36. Iker
IKER
El grito de Sora me atravesó como un latigazo.
No pensé ni medí. Tan solo corrí hacia ella lo más rápido que pude, ignorando la queja de mi propia rodilla. La encontré a unos metros, de lado en el suelo, con una pierna clavada en tierra y el gesto torcido de dolor.
—Espera —solté al llegar, dejándome caer a su lado—. No te muevas.
—Estoy bien —se apresuró a decir.
Intentó incorporarse, pero en cuanto apoyó el pie de nuevo, el gesto se le rompió. Le sujeté el brazo antes de que cargara todo el peso. Se tensó al instante y se zafó rápidamente de mí.
—Ni se te ocurra levantarte —le advertí—. Siéntate un momento.
Cris, que iba en cabeza del grupo, llegó jadeando detrás de mí.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—El tobillo, lo de siempre… —murmuró Sora, con un tono entre fastidio y resignación.
Entonces entendí que Sora debía de ser de esas bailarinas que aprendían a seguir incluso lesionadas, aunque nunca me lo hubiera contado. Y pensé en todo lo que aún no sabía de ella. En todo lo que, quizá, ya nunca sabría.
—Déjame ver —dije, ya llevando las manos a su zapatilla.
—No hace falta —protestó, tratando de apartarse—. De verdad, puedo seguir. Dadme unos segundos y estaré bien.
Nuestras miradas se encontraron y sentí un puñetazo en la boca del estómago.
Mi cuerpo recordó demasiado rápido su tacto, su olor, la forma en que sus brazos se habían cerrado alrededor de mi cuello aquella tarde en la ermita. Pero también recordé el instante exacto en que me aparté de ella. Su cara. El desconcierto. El daño que no pudo ocultar cuando le dije que no podía.
Desde entonces había evitado hasta hacer contacto visual con ella. Porque Sora tenía algo peligroso: conseguía que olvidara todas las razones por las que aquello era una mala idea. Y yo no podía permitirme ese lujo.
—Voy a ver ese tobillo —le indiqué, intentando anclarme al motivo por el cual volvíamos a estar cerca.
Trató de resistir un poco más, pero al final bajó los ojos y me lo tomé como una respuesta afirmativa. Le quité suavemente la zapatilla y deslicé despacio el calcetín. El tobillo estaba inflamado y pasé los dedos con suavidad, palpando, lo que le provocó un gemido de dolor inmediato.
—Te lleva molestando un rato, ¿verdad? —pregunté—. Está demasiado inflamado para que haya sido de ahora.
La miré de reojo y noté cómo apretaba la mandíbula sin decir nada.
—No entiendo por qué no has venido a buscarme para que te mirase esto antes.
El tono me salió mucho más cercano al de un novio desesperado que al de un médico, aunque no pude evitarlo.
Sabía que Sora estaba enfadada conmigo, pero se me hacía insoportable pensar que no hubiera acudido a mí para pedirme ayuda.
Como si nuestro enfado, la distancia o todas las grietas entre nosotros pesaran más que la necesidad de estar ahí el uno para el otro.
Como si pudiera existir algo en este mundo lo bastante grande como para impedirme cuidarla si ella me necesitaba.
Esperé a que respondiese algo, pero no lo hizo. Por lo visto, tampoco me merecía sus palabras, y ¿quién podía culparla después de haber salido despavorido tras besarla de la forma más intensa en que he besado a alguien alguna vez?
—¿Puedes moverlo? —pregunté.
—Sí —respondió, sin ni siquiera intentarlo.
Solté aire por la nariz, ladeando la cabeza para volver a mirarla.
—Eres una paciente terrible.
—Y tú eres una persona terrible.
«Me lo merezco».
Sacudí la cabeza, sujeté el tobillo de Sora… y lo moví ligeramente.
—¡Iker! ¡Me cago en todo!
Se dejó caer hacia atrás con un gemido, tumbándose sobre la tierra. Volvía a decir palabrotas, lo que me recordaba que tenía un enfado monumental.
—Voy a hacerte un vendaje provisional —expliqué, apoyando el pie sobre mi rodilla—. En cuanto lleguemos, reposo y hielo. Y si en unos días no mejoras, vamos al hospital.
—¿Vamos? —ironizó ella—. Ni siquiera vas a estar aquí.
La miré, pero Sora dirigía la mirada hacia el cielo.
—No lo digas como si tuviera elección… —murmuré en tono bajo.
—Bueno, tuviste elección el jueves por la noche.
Su tono seguía siendo igual de alto, como si quisiera que todo el mundo —incluidos los pájaros, las piedras y el monte— se enterase de que había sido un capullo con ella. De nuevo, me lo merecía.
—Sora…
Pronuncié su nombre y, sin darme cuenta, estaba acariciándole el tobillo con delicadeza y no precisamente como médico. Ella se mordió el labio, pero no se apartó.
—¿Alguien me pasa el botiquín para que Iker pueda vendarme el pie? —pidió con expresión incómoda, mirando más allá de mí—. Así acabamos ya con esto.
Juan se agachó y me tendió el maletín de primeros auxilios. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que todos habían formado un corrillo a nuestro alrededor. Nos observaban con una curiosidad descarada, como si asistieran en primera fila a una telenovela.
—¿Podéis darnos un poco de espacio? —pregunté intentando poner una sonrisa amable.
—¡Tienes razón! —exclamó Charlie—. Estamos agobiando. Vamos a alejarnos un poco.
Empecé a abrir el botiquín mientras las pisadas se alejaban, aunque Cris y Álvaro seguían allí. Hacía mucho que no vendaba un tobillo, así que me obligué a concentrarme en cada gesto. De pronto, hacerlo bien me importaba más de la cuenta.
