28. Iker #2
—¿Y tú? ¿No duermes? —preguntó con una Biblia en la mano.
—Estoy demasiado activo. —Me froté la nuca.
—Suele pasar —rio—. Demasiadas emociones. ¿Quieres ayudarme?
Dudé unos instantes. El padre Mateo había intentado acercarse a mí en varias ocasiones durante el campamento, pero siempre le había ignorado o evitado. Era la primera vez que su presencia no me molestaba o incomodaba, así que me aproximé a él.
—Me gusta cambiar la decoración del altar de vez en cuando —comentó Mateo—. Así se mantiene la emoción. Estos jóvenes de hoy en día necesitan estímulos constantes. Si hasta para rezar hay que competir con TikTok.
Le sonreí en respuesta. Parecía mayor que nosotros, pero no tan viejo como yo había imaginado que sería un sacerdote.
—¿Y qué tal lo demás? ¿Te está gustando el campamento? —quiso saber mientras me pasaba algunas cosas para guardar en la caja.
—Digamos que me costó adaptarme. —No iba a hacer el menor esfuerzo por ocultarle lo evidente. Ya me habían repetido muchas veces que, en los primeros días, el malestar se me notaba en la cara—. Yo… no estaba demasiado bien.
Se instaló un silencio entre nosotros. El padre Mateo esperó pacientemente a que prosiguiese, como si algo le dijera que yo quería continuar hablando.
—He pasado un año un poco complicado —expliqué bajando la voz, como si me diera miedo que los pájaros me escucharan.
—Entiendo —dijo, sacando una tela bordada con dibujos bolivianos—. A veces uno no puede evitar la tempestad, pero sí puede hacer dos cosas. Lo primero, buscar refugio.
—¿Refugio?
—Buscar refugio es… —Desenvolvió la tela—. Es buscar tu paraguas. Tus botas de agua. Probablemente no te mantendrán seco todo el día, pero al menos te evitarán una pulmonía.
Yo le escuchaba con atención, intentando entender algo de sus palabras. Mateo podía ser un cura con alma de poeta, un romántico incurable o, tal vez, otra prueba de que en aquel campamento nadie sabía contestar sin convertirlo todo en metáfora.
—Y lo segundo, encontrarle un sentido.
Vacilé unos segundos. Así, de primeras, el único refugio en el que se me ocurría pensar era Álvaro.
Y ahora también Sora, sería estúpido negarlo.
Pero sobre el sentido… Todo lo que había pasado en mi vida era un absoluto caos terrible; ningún Dios podría hacérmelo entender de otra forma, si era eso a lo que el cura se refería.
—Supongo que aún ando en búsqueda de todo eso —me limité a decir, sin ganas de entrar en detalles.
—Mírale un segundo —me pidió, señalando el cuadro del hombre que había observado—. ¿Sabes que Él también tuvo sus momentos de duda? También quiso que dejase de llover. Y en medio de la lluvia, se sintió solo y abandonado.
—No estamos hablando de lluvia, ¿verdad?
El padre Mateo hizo una mueca divertida y yo observé de nuevo el cuadro. Sus ojos no se parecían en nada a los míos, que una vez habían estado llenos de rabia y desesperación. Eran unos ojos llenos de amor.
—Pero luego vino el arcoíris —continuó, ensimismado en su metáfora—. Y gracias a esa lluvia, la tierra germinó y dio mucho fruto. Fruto que se mantiene hasta hoy.
—¿Eso no pasaba con el arca de Noé?
Una risa sincera salió de él. Había que decir en su favor que sabía aceptar una broma.
—El dolor de la lluvia nadie se lo evitó. De hecho, muchos te dirán que fue un completo sinsentido, algo innecesario. Pero esto no va de justicia o no. Esto va de bailar bajo esa lluvia de la mejor forma que sepamos.
—¿Por qué todos habláis tanto de baile? —pregunté, permitiendo que una ligera sonrisa asomara en mi cara.
—Sora nos tiene mal influenciados —contestó con un suspiro—. Pero ¿sabes qué? Lo mejor es tener la seguridad de que, por mucha tormenta que haya, si escuchas con atención siempre puedes oír un breve susurro que te recuerda que no estás solo.
Me observó con detenimiento.
—A veces es algo pequeño. Casi imperceptible, incluso ridículo…, pero que lo cambia todo.
Entonces los recuerdos llegaron sin pedir permiso. Mis manos apretando una barandilla fría. El metal clavándose en la piel. La noche cerrada de Madrid. Todo demasiado quieto abajo, como si me estuviera esperando. Un pensamiento ahogado recorriéndome entero: «Si doy un paso más, todo estará bien».
Y después, la brisa leve. El sonido mínimo del carrillón. No una voz reconocible, ni un milagro extraordinario. Solo una presencia suave, pero real.
—Como un soplo de vida —musité, sin controlar mis palabras.
—¡Exacto! ¡Eso es!
El padre Mateo me dedicó una sonrisa amable.
