Revolución 29. Sora #2
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29. Sora #2

—No muerde, ¿eh? —comenté con un bufido, aunque me había sonrojado ligeramente—. Bueno, casi nunca.

Él soltó una pequeña risa.

—Ha sido difícil encontrar el momento para hablar contigo —musitó, encogiéndose de hombros.

—Pues ya lo has encontrado —respondí alzando las cejas—. Así que no tienes excusa, ¿no?

Apreté el labio inferior entre los dientes mientras le observaba. Llevaba años sin ejercitar el arte del tonteo, así que no recordaba para nada cómo se hacía. Menos aún con alguien que no fuera David.

—Ahora mismo ya no me acuerdo de lo que quería hablar contigo —bromeó, cruzándose de brazos—. La próxima vez sacaré cita con antelación.

—¿El médico tiene pérdidas de memoria?

Le lancé un pequeño chapoteo con la mano, apenas un abanico de agua que le salpicó el pecho. Iker abrió la boca de forma desmedida.

—¿Ah, sí? ¿Conque esas tenemos? —soltó entre risas, y yo solo pude pensar en lo maravillosamente relajado que se le veía.

Se inclinó hacia delante y respondió con un chapoteo mucho más grande, que levantó una ola corta que me dio de lleno en la cara. El agua me entró en los ojos.

—¡Iker!

Parpadeé rápido y le devolví el ataque empujando el agua hacia él con ambas manos, una y otra vez, sin darle tregua.

Escuché que carcajeaba y avanzó hacia mí a grandes zancadas dentro de la piscina, levantando pequeñas olas que fueron a estrellarse contra todo mi cuerpo.

Intenté seguir salpicándole, pero me atrapó por la cintura.

Forcejeamos un momento, más jugando que peleando, hasta que consiguió inmovilizarme frente a él.

—No conocía esta parte violenta de ti —bromeó.

No aparté la mirada, aunque tenía la respiración totalmente acelerada. Por enésima vez, demasiado cerca.

—Hay mucho que no conoces de mí todavía… —contesté.

—Estoy deseando hacerlo —respondió, con la vista clavada en mí, como si de repente hubiéramos dejado de jugar.

Tuve que reprimir una sonrisa mientras sentía que el corazón se me salía del pecho. A pesar de que el agua estaba congelada, el calor me subía por cada parte de mi ser. Aprovechando que aflojó los brazos, me zafé de él y comencé a nadar hacia la parte profunda de la piscina.

«Claro que quiero que me conozcas. Y no solo que me conozcas. Por alguna extraña y sorpresiva razón, también quiero…».

—¡No huyas! —protestó él, divertido.

Segundos después, oí el chapoteo detrás de mí. Iker no tardó en alcanzarme, así que me sumergí para esquivarlo. De pronto los dos estábamos jugando bajo el agua; nos empujábamos, nos hacíamos pequeñas ahogadillas y salíamos a la superficie entre risas como niños despreocupados.

Por su altura, Iker hacía más pie que yo, así que, derrotada, terminé apoyada en su espalda. El contacto de su piel desnuda me produjo escalofríos.

— Oh, shiiiiit!

El grito de Cris nos devolvió de golpe al mundo real. Nos separamos y nadamos hacia ella y Álvaro, que llevaban un buen rato ignorándonos. No sabía si por delicadeza o porque ellos también se hallaban demasiado entretenidos en lo suyo.

—Nos tocaba poner las mesas —me recordó mi amiga, que ya se había levantado y se estaba terminando de colocar la camiseta con el walkie en la mano—. Mateo me estaba preguntando que dónde estamos. Es tardísimo.

—Ay, no —me lamenté—. Lo siento, se me ha ido la hora. Esperad, salgo.

—Tranquilos. Vais a tardar en secaros. Me subo con Cris y vamos empezando —dijo rápidamente Álvaro.

Sin más, nuestros amigos salieron disparados hacia el comedor, dejándonos atrás.

Y, aunque me pesaba en el alma, no nos quedó otra que volver a la realidad y salir del agua.

