Revolución 40. Iker #2
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40. Iker #2

El camarero nos trajo las bebidas en ese momento y ambos guardamos silencio. Yo me preparé para el golpe, sosteniendo la respiración.

—He hablado con mi abogado, Iker —me informó mientras removía con la pajita su iced latte —. Ve muy difícil el retorno de Lucía contigo a corto o medio plazo. Para ellos, sigues siendo un crío, sin trabajo…

—Tengo veintitrés años —recalqué bruscamente—. Soy mayor de edad y, además, mis padres me han dejado bastante bien posicionado con la herencia. Podría no trabajar nunca y vivir cómodamente, si quisiera.

Javier ladeó la cabeza, con una expresión paternalista que me enfadó un puntito más.

—Por salud mental, el trabajo es necesario —comentó—. Ya sabes que tienes tu puesto en la junta directiva esperándote. Eres socio, ahora que tu padre no está.

—Nunca he tenido interés en ser empresario —repliqué.

—Lo sé —rio con suavidad y le dio un sorbo a su café—. Y tu padre también lo sabía, créeme. Pero ¿y si lo intentas? Puedes empezar acompañándome, con lo básico. Quizá te guste… y te ayude a enderezar un poco las cosas.

Hice una mueca. ¿Pasarme el día pendiente del teléfono, rodeado de gente obscenamente rica y siempre encorbatado? No, gracias. Ese mundo ya no tenía nada que ver conmigo.

—O, bueno…, quizá podrías terminar la carrera —añadió, con un tono más conciliador.

Jugueteé con el vaso de iced americano en las manos.

Eso sí que lo había pensado. Había conseguido terminar El médico , lo cual ya suponía un auténtico logro.

Quizá no podría volver a sacar matrícula en Neuroanatomía, pero tal vez con retomar las clases bastaría.

Las últimas semanas, cuidando de otros, me habían hecho recordar por qué había elegido esa profesión.

—Me veo más volviendo a la universidad y sacándome cinco veces la carrera que trabajando contigo. No te ofendas.

Javier soltó una risa leve y, por un momento, recordé que antes solíamos bromear mucho y reírnos a carcajadas juntos. El recuerdo me pinchó el estómago.

—No pienso dejar de luchar —declaré entonces—. Lucía es lo único que me queda.

—Nunca te pediría que dejaras de luchar por tu hermana —afirmó, tras unos segundos pensando sus palabras—. De hecho, nunca he querido separarte de ella.

Bufé, irónico.

—Te la llevaste a Navarra.

—Vivo en Navarra —replicó—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Sacar a mis cuatro hijos del colegio y desplazarlos a Madrid en mitad del curso? ¿Pedirle a mi mujer que cerrase la clínica de psicología y dejara tirados a todos sus pacientes?

Apreté los labios. Nunca me lo había planteado de esa forma.

—Tampoco me has dejado ir a verla —repliqué.

La comida llegó y nos distrajo un momento. Javier tomó su bol de frutas y empezó a darle vueltas mientras yo cortaba mi tostada en trozos pequeños.

—No es cierto que no te haya dejado venir a verla —respondió con calma—. No has querido venir a mi casa porque era mi casa. Porque me has convertido en el villano de la película, cuando yo solo intentaba hacer lo mejor para todos.

—Podrías habértela traído a Madrid de vez en cuando para que la viese —continué yo—. O contestar el teléfono más a menudo cuando quería hablar con ella. Me has apartado como si yo fuera un monstruo.

Él sacudió la cabeza, tomó una cucharada y me miró mientras masticaba.

—Iker —dijo bajando la voz—. Igual que tú has estado peleando con tu trauma, Lucía también.

Algo se me clavó en la garganta. De repente, fue como si alguien me arrancara una venda de los ojos. De repente, entendí que yo no había sido la única víctima de todo aquello. Mi hermana también.

—Hemos trabajado muchísimo estos meses con Lucía… —dijo con la voz apenas sostenida—. Tenía pánico a cerrar los ojos. Ha pasado noches enteras sin dormir. Exhausta. Y luego irritable durante todo el día.

Suspiró, y yo tuve que tragar saliva para reprimir las lágrimas.

—Y con ataques de pánico cada vez que tenía que subirse a un coche.

Apreté los puños y clavé la vista en mis tostadas.

—Por eso no la traje a Madrid. No quería ponerla constantemente en situaciones de tensión innecesaria. Y si a veces no te llamaba… —negó con la cabeza—, era porque estaba en medio de un ataque de llanto o de rabia. O, simplemente, se trataba de uno de esos días en que ni ella misma se soportaba.

No se correspondía para nada con la imagen que tenía de Lucía: cada vez que me llamaba, la veía contenta. Pero ahora empezaba a entender que tal vez Javier elegía los momentos más adecuados.

—Ahora está mejor —continuó con una media sonrisa—. Poco a poco va avanzando. La terapia nos ha ayudado mucho…

—¿Por qué no me lo has contado nunca? —lo interrumpí—. Yo… soy su hermano mayor. Tendría que estar ahí para ella.

Tomé aire y bajé la vista para disimular los ojos llenos de lágrimas.

—Suficiente tenías con lo tuyo —me consoló—.

Tú no moriste aquella noche, Iker, pero una parte de ti se quedó en ese terraplén.

Lucía no necesitaba a otra persona igual de rota a su lado, sino a adultos funcionales que pudieran gestionar sus batallas.

