Revolución 39. Sora
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39. Sora

SORA

Tres golpes sordos pegaron a la puerta y el corazón se me aceleró sin remedio. Me miré al espejo una última vez antes de abrir. Iker me esperaba con una sonrisa tímida y unos ojos amables, aunque también soñolientos.

—Buenos días —me saludó con voz suave.

Por un segundo ninguno de los dos supo muy bien qué hacer. La noche anterior había sido demasiado bonita como para encajarla tan rápido en la realidad de la mañana.

—Buenos días —respondí, intentando actuar normal.

—¿Qué tal tu tobillo? —me preguntó, clavando la vista en mi pie. Por su expresión, supe que no era la única que estaba ridículamente nerviosa.

—Mejor, gracias —respondí—. Aunque creo que todavía cojeo un poco.

Al final iba a tener razón Cris: un estúpido tobillo torcido iba a convertirse en el punto de inflexión de nuestra historia.

«Espera, ¿nuestra historia?».

Iker Zuloaga era oficialmente mi… ¿novio? Por el amor de Dios, ¿de verdad era mi novio? Nos habíamos besado hasta las tantas de la madrugada, pero a ninguno de los dos se le había ocurrido hablar de etiquetas.

¿Podíamos hablar ya de etiquetas? ¿Tenía que preguntarle de forma explícita si quería ser mi novio?

¿Me lo preguntaba él? ¿O simplemente estas cosas se asumían en silencio y ya está?

¿Y si al ponerle nombre lo asustaba? ¿Y si no ponérselo significaba que no era real?

¿Y si era demasiado pronto? ¿Pensaría que lo estaba agobiando?

De pronto, pensé que, la primera vez que nos habíamos besado, él había salido corriendo de mí como si quererme fuera un incendio. ¿Y si durante la noche lo había pensado mejor? ¿Y si se había despertado y se había acordado de todos los motivos por los que quería alejarse de mí?

Empecé a hiperventilar con la vista clavada en el suelo.

—¿Estás bien? —preguntó Iker, supongo que al notar mi expresión.

Parpadeé varias veces y asentí demasiado rápido, sintiendo cómo el calor me subía por las mejillas.

—Sí. Sí, perfectamente. Solo estaba… pensando.

—Eso no suena muy tranquilizador viniendo de tu cabecita. —Alzó una ceja, divertido.

No respondí, sumida aún en mi bucle mental.

—Ey, Sora… —Bajó la voz un poco y se acercó a mí—. ¿Me cuentas qué pasa?

Me rozó el brazo con ternura y yo alcé los ojos hacia él para percibir una expresión ligeramente preocupada en su rostro.

—¿Estás arrepentida de lo que pasó anoche?

¿Arrepentida? Ni muchísimo menos. Quizá sería mejor decir: «Muerta de miedo de que vuelvas a rayarte» o algo así. Pero arrepentida, en absoluto.

—Porque si es eso, prefiero que lo hablemos ya…

—No, no, no es eso —me apresuré a decir—. Para nada. O sea… No. Todo lo contrario. Yo…

¿Por qué de pronto no era capaz de construir una frase normal? Me di unos segundos para respirar y ordenar mis ideas.

—Estaba pensando que quizá te has arrepentido tú. Que quizá lo has pensado mejor…

Iker ladeó ligeramente la cabeza mientras me miraba. Se le escapó una sonrisa diminuta.

—¿Pensar el qué?

—Pues… —Hice un gesto torpe entre los dos, como si pudiera señalar el concepto abstracto, sin etiquetas aún, de nosotros—. Esto.

Él no dijo nada, así que las palabras continuaron saliendo a borbotones.

—Anoche fue…, bueno, anoche fue anoche —dije, cada vez más consciente de lo absurda que sonaba—. Era tarde. Estábamos cansados, en muchos sentidos… Y a veces, cuando por fin paras, todo sale de golpe.

—¿Me estás diciendo que te besé por un cuadro agudo de cansancio acumulado?

Ahora sí se estaba conteniendo la risa.

—No sabía que besar a Sora fuera un síntoma. Tendré que revisar mis manuales de medicina.

Bufé y me crucé de brazos, fingiendo un enfado que era imposible sentir de verdad; aquel tono divertido siempre acababa por derretirme.

—Solo digo que, con el día, las cosas se ven un poco más claras y…

—Sora.

—¿Qué?

—Anoche te besé.

El corazón me dio un salto al recordar que, a diferencia de nuestro primer beso, había sido él quien dio el paso.

—Lo recuerdo, gracias —musité.

—Con bastante entusiasmo, además.

Me sonrojé de golpe.

—No necesito la repetición de la jugada, pero…

—Necesitas asegurarte de que no voy a irme otra vez ¿verdad?

Probablemente sí. Necesitaba saber si Iker iba en serio con lo de quedarse. Y, si tenía que lanzarle mis dudas como quien tira piedras a un lago para averiguar dónde estaba el fondo, lo haría.

—Lo entiendo. Tienes todo el derecho a dudar, después de lo que ha pasado. —Su voz bajó un poco—. Sigo con miedo, claro. Eso no va a desaparecer en una noche. Pero, Sora, quiero intentarlo.

Me sostuvo la mirada con media sonrisa, nervioso y tierno a la vez.

—Y si tengo que besarte todas las veces que haga falta hasta que empieces a creértelo…, asumiré el riesgo.

Y, al parecer, yo había perdido toda capacidad de filtrar pensamientos antes de verbalizarlos, porque solté:

—Entonces ¿por qué no me has besado aún?

Iker alzó las cejas, divertido y sorprendido.

