Revolución 34. Iker #2
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34. Iker #2

—Siempre he creído que David me miró cuando creía imposible que alguien lo hiciera.

—Noté que se me tensaba algo en la cara y bajé la vista, incómodo, pero ella me tomó la barbilla y me obligó a mirarla.

Sus ojos tenían una dulzura que me dejó sin aliento—.

Pero realmente fue Dios quien me salvó. Me reconcilió con todo y volví a ponerme esto.

Sora sacó su colgante, ese que siempre buscaba con los dedos cuando los nervios la traicionaban.

Lo tomé con sumo cuidado. Era la primera vez que lo tenía entre las manos y el simple roce me hizo sentir que ella me estaba confiando algo más que un objeto.

Le di la vuelta despacio y descubrí, grabados en el reverso, su nombre y una fecha: 14. 08.04.

—Me la regaló mi abuela el día de mi bautizo —explicó—. La concha marina es uno de los símbolos de Jeju, la isla donde vive mi familia materna. Es un lugar precioso… Ojalá algún día pueda llevarte.

Se me escapó una sonrisa. Por supuesto que me encantaría conocer Corea. Y más si era a través de sus ojos. Y más aún si era agarrados de la mano. Pero pensar en el futuro con Sora se sentía como si miles de alfileres aterrizaran directos en mi estómago.

—De hecho… —Sora buscó mis manos y entrelazó sus dedos—. Como has dicho antes, no quiero que tengamos medias verdades. En septiembre me…, me iré a estudiar a Corea durante un año.

Parpadeé una vez. Luego otra. Noté el golpe en el pecho sin anestesia alguna.

Corea. Septiembre. Dos palabras bastaban para poner fecha de caducidad a algo que ni siquiera había empezado. Porque una cosa era tener miedo a besarla, a equivocarme, a no estar a la altura. Y otra muy distinta, hacerlo sabiendo que, en unas semanas, ella se encontraría al otro lado del mundo.

Tragué saliva y aparté la vista un segundo, más herido de lo que tenía derecho a estar. Una parte absurda de mí se preguntó por qué no me lo había contado antes. Otra, más cobarde, pensó que quizá la vida acababa de decidir por mí.

—Necesito… volver a mis orígenes —continuó Sora, intentando justificarse, tal vez al ver mi cara—. Estar sola allí. Empaparme de la cultura. Descubrir quién soy sin lo que me define aquí…

Volví a mirarla. No tenía derecho a enfadarme ni a sentirme frustrado. No era una decisión contra mí, sino por ella. Y, siendo sincero, de mi boca no podía salir nada parecido a un «quédate» cuando ni yo mismo sabía si podría hacerlo.

—Lo siento —murmuró ella, con rostro entristecido—. Quizá tendría que habértelo dicho antes. Lo sabe muy poca gente. No he querido contarlo porque, cuando lo digo en voz alta, se vuelve real y… Tampoco quería estropear esto antes de tiempo…

Alcé la mano y le rocé con suavidad la mejilla. Ella cerró los ojos y, durante unos segundos, entendí con una claridad absurda que iba a echarla de menos. Que yo ya estaba irremediablemente perdido por Sora Alcázar.

—Me alegro de que te vayas, si eso es lo que necesitas. De verdad. Y no es como si no existieran los aviones, ¿no? —solté, sin pararme a pensar en las consecuencias de mis promesas—. Y no es como si no tuviera todo el dinero del mundo para ir a verte cuando quiera.

Eso le arrancó una sonrisa leve, y solo entonces sentí que volvíamos a respirar.

—¿Vendrías a verme?

Con ella mirándome así, una parte de mí quería decir que sí a cualquier futuro que la incluyera. Aunque la palabra futuro siguiera atragantándome por dentro.

—Siempre que tú quieras.

Sora apartó la mirada y reprimió una sonrisa que, aun así, se le dibujó en la comisura de los labios. Yo me quedé observándola un instante, aferrado a esa pequeña luz en su expresión, agradecido de verla ahí después de lo que acababa de contarme. Entonces, con más cuidado esta vez, volví a hablar:

—¿Y ahora? ¿Cómo llevas la ansiedad?

—Han pasado unos años y estoy bien —dijo—, o al menos mucho mejor. Pero supongo que es como una herida antigua que a veces vuelve a abrirse. Esa sensación de insuficiencia. De pensar que debo ser perfecta para que los demás puedan quererme…

Hice una mueca. No tenía que hacer absolutamente nada más que ser ella para que la quisiera.

—Tengo mis herramientas, ¿sabes? Hablo mucho conmigo misma y escribir me ayuda a soltar.

Alzó los ojos hacia mí, con una chispa suave en la mirada.

—¿Recuerdas la noche en la casa de acogida?

