31. Sora
SORA
—Arriba, dormilona.
Posé una mano cariñosa sobre el hombro de Cris, minutos después de que tuviera que apagar su propio despertador. Empezaba la tercera semana del campamento y cada día nos costaba más levantarnos.
—Voy a presentar una queja para modificar el horario —balbuceó Cris mientras se desperezaba.
—Algo de culpa tenemos —reí mientras me cambiaba con agilidad—. Nos estamos acostando demasiado tarde.
El momento menta poleo se estaba empezando a alargar más de la cuenta. Y anoche, precisamente, nos habíamos quedado los cuatro —Álvaro, Cris, Iker y yo— echando una partida absurda al parchís, riéndonos de todo y de nada.
—Estos chicos son una mala influencia —soltó ella.
Me vestí con prontitud. Algo en la boca del estómago me mantenía despierta, una especie de sensación de urgencia y ganas. No podía esperar a verlo de nuevo.
«Y eso que lo he visto hace tan solo unas horas».
La oración de los monitores había empezado a retrasarse con nosotros, como si ella también entendiese el cansancio acumulado de los días que no perdonaban.
Aun así, llegamos irresponsablemente tarde y nos deslizamos como sombras hasta el último banco. Teresa nos dedicó un gesto casi imperceptible, una media sonrisa indulgente, a la par que continuaba leyendo el pasaje de la Biblia con voz serena.
Respiré hondo, dejando que el aire fresco de la mañana me llenara, y lo solté muy despacio. Ese era siempre mi primer paso: cerrar los ojos y buscar en mí las emociones, los pensamientos o los miedos para poder presentarnos en oración.
Sin embargo, aquel día solo había una palabra tintineando en mi mente: gracias.
Dentro de mí se había instalado una calma cálida y dulce. Una sensación parecida a oler el aroma de la lavanda recién cortada o al tacto de la arena blanca deslizándose entre los dedos de los pies, con el sonido del mar de fondo.
Estaba feliz. Realmente feliz.
Abrí los ojos despacio. No podía creer que siguiera en Aldira.
El mismo albero, la misma luz cálida de la mañana, el mismo olor a lavanda.
Y, sin embargo, yo ya no era la misma que había llegado allí dos semanas antes.
No era la misma Sora que había puesto un pie en aquel lugar cargada de miedos, de ideas y de certezas que, poco a poco, empezaban a venirse abajo por sí solos.
El verano se estaba convirtiendo en una transformación silenciosa y profunda, no exactamente como la había soñado, pero sí en una pequeña y preciosa revolución interior que me estaba cambiando desde la raíz.
Aunque me resistía a pensar que Iker tuviera algo que ver.
Pero ¿a quién pretendía engañar? Por primera vez en mucho tiempo, sentía ese cosquilleo bueno en el estómago de alguien que no fuera David, y eso había variado las reglas del juego.
Iker era una bocanada de aire fresco en mi vida que ni siquiera sabía que necesitaba.
Me mordí el labio para contener una sonrisa tonta al recordar cualquier interacción del fin de semana, y es que algo había cambiado desde la noche del karaoke.
Se notaba en las sonrisas nerviosas y también en la comodidad nueva que se abría entre nosotros, como si estar lejos empezara a resultarnos muy difícil.
Pero todavía no me había besado.
Y sí, una parte de mí empezaba a impacientarse, aunque otra agradecía que fuera despacio.
Quería construir la casa sobre roca, cuidar los cimientos, hacer las cosas bien.
Y para eso necesitaba conocerlo más. Sentía que en Iker había un mundo entero oculto bajo las respuestas cortas, las medias sonrisas y esa costumbre suya de esquivar cualquier pregunta demasiado personal.
Intuía que algo en él le hacía temer que me asomara demasiado adentro.
Y esa reserva solo avivaba mi curiosidad, mezclada con un torbellino de miedos que no sabía controlar.
Porque Madrid estaba a la vuelta de la esquina: la vida real, la rutina…
y Corea, en septiembre. Algo que, además, no le había contado —y había obligado a Cris a guardar en secreto— porque, después de la reacción de David, me aterraba que Iker también lo tomara como una excusa para alejarse.
Mi amiga me dio un codazo que me sacó de mis pensamientos. La oración ya había concluido y no me había dado ni cuenta. Mateo estaba hablando en un tono más relajado.
—Está haciendo un resumen de todo —me informó en un susurro.