—¿Ya está, no? ¿Terminado? —preguntó, enfurruñada, cuando coloqué la última tira de sujeción—. Gracias.
Se incorporó para ponerse el calcetín y la zapatilla por su cuenta. La observé sin intervenir. Cris la ayudó a levantarse, pero apenas podía apoyar el pie y acabó sosteniéndose a la pata coja.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Cris, mirándonos a todos con cara de pánico—. Aquí no entran los coches. No pueden recogernos. ¿Serás capaz de andar?
—Podrá andar, pero muy muy despacio —expliqué yo, levantándome también—. Y con un apoyo constante.
—Puedo andar rápido —replicó Sora.
Solté un suspiro. «Qué chica tan cabezona».
Entonces Álvaro, que había llevado el mapa en la mano durante todo el camino, miró la ruta marcada con gesto crítico y sentenció:
—Según mis cálculos…, si vamos a la velocidad de Sora, se nos hará de noche. Vamos, que nos daría tiempo a envejecer y a tener hijos en el camino.
Alzó la vista hacia Cris y matizó con rapidez:
—Es un decir, claro. No es que vayamos a tener hijos entre nosotros.
Sacudí la cabeza. Álvaro se volvía inexplicablemente raro cada vez que intentaba impresionar a Cris.
—¡Que puedo caminar rápido! —insistió Sora.
Y, para demostrarlo, intentó echar a andar, pero al segundo paso se tambaleó y tuve que sostenerla. No era la primera vez que lo hacía, aunque esta vez se tensó como si mi contacto la electrocutara.
—Y, por supuesto, no hay cobertura —se quejó Cris, con el móvil en alto—. ¿A quién se le ocurrió esta prueba maravillosa?
Nos miramos entre los cuatro mientras pensábamos en posibles soluciones. La verdad es que estaba jodido.
—¿Y si te dejamos aquí y vamos a buscar ayuda? —sugirió Cris.
—Claro, Cris —soltó Sora, con retintín—. Que me coman los jabalíes y así mañana salgo en las noticias. ¡Maravillosa idea!
Reprimí una pequeña sonrisa. Sinceramente, Sora tenía un punto muy gracioso cuando estaba enfadada.
—¿Alguna idea más? —preguntó Sora.
—Puedo llevarte en brazos —me ofrecí.
—¿Alguna idea útil? —volvió a preguntar, ignorando mi comentario.
Sora hubiese preferido que la tocase un erizo antes que yo.
—Bueno…, yo sí tengo una idea —dijo Álvaro.
Todos lo miramos. Él bajó la vista al mapa de nuevo, se ajustó las gafas y carraspeó.
—A ver… —Señaló con el dedo—. Si seguimos todos juntos por la ruta azul, llegaremos al punto de encuentro donde nos esperan los autobuses. Pero la ruta amarilla es más corta en kilómetros. Bastante más. Y baja hasta el pueblo, donde podríamos llamar para que nos recojan.
—No quiero que todos se fastidien por mí —se quejó Sora—. Yo puedo tirar por la ruta amarilla y vosotros vivís la experiencia por la ruta azul.
—¿Sola? —dijo Cris—. You’re crazy, dear.
—Pues ven conmigo.
De repente, se hizo un silencio y las dos se miraron. Daba la impresión de que se estaban comunicando por telepatía para que los demás no nos enteráramos de nada.
—Ni de coña —dijo Sora, de repente, cruzándose de brazos.
—Es el que mejor puede ayudarte si el tobillo empeora —insistió Cris.
Y en ese momento supe que estaban hablando de mí. Con el desenlace más positivo para el tobillo de Sora, pero el más peligroso para nuestra estabilidad emocional.
—Maravilloso. Un plan precioso. Idílico. Me parto.
—No te partas nada más, por favor —musité, sin poder evitarlo.
—¿Ahora de repente eres humorista? —escupió Sora—. ¡Qué bien! Cada día una versión nueva de Iker. Avísame cuando decidas cuál es la de verdad.
Clavé la vista en el suelo, con una mueca. Me merecía todos los dardos que quisiera lanzarme, pero también me pregunté si algún día sería capaz de perdonarme.
Se hizo un silencio ligeramente incómodo.
—No quiero romper este momento mágico de cuatro amigos contemplando la montaña, pero deberíamos decidir qué hacer —comentó Álvaro.
—Iker irá con Sora —anunció Cris, decidida.
—¡Me niego! —se quejó ella.
Pero Cris ya se estaba agachando para recoger el maletín de primeros auxilios.
—Venga, Sori, no pongas esa cara —dijo—. Quién sabe si esto es lo que necesitáis para tener una conversación de verdad. Os reconciliáis, os casáis y dentro de diez años les contáis a vuestros hijos que todo se arregló gracias a un tobillo torcido.
Boda. Hijos. Con Sora. ¿Era eso una posibilidad? Me mareé solo de pensarlo. En mi mente, el futuro nunca había llegado tan lejos.
—De una historia complicada puede salir una gran historia de amor —continuó diciendo Cris—. Recordad: el sendero amarillo, como en El mago de Oz .
Cris me cedió un mapa y después, con toda naturalidad, tomó a Álvaro de la mano para tirar de él. Mi amigo se puso rojo al instante, pero no se apartó.
—¡Precisamente tú me vas a dar lecciones! —gritó Sora, enfadada—. Para historias complicadas ya estáis vosotros dos.
Uf. Justo en el clavo. Seguro que todo el grupo lo había escuchado.