Me mordí el labio, incómodo. Aún sentía ese calor recorriéndome el cuerpo cada vez que evocaba lo cerca que habíamos estado aquella noche.

—¿Cómo voy a olvidarlo?

Se le escapó una risa traviesa y me dio un golpecito en el hombro.

—Te enseñé mi diario de agradecimiento. Hubo una época en la que solo sabía ver lo malo de mí misma y de mi vida. Empecé a escribir las cosas buenas y, poco a poco, dejó de ser solo un ejercicio para convertirse en una forma de vivir: desde el agradecimiento.

«¿Cuándo había sido la última vez que me había sentido agradecido por mi vida?».

—No estoy intentando comparar lo mío con lo tuyo —dijo enseguida, un poco nerviosa—. No puedo imaginarme lo que debe ser no tener a tus padres y vivir lejos de tu hermana. Pero supongo que… lo que quiero decir es que todos llevamos algo a cuestas.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar. Se notaba que estaba intentando buscar las palabras correctas para no meter el dedo en mi herida.

—Cris también pelea con sus inseguridades —explicó—.

David vive con su abuela porque su madre lo abandonó al nacer…

Ninguno de nosotros lleva una vida perfecta.

Solo que, de algún modo, hemos decidido que eso no tenga la última palabra.

Que, a pesar de todo, merece la pena intentar ser felices con lo que nos ha tocado.

Que vivir amando es lo único que nadie puede arrebatarnos.

Nos quedamos en silencio unos segundos mientras sus palabras ahondaban aún más en mi interior, removiéndolo todo.

Una parte de mí seguía aferrada a la pérdida, al dolor, pero Sora no me estaba hablando de negarlo o fingir que no existía.

Me estaba hablando de algo mucho más difícil.

De algo que don Manuel había intentado explicarme aquella primera semana y que me había roto por dentro.

Se trataba de colocar el dolor. No para hacerlo desaparecer o restarle peso, sino precisamente para que no lo ocupara todo, para que no se tragara también lo poco bueno que aún pudiera quedar. Para dejar así espacio a otra cosa: el amor.

Sora siempre volvía a esa palabra. Era la que más repetía, la que más le nacía.

La revolución del amor, lo había llamado.

Amar cuando las cosas se pusieran difíciles.

Amar aunque todo pareciera perdido. Amar tu vida tal y como era.

Amarte a ti mismo. Amar a los demás. Amar incluso a ese Dios que yo empezaba a sentir muy levemente, casi a mi pesar.

Quería creer que todavía estaba a tiempo de colocar bien el dolor y no dejar que decidiera por mí.

—¡Juguemos a algo! —exclamó de repente—. A ver, dime cosas bonitas que agradezcas del campamento.

La miré con incredulidad, pero era imposible negarse a una sonrisa traviesa de Sora.

—Vale. Pues…, por ejemplo, la comida está rica —dije tras unos segundos, aunque esa era fácil—. El mar, que se ve desde algunas zonas…

—¡Estupendo! —celebró exageradamente—. ¿Algo más?

—El olor a lavanda. Me recuerda a mi madre y a mi abuela.

«Y por alguna razón, ya no me duelen tantísimo los recuerdos».

—Y estar con Álvaro. Sí, estoy agradecido por su amistad —continué mientras Sora me miraba con orgullo—. Y supongo que he conocido a gente bastante maja. Charlie, Juan… Y Cris también me cae muy bien.

—¡Cuántas cosas! ¡Bravo! —aplaudió con efusividad.

—Y… —Volví a acercarme a ella—. Por supuesto, tú.

Pude ver que se le cortaba la respiración.

—En realidad, estás en el primer lugar de cosas que agradezco este año —dije, sin medir mucho las palabras—. O, bueno, casi que de toda mi vida. Tu sola existencia, Sora.

Sus brazos encontraron mi cuello y, sin prisa pero sin titubeos, me acercó más a ella.

—Tú también estás el primero en mi lista de agradecimientos —susurró.

—¿Estoy en esa dichosa libreta?

Sonrió.

—Por supuesto.

Sonreí.

Y nos quedamos ahí unos segundos de más. Incliné la frente y la apoyé en la suya; su respiración chocaba con la mía, irregular, cálida. El trino de los pájaros seguía sonando a nuestro alrededor, pero lejos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

—Hay algo con lo que no estoy de acuerdo de todo lo que has dicho —murmuré, sin poder quitármelo de la cabeza.

Noté que fruncía el ceño antes incluso de que se separara lo justo para mirarme. Sus ojos buscaron los míos, inquietos.

—Has dicho que David te hizo sentir vista cuando pensabas que nadie lo haría.

Se mordió el labio, pero no respondió.

—Sora, es imposible no verte.

El aire entre los dos cambió de golpe.