Revolución 32. Iker #2
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32. Iker #2

El grupo empezó a adentrarse en el colegio y sentí el contraste con los otros lugares en los que habíamos estado de manera inmediata.

El ruido, los gritos, la agitación…, todo sonaba demasiado alto para el silencio al que me había acostumbrado en los últimos meses.

Además, decenas de miradas curiosas nos recibieron en la cocina, donde un grupo de niños de diferentes edades estaban acabando de desayunar.

Un crío de piel morena, tan pequeño que apenas levantaba un palmo del suelo, se acercó danzando hacia nosotros.

— Hoa —nos dijo, en una especie de saludo.

Álvaro se agachó con una sonrisa. Siempre se le habían dado bien los niños y le fastidiaba enormemente no haber tenido nunca hermanos.

Adoraba a Lucía; incluso una tarde terminó disfrazado de princesa, sentado en el suelo con ella y fingiendo tomar el té con una seriedad admirable, una imagen imposible de olvidar.

—Hola, campeón —saludó.

—¡Hombre, Kevin! —exclamó Cris, que estaba pululando alrededor—. Qué mayor estás. ¿Te acuerdas de mí?

El pequeño la miró, pero no había ni rastro de reconocimiento en su expresión.

— ¿Poh qué tieneh er peio roho? —dijo, señalando el cabello de Cris, que lo llevaba suelto.

—¿Mi pelo? Pues… —dudó unos momentos—. ¡Porque me caí en un barril de salsa de tomate! ¿Te gusta?

— Ehtá feo.

—¡Oye, eso no se dice! —le regañó Álvaro, poniéndose de pie.

Pero a Kevin no le importó lo más mínimo su opinión. Se limitó a sacarnos la lengua y a salir corriendo.

—No sabe lo que dice —se apresuró a corregir mi amigo, mirando a Cris—. A mí me parece muy bonito.

En cuanto lo dijo, su rostro se puso tan rojo como el pelo de Cris. Ella le dio una palmadita amistosa en el hombro, ocultando una sonrisa.

—Gracias por defenderme, Álvaro. Me había dolido mucho el comentario de un niño de cuatro años —rio y continuó la marcha mientras el grupo salía del comedor y mi amigo me miraba perplejo.

—¿He dicho algo malo?

No pude evitar reírme. Definitivamente, aquellas semanas me estaba riendo más que en toda mi vida.

Después de enseñarnos las instalaciones, la chica del pelo azul —que, según nos había contado, se llamaba Alma y había conseguido salir del barrio y estudiar Magisterio— se detuvo en el patio para darnos las últimas instrucciones.

Sora, que solía liderar el grupo y colocarse siempre al frente, apareció justo a mi lado. Me dedicó una sonrisa y, con sutileza, rozó mis dedos hasta que terminé entrelazando mi mano con la suya.

—¿Listo para otra semana? —me susurró.

No, no lo estaba. Pero en ese momento solo podía concentrarme en cómo su pulgar recorría mi piel lentamente.

—Si estás conmigo, seguro que sí.

No sabía qué clase de magia era aquella, pero con su mano en la mía, me sentía completamente invencible.

La semana pasó volando y, cuando me quise dar cuenta, ya era jueves.

La rutina de la escuela de verano resultaba mucho más agotadora que cualquier otra cosa que hubiera hecho antes.

Nos pasábamos el día entero corriendo de un lado a otro: desayunos caóticos con más de cien niños, colacaos derramados, galletas convertidas en migajas, mochilas tiradas por el suelo.

Limpiar, servir y volver a empezar sin descanso.

Luego venían los ratos en las aulas, con puzles a medio terminar, plastilina pegada por todas partes y dibujos que los niños nos mostraban como auténticas obras de arte.

A media mañana el patio se convertía en un campo de batalla de gritos, carreras y motos de juguete deslizándose a toda velocidad mientras sacábamos las mangueras para combatir el calor asfixiante.

Mi momento favorito llegaba siempre al final del día, cuando proyectábamos una película y la sala se llenaba de cojines tirados por el suelo.

En la luz tenue, conseguía sentarme justo detrás de Sora, rodearla por la cintura con los brazos y atraerla suavemente contra mi pecho.

Ella se dejaba hacer sin decir nada, relajando su cuerpo contra el mío; me gustaba cuando lograba bajar revoluciones cerca de mí.

Entonces fingíamos mirar la pantalla, pero los dos sabíamos que la verdadera película era la que sucedía entre nosotros.

En el campamento tampoco nos separábamos y resultaba tan evidente que las bromas del resto del grupo empezaban a hacerse en voz alta.

Y es que nos sentábamos juntos en el comedor, compartíamos banco en las oraciones y cada mañana me buscaba para recibirme con un abrazo largo y silencioso que me dejaba el corazón latiendo desbocado.

Una tarde la llevé a la mesa de madera donde solía refugiarme, pero se echó a reír nada más verla.

Me contó que aquel había sido el sitio de David y suyo —incluso tenían sus nombres escritos en la madera—, así que fue motivo suficiente para no volver.

Al día siguiente, Sora me llevó a otro rincón detrás de la capilla, bajo un limonero, y dijo que aquel podía ser nuestro lugar.

