena.

Él me hablaba de su familia, de lo mucho que estaba disfrutando de su hermana y de cómo su corazón empezaba, poco a poco, a abrirse a la propuesta de su tío.

—¿Cuánto calculas que os queda allí? —preguntó.

Resoplé. Ni siquiera lo sabía. Cada vez que creíamos haber terminado con algo, aparecía otra familia sin sitio donde dormir, otra zona que limpiar, otra caja que repartir.

—No lo sé —confesé, cerrando los ojos un segundo—. Hay demasiado por hacer y demasiada gente que sigue necesitando ayuda. Nos faltan manos… y horas, y fuerzas.

Al otro lado de la línea se hizo un pequeño silencio.

—Entonces ¿necesitas ayuda?

—Sí, claro. Cualquier ayuda se agradece.

Escuché una pequeña risa contenida que me confundió.

—Perfecto. Porque acabo de llegar.

Fruncí el ceño y levanté la vista casi por reflejo.

Y ahí estaba Iker. De pie, a pocos metros, con la mochila colgando de una mano, ropa de deporte, el pelo algo revuelto.

Mostraba esa expresión suya entre tranquila y divertida, como si presentarse así, de repente, fuera la cosa más normal del mundo.

Me quedé mirándolo, inmóvil, sin reaccionar durante unos segundos, hasta que comprendí que era real y no una mala pasada del agotamiento.

—¿Qué…? —fue lo único que conseguí decir, retirándome el teléfono de la oreja.

Él sonrió un poco más, encogiéndose de hombros.

—¿Te valen mis manos? —preguntó, proyectando la voz y guardándose el teléfono.

Durante un instante no hubo incendio, ni humo ni ceniza pegada a la ropa. No hubo cansancio, ni tobillos vendados, ni casas arrasadas, ni esa sensación constante de estar llegando siempre tarde a todo. Solo estaba él. Él y su forma de mirarme, que afortunadamente no había cambiado.

Iker se adelantó, y cuando quise darme cuenta, ya me estrechaba entre sus brazos. Cerré los ojos y enterré la cara en su hombro. Solté el aire despacio, notando cómo toda la tensión acumulada durante aquella semana parecía aflojarse de golpe.

Cuánto lo había necesitado.

—Estás aquí —murmuré, todavía sin terminar de creérmelo.

—Estoy aquí —repitió él en un susurro.

Levantó la mano con cuidado y me rozó la mejilla, trazando caricias lentas que me erizaron la piel. No hizo falta decir nada más, porque al instante nuestros labios ya se tocaban. Primero, de forma tímida, tal vez comprobando que, tras cinco días sin vernos, podíamos permitirnos hacer eso.

Pero el segundo beso ya no fue prudente. Fue hondo, urgente, profundo y extremadamente largo. Perdí la cuenta de los minutos que pasaron, porque estaba demasiado ocupada sintiendo su boca y enredándome en su pelo. Al final, me separé un poco para tomar aire, jadeando.

—¿Es posible que estés más guapa incluso? —dijo riendo mientras me pasaba un mechón de pelo por detrás de la oreja.

—Más cansada, dirás —me quejé, frunciendo el ceño.

De hecho, mi cara debía de ser un poema: ojos hinchados, ojeras marcadas y un aspecto que no tenía nada que envidiar a un oso panda.

—No, definitivamente más guapa —insistió, muy serio.

Se me escapó una sonrisa y le acaricié la nuca.

—Pero si estás cansada, no te preocupes —murmuró, rodeándome con más fuerza—. Ya estoy aquí para que tú descanses un poco, ¿vale?

Apoyé la frente en su pecho y me dio unos cuantos besos en la coronilla. En sus brazos siempre encontraba descanso, porque, mientras yo me empeñaba en cuidar de todo el mundo, él siempre hallaba la manera de cuidar de mí.

—¿Y tu familia? ¿Qué tal? —pregunté.

—Vuelven mañana a Pamplona —me explicó—. Y a finales de agosto…, se mudarán a Madrid.

Me separé lo justo para mirarlo bien, buscando en su cara si había entendido correctamente.

—¿Has tomado la decisión? —quise saber, emocionada.

—Sí, viviré con ellos. Y con Lucía —confirmó, esbozando una sonrisa tímida.

Abrí los ojos y la boca, gratamente emocionada por la noticia.

—Y quiero retomar los estudios en la universidad… Y el tenis, con Álvaro. También he pensado en volver a la terapia. Creo que me vendrá bien. Y quizá algún voluntariado, pero eso ya me da más vértigo… No sé, poco a poco.

