30. Iker
IKER
—¿Cómo estoy? —preguntó Álvaro, abriendo los brazos para mostrarme su aspecto.
Observé su conjunto de vaqueros y camisa rosa mientras alzaba una ceja.
—Demasiado guapo para alguien a quien no le interesa ninguna chica.
—Le dijo la sartén al cazo —gruñó.
Efectivamente, había dejado de lado mis camisetas básicas y arrugadas y mis pantalones de chándal y me había vestido con un pantalón blanco y una camisa verde que me había prestado mi amigo.
No había encontrado nada en mi maleta que fuera lo suficientemente digno de una noche fuera.
Mucho menos para superar el filtro de Cris, que nos había insistido, con solemnidad militar, que aquella noche había que arreglarse.
—Sora no se va a resistir a tu belleza hoy —concluyó mientras salíamos por la puerta de la cabaña.
—Cris tampoco a la tuya —apostillé.
—No seas pesado. Solo somos amigos —contestó con pesadez, aunque había repetido esa frase tantas veces ya que parecía un papagayo—. No puedes decir lo mismo de ti y de Sora.
Tomé aire despacio. Hasta Álvaro se había coscado ya, y eso que no era precisamente de los que señalaban esas cosas en voz alta.
—Sora no se merece a un desastre como yo —murmuré.
—Hace dos semanas te hubiera dado la razón —dijo, midiendo bien sus palabras—. Pero reconoce que no eres el mismo Iker que llegó aquí.
Bueno, eso era verdad. Aunque, aun así, ¿sería suficiente para ella? ¿Para los dos?
—Tío, te he observado hoy en la piscina —comentó mientras comenzábamos a subir el camino morado—. No te veía reír así desde…
Se detuvo unos segundos para meditarlo.
—Bueno, desde hace mucho. —Se encogió de hombros—. Se te cambia la cara cuando estás con ella. Te lo digo en serio.
Sacudí la cabeza. Sí, Sora me hacía sentir un cosquilleo extraño en el estómago, pero no paraba de darle vueltas a lo que ella repetía de que «en Cala Blanca las emociones se intensificaban».
No quería confundir lo que estaba experimentando ni tampoco dejarme llevar por el paréntesis, el bonito sueño del cual me iba a despertar.
—Ni siquiera sé si ha superado lo de David —musité en voz baja.
Tenía la viva imagen en mi cabeza de Sora llorando en la capilla, en plena oscuridad y silencio.
«Uno no llora por algo que no le importa, ¿verdad?».
¿Y si yo era solo el clavo que sacaba otro clavo? ¿Y si me había convertido en la distracción que Sora buscaba para olvidarse de su ex? ¿Y si de regreso a Madrid, a la vida real, volvían a estar juntos?
—Eso estaba podrido desde hace mucho tiempo —dijo Álvaro—. Sora no sabía cómo salir de ahí y este verano por fin ha tenido el valor de hacerlo. Ahora necesita que la cuiden.
Frené en seco y me lo quedé mirando.
—¿Te ha poseído Cris?
Suspiró exasperado.
—Demasiadas conversaciones con ella —dijo, sacudiendo la cabeza.
—Desde luego.
Continuamos caminando hacia la entrada de la Cala Blanca, donde habíamos quedado para irnos juntos al karaoke, cuando nos encontramos a David y a Camila bajando por el camino. Iban charlando animadamente.
Deseé que pasaran de largo y nos ignorasen, pero Dios tenía la manía de nunca cumplir mis deseos.
—Vaya, qué arreglados, chicos —soltó Camila, con una media sonrisa.
—Vamos a Cádiz, a dar una vuelta —respondió Álvaro, tranquilo—. A un karaoke.
Sentí el impulso de darle un codazo a Álvaro para que no diera más detalles. Lo último que quería es que David se apuntara a la excursión.
—Típico plan de Sora. —David soltó un bufido mientras se cruzaba de brazos—. Qué predecible.
El cuerpo se me tensó. Quería gritarle que dejase de hablar de ella; no merecía pronunciar ni su nombre.
—Si quieres, puedo decirte cómo va a acabar la noche —añadió, mirándome fijamente—. La conozco bien.
Si estaba marcando territorio como un perro rabioso, no pensaba caer en su juego.
—No, gracias —respondí, con una calma que no sentía—. Prefiero conocerla por mí mismo.
Aguanté el pulso de su mirada un segundo más. Luego le hice un gesto a Álvaro para continuar caminando.
—Claro —soltó, con esa seguridad que odié al instante—. Disfruta mientras te dure. Luego todo vuelve a su sitio.
Tragué saliva a la vez que aceleraba la marcha.
—Un poco imbécil, ¿no? —comentó Álvaro—. Ni te rayes, tío. Tendrá el ego herido.
Pero yo ya iba rayado y David no había hecho más que rematarlo.
«Luego todo vuelve a su sitio».
La frase se me quedó enganchada por dentro. Porque, al final, todo terminaba retornando a su lugar. Para Sora, pero también para mí. Tal vez las cosas acabarían recolocándose donde siempre habían estado. Y en ese escenario previsible, ella y yo no teníamos futuro.
—¿Estamos todos? —preguntó Marta.
En la puerta de la Cala Blanca, la hermana Teresa nos esperaba junto a la furgoneta abierta.
Algunos ya se habían acomodado en sus asientos y otros charlaban apoyados en la carrocería.
