35. Sora #2
Según lo que Cris me había contado, Iker no le había relatado con gran detalle a Álvaro lo sucedido aquella noche, aunque ya se había encargado ella de completar los huecos.
Y ambos podían tener toda la buena intención del mundo, pero no pensaba dejar que justificaran la actitud de Iker una vez más. Ya no me quedaba más paciencia con él.
Así que, si pretendía olvidarlo a partir del domingo, tal vez debería empezar a practicar sin perder ni un segundo. Sonreí falsamente y dije:
—No sé quién es Iker.
El sendero serpenteaba entre encinas bajas que abrían sus ramas y dejaban caer alguna sombra fresca a ratos.
El calor seco se mezclaba con el olor a tierra suelta, tomillo pisado y piedra templada por el sol.
Entre los matorrales, de vez en cuando, se intuía algo de movimiento y algún batir de alas repentino nos acompañaba unos metros.
El grupo avanzaba entre risas, canciones y conversaciones que iban cambiando de un lado a otro del camino. La guitarra pasaba de mano en mano y las voces se elevaban en el aire caliente, algunas desafinadas y otras sorprendentemente bonitas.
Habría sido un deleite para los sentidos, como cada verano, de no haberme pasado todo el camino pendiente de él, a pesar de que no paraba de recordarme a mí misma que necesitaba olvidar que existía.
Pero mis ojos lo encontraban entre las mochilas, las camisetas pegadas por el sudor y las siluetas que avanzaban levantando polvo.
Sin querer, iba midiendo la distancia que nos separaba: si caminaba por delante, si se quedaba atrás o si se paraba a hablar con alguien, porque, de repente, Iker se había convertido en la persona más sociable del maldito universo.
Aunque nada fue tan cruel como la parada junto al lago.
Verlo allí en bañador, charlando tranquilamente con los demás mientras competían por saltar desde las rocas, fue más de lo que podía soportar, así que me quedé bajo la sombra de un árbol, junto a las mochilas, aprovechando una ligera molestia en el tobillo.
El sol le arrancaba destellos en la piel mojada, y yo tuve que apretar la mandíbula, furiosa conmigo misma por seguir mirándolo, cuando lo que de verdad quería era empujarlo al fondo del lago y dejarlo allí unos minutos, solo para que aprendiera a explicarse.
—¿Qué tal? ¿Cómo vas?
No me hizo falta mirar para saber quién era. Y por eso mismo suspiré pesadamente, jurando que no me quedaba ni una mísera gota de paciencia para aguantar a nadie más.
David tomó asiento a mi lado, como si ese sitio siguiera siendo suyo. Yo mantuve la vista al frente, sin tan siquiera girarme hacia él.
—¿Qué quieres? —gruñí.
—¿No puedo preguntarte cómo estás?
—¿Sabes que existe como un código no escrito cuando dos personas dejan una relación? —dije, irónica, cansada de ser mi versión dulcificada de fresas y arcoíris—. Lo de no intentar ser amigos.
—Eso será para las parejas normales —respondió con calma—. Tú y yo nunca lo hemos sido.
Negué con la cabeza mientras bufaba. Otra mentira que ya no pensaba comprarle.
—Además, ¿quién ha dicho que pretenda ser tu amigo?
Se hizo un silencio entre nosotros. A lo lejos, vi que Iker salía del lago y se envolvía en su toalla. Me obligué a bajar la vista; lo último que quería es que me pillara mirándolo.
—¿Qué tal con Iker? —preguntó de pronto. Al parecer, David sí me había pillado—. Sois la noticia del campamento.
Tomé aire despacio. Dios estaba probando mi paciencia de una manera asombrosa.
—No metas a Iker en esto, por favor.
Otra vez defendiéndolo.
«Maldita sea, Sora».
—No lo meto —replicó, tranquilo—. Ya está metido. Lo has metido tú solita.
Levanté la vista de nuevo, pero esta vez para buscar a Cris. La encontré enseguida, sentada en unas rocas riéndose de forma escandalosa con Álvaro, felizmente inconsciente de que yo estaba atrapada con mi exnovio. ¿Es que no se iba a dar cuenta de que necesitaba ser rescatada de manera urgente?
