34. Iker
IKER
No dejé de observarla en todo el trayecto.
La miraba porque todavía me parecía imposible que fuese real, que estuviese a mi lado después de conocer mi miseria.
La miraba también porque una parte de mí no dejaba de pensar en cuánto tardaría en irse.
O en cuánto tardaría yo, incapaz de sostener algo tan grande.
Y quizá por eso sentía la necesidad absurda de memorizarla, como si mirándola lo suficiente pudiera guardármela un poco más.
Ni siquiera sabía adónde íbamos, pero no me importaba. Si era con Sora, habría ido a cualquier parte. Al fin del mundo, si hacía falta.
—Ya estamos llegando —anunció mientras tomaba la última curva.
Sora condujo la furgoneta del padre Mateo con una agilidad asombrosa. Se metió por callejuelas estrechas de urbanizaciones, enlazando curva tras curva, hasta que llegamos a una calle donde parecía terminar todo rastro de civilización, con varios coches aparcados en batería.
—Este es mi sitio especial —me dijo, deteniendo la furgoneta y volviéndose hacia mí.
—¿Un aparcamiento? —bromeé.
Me dedicó una mirada divertida.
—Ten un poco de fe. Lo descubrí hace unos años por casualidad y se ha convertido en uno de mis sitios favoritos. Nunca se lo he enseñado a nadie. Ni siquiera a Cris.
Nos bajamos del coche y la seguí casi con obediencia divina.
Saltamos un pequeño muro y aterrizamos sobre la tierra compacta.
Fue como si, de repente, hubiéramos cruzado a otro mundo.
Todo lo que nos rodeaba era campo, salpicado de árboles preciosos.
Ese año había llovido bastante durante el invierno, así que el paisaje se mostraba ante nosotros de un verde insólito para aquella zona del sur.
Echó a andar con determinación hasta el pie de una pequeña colina, lo bastante empinada como para hacerme dudar de si mi rodilla resistiría.
Pero Sora, como si ya hubiera aprendido a leerme, me tendió la mano.
Se la tomé con una sonrisa, pensando que me estaba acostumbrando demasiado deprisa a la sensación de sus dedos entrelazados con los míos.
Subimos con cuidado y, al llegar arriba, me faltó el aire. No por el esfuerzo de la subida, sino por el paisaje que se mostraba ante mis ojos, tan inesperado como espectacular.
—Dios mío… —susurré.
En lo alto de la colina había una diminuta ermita de cal blanca, coronada con una sencilla cruz de forja.
En el interior, tras una ventana, se podía vislumbrar un crucificado rodeado de flores frescas.
Pero lo que de verdad imponía era la panorámica.
La costa de Cádiz se abría con el mar cubriéndolo todo hasta desaparecer.
El sol descendía sin prisa y pintaba el cielo de tonos anaranjados y dorados.
—Lo sé —contestó Sora, que me dio un apretón leve en la mano—. La belleza de la creación.
Sin duda, aquel era uno de esos instantes en los que hasta el más incrédulo podría preguntarse si existía un Ser Creador capaz de imaginar tanta belleza.
Sora me condujo con suavidad hacia un pequeño muro de piedra que parecía hecho a propósito para sentarse. La ayudé a subir y me quedé frente a ella, entre sus rodillas. Podía notar el calor de sus piernas a cada lado, demasiado cerca como para pensar con claridad.
Me moría por besarla. Pero, cuanto más se aproximaba el momento de hacerlo, más miedo me daba.
—Si me miras a mí no vas a ver el atardecer —rio Sora.
Curvé mis labios, pero no pensaba mirar en otra dirección que no fuera ella. Dudé un segundo antes de moverme, pero me atreví a colocar mis manos suavemente en sus caderas.
—El atardecer estará cada día —indiqué.
—Y yo también —me aseguró.
—¿Seguro?
—¿Por qué sigues dudando, Iker?
Apreté los labios en una fina línea mientras observaba sus preciosos ojos.
—Tenemos vidas tan diferentes… —susurré.
—¿Te refieres a que estás tremendamente podrido de dinero y yo vivo en un humilde pisito con mis padres?
Puse los ojos en blanco mientras bufaba.
El dinero siempre había sido una circunstancia más en mi vida, un ruido de fondo al que nunca le presté atención.
Imaginaba que para Sora era inevitable verlo como algo extraordinario, como una barrera real entre nosotros.
Pero se me ocurrían más de cincuenta razones por las que nuestros mundos eran imposibles…
y las malditas clases sociales ni siquiera estaban entre las primeras.
—No me refería a eso —me defendí.
—Ya lo sé.
Subió las manos por mis antebrazos expuestos al sol. Su pulgar trazaba pequeños círculos distraídos, y sentí cómo se me aflojaban los hombros sin darme cuenta.
—Sé que hablas de dolor. De todo lo que has perdido. De lo mucho que cargas. De lo difícil que te resulta creer que alguien pueda quedarse con todo ese caos, ¿verdad?
Mi cabeza terminó de completar aquella lista.
Mi depresión, que parecía haber encontrado en mí un lugar fijo.
El sentimiento de orfandad, que ya era parte de mi forma de estar en el mundo.