—Iker…

Fue lo único que conseguí decir. Me había quedado sin palabras y casi sentía las lágrimas amenazando con salir.

Sabía que el campamento cambiaba a la gente, que removía cosas por dentro, que obligaba a mirar de frente aquello que llevabas demasiado tiempo esquivando.

Pero no imaginaba hasta qué punto Iker estaba avanzando en su propio camino.

—Estoy muy orgullosa de ti —murmuré, sin ocultar mi emoción.

Él bajó la mirada un segundo, casi avergonzado.

—Y algo que también quiero hacer este año es… —puso una mueca divertida— empezar a aprender coreano…, por si finalmente quieres que vaya a verte.

Resoplé con un pequeño quejido de protesta y volví a hundir la cara en su pecho. Había intentado por todos los medios ignorar mi inminente viaje.

—No quiero pensar en eso —dije, con una sensación terrible de tristeza—. Todavía no.

Iker me tomó el rostro con suavidad y me obligó a mirarlo.

—Encontraremos la manera.

Y antes de que pudiera responder, me dio un beso rápido y corto, sellando aquella promesa sin dejar espacio para discutirla.

—Ahora ven —dijo con una media sonrisa—. Tengo una sorpresa.

Le pregunté a qué se refería, pero Iker se limitó a entrelazar sus dedos con los míos y echó a andar, llevándome con él de vuelta hacia el campamento.

Caminamos entre los senderos hasta acercarnos a la entrada, y entonces fruncí el ceño, confundida.

Había un montón de coches aparcados en la puerta que no estaban cuando me había ido.

Además, llegaba un murmullo mucho más intenso de lo habitual.

Busqué la mirada de Iker, pero él continuaba sonriendo de forma sospechosa.

—¿Qué tocaría hoy? —me preguntó—. Si siguiéramos en el campamento y no hubiera ocurrido el incendio.

Lo miré confundida, intentando seguirle. Tardé unos segundos, pero finalmente caí:

—La fiesta de clausura…

Se trataba de la última verbena, en la que tirábamos la casa por la ventana: pizzas, hamburguesas, refrescos, chucherías e incluso alguna que otra cerveza.

Pero, además, era el momento en que invitábamos a todas las personas que habíamos acompañado a lo largo del mes: trabajadores sociales, profesores, enfermeros, familias, mayores, niños…

Siempre resultaba una manera preciosa de culminar la experiencia.

Iker volvió a tomar mi mano para guiarme.

Y cuando doblamos la esquina, me quedé clavada en el sitio con la boca abierta.

Más de cien personas ocupaban el porche y sus alrededores.

La mayoría eran rostros conocidos. Había gente hablando en pequeños grupos, algunos iban tomando asiento en los bancos que quedaban, otros se saludaban con abrazos largos.

Y todo estaba precioso. Habían colgado globos y guirnaldas entre los postes, sobre las vigas ennegrecidas y las paredes aún marcadas.

—¿Y esto? —balbuceé.

Cris fue la primera en llegar hasta nosotros, prácticamente a la carrera, esquivando gente con esa energía suya imposible de frenar. Antes de que pudiera reaccionar, ya la tenía encima. Se colgó de mí con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio.

—¡Sorpresa! —exclamó Cris, abrazándome por detrás—. Oh , Lord . Casi me muero guardando el secreto.

Solté una risa ahogada, todavía demasiado sorprendida como para procesarlo todo.

Álvaro llegó detrás, mucho más tranquilo, con las manos en los bolsillos. Se acercó a Iker y le dio un abrazo breve, de esos rápidos entre amigos, acompañado de un par de palmadas en la espalda.

—Misión cumplida, chicos —dijo Cris con una sonrisa orgullosa—. Gracias por entretenerla al teléfono para que pudiéramos montar todo.

—¡Lo difícil no era eso! —protestó Álvaro—. Lo difícil ha sido mantenerte callada toda la semana.

Cris le sacó la lengua y Álvaro le sostuvo la mirada con una sonrisa imposible de disimular. Tal vez las cosas empezaban a encajarse también para ellos, después de todo lo que había ocurrido esa semana.

—Espera… —dije despacio—. O sea que vosotros sabíais que Iker iba a venir hoy.

Cris y Álvaro se encogieron de hombros con una tranquilidad insultante. Iker, a mi lado, tuvo la poca vergüenza de soltar una risa.

—Sí —respondió Cris, cruzándose de brazos—. Pero, sinceramente, ha merecido la pena verte llorar por él cada noche.

—¡Eso no es verdad! ¡No he llorado! —protesté volviéndome hacia Iker, que me observaba divertido—. Quiero decir… Te he echado de menos, pero no he llorado.