37. Sora
SORA
Primero, me centré en la mala noticia.
Y a pesar de que Iker hizo un gran esfuerzo por no preocuparme de más, no me quedé tranquila hasta que conseguí hablar por teléfono con Cris, con Teresa, con mi madre y con mi hermana.
Con el único objetivo de contrastar versiones y comprobar que en realidad todo estaba bien, tal y como Iker me había dicho.
Una vez que me tranquilicé ligeramente, procedí a asimilar la terrible noticia: me esperaba otra noche con Iker.
Así que mi brillante plan de fingir que no existía hasta que dejara de sentir cosas por él debía esperar unas horas más.
Porque tenerle tan cerca empeoraba toda la fachada de rabia y enfado que me había montado para no sentir dolor.
Cada paso con su cuerpo pegado al mío había ido deshaciendo los motivos para estar enfadada.
En vez de eso, ahora sentía unas enormes ganas de gritar, exigir explicaciones y pedirle que se quedara, que me quisiera sin reservas.
«Pero no pienso ceder».
La pensión se encontraba en la plaza del pueblo, en un edificio con encanto, pequeño, de fachada blanca y ventanas con rejas de hierro forjado de las que caían geranios en cascada.
Sobre la puerta, un azulejo con detalles verdes y azules atrapaba la luz y anunciaba el nombre del lugar: EL PATIO DE LOS SUSPIROS .
«Suspiros estoy dando yo por Iker».
Nos adentramos en la pensión mientras rezaba al cielo para que la vida no fuera tan cruel e irónica como para que solo quedase una habitación y tuviéramos que compartir. Porque, si no, hubiera preferido quedarme a esperar con los jabalíes.
Nos atendió una mujer de pelo canoso, sonrisa amable y preguntas indiscretas que, al ver a Iker sujetándome la cintura, pensó que éramos pareja.
Tuvimos que convencerla de dos cosas. La primera, que no lo éramos y que, por tanto, reservaríamos habitaciones individuales.
Y la segunda, que yo no necesitaba un médico, aunque Iker se aseguró de la hora de cierre de la farmacia.
Por suerte —gracias, Dios— habitaciones no faltaban. Y, después de contarle el motivo por el cual estábamos allí, se apiadó tanto de nosotros que quiso darnos la única suite de la pensión, que Iker me cedió al instante y sin reparos.
La suite era acogedora, con muebles de madera antigua, tejidos claros, una lámpara de mimbre y pequeños detalles que parecían escogidos con cariño.
Lo mejor, sin embargo, estaba fuera: un patio bastante amplio, decorado con guirnaldas de luces, plantas por todas partes y unas vistas espectaculares de la montaña.
Habría sido una noche de lo más romántica si no fuera por la situación tan complicada en la que nos encontrábamos.
—Gracias, ya me apaño sola —dije, liberando un suspiro en cuanto por fin noté el colchón bajo el cuerpo.
Pero Iker ni siquiera contestó. Dejó también su mochila en mi habitación y se encaminó directamente al baño. Un segundo después, lo único que se escuchó fue el estruendo del agua cayendo con fuerza.
—¿Iker? —lo llamé.
«¿Se ha arrepentido de cederme la suite y ahora quiere dormir conmigo?».
Sentí vértigo solo de pensarlo. Probé un par de veces más a llamarle, pero no obtuve respuesta. Así que no me quedó otra que levantarme y llegar cojeando hasta la puerta del baño.
—¿Qué haces? —pregunté.
El baño sí que era digno de revista. Azulejos verdes, estilo mudéjar, y una luz cálida que lo envolvía todo con un aura más íntima de lo que debía.
En el centro, una bañera de hidromasaje espectacularmente grande.
Iker estaba sentado en el borde, con una mano bajo el grifo, comprobando la temperatura del agua.
Me crucé de brazos, apoyándome en la pierna buena.
—Si crees que voy a darme un baño romántico contigo, ni lo sueñes —solté bruscamente, tratando de mantener mi pose de persona enfadada.
