Revolución 33. Sora
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33. Sora

SORA

Iker había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Después de marcharse para atender una supuesta llamada, no había regresado.

Pasó cerca de media hora antes de que saliera a buscarlo por el patio, pensando que quizá solo necesitaba tomar el aire o se había entretenido hablando con alguien.

Luego lo busqué por el resto de las instalaciones: no había ni rastro de él y nadie lo había visto.

La ansiedad no tardó en dispararse, y todos los escenarios catastróficos posibles empezaron a pasar por mi cabeza. Pero nada lo intensificó tanto como ver a Álvaro visiblemente preocupado también cuando le conté que no le encontraba.

—Mi teléfono está en el campamento —me dijo, fastidiado—. Si volvemos, puedo tratar de localizarlo.

No entendía nada, pero ya estaba corriendo detrás de la única pista que tenía.

Tomamos un Uber y, en cuanto llegamos, Álvaro intentó llamarlo varias veces, sin éxito.

Después, por algún extraño motivo, llamó a su madre, que le explicó algo al otro lado de la línea.

Por la expresión de su cara, entendí que, de pronto, todo cobraba sentido para él, aunque no me dio demasiadas explicaciones.

—Creo que ahora mismo necesita un poco de espacio —me dijo.

Las horas se me hicieron eternas. Procuré seguir con lo que tocaba en el campamento, pero no conseguía quedarme quieta; daba mil vueltas por Cala Blanca y chequeaba la hora cada dos minutos.

A cada rato, buscaba a Álvaro para saber si Iker le había escrito.

A cada rato, levantaba la cabeza al oír cualquier ruido, esperando verlo aparecer por la puerta.

Alrededor de las siete de la tarde, Álvaro se acordó de que compartían ubicación en el iPhone. Vimos que Iker estaba caminando por el pueblo y, al menos, eso me tranquilizó un poco.

—¿Por qué no vas a buscarlo? —me sugirió entonces.

—¿Estás seguro? —Lo miré desconcertada—. No sé si, en estos casos, es mejor que vaya un amigo.

Álvaro negó despacio con la cabeza.

—Creo que Iker ahora mismo te necesita más a ti.

Después de un buen rato escribiéndome con Álvaro, que me fue guiando paso a paso hasta donde estaba, por fin lo vi.

Sentado solo en una pequeña cala de la costa, a la que se llegaba por unas escaleras de piedra desgastadas, con el mar extendiéndose frente a él.

Permanecía sobre las rocas tan quieto que por un momento pensé que era una estatua.

—Por favor, ayúdame a encontrar las palabras —susurré mientras miraba al cielo.

Me quité los zapatos y me sumergí en la blanca arena en su dirección. Con el ruido de las olas y la ligera brisa que corría, no se percató de mi presencia hasta que estuve casi sobre él.

—Sora —pronunció, desconcertado—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado?

Tenía la cara y los ojos tan hinchados que no hacía falta preguntar nada. Llevaba llorando todo el día. Se los frotó con la mano, como si pudiera borrar así el rastro de aquello que le había roto por dentro, y a mí se me encogió el corazón al verlo tan devastado.

—Tienes un gran amigo con el que compartes ubicación —expliqué.

Él parpadeó y luego asintió lentamente.

—Iker, estaba preocupada. Mucho.

Me salió con más dureza de la que habría deseado, pero no pude frenarme. Me había tenido en un sinvivir durante horas. ¿De verdad no había podido mandar un maldito mensaje para avisar de que se encontraba bien?

Apreté la mandíbula. No sabía que la preocupación, una vez disipada, podía transformarse en rabia y frustración.

—Lo siento —musitó Iker, evitando mi mirada y clavándola en el horizonte—. Lo siento de corazón.

Tomé aire y me obligué a calmar mis nervios. Quería sentarme a su lado, acompañarlo y dejar que hablara, si es que deseaba hacerlo. Pero Teresa siempre decía que a la gente había que darle lo que necesitaba, no solo lo que a ti te nacía hacer.

—Solo quería comprobar que estabas bien —dije, algo dolida. No parecía especialmente contento con mi presencia—. Si necesitas estar solo, no pasa nada. Me vuelvo al campamento.

Iker cerró los ojos. Por un momento, pensé que se había olvidado de que me hallaba a su lado. Estaba a punto de darme la vuelta e irme con el orgullo herido cuando él dijo:

—No. Quédate, por favor. Ven.

Dio unas palmaditas a su lado y tomé asiento. Aun así, no me tocó. No hubo roce, ni cercanía, ni uno de esos gestos pequeños y casi automáticos que últimamente aparecían cuando estábamos juntos. Noté la tensión instalarse en mi pecho al instante, intuyendo que algo iba mal de verdad.

—Hay muchas cosas que no te he contado —empezó—. Y sé que lo sabes. Te he estado dando largas.

Bajé la mirada. Le había preguntado varias veces por la universidad, los viajes, su casa o sus amigos.

Preguntas simples que solo requerían respuestas simples, pero que, por algún motivo, Iker no estaba dispuesto a dármelas.

Sabía también que era esa barrera que él seguía interponiendo entre los dos la que nos impedía avanzar en lo que fuera que estábamos construyendo.