Carraspeé, intentando volver a mí.
—… tenemos que estar contentos con el resultado que está dando el programa —estaba diciendo Mateo—. He podido ir hablando con cada uno de ellos y diría que todos se han adaptado bien. ¿Tenéis esa sensación?
Los monitores fueron interviniendo uno tras otro.
Muchos ya sabían quiénes formaban parte del programa, pero lo que realmente me tranquilizó fue escuchar que, en casi todos los casos, habían sido los propios participantes quienes lo habían compartido en voz alta.
Eso significaba que el campamento se había convertido en un espacio seguro para ellos.
—¿Y tú, Sora? —preguntó David, desde tres bancos más adelante—. Quizá deberíamos escucharte. ¿Estás contenta? ¿Has localizado a alguien del programa en vuestro grupo?
Me sostuvo la mirada desde la distancia, con el rostro endurecido. Por mucho que hubiéramos intentado mantener el anonimato dentro de los grupos, los rumores habían corrido como la pólvora. Estaba claro que a David le había llegado la información sobre Iker.
—Todo bien por nuestro grupo —respondí, mirando a Mateo—. Creo que hemos hecho un buen trabajo.
Teresa se mordió los labios para reprimir una risa y Mateo asintió, feliz.
—Gracias, Sora, por lo que has creado —me felicitó—. Seguro que este será el primero de muchos campamentos en los que recibamos a personas del programa. Enhorabuena.
La gente se arrancó en un tímido aplauso y Cris me dio varias palmaditas en la espalda mientras yo me permitía sonreír, orgullosa.
—Nos quedan todavía bastantes días. Y aunque el cansancio se va notando…, ¡a por ello! —culminó su intervención Mateo.
Sus palabras resonaron unos segundos más en la capilla antes de que empezáramos a salir de forma escalonada. David vino a buscarme y me tocó la espalda. El chispazo de electricidad que me produjo no tuvo nada que ver con la calidez ni con la atracción.
—¿Tienes un momento?
Me tensé. No quería tenerlo para él. Cris me agarró la mano con firmeza y David alzó los hombros, resignado.
—Solo quería decirte que esta semana me toca estar en la casa de acogida —comentó.
Me escrutó en silencio, reparando de inmediato en la sudadera verde agua que llevaba puesta y que sabía perfectamente que no era mía.
—Que vaya todo genial —le respondí, apresurada, aunque de la manera más cordial que pude—. Dale saludos a Loli, estaba deseando verte.
Quise girarme y seguir andando, pero me tocó el brazo para detenerme. Igual que había hecho en la playa, pero esta vez sin brusquedad, casi con delicadeza.
—Espera, yo… —me susurró muy bajo para que solo yo lo oyese—. Quería decirte que voy a estar pensando en ti todo el rato. Es nuestro sitio especial.
Tardé unos segundos en responder. En ese silencio sostenido, me cruzaron la mente algunas imágenes de la casa de acogida con David, rápidas, casi borrosas.
Pero la que de verdad se había instalado en mi corazón era otra: Iker abrazándome en mitad de la noche, preocupado por si estaba descansando bien.
Sin darme cuenta, mi corazón estaba decidiendo con qué quedarse… y qué empezar a soltar.
—Lo era, David —le observé con una tristeza serena—. Pero ya no.
Y aun así, al darme la vuelta, sentí un tirón leve en el pecho. Porque dejar atrás a alguien no siempre duele por el presente, sino por todo lo que algún día fue y ya no será.
Como cada mañana, habíamos ido cabaña por cabaña despertando a la gente, pero a Iker últimamente nunca lo encontraba en la cama. Empezaba a sospechar que se ponía el despertador antes que nadie, solo para evitar que lo sacaran de golpe entre voces y golpes en la puerta.
El corazón me dio un vuelco cuando lo vi aparecer por el sendero, al cabo de un rato.
Llevaba el pelo todavía algo húmedo, recién peinado, y el neceser en la mano, caminando junto a Charlie y Juan.
Se inclinaba hacia ellos al hablar y, de vez en cuando, sonreía, más relajado de lo habitual.
Me quedé mirándolo un instante, pensando en que, durante los primeros días, ni siquiera habría iniciado una conversación con ellos.
Cuando me vio, se le dibujó una sonrisa al instante en el rostro, y a mí el corazón se me aceleró de golpe.
