40. Iker
IKER
La casa me recibió con un silencio sepulcral y la oscuridad que precede al amanecer.
Me quedé inmóvil en la entrada, esperando la habitual presión en las costillas que me producía ser consciente de la soledad que reinaba allí.
Y aun así, aunque era exactamente la misma casa que había dejado atrás unas semanas antes, no me sentía pequeño.
Tan solo experimenté una suave nostalgia, que no era agradable, pero tampoco destructiva.
Subí las escaleras despacio hacia mi habitación.
Me limité a observarla y pensé que tal vez podía ordenar un poco, cambiar las sábanas o abrir las ventanas para que entrara la luz.
Y, sin querer, también pensé en Sora. En cuánto me gustaría enseñarle mi habitación.
O merendar con ella en la piscina. O en prepararle una pizza casera antes de ver una película.
Se me escapó una sonrisa y el corazón bombeó más rápido de la cuenta.
Sin prisas, me dirigí a la ducha. Dejé que el agua fría me cayera encima, espabilándome al instante, y arrastrara el cansancio de ocho horas en un autobús destartalado, con asientos apretados y al lado de una señora que olía demasiado a colonia.
Podría haber tomado un tren en clase Prémium, pero preferí quedarme hasta el último momento con Sora.
Apoyé la frente contra los azulejos y cerré los ojos.
Ya la echaba de menos. No había dejado de pensar en ella durante todo el trayecto.
En su risa y también en su llanto. En su olor, en la sensación que me dejaban sus labios, en su voz al pronunciar mi nombre.
Además, no había dormido mucho porque había hecho algo que jamás imaginé: leer la Biblia.
Sacudí la cabeza irónicamente. Yo, Iker Zuloaga, leyendo la Biblia.
Sora me había prestado la suya, alegando que la necesitaba más.
Además, me había colocado un pósit doblado en una página con varios pasajes señalados.
Comencé con el libro de un tal Job, cuyo historial de tragedias hacía que el mío pareciera anecdótico.
Luego continué con ese texto de perdonar setenta veces siete, aunque me resultaban unas matemáticas incomprensibles.
Y, después, con algunos pasajes que hablaban de un amor apasionado que no esperaba encontrar para nada en ese libro.
Pero lo que más me había gustado era recorrer las páginas leyendo las anotaciones de Sora.
Se veían preguntas en los márgenes, frases subrayadas con cuidado y pequeñas peticiones que escribía —casi siempre por otros, nunca para sí misma—.
No sabía si tenía derecho a leerlas, pero, en cierta forma, me hacían sentir más conectado a ella.
Al salir, me planté frente al espejo y me observé con atención.
Seguía teniendo las mismas ojeras, pero el brillo en los ojos era distinto.
Incluso sonreía ligeramente. Ahora me veía y empezaba a reconocerme un poco más: era Iker, un chico de veintitrés años que había perdido a sus padres y estaba lejos de su hermana.
Un chico que vivía con estrés postraumático todavía.
Pero ahora también era un chico que se había enamorado.
Un chico con esperanza, una palabra que antes me resultaba de lo más extraña.
Una vez vestido —pantalón largo en tono beige y un polo azul marino—, bajé a la cocina.
Para mi sorpresa, me la encontré reluciente.
Ni rastro de los platos apilados o de las cajas de Uber Eats que había dejado desperdigadas y de las que no me había acordado.
En la encimera encontré una nota, junto a un paquete de café de especialidad.
Ojalá este campamento haya sido todo lo que necesitabas.
Un abrazo, Lola
Se me dibujó una sonrisa sincera. Lola había estado en esa misma cocina, animándome a ir al campamento. Recordaba haber pensado, con ironía, que era imposible para una persona cambiar en tan poco tiempo. Supongo que tenía que tragarme mis palabras.
Puse la cafetera italiana a calentar y, mientras esperaba a que subiera el café, recorrí la casa sin rumbo, como si necesitara volver a hacerla mía.
El salón estaba perfectamente ordenado. Pasé los dedos por la mesa del comedor, rozando los papeles que había dejado sin firmar para mi tío.
Luego levanté la vista hacia la estantería, llena de libros y de fotos.
Agarré la más cercana: mis padres el día de su boda.
Se habían casado en mitad del campo, con diecinueve años y un amigo oficiando.
Recorrí con el dedo sus caras a través del cristal.
Mamá, con vestido blanco y corona de flores, ya estaba embarazada de mí.
Papá, con camisa de lino, la miraba como si no existiera nadie más.
Tomé otra fotografía. Lucía recién nacida entre mis brazos.
Yo tenía diecisiete años y una expresión de amor absoluto.
Había pasado media vida pidiendo una hermana, y cuando por fin la tuve contra el pecho, envuelta en aquella manta rosa, entendí que las mejores cosas de nuestra vida se hacen un poco de rogar.
En otra foto estábamos los cuatro en la piscina de un hotel en Maldivas, quemados por el sol, despeinados, riéndonos de algo que ya no recordaba.
Nunca me había parado a imaginarme casándome, teniendo hijos, formando una familia.
