32. Iker
IKER
Si alguien me hubiera dicho que habría llegado a la tercera semana del campamento y que encima no estaría enfurruñado todo el rato, me habría reído a carcajadas sin dar crédito.
El padre Mateo nos estaba acercando a nuestro próximo destino, más lejos de lo habitual, y el murmullo del motor escacharrado de la antigua furgoneta se mezclaba con la conversación —nada sutil ni silenciosa— de las chicas de nuestro grupo.
Todavía me preguntaba cómo eran capaces de sonar como si llevaran un altavoz en la garganta.
Yo iba en la última fila y desde allí observaba a Sora, que se sentaba en el asiento del copiloto. Estaba dada la vuelta y charlaba animadamente de un supuesto crush de Marta que habían conocido el año anterior, justo en la escuela a donde nos dirigíamos.
Y, por supuesto, no me interesaba lo más mínimo la conversación —bastante tenía ya con mi propio crush —, pero sí me apasionaba el ejercicio de observarla. Cómo se reía. Cómo se movía. Cómo parecía olvidarse de todo cuando estaba entre amigas.
Se me escapó una sonrisa.
«Idiota».
Aparté la mirada y me acomodé mejor en el asiento, hundiéndome un poco más en la soledad del fondo de la furgoneta.
Si algo había descubierto esos días sobre mí mismo, era que necesitaba encontrar momentos de calma para poder zambullirme en mis pensamientos.
Momentos en los que nadie me hablara y pudiera limitarme a escuchar el ruido confuso de mi propia cabeza hasta ponerlo en orden.
Pero el único pensamiento que me rondaba el corazón aquel día era: «¿Qué demonios me había hecho esa chica para tenerme así?».
Todavía sentía en la piel el abrazo de Sora de esta mañana.
También sus labios en mi mejilla, sus dedos entrelazándose con los míos.
Y no solo eso. Estaban todos los roces de estos días, los que parecían casuales y los que no lo eran en absoluto.
Como anoche, bajo la mesa, cuando apoyé la mano sobre su pierna mientras fingíamos estar concentrados en la partida de parchís.
Pero disimular no se nos daba especialmente bien.
A esas alturas, ya resultaba evidente para todos.
Especialmente para Álvaro y Cris, que parecían habernos convertido en su entretenimiento favorito, intercambiando miradas divertidas y comentarios cargados de pullas cada vez que nos tenían cerca.
Álvaro, en especial, había adoptado el papel de una especie de vendedor insistente, con Sora como producto estrella del mes y yo como cliente indeciso.
No paraba de sacarme a relucir sus virtudes como si yo no las viera ya.
Que si era increíblemente amable con la gente, que si tenía una belleza especial, que si me hacía ser mejor persona…
Y entre broma y broma, siempre acababa en lo mismo: que dejara de darle vueltas y me lanzara de una vez.
Aunque, conociendo la situación de Álvaro, también sospechaba que no todo era altruismo.
Si yo acababa saliendo con Sora, él se aseguraba una excusa bastante sólida para seguir quedando con Cris después del campamento.
Expulsé el aire despacio y saqué el teléfono. Abrí la galería y accedí a la carpeta de favoritos. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, con el dedo suspendido. No sabía muy bien qué estaba haciendo. O sí. Autosabotaje, probablemente.
Una parte de mí se aferraba al dolor. Lo necesitaba ahí, como una constante, como un marcador clínico de que la herida seguía abierta.
Porque, de alguna forma retorcida, si dejaba de doler, sentía que los estaba traicionando.
Y al lado de Sora las cosas que dolían parecían menos nítidas y ruidosas.
Pero no quería engañarme ni anestesiarme con su luz y equivocarme al pensar que la tormenta ya había pasado.
La tormenta me esperaba más viva que nunca en Madrid.
Abrí una de las imágenes. Era el último cumpleaños de papá que celebramos. Estábamos los cuatro en la piscina, apretados para entrar en el encuadre de la selfi. Mamá había preparado tarta de limón, como siempre. No había venido nadie más porque papá siempre decía que le bastaba con nosotros.
Me quedé unos segundos mirando la foto hasta que apareció un pensamiento inesperado, travieso y doloroso.
«¿Y si Sora estuviera ahí?».
Me la imaginé entrando por la puerta de casa para conocerlos por primera vez, con un vestido lila y el pelo negro totalmente suelto.
Mamá saldría enseguida con una jarra de limonada recién hecha y empezaría a lanzarle preguntas sin filtro, como era habitual en ella cuando alguien le caía bien.
Sora se reiría, respondiendo con calma. Papá sostendría una bandeja de pintxos caseros para que eligiera su favorito.
Y Lucía… Lucía no tardaría ni cinco minutos en tomarla de la mano para llevársela a la piscina, acaparándola solo para ella como hacía con todo lo que quería.
La vi encajar. Demasiado bien. Moverse por la casa como si siempre hubiera sido su sitio.
Sentarse en nuestra mesa. Reírse con ellos.
Abrazar a mi hermana. Mirarme… Justo como me miraba ahora.