Tenía algo divertido, y a la vez extraño, vernos a todos tan arreglados.
Durante dos semanas, nos habíamos acostumbrado al uniforme no escrito del campamento: camisetas anchas, pantalones cortos, sudaderas prestadas y el pelo intentando sobrevivir al calor.
Aquella noche, en cambio, parecía que alguien nos había cambiado de escenario; incluso olía a colonia más que de costumbre.
—Por ahí vienen las que faltan —dijo Ángela, asomando la cabeza por la ventana.
Álvaro tosió nervioso al verlas antes de que yo me girase. Y cuando lo hice, apreté los labios.
—No nos dejes caer en tentación —bromeé, dándole una palmadita en la espalda a mi amigo, que se obligó a retirar la vista.
Pero yo no tenía por qué hacerlo, así que me limité a observarla con detenimiento.
Sora estaba preciosa. Su ropa de deporte también había sido sustituida por unos pantalones blancos, un top marrón que dejaba al aire los hombros y un pañuelo de colores a modo de coleta. Tampoco llevaba sus zapatillas gastadas, sino unas sandalias de cuero.
Las chicas saludaron con entusiasmo a todos, pero Sora me dedicó una mirada especial a mí. Cada vez que me miraba o me sonreía, cualquier duda de futuro se desvanecía, aunque fuera durante unos segundos.
No podía comentar que estaba guapa delante de tanta gente y pensé que ojalá lo leyera en mis ojos. Y ojalá la noche me dejara un hueco para decírselo sin testigos.
El paseo al atardecer en el puerto de Cádiz fue de una preciosidad incomparable. La luz anaranjada se mezclaba con el agua, tiñéndolo todo de una calma que sanaba el alma.
Paseé todo el tiempo al lado de Sora y, aunque no estuvimos solos, no me hizo falta.
Me bastó con su conversación y presencia cercana; a veces incluso me rozaba el hombro o me tocaba sutilmente el brazo.
Fuimos a cenar a un mexicano y terminamos riéndonos sin control cuando Juan se equivocó al pedir y el picante lo tuvo un buen rato estornudando y con los ojos llorosos.
Por unas horas, no fui el que cargaba con lo que había perdido ni el que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo a base de aguantar.
Solo fui un chico de veintitrés años paseando al atardecer, que cenaba con amigos y se reía hasta que le dolía la barriga.
Por una vez, solo fui un chico de veintitrés años a quien le gustaba la vida.
—¿Preparados para darlo todo? —preguntó la hermana Teresa antes de abrir las puertas de un lugar en cuya entrada se leía EL DESAFINAO , un nombre muy elocuente.
No s abía qué esperaba encontrar aquella noche, pero, sin duda, no se trataba de aquello: un antro oscuro, estrecho, que olía a alcohol y con una clientela de mediana edad que tenía más energía que yo. Era cutre, sí, pero, contra todo pronóstico, el sitio resultaba algo acogedor.
Pedimos algunas bebidas y, al cabo de un rato, el grupo se dispersó, muchos de ellos para darlo todo en el escenario, bailando, saltando y cantando a viva voz. Álvaro, la hermana Teresa y yo habíamos preferido empezar despacio, al lado de la barra, donde terminábamos nuestras bebidas.
—¿Y las monjas bebéis alcohol? —preguntó Álvaro mientras tomaba un sorbo de su whisky solo.
Me había parecido demasiado ostentoso pedir eso cuando los demás iban a ron con Coca-Cola, especialmente porque nadie sabía que veníamos del barrio más rico de Madrid. Pero preferí guardarme el comentario.
La hermana Teresa aparentaba estar totalmente cómoda en el ambiente. Llevaba un rato respondiendo con muchísima paciencia —y sobre todo risas— las preguntas absurdas de Álvaro. Entre ellas, si se quitaban el hábito para ducharse o tenían una especie de burkini para eso.
—Ustedes son la mar de graciosos —respondió la hermana Teresa sacudiendo la cabeza—. Puedo beber, pero prefiero una tónica fresquita. O un buen vino. A las monjas nos encanta el vino.
Rio escandalosamente —juraría que no había escuchado a nadie reírse de esa forma— y levantó su vaso para brindar con nosotros.
—Me alegra que hayan venido, chicos.
Le dediqué una media sonrisa, que, para todo lo que la había evitado hasta entonces, ya suponía bastante.
Pero lo cierto era que me caía bien. Además, una parte de mí empezaba a sentir curiosidad por ese lado de la vida de Sora: por la gente que la rodeaba, por las personas con las que encajaba, por quienes la sostenían antes de que yo llegara.
Y después de hablar un poco más con la hermana Teresa, entendí mejor por qué eran amigas.
De pronto, unos gritos estallaron en el local, mezclándose con los primeros compases de una canción que, por lo visto, todo el mundo conocía.
Alcé la vista y no me costó encontrarlas: Sora y Cris ya estaban gritando también, dando pequeños saltos de pura emoción, como si llevasen toda la noche esperando justo ese momento.
En cuestión de segundos, el sitio entero enloqueció. Las luces parpadeaban sin descanso, la gente saltaba, cantaba y se empujaba entre risas, hasta el punto de que casi acabo aplastado entre la masa. La canción mezclaba inglés y coreano, y el estribillo sonaba a algo como apachá , apachá .