—Puedes contarme lo que sea —le animé, con el tono más cálido que conseguí encontrar—. Creo que no hace falta que te lo diga a estas alturas.

Él guardó silencio durante unos segundos. Parecía estar asimilando algo.

—Normalmente no soy el Iker que ves ahora, Sora. —Se pasó la mano por el pelo—. De hecho, me parezco más al Iker insoportable y malhumorado de los primeros días.

—No —negué con rapidez, frunciendo el ceño—. Puede que ese fuera el Iker que estabas acostumbrado a ser, pero no el que he conocido estas semanas.

Me mordí el labio y un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar en todas las pequeñas veces que Iker me había cuidado, me había acariciado o, simplemente, se había reído conmigo.

Me negaba a pensar que no se tratara del Iker verdadero, aunque había una malvada vocecita en mi cabeza que no paraba de repetirme que apenas lo conocía y que el campamento era como una burbuja de realidad paralela que explotaría en algún momento.

—El Iker que he conocido es bueno, atento, cariñoso. Y sé que llevas tu mochila, pero no tienes por qué cargarla tú solo.

Echó la cabeza atrás y miró durante unos segundos al cielo mientras tragaba saliva. Yo pensé que ojalá el campamento también le estuviera sirviendo para descubrir que había alguien que sí podía quitarle todas esas cargas. Y no era yo.

De pronto, tras esperarlo durante muchos días, por fin comenzó a abrirse conmigo.

—El diecisiete de noviembre de dos mil veinticuatro hubo un accidente en el puerto de Navacerrada —empezó—. Fue muy sonado porque tardaron horas en llegar hasta los supervivientes y rescatarlos. No sé si te acuerdas, salió en todas las noticias.

Fruncí el ceño, confundida, intentando recordar.

No veía mucho las noticias, pero mi padre era de esas pocas personas que todavía leían el periódico en papel durante el desayuno, después de su paseo matutino.

Recordaba vagamente una portada con dos imágenes.

En una, el amasijo de hierros en el que había quedado el coche.

En la otra, un matrimonio que sonreía a la cámara.

Se me quedó grabado porque los dos eran tan atractivos que parecían sacados de una película de Hollywood.

—Yo viajaba en ese coche.

Se me cortó la respiración.

—¿Qué?

—Con mis padres y mi hermana.

Me tapé la boca con los dedos y sentí que el cuerpo se me vaciaba de golpe.

—Espera, entonces…

De pronto, aquella noticia dejó de ser una imagen borrosa en un periódico sobre la mesa de mi cocina. Ya no era una tragedia lejana ni una historia triste de gente desconocida. Era él, Iker. Su cuerpo allí dentro, su hermana, sus padres.

—Mi madre adoraba la naturaleza. Cada poco tiempo nos escapábamos. Era su cumpleaños…, así que nos fuimos unos días. —Sonrió, pero con un temblor de labio—. Fue increíble. Hicimos rutas, recogimos piñas, leímos junto a la chimenea… En esos momentos, piensas que eso va a durar toda la vida.

Sin pensarlo mucho, le tomé la mano. Él entrelazó sus dedos en los míos y eso me relajó un poco.

—Íbamos a quedarnos más días, pero mi padre recibió una llamada de mi tío Javier. Ellos… —dudó antes de continuar, como si fuera a contarme un secreto escandaloso— son los dueños de Zeta Capital.

Abrí la boca, de nuevo sorprendida.

Mi mente volvió sin permiso a la primera conversación que había tenido con Iker, cuando me dijo que vivía en Aravaca.

Si su padre era el dueño de una de las multinacionales más importante de España, entonces resultaba bastante probable que me hubiera mentido.

Y aquello ya no tenía nada que ver con llevar una vida cómoda, sino que estábamos hablando de millones.

De casas enormes en urbanizaciones privadas, de varias propiedades repartidas por el país, de chóferes, de gente que te sirve el café sin que tengas que levantarte a por él.

No pude evitar pensar que yo jamás encajaría en un mundo así.

—Se hallaban cerrando algo importante en la empresa, así que mis padres decidieron volver —prosiguió, ajeno a todo lo que se me estaba pasando por la cabeza en aquellos momentos—. Pensaron que si salíamos de noche y mi hermana y yo íbamos dormidos, se nos haría más corto el trayecto.

Tragué saliva, intentando volver a mí y, sobre todo, a la historia que por fin había decidido compartir conmigo.

—Salimos sobre las doce. Lucía iba profundamente dormida. Yo no… —Bajó la mirada—. Me quedé despierto. Como si…, no sé…, como si algo en mí supiera que aquellos serían los últimos momentos con ellos.

El viento sopló más fuerte, pero yo apenas respiraba.

—Nos sorprendió una tormenta —continuó—. Lo último que escuché fue un frenazo. Luego un grito ahogado de mi madre. Y un gran estruendo metálico. Después…, solo oscuridad y silencio.

Le vi pestañear rápidamente y desviar la mirada hacia arriba, pero, aun así, una lágrima empezó a deslizarse por su mejilla.

—Mis padres no se movían, y entonces lo supe. —Su voz sonaba rota—. Pero tenía las piernas atrapadas debajo de mi hermana…

Apretó la mandíbula.