La lucha por la custodia de mi hermana, que pendía sobre mí como algo capaz de romperlo todo.
Y la incertidumbre del futuro, incluso con el dinero ahí, sosteniendo una vida que por dentro seguía tejida en tonos grises.
—Quería traerte aquí por un motivo —recordó Sora.
El viento movía algunos mechones de su pelo y, con naturalidad, se los aparté de la cara. Me quedé unos segundos de más en su cuello, disfrutando del roce con su piel.
—Me has dicho que te daba miedo que yo no entendiera lo que estabas pasando… o que me asustara tanto dolor. —Sostuve su mirada, intuyendo que estaba a punto de contarme algo importante, y continuó—: Sufro de trastorno de ansiedad generalizada desde hace muchísimos años. Eso significa que…
—Que vives con una activación constante —completé casi sin pensar, en un hilo de voz—. Cuerpo en alerta, pensamientos intrusivos, anticipación… y a veces crisis complejas.
Sora reprimió una sonrisa que llevaba implícita una ligera pizca de orgullo.
—Se me olvidaba que eres médico —rio con suavidad.
—Casi médico —puntualicé, bajando la mirada un segundo—. No sé si algún día terminaré la carrera.
Era automático. Parecía que necesitaba recordarle —o recordarme— todos los motivos por los que yo no suponía una buena opción. Pero ella negó con la cabeza y me ofreció una sonrisa que no tenía nada de lástima.
—Perdona, sigue —pedí.
Sora comenzó a contarme su historia, y supe casi desde la primera frase que no iba a salir de aquella conversación siendo el mismo.
Sus padres —él español, ella coreana— se habían conocido en Nueva York mientras estudiaban.
Se casaron jóvenes, formaron una vida allí y nacieron ella y su hermana.
Después se mudaron a España, aunque los veranos seguían siendo de Corea del Sur.
Una familia entre dos culturas, casi idílica… hasta que siguió hablando.
Me contó lo difícil que había sido crecer de esa forma. Lo decía con su calma habitual, pero sus ojos guardaban huellas imborrables de dolor. Hablaba de burlas, miradas desagradables, insultos e incluso empujones disimulados, que se agravaron aún más durante el instituto.
Se metían con sus rasgos, su forma de hablar, su apellido, todo lo que la hacía distinta.
Me dijo que aquello la rompió tanto que comenzó a rechazarse a sí misma y la ansiedad la devoró.
Dejó de dormir bien, de comer, de estudiar o de socializar.
Rechazó todo lo que tuviera que ver con Corea —el idioma, cualquier comida y hasta las llamadas con sus abuelos maternos— e incluso también llegó a pensar que su vida no tenía ningún sentido.
Sin poder evitarlo, me imaginé a una Sora más joven tirada en el suelo de su habitación, llorando sin consuelo, lo que me hizo sentir una punzada de culpabilidad —absurda, por supuesto, pero abrasadora—, que me hacía preguntarme por qué no la había conocido antes.
Si yo hubiera estado ahí, la habría cuidado.
La habría abrazado hasta que por fin entendiera que nunca hubo nada en ella que mereciera ser escondido. Que era absolutamente perfecta así.
Fui entendiendo poco a poco que la Sora que había conocido hasta entonces era solo una parte.
Debajo de su serenidad, de su responsabilidad, incluso de esa luz suya, también había heridas.
Y, lejos de alejarme, eso me atraía todavía más.
Porque ahora la veía de verdad, no solo como la chica perfecta que sostenía a los demás, sino como alguien tan humana como yo.
—Pero el Señor sabe cuándo y cómo hacer las cosas —dijo sonriendo.
Continuó hablándome, esta vez un poco más animada, de cómo sus padres la habían apuntado a baile, casi obligándola a salir de sí misma, y allí había aparecido Cris.
Me contó cómo conectaron enseguida, cómo ella también sabía lo que era vivir entre dos mundos, mezclar idiomas, sentirse descolocada a veces, incluso en casa.
Se entendían. Y, de pronto, cada gesto que había visto entre ellas se cargaba de significado.
—Entonces llegó mi primer campamento.
Y en mi cabeza traicionera apareció el idiota de David.
—Fue justo lo que necesitaba para empezar a sanar de verdad —dijo, bajando la mirada—.
Entonces entendí que mi valor no dependía de ser más o menos guapa, ni de ser más coreana o más española.
Comprendí que ya tenía valor, que ya tenía dignidad…
simplemente porque había alguien que me amaba sin condiciones.
No porque yo me lo hubiera ganado. Sino porque sí.
Luego alzó la vista hacia mí y me miró tan intensamente que creí que se me paraba el corazón.
—Vivimos creyendo que tenemos que merecer que nos quieran. Que hemos de ser suficientes, hacerlo todo bien, encajar, destacar… Algo. Como si el amor siempre hubiera que ganárselo. Pero aquel verano aprendí que no.
—¿Te refieres a David? —solté, sin poder controlarlo.
Ella soltó una risa ligera.
—No, no me estaba refiriendo a ningún chico —confesó, sacudiendo la cabeza—. Aunque, bueno, sí, él también tuvo algo que ver en mi proceso.
Sora hizo una pausa mientras tomaba aire.