39. Sora #3
Porque no se habían quemado solo unas cabañas, unos bancos o una capilla. Se había quemado algo que era nuestro. Un lugar al que siempre volvíamos y que ya formaba parte de nosotras, como una habitación de tu casa o un rincón de la infancia.
Y tenerlas al lado, saber que ellas también entendían esa pérdida —esa sensación horrible de que algo querido puede desaparecer de la noche a la mañana—, no lo arreglaba, pero ayudaba a sostenerme.
—Y ahora ¿qué? —pregunté, secándome las lágrimas al cabo de un buen rato.
Teresa me miró con esa paz que solo ella sabía sentir y transmitir.
—Lloramos todo lo que haga falta —dijo—. Y después nos levantamos. Ahora nos toca caminar entre las cenizas. Nos toca reconocer a Dios en medio del fuego.
Guardó un instante de silencio y, con la voz baja, empezó a cantar:
Alzo la voz en medio del fuego.
De pie en el dolor,
Sin miedo te espero.
Cris y yo la seguimos casi sin pensarlo, bajito, apenas un susurro roto entre lágrimas. Pero cantar allí, en mitad de aquel desastre, tenía algo de oración y algo de resistencia.
Cuando terminamos, Teresa nos apretó las manos.
—Reconstruiremos todo. El campamento seguirá, porque los lugares no los sostienen las paredes, sino las personas que aman entre ellas.
—Tragó saliva antes de continuar—. Vienen semanas difíciles.
Hay familias que lo han perdido absolutamente todo.
Nosotros estamos bien, estamos aquí. Y justo por eso, nos toca quedarnos a ayudar.
Vamos, será mejor que volvamos y empecemos con la tarea.
Las tres nos levantamos, con una perspectiva más esperanzadora de todo. Y al darme la vuelta, vi a Iker. Se había quedado unos metros atrás, en silencio, igual que aquella vez en la capilla, cuando me había dejado llorar sin invadir mi intimidad. Sentí que habían pasado años desde aquella noche.
—Te esperamos arriba —me indicó Cris, con una sonrisa cómplice.
Ambas se adelantaron y yo fui en su busca. Me arropó en sus brazos con firmeza.
—¿Estás bien?
Tenía la voz todavía rota y los ojos me escocían, pero asentí.
—Estoy mejor.
Y era verdad. Había llorado todo lo que podía llorarse de golpe y ahora necesitaba recomponerme. Había gente que necesitaba ayuda, y quedarse quieta no iba a devolver nada a nadie.
—Gracias por darme ese momento con mis amigas —reconocí—. Ellas…, bueno, me entienden mejor que nadie. No quiero que pienses que tú no eras capaz de consolarme ni nada, pero…
—Tranquila. No pretendo competir con lo que tenéis. —Me acarició la espalda—. Eso sí, quiero aprender a consolarte cuando estés mal. Y a hacerte reír. A carcajadas. Eso me gustaría más.
Se inclinó para besarme la frente.
—Y hacerte tu comida favorita, por ejemplo. Por cierto, ¿cuál es tu comida favorita?
Me apretó todavía más y me hizo reír ligeramente. Se sintió bien cambiar un poco de tema.
—El tteokbokki —respondí sin pensarlo.
Ante su cara de absoluta confusión, esbocé una sonrisa amplia.
—Tienes mucho que aprender sobre cultura coreana.
—Y estoy totalmente dispuesto a hacerlo —dijo—. De hecho, ¿te parece si en la primera cita te llevo a un restaurante coreano?
El corazón me dio un vuelco al pensar en una cita con Iker. Una cita de verdad. Por unos segundos, me permití fantasear con la idea.
Me imaginé tardando demasiado en elegir conjunto, con medio armario sobre la cama y Cris en videollamada, dándome consejos muy serios basados en las revistas de moda que leía.
Pensé en cómo Iker vendría a buscarme, muy arreglado.
O, bueno, seguramente iría yo a por él, porque seguiría sin carnet.
Cenaríamos en algún restaurante delicioso, compraríamos un helado en cualquier esquina y acabaríamos caminando de la mano bajo las luces de Madrid.
Luego me besaría. Y nos besaríamos tanto que nos dolerían los labios, pero, aun así, ninguno querría separarse.
Y quizá, después de una noche así, me diría que me quería.
—Nada en contra de los restaurantes coreanos —dije, algo sonrojada por el pensamiento—, pero ninguno supera la cocina de mi madre. Prefiero un… ¿sushi?
Iker hizo un gesto de aprobación y me dio otro beso fugaz.
—Iremos donde tú quieras.
Nos separamos apenas lo justo para empezar a caminar hacia la entrada. Entonces Iker buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos, como si lleváramos toda la vida paseando por Cala Blanca de esa manera. Sentí que flotaba entre las nubes.
—Voy a quedarme aquí, Iker —anuncié cuando estábamos llegando a la puerta—. Quiero ayudar.
Nos miramos. Los dos sabíamos que quizá no serían unos días, sino semanas. Pero también que el reloj seguía avanzando hacia septiembre y hacia ese avión que, tarde o temprano, tendría que tomar rumbo a Corea.
—Lo sé. —Pasó sus manos por mi hombro y me estrechó contra su cuerpo—. Y siento tener que irme. Te prometo que volveré en cuanto pueda, ¿vale?
No sabía si aquello sería verdad o no, pero decidí asentir.
Lo abracé y seguimos caminando despacio, como si alargar aquel trayecto pudiera retrasar la despedida. Porque podía despedirme de muchas cosas ese verano, pero no quería que Iker fuera una de ellas.