—Iker, por lo que sea que estés pasando… Busca ese soplo de vida.
Llevaba un buen rato sentado a cierta distancia, observando a Sora desde fuera de la capilla.
Me había despertado en mitad de la noche, con el sueño completamente desordenado, y al volver del baño la vi. O más bien la escuché.
Casi todo el campamento dormía ya, agotado después de la verbena del Oeste.
Sora apenas se había disfrazado —un pañuelo al cuello y poco más— y tampoco había bailado demasiado.
Estaba mejor que el martes, pero seguía en tensión.
Lo noté porque pasó la noche esquivando a David mientras él tonteaba descaradamente con aquella rubia de bote.
Y eso me hizo sentir como un idiota. Porque me recordaba que yo no tenía nada que hacer ahí. Que, por mucho que lo suyo se hubiera roto, seguía sin poder competir con todo lo que Sora había sentido —o seguía sintiendo— por él.
El orgullo me tentó a volver a la cama y fingir que no había visto nada, pero entonces la escuché sollozar.
Me quedé en el muro, a la intemperie, sin saber si acercarme o dejarla en paz.
Quizá quería estar sola. Puede que lo último que necesitara fuera verme a mí.
Pero cada sollozo suyo me retenía todavía más.
Al cabo de un tiempo que no fui capaz de determinar, Sora salió de la capilla en plena oscuridad. Pensé en escabullirme, pero ya era tarde: me había visto entre las sombras.
«A la mierda».
Me levanté con paso decidido y me dirigí hacia ella. Gracias a la luz tenue de la luna llena, pude ver con claridad que tenía la cara roja de haber estado llorando.
—Iker —dijo, sorprendida—. ¿Qué haces despierto?
Su voz sonaba débil, como si aún estuviera intentando recomponerse.
—Yo… —dudé, pero las palabras de Cris, «quítate la armadura», resonaron en mi cabeza otra vez—. Lo siento. Estaba preocupado por ti.
Parpadeó, sorprendida, y luego me dedicó una sonrisa sincera.
—No podía verte llorar y no hacer nada —continué, más envalentonado de la cuenta—. Pero si prefieres estar sola, lo entiendo perfectamente.
Sus ojos vacilaron unos instantes, que se me hicieron eternos.
—No me apetece mucho hablar —dijo—. Pero agradecería tu compañía.
Caminamos en silencio hasta una especie de pequeño anfiteatro de piedra y nos sentamos en el primer escalón.
Esta vez, dejamos que nuestros hombros se rozaran.
Yo quería abrazarla, tomarla de la mano, acercarme más, pero prefería ser prudente.
No sabía a qué distancia estaba todavía su corazón.
Ni siquiera tenía claro dónde situar el mío.
—Iker… —dijo Sora al cabo de unos minutos, con un hilito de voz.
—No tienes que contarme nada —la interrumpí con suavidad—. Está bien si solo nos quedamos así, en silencio.
—Debería cuidarte yo a ti, no al revés —respondió. Parecía un poco más animada—. Soy tu coordinadora.
Ladeé la cabeza para mirarla de nuevo. Estaba guapísima con los ojos brillantes, el pelo revuelto y esa fragilidad desarmada que la volvía aún más real.
—Pero yo soy mayor —repliqué—. Y ya sabemos que, a veces, te conviertes en una damisela en apuros.
Bromeé, dándole un leve empujón con el hombro. No sabía si era el momento, pero necesitaba arrancarle una sonrisa. Ella bufó y apenas levantó una comisura. Me bastaba por el momento.
Volvimos a quedarnos en silencio, ambos mirando las estrellas.
Jamás había visto un cielo tan lleno; incluso se distinguía la franja lechosa de la Vía Láctea.
Ojalá hubiera recordado alguna de las clases que Álvaro me había dado —muy a mi pesar— para distraerla, pero temía hacer el ridículo, así que me mantuve callado.
—¿No tienes sueño? —me preguntó en voz baja.
—Me quedaré hasta que te sientas mejor —dije a modo respuesta.
Sin esperarlo, Sora se acurrucó en mi hombro, tal y como había hecho la noche anterior. Solo que ahora parecía más una decisión que consecuencia del cansancio. Tuve que tragar saliva por los nervios, pero su contacto me reconfortó.
—Me siento mejor —afirmó—, pero no te vayas aún, porfa.
Aquello me hizo sonreír irremediablemente. No pude evitarlo más y dejé caer una mano sobre su muslo, con extremada cautela, dándole el tiempo suficiente para apartarse si aquel gesto la incomodaba. Pero no lo hizo, sino que se acurrucó un poco más contra mí.
Y allí, bajo el cielo estrellado y con nuestras respiraciones acompasándose de nuevo, sentí que algo en mi interior cedía. Como si alguien hubiera soplado despacio dentro de mi pecho y, después de mucho tiempo, mis pulmones recordaran cómo se hacía aquello de respirar sin dolor.
Tal vez Sora era ese pequeño soplo de vida.