38. Iker
IKER
Ya está.
Ya se lo había dicho; ya sí que no había vuelta atrás.
La sensación que me quedó en la garganta se parecía demasiado a la de aquella vez que hice puenting unos años antes: el segundo exacto en que saltas y todavía no sabes si vas a estamparte o a sobrevivir. Vértigo, adrenalina y una estupidez absoluta latiéndote en las venas.
El silencio se suspendió entre los dos, más largo de la cuenta.
Pensé que Sora diría algo, cualquier cosa, pero no lo hizo.
Se quedó quieta, casi en shock, como si necesitara unos segundos para creer que yo acababa de decir aquello en voz alta.
Me miraba con los ojos abiertos, llenos de lágrimas que caían por su rostro.
Lágrimas que yo mismo había provocado de una forma u otra.
Cuando me levanté aquella mañana, estaba decidido a alejarme. A hacer lo correcto. A marcharme antes de destrozarla más.
Pero allí, frente a mí, suplicando explicaciones con la voz rota y el corazón en la mano, ¿cómo demonios no iba a querer acercarme? ¿Cómo no iba a querer abrazarla, besarle las lágrimas, prometerle algo aunque ni siquiera sabía si sería capaz de cumplirlo?
Joder, era imposible tener la sangre tan fría.
—Entonces ¿por qué…? —musitó finalmente—. ¿Por qué me estás apartando?
Cerré los ojos. Cada vez que lo hacía, revivía el momento nítido de nuestro primer beso. Recordaba todas y cada una de las sensaciones que había provocado en mí.
—Cuando te besé… —empecé, aunque la voz me salió más baja de lo que esperaba—, fue como si me hubieran puesto una maldita bombona de oxígeno. Se me olvidó el mundo. Pero entonces hablaste de futuro. Y esa palabra…
Abrí los ojos y apreté los labios unos segundos.
—Me trajo todo de golpe. Me bloqueé y no supe qué hacer.
Sora apenas se movía. Solo me miraba fijamente, con la boca un poco entreabierta. Las lágrimas al menos se habían detenido, pero seguía teniendo las mejillas encendidas.
—Antes de conocerte, esa palabra no existía. No veía nada al otro lado, pero al menos tampoco tenía nada más que perder.
Hice una mueca, recordando aquella fatídica noche de mayo donde todo cambió.
—Ahora sí. Ahora el futuro existe. Imagino que estás en él. En las cosas importantes y en las tonterías del día a día. En la rutina, si es que alguna vez vuelvo a tener una. Y por primera vez deseo que exista. Por primera vez quiero llegar a ese maldito futuro… si estás tú.
Me pasé una mano por la cara, agotado de cargar con tanto.
—¿Y si no sale bien? —pregunté—. Sora, no puedo perder a nadie más… De verdad, no podría sobrevivir a eso.
Noté un leve cosquilleo en la mejilla y comprendí que ahora era yo quien empezaba a llorar. Durante una milésima de segundo, pensé que Sora ya me había visto llorar antes, sí, pero por mi hermana. Esta era la primera vez que lloraba delante de ella… por ella.
Eso me hacía sentir expuesto y vulnerable. Pero al mismo tiempo me trajo una calidez extraña: con Sora ya no tenía que fingir nada.
Entonces se movió de golpe. Se dejó caer de rodillas frente a mí, ignorando por completo el dolor de su tobillo.
—Yo tampoco sé si va a salir bien —confesó en un susurro.
Y en sus ojos pude ver que me estaba diciendo la verdad. No había certezas. Ni promesas falsas. Y eso precisamente me hacía sentir un poco más reconfortado. Porque si hubiera insistido en que todo saldría bien, habría pensado que Sora vivía en un mundo irreal.
—Pero no quiero que el miedo decida por mí.
Le sostuve la mirada unos segundos.
—¿También tienes miedo? —pregunté—. Pensaba que nunca sentías eso…
—¡Soy humana! —exclamó, ofendida—. Claro que estoy muerta de miedo. Me has roto el corazón, ¿sabes? No sé si voy a soportar que me lo rompas de nuevo…
La última frase se le quebró en la garganta. Bajó la vista y sus ojos volvieron a llenarse, brillantes y desbordados. Aquella escena me dolió tanto que no fui capaz de contener el impulso. Me arrodillé también y llevé las manos hasta sus mejillas para secarle las lágrimas.
