Revolución 36. Iker #2
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36. Iker #2

Lejos de ofenderse, Cris le sacó la lengua a su amiga, sin dar la menor importancia al comentario, y siguió alejándose marcha atrás. A Álvaro, en cambio, le vi hacer una ligera mueca, como si una parte de él pensara que Sora no iba tan desencaminada.

— Jinjja…

Sora comenzó a escupir palabras ininteligibles en lo que supuse que era coreano, apretando cada sílaba como si le molestara incluso pronunciarlas.

—No sé lo que significa eso, pero…

—Significa que no me puedo creer que esté aquí contigo de manera obligada. ¡La vida me odia!

Sacudió la cabeza y yo suspiré, observándola.

—Entiendo que no quieras ni verme, pero ¿tan horrible te resulta mi presencia? —pregunté, exasperado—. Solo intento ayudarte.

—Es tan horrible que hubiera preferido quedarme con David. O con Camila. ¡O con los dos a la vez!

Eso me dolió, pero intenté no darle demasiada importancia. Quería recordar que era su enfado el que hablaba, no ella. No podía decir aquello en serio, ¿verdad?

Intentó echar a andar como si nada y apoyó el pie con una determinación absurda. Yo me crucé de brazos y la observé en silencio, esperando con paciencia el desenlace inevitable.

Duró justo dos segundos antes de quejarse y detenerse de golpe.

—Ódiame todo lo que quieras —dije—. Grítame, si te hace sentir mejor. Pero ahora necesitas mi ayuda.

Di un par de pasos hacia ella y, sin darle tiempo a protestar, la agarré con firmeza de la cintura. Intentó zafarse durante una milésima de segundo, pero luego comprendió que no tenía más remedio que dejarse ayudar.

—Llegaremos al pueblo, llamaremos al padre Mateo, volveremos al campamento y…

—Y mañana te irás —me cortó.

Mi cuerpo se tensó de repente.

—Sora… —balbuceé.

Alzó la mirada hacia mí. En sus ojos, vi que aquello no era solo rabia, sino dolor. Le había hecho daño de una forma que jamás me perdonaría. Pero quedarme la habría roto más despacio y durante más tiempo.

—Escucha, yo…

—No —añadió rápido, levantando una mano como si quisiera frenarme. También apartó la vista—. No quiero hablar contigo de lo que ha pasado. Y menos ahora, atrapados aquí los dos.

Su voz temblaba, y eso me hizo entender que Sora haría todo lo posible por mantener su enfado. Porque, de lo contrario, probablemente empezaría a romperse delante de mí.

—Porque entonces sabré que lo estás forzando.

Que solo es porque nos hemos quedado solos.

Porque no te queda otra. Si no me hubiera pasado esto, habrías seguido ignorándome y actuando como si no hubiera pasado nada.

Como si yo no hubiera… —se interrumpió un instante—. Como si nada de esto hubiera importado.

Tragué saliva.

Sí, me habría ido a Madrid sin despedirme.

Sí, habría seguido ignorándola. Pero no porque no me importara, sino precisamente porque me importaba demasiado.

Tenerla cerca no hacía más que enredarlo todo y llenarme la cabeza de dudas.

Sora se equivocaba al pensar que no significaba nada para mí.

Y, aun así, deseaba que lo creyera. Porque quizá, si pensaba eso, le resultaría más fácil pasar página.

—Vayamos al maldito pueblo —añadió, más bajo, echando a andar—. Y ojalá el día de mañana llegue cuanto antes, porque no quiero volver a verte nunca más.

Las palabras de Sora me retumbaron profundamente durante todo el camino.

No nos dijimos nada más, tal y como ella había pedido.

El silencio se extendía entre nosotros, metiéndose en cada paso y en cada respiración, y lo volvía todo más lento, más denso, más difícil de soportar.

Aun así, me quedaban pocos momentos a su lado y me permití sentirla.

El calor de su cuerpo me llegaba nítido bajo la mano apoyada en su cintura.

La sostenía con firmeza, pero de vez en cuando, casi sin darme cuenta, mis dedos se deslizaban apenas sobre su ropa, en una caricia mínima, furtiva, que tal vez ella ni siquiera percibía, pero yo sí.

Incluso me sorprendí a mí mismo dando las gracias a ese cielo que siempre parecía hacerme la puñeta.