Al llegar a mi altura, Charlie y Juan siguieron de largo, aunque no sin antes soltarle a Iker un codazo cargado de intención.
Era imposible que no se hubieran dado cuenta de lo que estaba pasando.
Él se detuvo frente a mí. Vaciló apenas un segundo, como si no terminara de decidirse, pero al final me buscó la mano y la acarició fugazmente, casi a escondidas.
—Buenos días —susurró Iker, y su voz me erizó la piel.
—¿Has dormido bien? —le pregunté, mirándolo. Tenía las ojeras un poco marcadas.
—Me costó dormirme, pero sí. —Se pasó la mano por el pelo, algo nervioso—. Te queda bien mi sudadera, por cierto.
Me mordí el labio, avergonzada. La noche anterior había decidido de forma deliberada no llevar ninguna sudadera de mi maleta para que así Iker pudiera dejarme la suya. Un plan sencillo —casi de manual—, pero bastante efectivo.
Y es que había algo íntimo en el gesto de ponerse la ropa de otra persona. Su olor seguía ahí, sutil pero inconfundible, envolviéndome cada vez que me movía. Era una tontería, lo sabía. Pero también suponía una forma de sentirlo cerca en las poquísimas horas del día que no lo tenía a mi lado.
—Es calentita —dije, abrazándome a mí misma—. ¿La quieres de vuelta?
Él negó muy levemente, sin apartar los ojos de mí. Y salté de alegría por dentro, porque me daban igual los cuarenta grados que me esperaban en Cádiz; no pensaba quitármela.
—Para nada, quédatela —contestó con calma—. Además, me gusta verte con ella.
—¿Ah, sí? —quise saber, sin medir lo que salía por mi boca—. ¿Y eso?
—No lo sé —esbozó una media sonrisa—. ¿Tú por qué crees?
Por el amor de Dios, el corazón me iba a explotar allí mismo.
—¿Porque estoy increíblemente guapa con este color? —bromeé, aunque estaba hecha un manojo de nervios.
«Sora, tranquilízate».
Iker reprimió una sonrisa y me subió un poco la sudadera por los hombros, entreteniéndose en un gesto que no necesitaba en absoluto.
—Estarías guapa hasta con una bolsa de basura —respondió—. Supongo que me gusta verte con algo mío, no sé…
«¿Porque es como si fuera un poquito tuya?».
Pero supongo que Iker no iba a decir nada de eso todavía. Obviamente.
—Pero si tienes frío, me lo dices y te la doy —insistí con la boca pequeña.
—Tranquila. Si tengo frío… —dudó unos instantes—, podrías darme un abrazo.
Nada más decirlo, se quedó quieto una fracción de segundo. Después apartó la mirada hacia el ir y venir de la gente, fingiendo un desinterés que no se creía ni él.
—Si quieres un abrazo, no hace falta que lo pidas —murmuré—. Basta con que me lo des.
«Por Dios, Sora».
—¿Así de fácil? —preguntó, volviendo sus ojos a mí.
—Hay cosas que no deberían ser tan complicadas…
Hubo un silencio. Durante un segundo, pensé que no iba a hacer nada y ya me estaba doliendo en lo más profundo de mi ser.
Sin embargo, se acercó. Me rodeó con el brazo, en una mezcla extraña de timidez y decisión, como si también él estuviera cruzando una línea importante. Me atrajo hacia su pecho y todo en mí se encendió de golpe: la piel, la respiración, el pulso.
Me dejé abrazar. Y aunque ya nos habíamos abrazado antes, aquello era distinto. En la piscina había sido torpe, improvisado, escondido entre toallas y excusas. Ahora no había accidente posible. Era Iker acercándome a él porque quería hacerlo.
La sudadera ya era un refugio perfecto, pero no tenía nada que ver con estar ahí, encajada entre sus brazos, notando el calor real de todo su cuerpo.
Sentía que el mundo se había detenido solo para nosotros.
Incluso dejó de importarme la gente que iba y venía entre las cabañas, las miradas curiosas y los rumores que seguramente empezarían sin remedio.
En ese instante, nada más existía. Solo él y yo, su aliento rozando mi cabello.
Eso no fue todo. No sé de dónde saqué la valentía, pero me puse ligeramente de puntillas para darle un beso suave en la mejilla. Él me apretó con intención entre sus brazos y se inclinó hacia mi oído, encendiendo cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
—Vale… —susurró—. Ahora sí son buenos días.