Revolución 35. Sora
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35. Sora

SORA

«Capullo».

«Capullo».

«Capullo».

Sin lugar a dudas, Iker había vuelto a despertar esa rabia poco común en mí, pero esta vez era mucho más salvaje y difícil de contener.

Después de nuestro primer beso —un beso imposible, mágico, dolorosamente perfecto— había tenido la desfachatez de apartarse y decir: «No puedo».

«¿No puedes qué, capullo?».

Intenté preguntarle, por supuesto, pero Iker se había cerrado en banda, como si de pronto hubiéramos viajado en el tiempo hasta el primer día del campamento. Como si nada de lo que habíamos vivido, hablado o sentido hubiera calado de verdad en su corazón. ¡No había servido de nada abrirme en canal!

El trayecto de vuelta al campamento fue insoportable.

El silencio era tan intenso que podía oír el sonido acelerado de nuestras respiraciones por encima del motor.

Además, me había agarrado tan fuerte al volante para no llorar delante de él que cualquier sentimiento de tristeza había quedado sustituido por un enfado monumental.

Al llegar, me deseó buenas noches con total normalidad y se bajó del coche el primero. Así, sin más, dejándome sola con las preguntas sin respuesta, la vergüenza que me corroía por dentro y la esperanza destruida que no sabía dónde meter.

Me quedé inmóvil durante un rato y después me permití gritar, dar varios golpes al volante y maldecir sin ningún pudor. Y, por pedir, deseé con todas mis fuerzas que Dios mismo bajase a aclararme cuál era la maravillosa lección detrás de aquella horrible experiencia.

Y aunque me habría gustado quedarme encerrada en la furgoneta el resto de mi vida, el campamento continuó, y yo con él.

El viernes por la mañana volvimos a la escuela de verano.

Cris rehízo los grupos sin preguntar —algo que le agradecí— y me dejó libre, así que me pasé la mañana limpiando un aula, quitando hasta la última mota de polvo de los pupitres sin que nadie me lo hubiera pedido.

Por la tarde, incluso salí a correr con ella, en un intento de quedarme sin aire para ver si así podía arrastrar todo lo que llevaba dentro.

En la verbena me alivió no ver a Iker, así que bailé como una loca, salté y giré sin parar, hasta que el cuerpo me dolió lo suficiente como para no pensar.

Y aun así, no funcionó para acallar del todo lo que sentía.

Iker me estaba evitando y eso me cabreaba todavía más.

Ni siquiera había tenido la decencia de hablar conmigo o de mirarme, aunque yo no dejaba de buscarlo con la vista, dispuesta a enfrentarme a él en cuanto me diera la más mínima oportunidad.

A veces incluso me lo encontraba en una de las mesas del camino, leyendo.

Pero ¿cómo podía concentrarse en un libro cuando yo ni siquiera era capaz de rezar el padrenuestro sin perderme a la mitad?

Y sí, también había hecho el ejercicio de intentar entenderle.

De comprender su dolor y todo lo que arrastraba.

Había tratado de mirar más allá de mi propia frustración —en parte, animada por Teresa, que me estaba aguantando con mucha paciencia— para no convertirlo en el villano de una historia que, seguramente, también le estaba rompiendo a él.

Pero una cosa eran las dudas y otra muy distinta lo que había pasado.

Porque, si habíamos esperado tanto para besarnos y al final lo habíamos hecho…

¿Por qué? ¿Por qué dar ese paso si no íbamos a ser capaz de sostenerlo?

Él podía decir «no puedo» y marcharse tan tranquilo, pero ¿y yo qué?

¿Cómo se suponía que se seguía adelante después de que el maldito Iker Zuloaga me hubiera besado así, como si de verdad estuviera loco por mí?

Que sí, que técnicamente había dado yo el primer paso —una sorpresa incluso para mí, aún no me lo explicaba—, pero él me había respondido. ¡Vaya que si me había respondido!

—La maleta no tiene culpa de que Iker sea un poco imbécil —comentó Cris, a mi lado.

Estábamos en la cabaña, y era posible que yo hubiera lanzado mi pijama con más ímpetu del necesario. Levanté la vista hacia mi amiga, que ya estaba vestida con un conjunto de pantalón verde y camiseta deportiva blanca, rematado con una gorra a juego.

El penúltimo sábado del campamento siempre tenía algo distinto.

Dejábamos atrás Cala Blanca y nos adentrábamos en la montaña para hacer una ruta entre la naturaleza durante toda la jornada.

Caminábamos a lo largo de varias horas bajo el sol, perdiendo la noción del tiempo entre senderos de tierra y piedra.

A mitad de camino parábamos a comer juntos, tumbados a la sombra de algún árbol, y después nos refrescábamos en pequeños baños naturales.

Siempre volvíamos absolutamente exhaustos, pero era un día que se disfrutaba muchísimo.

«Mañana, Sora. Solo tienes que aguantar hasta mañana».

Al día siguiente, Iker volvería a Madrid.

Eso me permitiría empezar a olvidar. O, mejor dicho, empezar a fingir tan exageradamente que Iker nunca había existido que acabaría deshaciéndose en mi memoria como un mal sueño.

Había un «¿y si…?» que no lograba quitarme, pero me negaba a vivir en una duda permanente.

