Revolución 29. Sora
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29. Sora

SORA

—Menudo plot twist de tu verano, Sori —bromeó Cris—. Unbelievable!

Cris, Teresa y yo nos habíamos bajado a la piscina un poco antes de comer, aprovechando que era sábado y podíamos relajarnos un poco.

Como había torneo de fútbol, casi todo el campamento se encontraba viéndolo y nosotras estábamos solas, con los pies metidos en el agua fría.

Cris, con un bañador asimétrico de color esmeralda.

Teresa, con un pantalón remangado y una camiseta graciosísima en la que se leía: I DRINK WINE WITH JESUS .

Por supuesto, ya les había contado todo lo que había pasado con Iker, con pelos y señales; porque, aunque trataba de no precipitarme, guardar silencio con ellas se sentía como alta traición.

—¿Quién te iba a decir que por fin ibas a mandar a David a freír espárragos y te ibas a pillar del chico rebelde del programa?

—¡Yo no he dicho que esté pillada! —protesté—. Solo he contado los hechos. Objetivamente.

Cris soltó una carcajada tan fuerte que hasta Teresa negó con la cabeza, divertida.

«No estoy pillada. No puedo estar pillada ya».

—Me parece adorable que Iker te esperase fuera de la capilla —apuntó Teresa, removiendo el agua con los pies.

—Mira ella… Eres una romántica —comentó Cris, riendo—. ¿Ya has abandonado el barco de David?

—Ahora soy Team Iker. —Sonrió Teresa—. O como digáis los de vuestra generación.

—La verdad es que es otro Iker —admitió Cris—. El programa está funcionando, deberías estar contentísima.

Bajé la vista al agua con una amplia sonrisa. Por supuesto que estaba orgullosa de cómo estaba yendo todo, pero especialmente del cambio de Iker.

Empezaba a mostrar una parte de sí mismo que, quizá, ni él sabía que tenía. Una versión de un chico amable, atento, de esos que cuidan sin hacer ruido. Y yo empezaba a acostumbrarme a que me cuidara; me sentía demasiado bien cuando lo hacía.

—¿Cómo te encuentras hoy? —me preguntó Teresa, esta vez más suave.

La pregunta me dejó en silencio unos segundos.

Anoche había llorado durante horas. Por David.

Por el proyecto de relación que por fin se rompía del todo.

Por mí. Por la versión de mí misma que ya no iba a volver.

Lloré por Corea, por el miedo a equivocarme otra vez, por ese sentimiento nuevo que empezaba a aflorar con Iker y que me daba un vértigo tremendo.

—Me siento más ligera —admití.

Como llegar a casa después de un día eterno y quitarte unos vaqueros demasiado apretados. O como tirarte de cabeza a la piscina después de horas de calor.

—Chicas, hoy tenemos que celebrar —dijo Cris, chasqueando la lengua—. ¿Vamos al karaoke esta noche?

—¡Me apunto! —exclamó Teresa levantando la mano—. Esta noche cocina la hermana Pilar, así que puedo escabullirme.

—¿Y qué celebramos exactamente? —pregunté.

—Tu ruptura definitiva, nuestra paciencia contigo todos estos años, que el campamento está yendo bien… —enumeró Cris, contando con los dedos— y que claramente se está escribiendo una nueva historia de amor.

Le salpiqué agua sin pensarlo. Cris gritó con dramatismo, como si la hubiera intentado ahogar, mientras Teresa soltaba una carcajada.

—Celebremos el amor —declaró ella, señalando al cielo con expresión mística—. Pero el de verdad.

—Venga, es tradición ir al karaoke al menos una noche —insistió Cris, mirándome.

Y en eso tenía razón. Tres años antes habíamos salido a pasear por la costa de Cádiz y, sin saber muy bien cómo, terminamos metidos en un antro sorprendentemente animado, lleno de gente de todo tipo, con un escenario al fondo y las letras de las canciones desfilando por una pantalla.

Y desde entonces habíamos vuelto cada verano.

—Vaaale —me rendí—. ¿A quién se lo decimos?

—Solo a nuestro grupo —sentenció Cris—. Iker y Álvaro incluidos.

—¿Y la invitación es por mí o por ti?

—Por ti, por supuesto —respondió rápido, quitándole importancia—. Álvaro y yo solo somos amigos.

—Amigos que se aman en secreto —canturreé.

—¡Que tiene novia! —protestó Cris, salpicándonos agua como defensa.

—Pues precisamente por eso, muestren un poco de piedad con el muchacho —intervino Teresa—. Bastante cacao tendrá ya en la cabeza, el pobre.

—Eso. Exacto. Gracias, hermana —asintió Cris—. Por fin alguien que comprende mi sufrimiento.

Teresa sonrió divertida.

—No he dicho que fueras la víctima, Cristina Bay.

Ella le dio un pequeño empujón y acabamos a carcajadas.

Desde aquella noche en la casa de acogida, algo entre Cris y Álvaro había cambiado.

Seguían igual en apariencia: la misma forma ligera de tratarse, las mismas conversaciones, la misma facilidad para encontrarse en cualquier sitio.

Pero ahora había una conciencia nueva debajo de todo aquello y una decisión entre ambos de no traspasar ninguna línea.

Y aunque Cris seguía fingiendo que no le importaba, yo la conocía demasiado bien. Y tenía la sospecha de que ambos estaban esperando justo lo mismo: descubrir qué quedaría de todo aquello cuando el verano terminara.

