Revolución 32. Iker #3
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32. Iker #3

—Hola, Iker —dijo con voz calmada, lo que me tranquilizó ligeramente—. Siento haber insistido, pero es el único momento que podía llamarte entre reunión y reunión.

—¿Lucía está bien? —quise asegurarme lo primero.

—¿Qué? ¿Lucía? —preguntó, desconcertado—. Sí, sí. Está bien. Solo te llamaba para hablar contigo. Te he mandado varios mensajes, pero no me has contestado.

Tomé aire aliviado y me senté en un escalón a la sombra.

—¿Qué tal? ¿Cómo va todo? —preguntó—. ¿Qué tal el campamento?

Odiaba cuando se ponía paternalista fingiendo que le importaba.

—Todo bien.

Bajé la mirada al dibujo que había estado haciendo. No estaba mal para llevar años sin usar un pincel. Un par de siluetas, el mar al fondo, tonos morados. Sentía que aquellos trazos contenían todo mi verano de verdad.

Me pregunté qué diría Sora si estuviera escuchando la conversación con Javier en esos momentos.

Ella siempre hacía lo correcto, incluso cuando costaba.

Ya me lo había explicado aquella noche: la revolución del amor.

Esa idea a veces provocaba en mí una sensación incómoda, pues era una especie de espejo cuyo reflejo no me gustaba demasiado.

Pero también me impulsaba a intentar hacer las cosas bien.

—Esta semana colaboramos en una escuela de verano con niños —añadí, con un gran esfuerzo.

—Vaya —dijo, sorprendido. No estaba acostumbrado a que formulase frases de más de dos palabras con él—. Gracias por decírmelo. Supongo que se te hará un poco cuesta arriba. Te acordarás mucho de tu hermana.

—Claro que me acuerdo de ella. Todos los días.

«Imbécil», quise decir. Pero me contuve.

—Iker, escucha… —comenzó. Se notaba que lo que iba a decirme no era agradable, pero no sabía si para él o para mí—. El lunes que viene tenemos que vernos en Madrid.

—No puedo —informé rápidamente—. Seguiré en el campamento.

No pensaba perderme los pocos días que me quedasen en el oasis llamado Sora.

—Lo sé, lo sé —respondió—. Pero te harán un permiso especial y podrás recuperar las horas que te falten en otros proyectos de Madrid.

—Pero es que quiero terminarlas aquí —repliqué.

Se escuchó un suspiró.

—Verás, te va a llegar una citación para una comparecencia judicial. Es algo rutinario.

—¿Una comparecencia sobre qué?

Dudó unos segundos.

—El juzgado ha resuelto mantener la medida de guarda provisional de Lucía con nosotros —dijo al fin—. Ha ratificado la situación actual.

Me levanté deprisa y el dibujo se deslizó al suelo. El corazón se me puso a mil por hora, como si me hubieran dado una descarga de desfibrilador.

—¡Eso no puede ser! —exclamé—. El recurso está presentado. Lola me dijo que, mientras estuviera en trámite, no se tomarían decisiones.

—La jueza ha considerado que, en este momento, no procede el retorno contigo —continuó explicando—. Menos aún cuando tienes antecedentes y estás cumpliendo horas de servicios sociales.

Tragué saliva para reprimir las lágrimas que empezaban a brotar de mis ojos. Agradecí estar solo en el patio del colegio.

—La comparecencia es para notificarte la resolución, pero debes firmar de manera presencial —añadió—. Allí te explicarán los próximos pasos.

Mi cuerpo empezó a temblar de pura rabia.

—Entonces ¿qué? —escupí—. ¿Ahora solo tengo que esperar a que se acostumbre a vivir sin mí?

—Nadie quiere que Lucía viva sin ti, Iker.

—¿Y por eso te la llevas a Navarra? —le pregunté bruscamente.

Él no contestó porque, por supuesto, no tenía excusa alguna.

—Javier, por favor, no me hagas esto —le rogué. A esas alturas, sentía que rogar era el último recurso que me quedaba.

—Soy tu tío, no Javier —me dijo de forma tajante.

Apreté el teléfono con fuerza, sintiendo como una oleada de conocida oscuridad me invadía de nuevo. Las mismas ganas de hace meses, después de aquella otra llamada con él. Lanzar el teléfono contra la pared, beber hasta borrar el mundo y subirme al coche sin importarme nada.

Al otro lado, Javier soltó un suspiro sonoro.

—Me gustaría que nos viésemos en Madrid —dijo con un tono que intentaba ser persuasivo—. Desayunemos juntos. Charlemos de todo esto. Somos familia, Iker. No sé por qué te empeñas en olvidarlo.

—Porque me has quitado la única cosa que me importa —respondí con voz helada.

Colgué sin esperar respuesta. Me quedé allí, inmóvil, con el pecho hundiéndose lentamente mientras observaba el dibujo que le había hecho a Sora.

Apenas unos minutos antes, me había parecido bonito. Ahora solo veía una mentira, porque aquella versión de nosotros no existía. Esa pareja del papel no cargaba con muertos, culpa ni ansiedad. No tenía ataques de madrugada ni pensamientos que daban miedo pronunciar siquiera en voz alta.

Y, de pronto, una certeza aún más horrible se me instaló en el pecho.

Sora podía hacerme sentir vivo durante unas horas, como un oasis. Podía distraerme, conseguir que me riera, incluso devolverme las ganas de respirar. Pero no podía salvarme de mí mismo.

Porque la oscuridad siempre iba a seguir ahí, esperándome pacientemente.

Entonces comprendí que nada iba a estar bien. Ni mañana ni en unos días. Nunca. No del todo.