A Iker se le escapó una risa leve, entre dientes.
—Es un baño terapéutico —dijo sin mirarme siquiera—. Has pasado calor todo el día y hay que bajar la inflamación del tobillo. Es agua fría…, aunque, si quieres que sea romántico, puedo encenderte unas velas.
—No hace falta —refunfuñé.
Pero la verdad era que el plan no sonaba nada mal.
Me dolía la cabeza por el calor acumulado y el tobillo empezaba a latirme otra vez.
Así que di media vuelta, fui hasta la maleta y saqué la muda limpia que no había usado en el lago.
Al volver, Iker estaba echando un poco de gel y algo parecido a unas sales de baño.
Pulsó un botón y la bañera comenzó a burbujear.
—Tómate tu tiempo —añadió, acercándose a mí—. Mientras, voy a la farmacia y compro algo de comer. Luego te pondré una venda limpia, ¿vale?
—¿Siempre te tomas tan en serio lo de hacer de médico con la gente o es que hoy es un día especial?
Le sostuve la mirada y me dolió no poder tocarla.
—Será más fácil para los dos si fingimos que te estoy cuidando solo porque soy médico.
Hizo una mueca y se marchó tras cerrar la puerta tras de sí, dejándome con el corazón completamente desbocado. Y con unas ganas increíbles de gritar hasta quedarme sin voz.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Suspiré varias veces y conseguí calmarme de nuevo. Y, mientras me desnudaba, pensé que mi plan de fingir que Iker no me importaba se estaba derrumbando por todas partes. Tal vez mi cabeza pudiera convencerse, pero mi corazón jamás iba a aceptar esa mentira.
Con más brusquedad de la necesaria, metí el pie en el agua.
El frío me golpeó de lleno y me arrancó un jadeo incontrolable.
Me agarré al borde de la bañera, resistiéndome unos segundos.
Finalmente, el cuerpo se fue acostumbrando e incluso agradecí el frescor.
El agua fría era justo lo que necesitaba para apagar el calor acumulado, pero también el fuego que se me había instalado en el pecho.
«Iker, ¿qué estamos haciendo?».
Me sumergí un poco más. A mi mente llegaron todos los momentos en los que Iker me había cuidado a lo largo de esos días; a veces, con gestos tan imperceptibles que dudaba que él mismo se diera cuenta. Y eso no se podía fingir, ¿verdad?
Como él había dicho, era mucho más fácil pensar que yo no le importaba, porque lo único que eso dejaba en mí era rabia. Y podía soportar la rabia.
Lo que no podía soportar era pensar que se estaba alejando a propósito, aun importándole. Porque eso me hacía sentir que quizá no era suficiente para que se la jugase por mí. Que podía quererme y, aun así, elegir marcharse. Que podía verme, cuidarme, desear quedarse… y que ni siquiera eso bastara.
Sabía que ninguno de los dos tenía un futuro certero ni fácil.
Él con sus batallas; yo con las mías. Y un mundo entero de distancia que nos separaría a partir de septiembre.
Quizá no se trataba del mejor escenario para empezar una relación, pero ¿resultaba eso motivo suficiente para no intentarlo?
¿De verdad el amor necesitaba certezas para existir o era precisamente lo que daba sentido a todo lo demás?
Cerré los ojos. Aquel pensamiento me atravesó más hondo de lo que esperaba, y toda la rabia y la frustración acumulada cedieron para dejar paso a un dolor sordo, un miedo profundo que me golpeaba las costillas.
La única certeza que tenía era que no podría olvidar a Iker en mucho tiempo, pero elegir querernos no solo dependía de mí.
Noté cómo se me humedecían las pestañas.
Una lágrima se me escapó, silenciosa, perdiéndose en el agua.
¿Y si Iker realmente no quería intentarlo?
¿Y si esa era su última respuesta? ¿Cómo iba a recuperarme de eso?
No quería fingir que no me importaba. No quería perderlo para siempre.
Tan solo deseaba encontrar la forma de convencerlo de que merecía la pena intentarlo.