Aquello era como una segunda oportunidad con Sora, quizá no para arreglar nada —no había solución alguna al caos que era mi vida—, pero al menos para despedirme de ella, sabiendo que en cuanto llegásemos al pueblo y nos recogieran no volvería a tocarla así.

Después de una buena caminata, con un par de descansos por el camino, el pueblo asomó entre los árboles justo cuando el terreno comenzaba a descender.

—¿Eso es humo? —dijo Sora de repente.

Levanté la vista. Al principio no vi nada, solo paisaje. Hasta que distinguí una columna fina, casi transparente, alzándose detrás de una de las colinas, como una grieta abierta en el horizonte.

—Será una hoguera o algo así —murmuré.

Observé a Sora, que apretó los labios, preocupada.

—Vamos, ya queda poco —la animé—. Seguro que recuperamos la cobertura en unos momentos.

Bajamos hasta la entrada del pueblo y la senté con cuidado sobre un muro bajo, evitando que cargara el tobillo.

Cuando por fin la solté, el cansancio me atravesó de golpe, como si el cuerpo hubiera estado aguantando solo por ella.

Me incliné ligeramente, permitiéndome respirar hondo, con la rodilla ardiendo.

No quería quejarme y menos delante de ella.

Saqué el móvil del bolsillo, pero la cobertura apenas llegaba. Sora hizo ademán de tenderme la mano, queriendo llamar ella misma, pero negué con la cabeza. La dejé sentada un momento y me aparté unos pasos, móvil en alto, buscando con insistencia alguna raya más.

Cuando por fin la encontré, marqué el número del padre Mateo, que me respondió al primer tono.

—¿Diga?

—Hola, padre. Soy Iker.

Nunca sabía si llamarle padre o Mateo. Me resultaba un tanto extraño cualquiera de las opciones.

—Iker, ah, bendito sea Dios —sonó preocupado—. Escucha, Cris y el resto acaban de llegar y me han contado todo. Pero hay un problema…

Giré la cabeza hacia Sora, que seguía sentada en el muro, esperándome.

—Ha habido un incendio bastante serio por la zona del campamento —explicó al otro lado, con una voz que intentaba sonar tranquila y no lo conseguía del todo—.

El problema es que muchas carreteras están cortadas.

De puro milagro nos han dejado pasar a recoger a los grupos, pero no podemos acceder a donde estáis.

Noté cómo se me helaba el cuerpo.

—Vais a tener que pasar la noche ahí —continuó—. Intentaremos ir mañana por la mañana, pero depende de cómo evolucione el incendio.

—Pero ¿estáis todos bien? —pregunté rápidamente.

—Sí, gracias a Dios. Todos seguíamos en la ruta —contestó—. Y han evacuado rápido a las hermanas. Estamos en la zona de autobuses esperando al último grupo. Luego dormiremos en algunas parroquias de la ciudad.

—¿Y el campamento?

Se hizo un silencio que me cortó la respiración.

—No quiero pensarlo —murmuró—. Pero me temo lo peor. Por favor, no le digas nada a Sora. No quiero que pase un mal rato. Ella adora Cala Blanca…

Apreté los labios.

—¿Qué tal su tobillo? ¿Podréis aguantar una noche? —preguntó—. Hay un pequeño hostal en el pueblo, seguro que tienen sitio.

—Sí, podremos aguantar. Sora solo necesita un poco de hielo y, sobre todo, reposo —contesté—. Podemos esperar a mañana.

—Perfecto —respondió. Y, antes de colgar, añadió—: Gracias, Iker. Cuidaos. Cuídala.

«Cuídala».

La palabra me cayó encima de golpe. Me quedé quieto unos segundos, con el móvil en la mano y la vista perdida, intentando poner orden en todo lo que me preocupaba.

Primero, cómo contarle lo que había pasado sin asustarla más de la cuenta.

Segundo, lo que de verdad me ponía nervioso: tener que decirle que íbamos a pasar otra noche juntos, sin escapatoria posible.

Y tercero, y no menos importante, resistir la tentación y mantener la cabeza fría. No podía permitirme dudar de la decisión de haberme alejado, pero cada instante junto a ella me hacía preguntarme si estaba luchando la batalla correcta.

—¿Todo bien? —gritó Sora—. ¿Vienen ya?

Empecé a notar el calor subiéndome por el cuerpo y sacudí la cabeza para intentar centrarme. Me acerqué a ella, que me esperaba con rostro confundido.

—Tengo una mala noticia y una terrible —dije—. ¿Por cuál quieres empezar?