Pero si algún día conseguía algo parecido a lo que habían tenido mis padres, firmaba sin pensarlo.
La cafetera empezó a borbotear anunciando que el café estaba listo. Me serví una taza abundante y sentí que mis labios tocaban el cielo cuando lo probé. Decidí disfrutarlo en la terraza, donde las primeras luces del amanecer empezaban a colarse entre los árboles.
Caminé despacio, observándolo todo. La piscina, que seguía con el vaivén tranquilo del agua. La mancha amarilla que había dejado tras estampar el botellín de cerveza. La barandilla, a la cual me había aferrado con fuerza, a punto de hacer una locura.
Pero también el carrillón, colgado del limonero, que se movió gracias a una extraña brisa. Aquel tintineo me devolvió, aunque fuera por un segundo, a la realidad. Aquel soplo…
Cerré los ojos. Sora siempre decía algo así como que, en todas las cosas, incluso las peores, Dios interviene para ayudarnos a sacar algo bueno.
Aquel día, aquel coche, aquel restaurante, cada paso absurdo y doloroso me había conducido hasta ella.
Y, de alguna forma, también me había llevado de vuelta a mí mismo.
Quizá por eso, cuando Javier me pidió desayunar con él antes de ir al juzgado, no dije que no.
Acepté, aunque a regañadientes. Ya no sabía qué esperar, pero también había entendido que el odio solo traía más odio y que, tal vez, perdonar a Javier empezaba por algo tan simple —y tan difícil— como sentarme frente a él y escucharle.
Al menos, eso era lo que Sora me había aconsejado.
Ni siquiera sabía cuál era la mejor solución a esas alturas. ¿Aceptar que Lucía ya no viviría conmigo? ¿Rogarle a mi tío que me cediera la custodia? ¿Y luego qué? ¿Volvería a estudiar? ¿Buscaría trabajo? ¿Me convertiría en padre de golpe? ¿Y dónde encajaba Sora en todo aquello?
Me pasé las manos por el pelo mientras respiraba hondo; no quería adelantar acontecimientos. Iría a esa conversación con la cabeza alta. Con una actitud más amable, sí, pero sin bajar la guardia. Lucía era lo más importante y eso no podía olvidarlo.
Solté el aire despacio y levanté la vista al cielo. Sería realmente increíble que hubiera alguien ahí arriba.
—Si es verdad que existes… —balbuceé, sintiéndome un poco ridículo—. Sora dice que sí, y yo me fío de Sora. Quizá… Bueno, estaría bien que me echaras un cable hoy. Gracias.
Mi tío me había citado en una cafetería de especialidad, como si quisiera ganar puntos. Lo vi sentado en una mesa, absorto en el teléfono. Tenía el ceño ligeramente fruncido, tal vez resolviendo uno de sus eternos asuntos de trabajo.
Al verme, se levantó con los brazos abiertos y una gran sonrisa.
Sentí una punzada amarga en el corazón al observarlo de cerca.
Era casi idéntico a mi padre: el mismo pelo canoso, la misma barba, el mismo porte elegante.
Siempre iban impecables, con trajes de chaqueta, aunque hiciera cuarenta grados en el exterior.
—Iker, ¿cómo estás?
Me había dado un abrazo rápido que me tensó un poco, pero no me aparté, y eso ya me parecía un logro.
—¿Cuándo has llegado de Cádiz? —dijo, invitándome a sentarme.
—Hace un par de horas —contesté—. He tenido que venir en un bus nocturno, pero he pasado por casa a ducharme.
El camarero llegó para tomarnos nota. Se me hizo la boca agua solo de pensar en las tostadas de masa madre con hummus de remolacha, aguacate y huevos a baja temperatura que iba a devorar. Había comido bien en el campamento, pero el desayuno no era su punto fuerte.
—¿Qué tal el campamento? ¿Has disfrutado?
Suspiré antes de empezar a responder. Fui muy cuidadoso con lo que le contaba, aunque me obligué a relatar algunas cosas.
Que cada semana había una misión distinta, que habíamos trabajado con diferentes colectivos y que había conocido a personas agradables.
Me sorprendí cuando mi tío me preguntó por el certificado de horas; lo había olvidado por completo.
Por supuesto, omití cualquier mención a Sora.
—Me alegro de que hayas sacado provecho de estas semanas. —Sonrió—. Y gracias por acceder a desayunar conmigo. Hacía mucho que no nos veíamos tranquilamente.
Javier bajaba muchas veces a Madrid. En todas ellas, siempre me escribía para verme, pero yo ni siquiera le contestaba. Así que en ese momento, con la bandera en son de paz ondeando entre nosotros, me sentí un poco culpable.
—Bueno, tampoco he tenido mucha opción, con la firma y eso —musité.
La frase salió más seca de lo que pretendía. Me mordí el labio al instante. Genial. Mis intentos por ser amable acababan de durar exactamente siete segundos.
—Sí, lo sé. Y siento que hayas tenido que venir tan rápido —se disculpó—. Pero, bueno, quería hablar contigo…