El tiempo empezó a diluirse y dejé de pelear contra cada pensamiento: solo respiraba, permitiendo que el frío calmara el latido constante del tobillo y del corazón.
Cuando abrí los ojos de nuevo, no supe cuánto tiempo había pasado. Lo único que me devolvió a la realidad fueron mis dedos, completamente arrugados. Me sentía algo más ligera, como si el agua hubiera arrastrado mi malestar, al menos en parte.
Intenté captar algún sonido, pero todo estaba en silencio. Me pregunté si Iker se había cansado de esperarme y se habría ido a dormir a su habitación. Por un segundo, deseé que siguiera ahí, aguardando por mí.
Me puse unos pantalones cortos y una camiseta ligera y salí del baño aún con el pelo mojado. El corazón me dio un vuelco al ver a Iker sentado tan tranquilo en mi cama, también con el pelo húmedo. Me había estado esperando.
Al avanzar unos pasos más, descubrí que tenía algo entre las manos. Suspiré y sentí un ligero cosquilleo en el estómago; definitivamente ya no estaba tan enfadada.
—Lo siento, espero que no te importe que la haya tomado prestada —dijo.
¿Importarme? Lo único que sentía era un absoluto asombro al ver que Iker estaba leyendo la Biblia. Mi Biblia. Me mordí el labio para no sonreír.
—No, claro que no —respondí, tragando saliva. Procuraba no pensar en el hecho de que en ella también había subrayados, anotaciones y pensamientos muy personales—. ¿Qué leías?
—La he abierto al azar —explicó—. Tenías la página marcada. Corintios.
Las mejillas se me calentaron al instante.
—Ah, sí —murmuré, tomando asiento a sus pies—. Me gusta ese pasaje. Siempre he querido leerlo el día de mi boda.
Aquella confesión me salió sin pensar demasiado. Hasta unos días antes, cuando imaginaba mi boda, siempre era David quien me esperaba en el altar.
Lo habíamos hablado tantas veces que suponía que una parte de mí dio por hecho que pasaría.
Como si repetirlo mucho pudiera hacerlo real, aunque por debajo todo se estuviera rompiendo.
Ahora, en cambio, no tenía ni idea de nada.
Ni de si algún día me casaría. Ni de si Iker había pensado alguna vez en algo así.
—¿Por qué te gusta? —preguntó, dejando la Biblia suavemente en la mesita de noche.
Dudé unos segundos. Hasta donde sabía, Iker no tenía ningún interés en la Biblia o en Dios, así que ignoraba hasta cuánto podría explayarme. Pero sentía que no debía desaprovechar esa oportunidad, esa grieta que se nos estaba regalando para poder comunicarnos.
—Porque habla de amar cuando las cosas son difíciles. —Fijé mis ojos en él, que asintió levemente.
—¿Pero no es algo cruel? —replicó al cabo de unos segundos—. Obligar a alguien a esperarte, soportarte… Incluso ¿sufrir?
El hecho de que lo hubiera memorizado un poco hizo saltar mi corazón tontamente.
—Creo que el amor, cuando es verdadero, siempre merece la pena.
«Ojalá lo entendieras».
Pero no respondió, sino que se levantó y agarró una bolsa de la farmacia.
Segundos después, antes de que pudiera reaccionar, se arrodilló delante de mí.
Volvió a tomarme el tobillo con cuidado, y esta vez, cuando presionó, solo sentí una molestia leve.
Abrió un bote de pomada y empezó a extenderla con delicadeza, dejando que sus dedos se movieran despacio por mi piel, mientras aguardábamos ambos en silencio.
Había algo en aquella escena —en el silencio, en su concentración, en la forma en que se inclinaba hacia mí— que me dejó completamente indefensa e hizo que el pulso empezara a dispararse.
—Sora, te mereces a alguien que te ame de esa forma —dijo de repente.
Se me encogió el pecho.
—Y yo no soy esa persona. Yo no sé amar así.
