33. Sora #3
—Yo también quería dibujar algo que te representase, pero sabía tan poco de ti… —dije, avergonzada, tendiéndole el dibujo—. Que esto fue lo único que se me ocurrió.
Él soltó una risa entre dientes al verlo. Era muchísimo más terrible que el de Iker: un termo de café en tonos azules y amarillos, que había bordeado con rotulador negro.
—¿Un café?
—De especialidad —apostillé—. O eso he intentado.
Él lo observó durante unos segundos, con el gesto algo más relajado.
—¿Desde cuándo los cafés tienen caritas sonrientes? —bromeó.
Le di un pequeño empujón con mi hombro que nos cambió el semblante y rebajó la tensión previa. Luego se hizo un silencio entre los dos mientras mirábamos nuestros respectivos dibujos.
La escena que había dibujado Iker aún no había ocurrido —no paraba de repetirme que él no sabía bailar—, pero había algo demasiado tierno en que se hubiera imaginado a mi lado precisamente en algo que a mí me hacía tan feliz.
—Iker, me alegro de que hoy me hayas contado todo esto, pero… —Tragué saliva, algo incómoda—. Hemos tenido muchos momentos a solas. ¿Por qué no antes?
Miró hacia otro lado, algo avergonzado. No quería que sonara a reproche, pero realmente me lo estaba preguntando.
—Si lo hubiera sabido… —Me encogí de hombros, sintiendo la culpa—. Habría tenido más paciencia contigo desde el principio. Te habría dado la maldita clave del wifi. No sé…
Las lágrimas amenazaron con volver y él lo supo, porque alzó el brazo y me rodeó por los hombros, acercándome a él y dejando que nuestras cabezas se rozaran en silencio.
Sin embargo, tardó en responder.
—¿Puedo ser sincero? —preguntó—. De hecho, me gustaría ser sincero, Sora. No quiero más medias verdades contigo.
Aquello me asustó. ¿Todavía quedaba más por descubrir? ¿Había algo peor que todo lo que ya me había dicho?
—Por favor.
—Pensé que no ibas a entenderlo.
—¿Por qué dices eso? —pregunté, incorporándome por la sorpresa.
—Siento que todo está bien a tu alrededor —confesó, encogiéndose de hombros—. Que todo es felicidad. Cuando hablas de tus padres, de tu hermana, de tus amigos, de tu universidad. Cuando hablas de este proyecto. Todo parece que va… bien. Y una parte de mí creía que no ibas a entenderlo.
—¿Piensas que no he pasado por ninguna cruz porque siempre me ves alegre?
—Bueno, dicho así… —suspiró—. No lo sé.
Volvió a abrazarme y, aunque me dejé hacer, seguía bastante confundida.
—Y, por supuesto, tenía miedo de que salieras corriendo al conocer mis mierdas —susurró—. ¿Cómo vas a querer estar con alguien como yo?
Se me paró el corazón y, por lo quieto que se quedó él, imaginé que al suyo le había sucedido algo parecido.
Nunca habíamos hablado de nada remotamente cercano al futuro de ese nosotros .
¿Quería un futuro con Iker? Mi corazón me decía que sí.
¿Era posible un futuro con él? Quería obviar todos los motivos por los que no: mi viaje a Corea, sus traumas no superados, mis inseguridades, las vidas tan diferentes…
¿Lo volvía todo más difícil después de lo que me había contado? Tal vez. No lo sabía. Pero si era sincera, todo aquello no me alejaba de él. Al contrario, solo hacía que lo quisiera más.
«¿Le quiero?».
—Digo, si es que has pensado en estar con alguien como yo, que no lo sé… —se apresuró a aclarar.
—Bueno, no hemos tenido la conversación —dije, riendo un poco para disimular el nerviosismo.
Y es que, aparte de David, yo no había salido nunca con nadie, así que no tenía ni idea de cómo funcionaban esas cosas. ¿Se suponía que tenía que sacar él el tema? ¿O debía hacerlo yo? ¿Simplemente nos besábamos y ya está? ¿Quién se encargaba del primer paso?
—Me daba miedo esta conversación, la verdad.
—Buscó otra vez mi mano, como si le hiciera falta sentir que seguía allí—.
¿Y si solo soy el clavo que saca a David?
¿Y si para ti esto era solo un rollo de verano?
O peor casi, ¿y si quisieras algo serio?
Mi vida es un desastre, Sora. No sé si puedo cuidar una relación ahora mismo.
Las palabras le salían atropelladas, contenidas durante demasiado tiempo.
—No dejo de repetirme que lo nuestro no tiene futuro, pero contigo todo ha dolido menos, y eso ya ha sido mucho más de lo que esperaba de la vida.
Alcé la vista hacia él y, casi al mismo tiempo, él bajó la suya hacia mí.
El aire cambió y, de repente, todo se volvió más lento, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración.
Estábamos cerca, demasiado cerca, como tantas otras veces…
, pero no igual. Esta vez había algo distinto, algo que tiraba de mí hacia él sin dejarme pensar.
La garganta se me secó por completo. Estábamos a punto de unir nuestros labios por fin, pero, después de todo lo que había dicho, yo también necesitaba dar un paso al frente en lo emocional antes que en lo físico.
Necesitaba que, cuando ese beso llegara, no hubiera nada a medias.
Que fuéramos nosotros de verdad, sin escondernos.
—Ven conmigo —susurré—, quiero llevarte a un sitio.
Pero esa noche quería abrirle mi corazón tanto como él me lo había abierto a mí.