Revolución 34. Iker #3
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34. Iker #3

Ella levantó la mirada y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. No era una sonrisa amplia ni radiante; se trataba de algo más profundo, más íntimo. Como si, en ese preciso instante, hubiera tomado una decisión que llevaba tiempo guardando en silencio.

Luego se inclinó hacia mí sin un ápice de duda.

Sus labios rozaron los míos con una delicadeza que me dejó sin aliento y me aceleró el pulso.

Fue un beso suave, casi tímido, casi como una pregunta silenciosa.

Durante un mínimo instante, apenas reaccioné.

Me quedé quieto, dejándome envolver por su calor, por la sensación imposible de que aquello por fin estuviera pasando de verdad.

«Sora ha elegido besarme».

Entonces reaccioné, y la distancia entre nosotros por fin desapareció.

Con cuidado, deslicé una mano hasta su cintura y la atraje un poco más cerca. La besé despacio, sin ninguna prisa, con el único objetivo de aprenderme cada milímetro de su boca. Había algo casi reverente en la manera en que la besaba, una delicadeza extraña, casi sagrada.

Pero apenas unos segundos después, todo dejó de ser delicado.

Su cuerpo chocó con el mío y la abracé con fuerza, deseando fundirme con ella. El beso se volvió más torpe, más profundo, más urgente. Y, en medio del tamborileo salvaje de mi corazón —tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo—, supe que los dos llevábamos días ansiando aquello.

Y ahora que por fin estaba ocurriendo, solo podía preguntarme por qué había sido tan idiota de esperar tanto. Me sentía más vivo que nunca, como si hubiera resucitado.

Mis manos se movieron por su cuenta: subieron por su espalda, se enredaron con delicadeza en su cabello, recorrieron la curva suave de su cuello.

Cada roce era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

Sora no se apartó. Al contrario, sus dedos se deslizaron entre mi pelo, tirando de mí con una dulzura firme que me hizo perder el poco control que me quedaba.

Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura, sujetándome cerca de ella, como si necesitara asegurarse de que no iba a desaparecer —yo tampoco quería irme a ninguna parte—, todo lo demás dejó de existir.

Ni el pasado, ni el futuro, ni Corea, ni los juicios.

Solo Sora y la forma en que mi corazón parecía haber encontrado por fin su lugar en el mundo.

Aquello no era un beso cualquiera. Y Sora Alcázar tampoco era una chica cualquiera.

Ni en mil malditas vidas iba a conseguir olvidarla.

—Mira, Iker… —susurró, separándose pero sin soltarme del todo—. ¡El atardecer!

Giré la cabeza lo justo para comprobar que el cielo se teñía de un naranja intenso, aunque apenas le presté atención. El mundo podía arder si quería, pero en ese momento no había nada más importante que Sora.

Volví a besarla casi al instante.

—Tú también has dicho algo con lo que no estoy de acuerdo, ¿sabes? —añadió Sora, apartándose levemente y dándome un beso suave en la mejilla.

—¿Ah, sí?

Cerré los ojos un segundo. Inhalé su aroma despacio, como si pudiera guardarlo dentro.

—Esa tontería de que no tenemos futuro…

Negó con la cabeza, casi con incredulidad. Y antes de que pudiera responder, me atrajo de nuevo. Sus besos me encontraron sin aviso, sin poder reaccionar. Pero en mi mente algo martilleaba.

«Futuro. Futuro. Futuro».

Sora me besaba como si me estuviera eligiendo de verdad, como si no tuviera miedo de quedarse ahí conmigo. Y yo, durante unos segundos, la creí.

Creí que podía hacerlo. Que podía ser ese chico para ella. Uno que besaba a la chica perfecta en mitad de un campamento y después no salía corriendo. Uno que no llevaba una vida rota en los bolsillos. Uno capaz de prometer algo sin sentir que estaba mintiendo.

«Porque ella ahora está viendo mi mejor versión».

Pero si ella me elegía, tarde o temprano tendría que verme entero.

No al Iker que la cuidaba ni al que podía comprar billetes a Corea como quien compra café.

A mí. Con mi tío Javier, con mi hermana, con las noches oscuras, con las cajas de comida acumuladas, con Medicina pudriéndose en un cajón y esa culpa pegada al cuerpo que no sabía quitarme.

«Te mereces mucho más».

«No puedo arrastrarte a esto».

«En el fondo, siempre seré un muerto en vida».

Noté que los pulmones se me cerraban de golpe. El pecho. La garganta.

—Sora, espera… —murmuré, cortando el beso, con la voz más baja de lo que pretendía—. Yo…

Di apenas un paso atrás, pero suficiente para que el espacio entre los dos se sintiera enorme y Sora me mirase desconcertada. Pasé una mano por mi pelo, desordenándolo aún más, y evité mirarla durante un segundo.

Intenté respirar. Inhalar. Exhalar. Nada funcionaba.

Cuando por fin levanté la vista, ella seguía ahí, mirándome pacientemente.

Sora era lo más increíble que me había pasado en mucho tiempo y yo estaba a punto de cargármelo todo. Pero la quería. La quería más de lo que jamás había querido a alguien. Más de lo que podía soportar.

Y si de verdad la quería, no podía retenerla conmigo ni arrastrarla a todo el caos que yo era.

Tal vez la revolución del amor también consistía en dejar ir, por mucho que me destrozase por dentro.

—Lo siento… —Mi voz se quebró—. No…, no puedo.