Sus palabras cayeron despacio, pero sus dedos no se detuvieron, aunque la crema ya se había absorbido hacía rato.
Entonces lo miré. Pero no como lo había estado mirando —con rabia, frustración y ganas de mandarlo a tomar viento— desde el jueves por la noche.
Lo miré de verdad. Dejando de lado lo que me dolía a mí para ver todo lo que le dolía a él, recordando cada palabra de su historia, la que me había contado en la playa.
Iker era incapaz de mirarse con amor… y por eso no podía reconocer lo que yo veía tan claro latiendo dentro de él.
«Si por un segundo vieras cómo te miro…».
—Ya lo estás haciendo —murmuré con un hilito de voz—, ¿es que no lo ves?
Alzó la vista con los ojos bien abiertos.
—El amor tiene paciencia. Es bueno. No necesita presumir ni competir. No actúa con orgullo. No piensa solo en sí mismo… —intenté decir las palabras despacio—. Es justamente como amas tú.
Iker tragó saliva y tomó un paquete de vendas nuevas, como si anclarse a aquello pudiera darle tiempo para pensar su respuesta.
—No eres incapaz de querer, Iker. Lo que pasa es que te da pánico que alguien te quiera de vuelta.
Durante unos segundos que se me hicieron eternos, se limitó a rasgar lentamente el paquete para sacar las vendas. Las desenvolvió con cuidado.
—Es que no sé si el amor es siempre suficiente —añadió, empezando a vendar el tobillo—. Tengo miedo de que mi oscuridad te acabe arrastrando…
—Todos tenemos luz y oscuridad dentro de nosotros —respondí sin pensar—. Lo que importa es la parte a la que obedecemos.
—¿Eso también viene en la Biblia? —dijo mientras paraba un segundo para volver a mirarme con una ceja levantada.
—No, es una frase que sale en Harry Potter —admití, encogiéndome ligeramente de hombros.
Aquello pareció tomarlo desprevenido, porque una sonrisa rápida le suavizó la expresión. Apenas duró un segundo, pero bastó para rebajar la tensión entre los dos. Yo también acabé sonriendo.
—Aunque podría haberlo dicho Jesús, la verdad —comenté.
Él tomó aire y volvió a concentrarse en el tobillo. No parecía tener demasiadas ganas de hablar o de dejarse convencer, pero yo no pensaba desperdiciar el poco tiempo que nos quedase a solas. Tal vez solo teníamos hasta que terminase de poner la venda.
—Mañana te irás —sentencié, pero la voz se me quebró. Decirlo en voz alta dolía incluso más—. Así que dime que tienes miedo y que por eso te has alejado de mí. Porque si no hablamos de lo que ha pasado, voy a pensar que has estado jugando conmigo todos estos días…
Tragué saliva.
—Y eso sí que me va a destrozar, ¿sabes? —Apreté los labios. El llanto empezaba a amenazarme—. Así que, por favor…, dime que eres un capullo con miedo. Dímelo. Pero no me hagas creer que eres un capullo por elección.
Él levantó la vista de nuevo hacia mí, con rostro compungido.
—Y si de verdad quieres olvidarme…, si de verdad quieres fingir que aquí no ha pasado nada, vale. Lo haré. —El labio me temblaba sin control—. Pero dímelo a la cara. Atrévete a pedírmelo.
Él bajó la mirada otra vez, incapaz de sostener la mía.
Terminó de ajustar la venda con cuidado y se dejó caer al suelo, sentado con los antebrazos apoyados sobre las rodillas.
Se quedó ahí, quieto, con los ojos fijos en mí…
Tan inmóvil que dudé si iba a decir algo.
Aquel silencio se me hizo completamente agónico.
Fue entonces cuando me di cuenta de que veía borroso. Parpadeé una vez, intentando recomponerme, pero las lágrimas ya habían empezado a caer, imposibles de disimular.
—Soy un capullo, sí. —Su voz sonaba a punto de romperse—. Soy un capullo muerto de miedo porque estoy jodidamente enamorado de ti, Sora.