—Lo siento. Lo siento mucho.
Ella cerró los ojos y se dejó hacer. Puede que siguiera enfadada conmigo. Puede que aún no lograse comprenderme del todo. Pero, al menos, mi tacto ya no le provocaba rechazo, como había ocurrido durante el camino por el sendero. Eso me alivió.
—Precisamente lo que quiero es cuidar tu corazón —murmuré, sin dejar de acariciarla—. No romperlo en mil pedazos.
—Me lo rompes en mil pedazos cuando me alejas sin apenas intentarlo —respondió—. Y creo que el amor va de quedarse, aunque no tengas todas las respuestas.
Tomé aire mientras la miraba y sentí que mis hombros se iban relajando.
Permanecimos tirados en el suelo, estudiándonos en el silencio de la habitación.
Se me pasaron por la cabeza todas las razones por las que debería irme de su lado, pero en sus ojos veía que ella ya había decidido quedarse, aunque las apuestas estuvieran totalmente en contra.
—¿Puedo pedirte algo? —preguntó de repente, secándose las lágrimas al tiempo que se apartaba un poco de mí.
Mis manos cayeron y yo asentí, sin estar muy seguro.
—Baila conmigo.
Parpadeé, descolocado.
—¿Qué?
—Baila conmigo —repitió, más suave.
La vista se me fue a su tobillo.
—No puedes bailar, tienes un esguince… —repliqué—. Además, yo no sé bailar.
—Prometimos hacerlo algún día.
Bufé ligeramente, y aquello me provocó una nostalgia extraña. No podía creer todo lo que había ocurrido desde aquella primera promesa que Sora me había hecho.
—Quizá mañana te vayas y decidas que el miedo es más grande que lo que sientes por mí —continuó, ofreciéndome la mano—. Así que esta puede ser la primera y última vez que podamos bailar.
«Última vez».
¿De verdad iba a ser capaz de aceptar que existiera una última vez con Sora? Si lo único que quería era llenar mi vida de primeras veces con ella.
Insistió con la mano. Vacilé lo justo y finalmente la tomé.
Su piel estaba caliente, pero el contacto me recorrió con un escalofrío.
Tiró de mí con suavidad, aunque en realidad tuvo que apoyarse en mi antebrazo para no desestabilizarse con el tobillo.
No tenía ni idea de cómo pensaba bailar, pero no iba a discutírselo.
Me dejé guiar hasta la terraza, pero antes Sora tomó su teléfono móvil de la mochila.
El atardecer nos saludó con una luz cálida, anaranjada. El aire traía un suave olor a jazmín y las guirnaldas encendidas de la terraza terminaban de poner el toque romántico.
—¿Sabes por qué me enamoré del baile? —murmuró, observando el cielo—. Y no me refiero al baile de competición, sino al puro placer de bailar.
A mi cabeza volvieron todas las veces que la había visto bailar. Primero, en los vídeos de Instagram de Cris, donde las coreografías estaban perfectamente coordinadas. Pero también en la verbena, en medio del comedor, cuando sonaba una canción absurda, o cantando en la furgoneta junto a Cris.
—Porque cuando bailo no necesito tenerlo todo previsto —continuó—. A veces me equivoco. A veces pierdo el ritmo, piso mal, improviso fatal… y aun así sigo. Y disfruto de esa imperfección. De no saber qué va a pasar en el siguiente compás.
Se volvió hacia mí. Me había acostumbrado a verla con el pelo mojado y sin maquillar; aun así, cada día que pasaba la encontraba más preciosa.
—Estoy empezando a pensar que la vida no se planea. La vida se baila, Iker.
Entonces Sora desbloqueó su teléfono y tecleó algo. Un segundo después, una música tranquila empezó a llenar el patio.
La miré con una duda leve en los ojos, porque lo último que quería era hacer el ridículo delante de ella. Entonces, de repente, la imagen de mis padres bailando en la cocina se coló sin permiso. Pero esta vez no llegó con amargura, sino con una calidez inesperada.
—Así que… ¿me concedes este baile? —susurró, sonriendo.
Di un suspiro largo y asentí levemente. Como si pudiera negarle algo cuando me miraba así…
No me des la espalda, ven conmigo
A bailar durante esta noche.
Vamos a continuar la vida los dos
Pase lo que pase.