Iker se adelantó y, cuando llegué a la escalera, ya estaba allí, esperándome con mi toalla en las manos.

Me la colocó sobre los hombros y me envolvió con cuidado.

Pero cuando me quise dar cuenta, no era solo la toalla lo que me rodeaba.

No supe muy bien quién dio el primer paso —si fue él o fui yo—, pero de pronto estábamos abrazados. Mis brazos alrededor de su cintura y los suyos rodeándome por encima de la toalla.

—Ya me he acordado de qué quería decirte —dijo bajito, sin soltarme.

—Ah, ¿sí?

—Quería saber cómo estabas —prosiguió mientras me acariciaba tímidamente el hombro—. Pero no pretendía agobiarte ni nada de eso. Ni que pensaras que soy un pesado.

—Nunca pensaría eso de ti —respondí antes de poder frenarme—. De hecho, estaba deseando que vinieras. Yo también quería decirte algo.

Mi corazón comenzó a galopar con fuerza. Tanto que pensé que no sería nada sano.

—Ah, ¿sí? —repitió él. Y aunque no le veía la cara, aposté a que estaba sonriendo.

—Gracias por quedarte conmigo anoche —susurré.

Me acurruqué un poco más en su pecho. Estar entre sus brazos era demasiado fácil, natural, cálido. Como si aquel lugar hubiese estado esperándome desde siempre. Y lo único que deseaba era permanecer allí, quieta, sin pensar en nada más, durante horas.

—No, gracias a ti —respondió él—. Al fin y al cabo, tú te quedaste primero. Cuando era un capullo y no entendías nada.

—Me alegra que ya no seas un capullo. Me gusta más esta versión.

Él dejó escapar una risa breve y me apretó aún más. Sentí cómo inclinaba apenas la cabeza y, con una lentitud casi reverente, apoyaba los labios en mi sien. No fue un beso, pero sí el roce cálido de su boca, que permaneció allí, inmóvil.

—Sora…

Su voz sonaba increíblemente frágil, y nunca le había escuchado ese color.

—Desde el primer día has dicho que en el campamento todo es muy intenso —musitó—. Que las emociones afloran y que a veces se confunden. Y eso… me da miedo.

Cerré los ojos.

—Yo también tengo miedo —murmuré.

Tomó aire despacio y se apartó lo justo para mirarme.

De nuevo estaba tan cerca que podía sentir su respiración en mi cara.

Como aquel día en la gincana, cuando sus manos me rodearon por primera vez y algo dentro de mí comenzó a desordenarse, sin ser consciente.

O como aquella noche en la casa de acogida, cuando amanecimos más abrazados de lo que habíamos planeado…

y fingí seguir dormida solo para quedarme un poco más, disfrutando de su calor.

No sabía qué éramos ni a dónde nos llevaría todo esto. No tenía claro cuáles eran mis sentimientos ni, mucho menos, lo que Iker sentía por mí. Pero en medio de toda esa incertidumbre, encontraba una única certeza: no quería que ese momento terminase.

Pero lo hizo. El silbato del campamento sonó a lo lejos, anunciando la comida, y nos separó de golpe.

—Bueno, ¿no vas a invitarme esta noche? —me preguntó mientras se colocaba la camiseta—. He escuchado a Álvaro y a Cris decir no sé qué de un… ¿karaoke?

Sentía el corazón en la garganta después de haberle tenido tan cerca; aun así, me obligué a responder mientras yo también me vestía.

—Sí, vamos todos los años, al menos una vez.

—¿Quieres que vaya? —preguntó, observándome—. Aunque te aviso que canto fatal.

—Claro que quiero que vengas —dije, como si fuera lo más obvio del mundo. De hecho, la duda ofendía—. Si te apetece a ti, claro.

—Me apetece. —Sonrió.

Mi corazón dio un saltito ridículo y caminamos juntos hacia el comedor. Antes de entrar, reuní el valor justo para mirarlo.

—Prometo bailar contigo esta noche. Te lo debo.