Tras reírnos un rato, dimos por hecho que aquella noche saldríamos y empezamos con el asunto verdaderamente importante: los outfits.

Cris defendía que debíamos quitarnos la ropa deportiva y vernos es-pec-ta-cu-la-res, en sus palabras.

Así que durante los siguientes veinte minutos, debatimos sobre vestidos, vaqueros, pendientes y zapatos, como si nos fuera la vida en ello, mientras Teresa nos escuchaba y se reía.

—Miren, pueden preguntar qué van a llevar ellos, así van a juego —comentó Teresa, sonriendo.

No supe a qué se refería hasta que seguí su mirada y vi a Álvaro e Iker bajando por el camino de tierra, toalla al hombro. De repente, sentí las mejillas ardiendo y no precisamente por el sol.

—Mejor las dejo solitas, que esto tiene pinta de escena romántica y no quiero salir de extra —murmuró Teresa, poniéndose de pie—. Hala, pórtense bien.

Yo aguanté la respiración. Durante todo el día apenas había cruzado alguna mirada breve con Iker.

Parecía que ninguno de los dos sabía muy bien cómo actuar después de lo que había pasado la noche anterior.

La intimidad que habíamos compartido, ambos sentados bajo las estrellas, con su mano en mi pierna y mi cabeza en su hombro…

¿Estaba exagerando? ¿Y si lo había entendido todo mal? ¿Y si solo había sido un gesto amable, una cercanía momentánea? ¿Y si para él yo seguía siendo tan solo la chica atrapada en una historia que todavía no había terminado del todo? ¿Y si Iker solo buscaba un rollo fugaz de verano?

Los pensamientos empezaron a girar unos sobre otros dentro de mi cabeza, cada vez más rápido, hasta marearme.

Llegó la inseguridad, violenta y arrasadora, junto con el miedo de no ser suficiente para que se quedase conmigo.

Y no se me ocurrió hacer otra cosa que meterme en la piscina, zambullirme hasta el cuello y darles la espalda, en un intento de fingir que no estaban allí.

—¿Qué haces? —preguntó Cris con la voz en un tono más bajo.

—Haz como que me hablas —pedí.

—Te estoy hablando —rio—. ¿Ahora te da vergüenza estar con Iker? Anoche, mientras te abrazaba, no te daba tanto palo…

Me giré un momento para lanzarle una mirada fulminante, pero ella aprovechó para tirarme besitos al aire.

—¡Hola, chicos! —llamó ella, vengativa, sin dejar de mirarme.

—Cris, te voy a matar —mascullé.

—Aprovecha —susurró mi amiga rápido, en los pocos segundos que nos quedaban hasta que nos alcanzaran.

—Precisamente tú no me des lecciones —la regañé.

—Yo tengo excusa —puntualizó—. Tú no.

Me guiñó un ojo y la conversación murió en el acto, porque los chicos acababan de entrar en mi campo de visión. Nuestros ojos se encontraron e Iker me dedicó una sonrisa pequeña, casi avergonzada, y a mí se me removió todo por dentro.

— Hey, what’s up ? —saludó Cris.

—Hace un calor horrible hoy, ¿no? —respondió Álvaro.

El silencio que siguió fue breve, pero lo bastante incómodo como para que me entraran ganas de hundirme un poco más en el agua. Yo no tenía ni idea de qué decir. Y, por la expresión de Iker, diría que él tampoco lo sabía.

—El agua está fresquita —comentó Cris entonces, con esa sonrisita traidora que ya le conocía demasiado bien.

—Yo soy más de secano —contestó Álvaro. Se sentó con naturalidad junto a mi amiga y metió los pies en el agua.

—¿Y tú, Iker? —preguntó Cris, con tono divertido—. ¿No te apetece un baño?

Quería ahogar a mi amiga.

Él se lo pensó unos segundos sin desviar la mirada de mí, como si esperara que yo dijera algo, pero no lo hice. Entonces se quitó la camiseta y la que pensó que se ahogaba fui yo.

Se lanzó a la piscina de cabeza. Álvaro protestó al instante, quejándose de que le había empapado las gafas. Yo estaba demasiado inmóvil como para inmutarme.

Iker sacó la cabeza del agua, se frotó los ojos y me sonrió. Luego comenzó a nadar tranquilamente hacia mí mientras yo intentaba actuar con normalidad. Pero es que estaba tan irresistiblemente guapo con el pelo mojado que mi cerebro había olvidado cómo funcionar.

—Creo que es la primera vez que te veo bañarte —comenté.

Sin darme cuenta, fui echándome hacia atrás hasta que la espalda me rozó el bordillo, algo apartada de Álvaro y Cris, que ya se habían enzarzado en un a conversación sobre el torneo de fútbol al que no habíamos asistido.

Por un momento tuve la impresión de que el mundo se había estrechado hasta dejarnos solo a Iker y a mí.

—Han cambiado muchas cosas en estas dos semanas —dijo al ponerse de pie, el agua bajándole lentamente hasta la cintura.

Se apartó el pelo mojado de la frente con ambas manos y buscó mi mirada. Yo intenté quedarme ahí, sin descender hacia las líneas que se dibujaban en su torso.

—No te he visto apenas en todo el día —solté, sin pensar demasiado.

Él desvió la vista un instante, removiendo el agua con la mano.

—He estado ocupado ayudando al padre Mateo —dijo—. Pero, aparte de eso… He tenido un ligero contratiempo.

Volvió a mirarme, con expresión divertida.

—¿Ah, sí?

—Se llama Cris. No te deja sola ni un minuto.