—Lo nuestro se rompió mucho antes de que Iker apareciera —aclaré—. Pero si necesitas un culpable, adelante. Todo tuyo.
—Solo digo que has pasado página muy rápido. —Hizo una pausa—. Aunque, bueno…, no parece que Iker te esté haciendo mucho caso.
Tensé la mandíbula y esa vez sí que me giré para mirarlo. Tenía los mismos ojos, la misma boca, el mismo pelo alborotado. Era el mismo David. Y, sin embargo, ya no le reconocía. Ya no quedaba nada en mí que quisiera quedarse a su lado.
—Vamos, Sora —insistió bajando la voz—. Los dos sabemos cómo va a acabar esto. Solo intento ahorrarte el golpe.
—¿Cómo va a acabar?
Él soltó un bufido seco y bajó la voz hasta convertirla en un susurro áspero.
—Iker va a pasar de ti. Te irás a Corea con el corazón roto… y entonces…
Se quedó a medias, pero no porque no supiera qué decir, sino porque Iker se acercaba.
Venía con la toalla al hombro y el pelo aún húmedo.
Se agachó a nuestro lado como si no hubiera nada raro en la escena, como si solo estuviera de paso.
Abrió su mochila con calma, sacó la cantimplora y bebió sin prisa.
David soltó el aire por la nariz.
—¿Te vas a quedar ahí todo el día?
Manteniendo la calma, Iker cerró la cantimplora lentamente, volvió a guardarla en su mochila y se sentó en el suelo.
—Depende —dijo, apoyando los antebrazos en las rodillas—. Si vais a seguir hablando de mí, sí.
No alzó la voz. Ni siquiera miró a David de frente, pero el aire se volvió sumamente denso.
—No, la conversación ha terminado —resolví, mirando a David—. Puedes irte.
Él se limitó a observarme, sin moverse.
—Y tú, Iker —añadí, lo que hizo que me mirase a los ojos. El corazón se me encogió de golpe porque era la primera vez que lo hacía desde el beso—. No te he pedido que me rescates.
Algo imperceptible pasó por sus ojos, pero no respondió, así que me levanté sacudiéndome el polvo de las piernas, sin tener claro hacia dónde iba. Menos mal que, justo en ese momento, Mateo decidió hacer uso de su megáfono.
—¡Atención, pequeñuelos! Espero que hayáis podido descansar y divertiros después de comer.
Un improvisado coro de vítores respondió. Algunos seguían medio tumbados en el suelo, con esa modorra pegajosa que deja el calor después de comer. Otros salían todavía del lago, con el agua escurriéndose de los brazos y en busca de las toallas.
—Ahora vamos a comenzar la última parte de la ruta —explicó Mateo, emocionado—.
Volveremos a los autobuses por grupos y lo haremos estilo supervivencia: solo con un mapa y unas pistas que os daremos.
Vuestros monitores tienen todo el material.
¡Es hora de poner a prueba vuestro sentido de la orientación! Nada de teléfonos, ¿vale?
—Pero ¡si no hay cobertura! —se quejó alguien.
«Ya queda menos para el domingo. Y para volver a casa y olvidarme de esta terrible pesadilla», pensé yo.
Media hora más tarde, habíamos comenzado a andar; los grupos salieron con diez minutos de diferencia entre ellos. Aquella sensación de ir «solos» siempre me había gustado, pero ese día solo quería desaparecer. Que me tragara el monte.
Con la excusa de controlar, le dije a Cris que cerraría el grupo. Ella asintió sin discutir, así que acabé la última, lo que me permitió ir sola con mis pensamientos. El sol de la tarde caía en diagonal y el grupo avanzaba entre risas; comentaban el baño y se pasaban la cantimplora de mano en mano.
Yo no escuchaba nada. Iba demasiado metida en mis pensamientos, con la rabia dando vueltas en bucle.
El tobillo ya venía avisándome desde hacía un rato, pero seguí andando sin prestarle atención.
Di otro paso más fuerte de lo necesario y entonces apoyé mal.
Sentí cómo el pie se me iba hacia fuera, sin poder remediarlo.
Lancé un grito de dolor.