Revolución 30. Iker #2
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30. Iker #2

La hermana Teresa no tardó en unirse al grupo, saltando con una alegría contagiosa. Álvaro, a mi lado, intentaba seguir el ritmo moviendo las caderas con una torpeza considerable e incluso, en algún momento, soltó un «temazo» totalmente convencido.

Al parecer, yo era la única persona allí que no conocía aquella canción, pero no me importó, porque mientras todos estaban ocupados cantando y bailando, yo podía observar a Sora.

—Las reinas de la pista —comentó Álvaro, con una sonrisa reprimida, antes de beber un buen trago de su bebida.

Sora buscó mi mirada entre la multitud, tal y como hizo en la verbena aquel día. Se la sostuve con intención. Quería transmitirle que la observaba y que me gustaba hacerlo. Que estaba ahí, esperándola.

Entonces bajó de la tarima y empezó a abrirse paso entre la gente con una sonrisa que me desarmó por dentro.

Yo seguía apoyado en la barra, medio sentado en un taburete, viendo cómo se iba aproximando mientras el gentío la empujaba de un lado a otro.

Cuando por fin llegó hasta mí, el movimiento de la gente hizo que chocara con suavidad contra mi cuerpo.

La sujeté por instinto, rodeándole la espalda con un brazo para evitar que perdiera el equilibrio.

—No necesitas seguir cayéndote para llamar mi atención —susurré, casi sin medir las consecuencias.

Me sentía extrañamente más valiente. Tal vez era el estruendo del local, que convertía todo en algo más íntimo. Tal vez era ella, lo preciosa que iba esa noche.

—Baila conmigo —me pidió.

Eché la cabeza hacia atrás, riendo.

—No sé bailar.

No sabía, eso era cierto. Pero también ignoraba si podía. No lo había hecho desde que mis padres se marcharon.

Ella hizo unos pucheros exagerados que me derritieron el corazón.

—Pero gracias por venir a buscarme —le dije, intentando compensarlo y atrayéndola hacia mí.

Ella no opuso resistencia, sino que pasó las manos por mis hombros hasta llegar a mi cuello.

—Vale, ya me voy —escuchamos decir a Álvaro.

Ni siquiera le miramos. Estábamos totalmente en nuestro mundo, con la música atronadora que parecía retumbarnos por dentro.

La observé con detenimiento, como si quisiera memorizarla.

Sus ojos oscuros, que resaltaban aún más con la sombra de ojos que se había puesto.

Sus labios, con un rosado que invitaban a perderse en ellos.

Su pequeño colgante con una concha marina de oro, con tonos sutiles en morado.

¿Cómo una chica como ella había acabado en mi vida? ¿Y lo peor de todo… en mi corazón?

—¿Te he dicho que esta noche estás preciosa?

Se sonrojó y miró hacia otro lado unos instantes.

—¿Es el alcohol o eres un nuevo Iker? —preguntó.

Le señalé mi vaso con una sonrisa traviesa.

—Agua con gas —le susurré al oído, riéndome. Mi nariz tocó su oreja y sentí que se estremecía.

—¿Quién bebe agua con gas a esta edad? —rio, nerviosa—. Señor mayor…

Bajo las manos a mi pecho. Y con la camisa que llevaba, casi me rozaba la piel, lo que me estaba produciendo palpitaciones preocupantes.

—Un chico aburrido. —Levanté los hombros mientras buscaba su mirada.

Estaba demasiado cerca, como en tantas ocasiones que empezaban a parecer costumbre. Alcé una mano hasta su mejilla y le aparté el pelo detrás de la oreja con una suavidad que ni yo mismo entendí. Mis dedos descendieron apenas por su cuello, rozando el colgante durante un segundo de más.

—Me gusta verte feliz —dije.

—A mí me gusta verte feliz también —me contestó, sin pensarlo—. ¿Estás feliz?

Felicidad. Una palabra que me quedaba lejana la mayoría del tiempo. Excepto cuando ella estaba a mi alrededor. Entonces sentía cada una de las letras.

—Ahora, más.

Me miró la boca y yo la suya.

¿Los dos queríamos? ¿Era el momento? ¿O solo era la confusión de emociones, entre el ruido y el desenfreno? ¿Estaba ella lista para dar ese paso conmigo? ¿Se arrepentiría después y volvería a los brazos de David?

Quería besarla. Muchísimo. El problema era que, si la besaba, ya no podría alejarme de ella.

Ya no podría fingir que aquel campamento no había pasado.

Ya no podría arrancármela de debajo de la piel.

Y entonces, si algún día decidía irse, no podría soportarlo.

O peor todavía: que se quedara y yo no fuera capaz de sostener algo tan grande sin romperlo.

Ni en cien mil vidas me perdonaría hacerle daño.

Solté el aire despacio mientras me perdía en sus ojos.

No quería huir, como hacía siempre. Tampoco deseaba ignorar la bocanada de esperanza que ella traía a mi vida cada vez que estaba cerca.

Así que, en lugar de encontrar su boca, busqué otra forma de quedarme esa noche.

Entrelacé mis dedos con los suyos por primera vez.

Sora me miró sorprendida, pero no los soltó, sino que los apretó también. Luego me incliné y le besé la frente con todo el cuidado que fui capaz de reunir, como si en ese gesto, pequeño y casi frágil, pudiera decirle algo de todo lo que no sabía cómo poner en palabras.

Y, por su mirada, supe que lo había sentido.

Las luces seguían parpadeando, la música no cesaba, la gente se movía a nuestro alrededor… Pero el mundo se redujo a eso: a nuestras manos entrelazadas.

A la posibilidad esperanzada de un nuevo comienzo.