33. Sora #2
—La notaba respirar —continuó—. Así que me obligué a estar despierto en todo momento. Siete horas, me dijeron. Aunque yo perdí la noción del tiempo.
Sin permiso, mi imaginación hizo lo que no debía y dibujó aquella escena con un realismo cruel. Fue suficiente para sentir cómo algo dentro de mí se hacía añicos.
—Me dejé ir cuando escuché las sirenas y pensé que, al menos, Lucía iba a salvarse.
En ese momento, percibí algo salado en mi boca y supe que estaba llorando yo también. Iker se dio cuenta y, triste, me sonrió y me secó las lágrimas con dulzura.
—No quería hacerte llorar —murmuró.
—Lo-lo siento —balbuceé—. Debería estar consolándote yo a ti… Perdón.
Me acarició la mejilla una vez más, y ese gesto pequeño, casi frágil, me hizo pensar que, a pesar de todo, entre nosotros seguía habiendo algo intacto. O quizá solo quería creerlo.
—Desperté un mes después en el hospital —continuó—. Había estado en coma inducido.
Me acurruqué en su hombro, como si estar cerca pudiera reparar algo de todo aquel dolor. Aunque la verdad era que yo también necesitaba desesperadamente aquel contacto.
—Cuatro operaciones. Politraumatismo…, fractura de pelvis, de fémur, varias costillas, traumatismo craneoencefálico… Me pusieron un clavo endomedular y tornillos para recomponerme por dentro. Después vinieron otros tres meses de hospital para aprender a moverme de nuevo.
—¿Y tu hermana?
Noté que su cuerpo se tensaba un poco.
—Mi tío Javier se quedó con la tutela de Lucía y se la llevó a Pamplona.
Se suponía que solo hasta que me recuperara —resopló con fuerza—.
Estoy intentando pelear por su custodia, pero mi tío siempre consigue alegar que no me encuentro estable psicológicamente.
Aunque luego lo que me vende es que no quiere hacerme perder la juventud convirtiéndome en padre con veintitrés años.
Sentí cómo sacudía la cabeza, del todo contrariado. Sin embargo, ¿no tenía su tío algo de razón?
—Creí que el accidente era lo peor que me había pasado —confesó—, pero lo más terrible llegó después, al salir del hospital.
Ni mi cuerpo ni mi mente respondían. Fui incapaz de retomar los estudios de Medicina.
Empecé una batalla legal contra mi tío. Y me convertí en… una persona completamente insoportable.
Tomó aire y seguí acariciándole la mano para que continuara.
—Créeme, si no hubiera sido por Álvaro y su madre… —murmuró—. Me han aguantado más de lo que nadie debería.
Apreté los labios y cerré los ojos un instante, sintiendo cómo todo empezaba a encajar poco a poco dentro de mí.
Por eso Álvaro estaba siempre tan pendiente de él y entre los dos había silencios llenos de cosas que yo no alcanzaba a entender.
De ahí también el origen del dolor en su rodilla o el peso de esa tristeza que llevaba a todas partes.
Por primera vez, me di cuenta de que empezaba a ver a Iker de verdad, sin tantos muros inquebrantables de por medio.
—En resumen, estos meses han sido… —paró unos segundos para buscar las palabras— una mierda, la verdad. Ansiedad. Insomnio. Y ha habido días en los que me he planteado si merecía la pena… seguir aquí.
Sentí que aquello terminaba de aplastarme el corazón. Me incorporé un poco para mirarlo, buscándolo, pero él continuaba con la vista fija en el horizonte, como si decirlo en voz alta ya hubiera sido suficiente.
—Iker…
Los ojos se me empañaron otra vez de lágrimas y él me miró con ternura.
—Hoy me ha llamado mi tío. Tengo que estar en Madrid el próximo lunes. Han denegado mi recurso sobre la custodia.
—¿El lunes? —pregunté, sin poder contener un tono de decepción. Después de lo que me había contado, me sentía una completa egoísta por lamentarme solo porque tenía que marcharse.
—Tomaré un tren el domingo por la tarde. Así puedo aprovechar todo el tiempo que me queda aquí… Contigo. Bueno, si es que todavía quieres estar cerca de mí después de lo que te he contado.
Sentía demasiadas cosas a la vez: tristeza por él, rabia por todo lo que había tenido que vivir, culpa por no haberlo sabido antes y un miedo enorme a decir algo equivocado y romperlo más.
—Lamento mucho todo lo que me has contado —balbuceé, pero se me quebró la voz—. Yo… ni siquiera sé qué decir… Me gustaría quitar un poco de tu sufrimiento y…
—Ya lo has aliviado, Sora —me interrumpió—. Sin darte cuenta. El día que estrellé mi coche contra aquel restaurante, tan solo pensaba en morirme. Y justo aquella imprudencia me trajo aquí.
Sonrió tristemente.
—Hoy has pedido que pintásemos lo que más nos estaba gustando de este verano.
Se incorporó un poco y sacó un papel mal doblado del bolsillo.
—Tú eres lo mejor de este verano, Sora —dijo—.
Vine a este campamento cabreado con el mundo, convencido de que nada podía cambiar, y de alguna manera lo has cambiado todo.
Hoy la oscuridad ha vuelto, pero no he deseado morirme.
Solo he querido alejarme un rato… y esperar, como un idiota, a que fueras tú quien viniera a buscarme.
Desdoblé el papel y vi una pareja bailando en la orilla del mar, él haciéndola girar con una mano, como si todo fuera fácil, como si nada pesara. En la esquina derecha había garabateado mi nombre con una concha marina al lado.
—Llevo muchos años sin dibujar —se disculpó—. Y ni siquiera he podido terminarlo, pero esto era lo que estaba haciendo.
Reí ligeramente y saqué otro papel del bolsillo de mi pantalón.