Y ahí hemos estado nosotros. Aunque… quizá se me olvidó que tú también nos necesitabas.

Y lo siento. Han sido unos meses muy complicados. No he sabido hacerlo mejor…

Se le quebró la voz y me hizo levantar la vista para mirarlo. Tenía los labios apretados y los ojos clavados en su bol.

Y entonces caí en la cuenta. Javier también había perdido a su hermano mayor y a su cuñada en la misma noche. Se había tenido que hacer cargo de la empresa familiar y de Lucía, con todas las mochilas que traía consigo. Y encima su sobrino le hacía sentir culpable cada vez que podía.

Quizá la vida ya había sido demasiado cruel con todos nosotros.

—Creo que todos hemos hecho lo que hemos podido con lo que nos ha tocado —murmuré—. Y… siento haberte odiado tanto. Estaba cabreado y…

—Necesitabas un culpable en quien proyectar tu rabia. Lo entiendo.

Mi tío me miró y reparé en las ojeras hundidas bajo sus ojos. Eran oscuras, profundas, como si llevara semanas sin dormir bien.

—Bueno, aún estamos a tiempo de enmendarlo, ¿verdad? —Intentó quitarle importancia, pero vi la chispa de alegría en sus ojos—. Te he traído a desayunar porque quería preguntarte algo importante.

Dejé los cubiertos ordenadamente en el plato y me limité a observarlo con curiosidad. No podría dar un bocado hasta que no terminara la conversación.

—Sabes que Sofía es de Madrid, ¿verdad? —preguntó, refiriéndose a su mujer—. Su familia está aquí. Y la sede de la empresa también, como ya sabes. Siempre habíamos pensado en venirnos una temporada, pero nunca terminábamos de encajar todo.

Se metió otra cucharada en la boca. Parecía tranquilo.

—Como te he dicho, ahora mismo es difícil que recuperes la custodia completa de Lucía, pero… —Hizo una pausa breve, como si le costara seguir—. Sois hermanos. Y después de perder al mío…, no quiero que estéis separados más tiempo.

Ladeé la cabeza, confundido.

—Hemos pensado en mudarnos aquí, a Madrid, a final de verano —anunció—. Así los niños empiezan el curso en el nuevo colegio. ¿Qué te parece la idea? ¿Te gustaría vivir con nosotros?

Tardé un segundo en reaccionar. De todas las cosas que me hubiera esperado de aquella conversación, aquella no estaba en mi lista en absoluto.

—Podríamos comprar una casa cerca de la de tus padres —explicó deprisa, como si necesitara soltarlo antes de arrepentirse—. Y si algún día te agobias, si necesitas aire o estar solo, tu casa seguiría ahí.

Tomó aire.

—Nosotros nos encargaríamos de Lucía. De los papeles, los médicos, el colegio, todo eso. Y tú podrías continuar estudiando. Vivir un poco. Ser…, no sé, un chico de tu edad.

El corazón se me detuvo un segundo.

—Sé que pasar de vivir solo a compartir casa con dos adultos y cinco críos suena a castigo. Pero… —Intentó sonreír—. Quizá se vuelve hasta divertido. Los viernes son noches de sushi y cada semana elegimos una película…

—¿Os mudaríais a Madrid por mí?

Aquello fue lo único que se me ocurrió preguntar.

Sora me había dicho una vez que había descubierto a alguien que la quería sin condiciones, sin pedirle nada a cambio. Ella hablaba de Dios, pero quizá también existía algo parecido en la familia. Gente imperfecta, capaz de sacrificarse por los demás sin esperar nada a cambio.

—Bueno, siempre hemos querido mudarnos, pero por fin hemos encontrado el momento adecuado —dijo, intentando quitarle peso—. Si eso te hace sentir mejor…

Me obligué a pensar cómo sería esa vida: madrugones para ir a la universidad, una mesa llena de niños hablando todos a la vez, migas por todas partes y Javier y Sofía intentando imponer orden con ojeras y café.

Un caos. Pero un caos vivo que sonaba infinitamente mejor que despertarme a la una en el sofá, pedir comida por una aplicación y desayunar en soledad.

Además, estaría Lucía. La vería crecer. El desayuno, los deberes, los disfraces improvisados, las siestas en el sofá, llevarla al cole de vez en cuando.

Y solo por eso, por tenerla cerca, merecía la pena pensarlo.

—No tienes que decidirlo hoy —aclaró—. Podemos hablarlo estas semanas. Piénsalo con calma, ¿vale? Ahora come, que se enfría.

Terminamos de desayunar con una conversación bastante más amena de lo que había imaginado y me descubrí agradecido por ello.

Mientras Javier pagaba, le escribí un rápido mensaje a Sora diciéndole «Todo bien, deseando contarte», ya que me había escrito dos veces esa mañana para darme ánimos.

Finalmente, le añadí también un corazón, aunque no sabía si era demasiado, porque todavía no habíamos tenido la conversación sobre nuestro…

estatus. La palabra novia se me quedaba gigante.

Caminamos hacia los juzgados. Allí, todo fue rutinario y mecánico.

Nombres, documentos, firmas, indicaciones dichas con voz aburrida.

En realidad, no había mucho que decidir o cambiar, así que me limité a hacer lo que me pedían.

Sin embargo, la propuesta de mi tío seguía dándome vueltas en la cabeza.

—¿Qué plan tienes hoy? —preguntó él al salir.