Durante un segundo pensé seriamente en por qué la tierra no me tragaba, pero él ya estaba atrayéndome hacia su cuerpo.

Me plantó un beso seguro y tierno. No llevaba implícito la urgencia, la electricidad o el vértigo de anoche; aun así, logró que me temblasen las rodillas.

—¿Mejor? —murmuró, todavía sonriendo y apretándome contra sí—. ¿Menos preocupada?

—Un poco menos. Aunque todavía preocupada.

Me dio otro beso profundo y yo solté una risa pequeña, relajando por fin todo mi cuerpo en sus brazos.

Pero duró poco. Mi móvil sonó con la notificación especial que tenía puesta para Cris, y aquel sonido pinchó mi burbuja de felicidad de golpe.

Recordé que no estábamos en aquel hostal por voluntad propia ni por un fin de semana romántico.

Estábamos allí porque un incendio había cortado las carreteras y todo el campamento había terminado acogido en parroquias de la ciudad.

¿Cómo había sido capaz de olvidarme de todo aquel caos?

—Llegan en cinco minutos —le informé.

Besó rápidamente mi mejilla y nos pusimos en marcha.

Esperaba un día despejado y soleado, pero, en cuanto salimos, sentí esa punzada absurda en el pecho que precede a las malas noticias.

El ambiente ya traía consigo un mal presagio.

El cielo lucía cubierto por una capa espesa de humo blanquecino y ceniza suspendida que apagaba la luz del sol.

Pero no me dio tiempo siquiera a mencionarlo, pues la destartalada furgoneta de Mateo apareció entre nosotros, aparcando en la puerta. En ella iban Teresa y Cris.

—¿Qué ha pasado? —fue lo primero que dije.

—¡Buenos días! —dijo Teresa con alegría, bajándose del coche—. ¿Cómo va ese tobillo? ¿Qué tal la noche? ¿Habéis descansado?

Iker comenzaba a relatar algo sobre mi tobillo, pero yo me limité a observar a Cris. A ella los secretos nunca le duraban mucho; se expresaba como un libro abierto.

—Cris, ¿qué pasa?

—¡Nada! —exclamó, intentando sonreír. Luego me abrazó para ocultar el rostro—. Espero que la noche haya sido fructífera y hayáis tenido muchas conversaciones y algún que otro besito.

Normalmente habría contestado con algún comentario divertido o le habría dado un codazo sin piedad. Pero, en lugar de eso, me separé un poco para mirarla mejor. Tenía el rostro serio y pinta de no haber pasado buena noche.

—Chicas, ¿vais a decirme qué pasa? —insistí.

Cris dejó caer los hombros y soltó un suspiro enorme, como si llevara media mañana aguantando el aire.

—¡Te dije que, en cuanto me viera, lo iba a saber! —se quejó, mirando a Teresa.

No respondió. Se colocó frente a mí y me tomó las manos con una firmeza dulce que me asustó más que cualquier grito.

—Estamos todos bien —aseguró—. Eso es lo más importante, ¿vale? Todos estamos bien.

Sentí que el suelo se inclinaba un poco bajo mis pies.

—¿Y entonces?

—Sube al coche y te lo contamos por el camino. Debemos volver.

Intenté balbucear otra pregunta, pero las palabras se me atascaron.

Iker apareció a mi lado, me rodeó con cuidado por la cintura y me guio hasta la parte de atrás de la furgoneta. Se sentó conmigo y no me soltó la mano, ni siquiera cuando Teresa arrancó y nos incorporamos a una carretera nacional.

—El incendio ha sido bastante gordo —comenzó Teresa, sin apartar la vista de la carretera—. Se inició en una de las fincas cercanas al campamento y ha arrasado algunas pedanías enteras. También nos ha afectado a nosotros.

Abrí la boca, pero no salió nada. La información entró despacio, como si mi cabeza se negara a entenderla del todo.

—La capilla y algunas cabañas… Bueno, ahora son ceniza.

Sentí un pinchazo seco en el pecho.

—Le pedimos a Iker que no te dijese nada, pero…

Giré la cabeza de golpe.

—¿Tú lo sabías?

Él me miró con expresión culpable, lo que confirmó la respuesta antes de que pudiera decir nada en voz alta.

—¡Teresa! —exclamó Cris desde el asiento del copiloto—. ¡Eso no lo íbamos a decir! Que se me va a mosquear otra vez con él.

—Ah, recórcholis —murmuró Teresa—. Perdonen.

—¡Iker! —insistí.

—Lo siento —dijo en voz baja, apretando mi mano—. No quería que te preocuparas de más. Si sabías lo que estaba pasando, ibas a desesperarte. Y no podíamos hacer nada. Nadie podía. Solo… intentaba cuidarte.

Eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo y cerré los ojos, reprimiendo la impotencia. Porque una parte de mí quería enfadarse, pero otra sabía que Iker tenía razón. No podríamos haber hecho nada.

Cris se volvió en su asiento y me señaló con un dedo, como si estuviera a punto de dictar sentencia.

—Esta vez voy a defender a Iker. Y mira que me duele, porque normalmente vivo para apoyarte, Sori.

Luego voló los ojos a nuestras manos entrelazadas y me lanzó una sonrisa satisfecha.

—Llevadme a Cala Blanca —pedí, mirándola.

—No —respondió categórica Teresa—. Los bomberos aún están allí inspeccionando todo.

Todavía no sabemos qué zonas son seguras y cuáles no.

El plan es llevarlos a la ciudad, con el resto.

Haremos grupos con quienes deseen quedarse a ayudar.

Los que no quieran o no puedan volverán a casa.

Y los menores también. Min-ji debe regresar a casa. Igual que Diego y Nerea.