O incluso más intensamente. La mirada de alguien que ya ha decidido quedarse.
La mirada de alguien que ya me quiere, por encima de todo.
En ese momento, un mensaje de mi tío Javier apareció en la parte superior de la pantalla y la fantasía se deshizo al instante, sustituida por la única verdad que seguía ahí, inmóvil: aquella vida idílica ya no existía.
Ya no había familia. Ni limonada casera. Ni cumpleaños de mi padre. Ni domingos al sol. Todo eso se había acabado y yo no tenía nada parecido que ofrecerle a Sora. Ni un hogar así. Ni una versión de mí capaz de sostenerla y darle lo que seguramente merecía.
Apreté los labios y abrí el wasap.
Buenos días, Iker. Necesito llamarte luego. Podríamos hablar?
Suspiré despacio. Ya habíamos hablado el día anterior.
Bueno…, no exactamente. Había conseguido hablar con mi hermana.
Para mi sorpresa, estaba algo más charlatana, si es que eso era posible.
El sol se le había pegado a la piel y le habían salido unas pecas nuevas, graciosísimas, y no paraba de enseñarme cosas y contarme tonterías.
Como siempre, al final de la llamada, Javier había intentado entablar conversación conmigo.
Y como siempre, yo busqué una excusa para no hacerlo.
Releí el mensaje, mordiéndome el labio. No quería pensar en lo que fuera que tuviéramos que hablar, porque seguro que no serían buenas noticias. Nunca lo eran en boca de Javier.
Busqué a Sora de nuevo, que se estaba recogiendo el pelo en una trenza mientras continuaba mirando hacia atrás. En ese momento, miró en mi dirección y me sonrió de una forma que estuvo a punto de derretirme.
¿Y si me permitía quedarme ahí un poco más?
Sin pensar en lo que vendría después. Quedarme en su mirada, en su sonrisa.
Quedarme, aunque fuera por unos pocos días, en esta especie de paréntesis extraño en el que estaba viviendo.
En el que podía permitirme estar —ridículamente— pillado por una chica como Sora.
Una chica que, cada vez que posaba sus ojos en mí, conseguía que la vida me regresara de golpe.
Me sentía más vivo de lo que me había sentido en meses y no quería despedirme de esa sensación.
Bloqueé el teléfono y volví a guardarlo. Los problemas seguirían en Madrid, esperándome, pero al menos había decidido que no me alcanzarían todavía.
Al cabo de unos minutos, la furgoneta dio un traqueteo y se salió de la carretera secundaria para adentrarse en un lugar que parecía existir al margen de todo lo demás.
Aunque Sora nos había preparado bien —como cada semana—, al ver todo aquello pensé que las descripciones se habían quedado cortas esa vez. Nada de lo que nos había dicho hacía justicia a lo que estaba viendo.
Dejamos atrás las tiendas, las aceras y los semáforos y avanzamos por la única calle asfaltada que cruzaba el barrio mientras observábamos en silencio las casas que aparecían a nuestro alrededor, sin orden establecido.
Algunas eran de chapa y otras, de bloques mal encajados; unas cuantas aparentaban estar a punto de derrumbarse con el más mínimo soplo.
Algunas personas se cruzaban en el camino, mirándonos con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
También habitaban allí varios perros, gatos y gallos —«¿quién tiene un gallo como mascota? »—, que paseaban a sus anchas.
El padre Mateo aparcó al final de la calle, donde parecía terminar el barrio, en una especie de plaza con coches mal estacionados. Al bajar, el aire me golpeó de lleno, aunque no fui el único. Álvaro resopló por lo bajo: olía a neumático quemado, a tierra seca y a basura acumulada durante meses.
Sin embargo, al mirar hacia mi izquierda, quedé gratamente sorprendido.
La fachada del colegio contrastaba con todo lo demás.
Estaba pintada con colores alegres y repleta de dibujos de niños sonrientes y flores enormes, como si alguien hubiera intentado plantar un trozo de esperanza en mitad de aquel gris.
De hecho, ahora entendía el nombre de la escuela, que se leía en grande: MARÍA DE LA ESPERANZA .
Una mujer de mejillas regordetas y pelo azulado salió a nuestro encuentro. No parecía tener muchos más años que nosotros, pero, por cómo se movía en el espacio, supe que llevaba ya un tiempo trabajando allí.
—¡Bienvenidos a nuestra escuela! —exclamó con alegría—. Los niños están deseando conoceros.
Suspiré, mentalizándome. Seguro que aquella iba a ser la semana que más me costaría de todas.
Estar rodeado de niños de la edad de mi hermana no resultaría fácil, y ya notaba cómo se me colaba la culpa interior por estar entregando tiempo, ganas y energía a niños que no eran ella.
No porque yo lo hubiera elegido, sino porque un sistema podrido lo había decidido por mí. Eso… y un hombre cruel llamado Javier.
—¿Vas a estar bien? —me susurró Álvaro, que parecía estar leyéndome el pensamiento.
—Tengo que intentarlo.