—¿De verdad que no puedo quedarme aquí? —pregunté mientras me abrochaba los pantalones de senderismo.

—Claaaro —respondió Cris, silbando por lo bajo—. Buenísima idea. Te dejamos aquí sola, con tu crisis emocional y cero supervisión adulta.

Resoplé y me senté en la cama para ponerme las zapatillas.

¿Cómo había conseguido meter tanto drama en tres semanas?

Había llegado al campamento soltera, me había reencontrado con mi ex, había casi vuelto con él, me había pillado de otro chico y, para rematar, me habían dejado plantada.

Aquel campamento era un desestabilizador emocional.

Tras preparar las mochilas con todo lo necesario, salimos a la plaza, que estaba animada y llena de gente. Oteé en busca de Iker, pero solo vi a Álvaro atándose los cordones en la puerta de su cabaña.

Me recogí el pelo con una pinza; aquel día, el sol apretaba más de la cuenta. Así que volví al modo coordinadora y me recordé a mí misma que debía estar atenta para que nadie sufriera una insolación. Y eso empezaba por mi hermana, que pasaba justo por delante de nosotras.

—¿Y tu gorra? —pregunté, dando una zancada larga para cortarle el paso.

Min-ji frenó en seco y resopló, echándose el pelo hacia atrás con un gesto impaciente.

—En la mochila.

—Póntela, anda —dije—. Hoy hace un calor terrible.

—Sí, mamá —se burló, sacudiendo la cabeza mientras la sacaba de la mochila.

Se la encajó sin ganas y levantó los brazos en un gesto de obediencia exagerada.

—¿Y te has echado crema? ¿Llevas agua? —seguí.

—Sííííí, pesada.

Le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta y ella frunció el ceño.

—¿Qué te pasa? —preguntó—. Estás rara. Más que de costumbre.

Parpadeé. Mi hermana nunca me preguntaba si estaba bien. Era demasiado… adolescente como para preocuparse por esas cosas. ¿Significaba que el campamento estaba ablandando un poco ese corazoncito de piedra que a veces tenía?

—¿Por qué lo preguntas?

—Que conste que paso de tus movidas amorosas —comentó, eligiendo cuidadosamente sus palabras y sin mirarme—, pero no se habla de otra cosa en el campamento.

Me crucé de brazos y ladeé la cabeza, con curiosidad salvaje.

—Está claro que algo sucede —soltó—. David ya no se te acerca. Todo el mundo dice que te has liado con el tal Iker ese, que además ha estado en la cárcel. María dice que…

—¡Iker no ha estado en la cárcel! —exclamé, quizá más fuerte de la cuenta.

Un par de personas se giraron a mirarnos. Min-ji alzó las cejas, sorprendida.

—Y dile a todo el mundo que se busque algo mejor de lo que hablar —añadí, con la voz aún tensa—. Mi vida amorosa no es un tema público.

—¡Serás tonta! —exclamó enfadada—. Encima que pregunto. ¡Pues me da igual si estás bien o no!

Me quedé clavada en el sitio con los puños apretados mientras ella se alejaba sin girarse.

No sabía qué me enfadaba más: que hablaran de mí a mis espaldas, que todo el mundo pensara que Iker era un criminal…

o esa necesidad absurda de salir en su defensa cuando estaba claro que yo no le importaba lo más mínimo.

—Sora…

—¿Qué? —solté bruscamente.

Me giré y me encontré frente a Cris y Álvaro. Durante un instante se me aceleró la respiración, pero Iker no estaba con ellos y eso tampoco me hizo sentir mejor.

—Ah, Álvaro, hola.

Mi supuesta pelea con Iker —si es que aquello podía considerarse una pelea— también los había salpicado a ellos. Ya no pasábamos tiempo los cuatro juntos. Cris estaba más pendiente de mí, Álvaro de él, y entre todos habíamos aceptado, sin decirlo, que algo se había roto.

—Buenos días —dijo Álvaro, colocándose las gafas—. ¿Qué tal? ¿Cómo vas?

—Bien, todo bien —mentí.

—Mentira, está en la mierda —intervino mi amiga, que se cruzó de brazos.

—¡Cris! —protesté, fulminándola con la mirada—. Perdona si no me apetece que el mejor amigo de ese capullo sepa que estoy hecha una mierda.

«Capullo. Capullo. Capullo».

Álvaro suspiró. Entonces me fijé en su camiseta.

Ni siquiera reconocía la marca, pero tenía pinta de costar lo mismo que el sueldo mensual de mi madre como profesora.

Y, por supuesto, llevaba un reloj más grande que mi cabeza.

Parecía como si me hubieran quitado una venda de los ojos y ahora viera el puzle completo.

Y eso me hacía sentir engañada y estúpidamente ingenua.

—No hace falta que me lo digas —respondió Álvaro—. Se te nota a kilómetros.

—¿Gracias por tu amabilidad?

Cris le dio un codazo a Álvaro mientras rodaba los ojos.

—Solo venía a decirte que… —Álvaro dudó y vi como Cris lo observaba de reojo—. A Iker le importas. Mucho. Pero tiene tal caos en Madrid que estoy seguro de que no quiere complicarte la vida. Hay que tener paciencia…