40. Iker #3
Me encogí de hombros. Ya había sacado un billete de vuelta en tren a Cádiz a las cinco de la tarde porque ¿para qué quedarme en Madrid?
—En realidad, tenía pensado volver al campamento.
Javier me miró sorprendido y se le escapó una sonrisa juguetona.
—Vaya, ¿tan fuerte te ha dado por el trabajo social? —preguntó—. No pensarás cambiar de carrera a estas alturas, ¿no?
—No es eso. —Desvié la mirada—. Es solo que con todo lo del incendio, quiero ayudar…
—Así que hay una chica —sentenció.
Me sonrojé de golpe.
—¡No he dicho eso! —exclamé.
—¿Sabes que a tu edad conocí a tu tía? —me contó—. En unas vacaciones en Marbella. Ah, benditos tiempos…
Sacudió la cabeza con una sonrisa, como si su mente estuviera llenándose de recuerdos bonitos.
—Dos años de relación a distancia. Yo en San Sebastián y ella en el sur —continuó mientras echábamos a andar. Me dejé arrastrar por él sin saber a dónde—. Pero bastaron pocos días para tener la certeza de que deseaba casarme con ella.
No quería hablar de Sora. No quería hablar de Sora. No quería hablar de Sora. Pero en realidad, era el único adulto con el que podía hablar —aunque fuera un poco— de Sora.
—¿Cómo se saben esas cosas? —pregunté intentando sonar casual.
Su mano se apoyó en mi hombro con firmeza tranquila.
—Yo vivía pensando en lo que estaba por venir —confesó—. En lo que tocaba hacer. En lo correcto. En cómo evitar que todo se torciera. Era un crío enfermamente responsable. Bueno, por todo lo que habíamos pasado.
Pensé en el abuelo, que había levantado un imperio económico a costa de desatender a sus hijos.
La abuela tampoco supo llenar ese hueco.
Quizá por eso mi padre y Javier aprendieron a sobrevivir de formas opuestas.
Mi padre era el que hacía ruido a cambio de atención.
Javier se limitó a ser el hijo que nunca daba problemas.
—Y Sofía… Sofía me enseñó a estar. Me devolvió al presente. Y, por primera vez, viví sin la necesidad de controlar cada segundo.
Me dio un apretón.
—De todos modos, si algo he aprendido de perder a tu padre, es que deberíamos decir más «te quiero». —Se paró y me observó—. Creo que nunca se lo dije. En casa nunca lo hicieron. Y ahora me arrepiento mucho. Así que, si quieres a esa chica, asegúrate de decírselo todos los días.
Dudé unos momentos, pero finalmente asentí. Entonces mi tío me agarró por los hombros y me observó con atención. Sus dedos me apretaron ligeramente, lo justo para obligarme a mirarlo de verdad.
—Antes de que te vayas, necesito que vengas conmigo un momento.
—¿A dónde?
No respondió enseguida. Su mano resbaló de mi hombro a mi espalda, empujándome con suavidad hacia delante.
Cruzamos la acera y nos metimos por una zona ajardinada junto a los juzgados.
Había bancos de madera, árboles que proyectaban sombras y un parque enorme del que llegaban los gritos agudos de los niños.
—Esto no es para convencerte de que digas que sí —añadió Javier al fin—, pero igual ayuda a que te lo plantees.
—¡¡Iki!!
La voz me atravesó el pecho. Levanté la vista deprisa y entonces la vi. Lucía venía corriendo hacia mí, con una blusa azul y el pelo desordenado. Tenía las mejillas encendidas de haber estado brincando y los brazos abiertos de par en par, dispuesta a fundirse conmigo.
Me arrodillé sin pensar y la apreté contra mí en cuanto aterrizó en mi abrazo.
—Lu…, mi niña…
Me eché a llorar sin disimular. Sin control.
—¿Por qué lloras? —preguntó, al separarse un poco, con una sonrisa confundida—. No llores, Iki.
Me secó las lágrimas con sus manos pequeñas, torpes.
—Lloro porque estoy feliz de verte —conseguí decir—. Porque te he echado de menos, cielo.
Frunció el ceño un segundo, como si no terminara de entenderlo, y luego me dio un beso en la mejilla.
Después volvió a abrazarme, fuerte. Me levanté con ella en brazos y sentí que pesaba más.
Claro que pesaba más. Habían pasado unos meses desde la última vez que la había visto y había crecido un montón.
Estaba más guapa y más alta. Y cada día se parecía más a mis padres.
—Hola, Iker.
Levanté la vista. Sofía estaba un poco más atrás, mirándonos con los ojos brillantes. A su lado, mis cuatro primos sonreían en silencio. Luego, uno por uno, se adelantaron para abrazarme, aunque yo no solté a mi hermana en ningún momento.
—¿Te ha gustado la sorpresa? —preguntó mi tía.
Asentí mientras me secaba las lágrimas.
—Gracias —dije con sinceridad, buscando a mi tío con la mirada.
Él me contestó con una sonrisa serena.
—Lucía ha sido una campeona —comentó, pellizcándole la nariz de manera cariñosa—. Hemos hecho el viaje superbién, ¿a que sí?
Ella sonrió orgullosa y el hoyuelo izquierdo se le marcó levemente.
—Iker, tenemos planes para toda la semana —intervino Sofía—. Un poco de todo. Musicales, exposiciones, bicis por el Retiro… Y, quizá, visitar alguna casa. ¿Te apetece quedarte con nosotros?
Se hizo un pequeño silencio y noté a Lucía abrazándome más fuerte. Los miré a todos, uno a uno. Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estuviera solo en el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, volví a sentir que tenía una familia.