No pude evitar curvar los labios al escuchar la letra de la canción. Di un paso hacia ella y entrelazamos nuestras manos. Sora me observó con detenimiento. Tanto así que parecía estar memorizándome.
—Déjate llevar —me pidió.
Solo sé que no puedo
Imaginar ni un momento…
Sora sonrió con dulzura y colocó mis manos con cuidado en su cintura. Yo me dejé hacer, incluso presioné con delicadeza para aproximarla a mí. Quería sentir su cuerpo lo más cerca posible. Ella me agarró del cuello suavemente y comenzamos a balancearnos con torpeza.
En el que se acabe
Este bendito baile,
Este baile bendito,
Y te vayas.
Se separó lo imprescindible para girar sobre sí misma, y yo la acompañé ofreciendo mi mano como eje. Tuvo que hacerlo a la pata coja, así que, cuando aterrizó en mí de nuevo, ambos soltamos una risa suave.
Dime si es posible
Que me puedas querer sin condiciones,
Deslicé mis manos por su espalda y ella me rodeó, apoyando la cabeza en mi hombro. Por un instante, fue como si volviéramos al jueves por la noche, cuando nada más existía, solo nosotros dos.
Cuando esta canción termine y vuelvas
A ver mis complicaciones.
Tomé aire. La letra de la canción dolía especialmente.
Ella pareció notarlo y elevó la mirada… lo justo para que sus labios rozaran mi clavícula.
Sentí el impulso de mandarlo todo a la mierda y volver a besarla.
Pero, por el momento, apoyé la cabeza sobre la suya e intenté memorizar el aroma de su pelo, que, por alguna extraña razón, siempre me olía a lavanda.
Solo sé que no puedo
Imaginar ni un momento
En el que se acabe
Este bendito baile,
Este baile bendito,
Y te vayas.
Cerré los ojos durante unos segundos. Claro que no quería que aquel baile terminara.
Ni aquella noche, ni al día siguiente ni nunca.
Quería quedarme allí, con Sora, en ese instante suspendido en que todo parecía tener sentido.
Quería sus días, sus silencios, sus risas inesperadas.
Quería estar con ella todo el tiempo que me quedase por vivir.
Pero, sobre todo, quería ser mi mejor versión para ella, una versión que la mereciera.
Bajé los labios a su oreja y me detuve ahí un momento, sabiendo que a ambos se nos estaba erizando la piel. Solté despacio el aire que aún guardaba en el pecho y, casi sin voz, susurré:
—No quiero irme. Te prometo que nunca he querido irme.
Sora levantó la vista y buscó mis ojos, como si necesitara asegurarse de que hablaba en serio, de que aquella confesión no era solo parte de la música.
—Pues no te vayas —me pidió—. Quédate conmigo. En el desastre, en la incertidumbre, en lo que sea que venga.
No me des la espalda, ven conmigo
A bailar durante esta noche.
Deslicé una mano hasta su rostro. Mis dedos se detuvieron en su mejilla, acariciándola despacio. Ya no nos movíamos, pero daba igual. Porque, bajo la mirada de Sora, empezaba a notar que mis propios miedos perdían fuerza. En su mirada, todo lo malo de este mundo perdía fuerza.
Vamos a continuar la vida los dos
Pase lo que pase.
La mano que estaba en su mejilla se ancló con más firmeza.
Si la perdía, volvería a ser un muerto en vida.
Pero si ni siquiera lo intentaba, si no me concedía a mí mismo la oportunidad de quererla, de quedarme, de permitir que me quisiera…
, entonces sí que no volvería a la vida jamás.
Vagaría sin rumbo, preguntándome el resto de mis días cómo había dejado pasar la oportunidad de amarla.
—¿Pase lo que pase? —pregunté, buscando una última confirmación.
Me acerqué apenas un centímetro más, hasta dejar nuestros labios a un suspiro de rozarse.
—Pase lo que pase —respondió con firmeza.
Entonces fui yo quien acortó la distancia.
Mis labios encontraron los suyos despacio.
Quería hacerle entender a Sora que aquello no era un impulso, sino que nacía de una elección.
Fue un beso distinto al primero. Más consciente.
Más suave. Con más verdad, en cierto modo.
Un beso con sabor a todos los miedos que estábamos derribando.
Un beso con sabor a una apuesta incierta de futuro.
Pero, sobre todo, un beso con sabor a esperanza.
La esperanza de saber que pasara lo que pasase, el amor siempre merecía la pena.