Y eso bastó para que empezara a gustarme el sitio.

Aunque daba igual donde estuviera, cada vez que me abrazaba, deseaba con todas mis fuerzas que el verano no encontrara nunca la forma de acabarse.

Pero no la había besado. Y no porque no me muriera de ganas.

Era más bien la certeza incómoda de saber que, si cruzaba esa línea, ya no podría fingir que aquello era solo una tregua de verano.

Un beso lo volvería todo real. Nos obligaría a mirarnos de frente, a ponerle nombre, a hacernos preguntas para las que yo no tenía respuestas.

¿Qué éramos? ¿Qué esperaba ella de mí? ¿Qué iba a pasar después?

Y fuera cual fuera su respuesta, sabía que iba a dolerme.

Si Sora solo quería un romance bonito antes de volver a Madrid, me rompería.

Y si quería algo más, algo de verdad, quizá resultaría todavía peor.

Porque entonces tendría que admitir que no sabía si era capaz de ofrecérselo sin arrastrarla al pozo conmigo.

Además, aún no había reunido el valor suficiente para contarle mi historia. Cada vez que me disponía a hacerlo, el miedo me cerraba la garganta. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba decirlo sin sentir que ya le había mentido.

Así que me quedaba en esa frontera invisible: cerca, demasiado cerca, pero sin atreverme a dar el paso que lo cambiaría todo. Aunque sabía que, en algún momento, ocurriría lo inevitable.

—No te lo he dicho en toda la semana —dijo Sora, con una sonrisa—, pero se te dan fenomenal los niños.

Era la hora de los talleres en el interior.

Se le había ocurrido una actividad con acuarelas sobre el verano.

Pidió a los niños que pintaran algo bonito que representara cómo estaba siendo el suyo mientras nosotros vigilábamos que los vasos de agua no acabaran volcados o los críos, embadurnados de pintura.

—¿Tú crees? —pregunté, torciendo el gesto, pero sin levantar la vista del trazo lila que estaba realizando.

Durante muchos años, mis padres me apuntaron a talleres de pintura, así que aún conservaba parte de lo aprendido. Igual que, poco a poco, iba recuperando la soltura con los niños. Sin duda, la presencia de Sora era lo que estaba taponando la herida.

El móvil me vibró en el bolsillo del pantalón, pero decidí ignorarlo.

—Se nota que tienes a tu hermana en casa —continuó ella.

Una punzada de culpa volvió a atravesarme, pero forcé una expresión natural.

—Seguro que os llevaríais bien —musité, porque de verdad lo creía—. Tenéis la misma energía.

Lucía era puro nervio: creativa, salvaje, libre. Un poco como Sora. Y, por supuesto, mi cabeza ya había dibujado más de una escena con las dos juntas.

—Quizá algún día…

Levanté la mirada hacia Sora, alertado por algo en el tono de su voz. Había dejado de pintar y me miraba fijamente.

El móvil vibró de nuevo.

—Me gustaría conocerla —dijo con suavidad—. Cuando volvamos a Madrid. Si tú quieres, claro.

Ahí estaba. El inicio de las conversaciones incómodas.

«Cuando volvamos a Madrid».

Ni siquiera sabía la vida que me esperaba en Madrid. Ni siquiera mi hermana estaba en Madrid. Y, sin embargo, mi corazón dio un pequeño salto. ¿Significaba eso que lo nuestro no iba a quedarse enterrado entre arena blanca y lavanda del sur? ¿Significaba eso que Sora esperaba un futuro conmigo?

La palabra «futuro» me quedaba enorme.

—¿Qué? —preguntó Sora con una sonrisa tímida—. No estarás planeando olvidarte de mí cuando termine el campamento, ¿verdad?

Bajó la mirada hacia un niño de pelo rapado que la reclamaba y, con paciencia, le ayudó a secar el pincel.

«Creo que no podría olvidarte ni aunque lo intentara».

—Tú eres la que no para de repetir que en Cala Blanca todo se vive con mayor intensidad —respondí, con una pequeña mueca—. Y que a veces es fácil confundir las cosas.

Y sinceramente, no lo decía por mí.

—Pues estoy intentando desconfundirme —dijo, mirándome de nuevo.

Alcé las cejas, divertido.

—Creo que esa palabra no existe.

—Puede ser. —Se encogió de hombros—. Aunque sabes perfectamente lo que quiero decir.

Nos sostuvimos la mirada, pero el móvil volvió a vibrar por enésima vez y ya empecé a inquietarme. Lo saqué rápido del bolsillo y comprobé que tenía tres llamadas perdidas y diez wasaps de Javier. Me preocupé al instante, por si había pasado algo con Lucía.

—Perdona, Sora —dije, cambiando mi expresión de repente—. Necesito atender esta llamada, es importante.

Ella asintió y los dos parecimos entender que aquella conversación tendría que retomarse en otro momento. Salí enseguida hacia el patio, llevándome el dibujo conmigo. Estaba casi terminado, pero aún no quería que ella lo viera.

Marqué deprisa y mi tío me respondió al primer toque.