39. Sora #2
El campamento había terminado de forma abrupta y yo me negaba a aceptarlo. Me incliné hacia delante para que pudiera mirarme de reojo.
—Teresa, por favor. Necesito ir. Necesito verlo con mis propios ojos.
Apretó los labios. Nadie lo entendería mejor que ella. Si alguien amaba Cala Blanca tanto como yo —o incluso más—, era precisamente ella.
—Te dije que iba a querer ir —murmuró Cris.
—Ni siquiera puede andar bien con ese tobillo —respondió Teresa—. Es una completa cabezona.
—¿A mí me lo vas a decir? —resopló mi amiga—. La aguanto todos los días.
—Ya, pero ¿qué le digo? —insistió Teresa—. Es capaz de irse arrastrando si hace falta.
—Perdonad —intervine—, ¿podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera delante? Gracias.
Teresa guardó silencio unos segundos, buscando argumentos lo bastante sólidos como para lanzarlos como artillería pesada.
—Es peligroso —comenzó.
—Me da igual.
—Tienes el pie mal —insistió.
—Tengo a un médico conmigo.
—Iker tiene que tomar el tren de las doce —añadió.
Ahí sí me callé. Me mordí el labio y desvié la mirada hacia la ventanilla. Otro problemilla en el que había estado evitando pensar: Iker debía volver a Madrid.
—En realidad, puedo pillar un bus nocturno —intervino él, con voz suave. Me giré para mirarlo y me estaba sonriendo—. Quiero estar contigo el mayor tiempo posible.
Me eché hacia delante, inclinada hacia mis amigas todo lo que el cinturón me permitió. Me limité a observarlas y a esperar.
—Hermana —dijo Cris mirando a Teresa—, nos hemos quedado sin excusas. Y para ser sinceros, a mí también me gustaría ir. Porfi.
Tras un suspiro, Teresa tomó un desvío.
Al bajar del coche, me sorprendieron muchas cosas.
Lo primero fue el silencio. No era el típico silencio del que estaba acostumbrada a disfrutar, ese silencio armónico de primera hora de la mañana, cuando los pájaros piaban, ni tampoco se parecía al que se colaba en mitad de las oraciones, entre el vaivén de las hojas.
Era un silencio que no pertenecía a aquel lugar y que me hacía querer gritar: ¡largo de aquí!
Lo segundo fue el suelo. El albero naranja se mezclaba ahora con un tono grisáceo que se pegaba a las zapatillas.
Además, el aire estaba emborronado, cargado de un olor que se quedaba en la garganta y obligaba a toser.
De vez en cuando, una ráfaga ligera traía un aroma más intenso, recordando que algo seguía ardiendo en algún punto cercano.
La zona del aparcamiento estaba llena, pero no de autobuses ni de coches familiares, sino de vehículos de la Guardia Civil, Protección Civil y bomberos.
Chalecos reflectantes que se movían de un lado a otro.
Teresa hablaba con alguien que parecía ser el jefe, probablemente pidiéndole permiso para bajar.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Cris me agarró de la mano mientras avanzábamos por el camino morado.
Teresa caminaba a mi otro lado, en ese silencio sereno suyo que no necesitaba palabras para sostenerte.
Iker iba unos pasos detrás, respetando la gravedad de aquel momento, como si entendiera que ese dolor nos pertenecía sobre todo a nosotras tres.
Me llevé las manos a la boca cuando llegamos a la zona de las cabañas y las lágrimas empezaron a brotar sin permiso.
A mi lado, Cris dejó escapar una exclamación ahogada, como si tampoco terminara de creerse lo que tenía delante.
Sentí que el tiempo se detenía mientras recorría con los ojos el desastre entero, lenta y dolorosamente, e intentaba asumirlo todo.
Me fijé en el olivo del centro de la plaza, o en lo que quedaba de él: un tronco completamente ennegrecido, a juego con el resto del terreno.
Algunas cabañas —entre ellas, en la que dormía mi hermana— habían quedado reducidas a cenizas, con apenas parte de la estructura en pie.
Las que habían sobrevivido estaban cubiertas de grandes manchas de hollín, que dudaba si alguna vez se irían.
Pero el corazón se me encogió todavía más al acercarme a la capilla.
Los bancos, el altar, las vallas, todo de madera, habían sido pasto de las llamas.
Las ramas de los frondosos árboles que hacían de tejado se habían quebrado y caído sin orden sobre el suelo, dejando un paisaje desolador.
Incluso la cruz estaba partida, medio enterrada bajo los escombros.
No pude evitar arrodillarme.
«Cinco, cuatro, tres… Bah, es absurdo».
Sollocé y escondí la cara entre las manos.
El mundo se volvió pequeño, estrecho, imposible de respirar, mientras el pecho me subía y bajaba demasiado rápido.
Aquel lugar, que tantas veces me había visto llorar, dudar, rezar, reír…
, ya no existía. Y sin eso, sentía que una parte de mí dejaba de existir.
—Sora…
Cris se arrodilló a mi lado y me rodeó con los brazos, aunque ella también temblaba y lloraba.
Luego sentí a la hermana Teresa al otro lado, firme y serena.
Y nos quedamos allí durante un buen rato, arrodilladas entre ceniza, humo y escombros.
Cada una llorando a su manera, rezando a su manera, despidiéndose de lo que necesitaba despedir.