28. Iker
IKER
El campamento estaba superdespierto cuando aparcamos la vieja furgoneta frente a la puerta a las ocho de la mañana. Algo que contrastaba enormemente con la sensación que el cuerpo retenía tras una noche mal dormida en un sofá incomodísimo. Debíamos de tener un aspecto lamentable.
Nuestro grupo nos recibió con vítores y aplausos después de una guardia nocturna superada. Sora contó por encima que todo había ido bien, sin incidentes. Y mientras, no pude evitar fijarme en que Cris nos observaba con las manos apoyadas en la barbilla y una sonrisa pícara.
—¿Y habéis podido dormir algo? —nos preguntó.
—Un poco —respondió Sora, que me miró de soslayo.
Me sonrojé sin remedio.
Sora había dormido casi toda la noche. Y yo, en algún mo mento, también había caído rendido entre cabezada y cabezada. Me había despertado como a las seis de la mañana por una presión suave en mi cuerpo.
Al abrir los ojos, todavía medio dormido, lo primero que vi fue su pelo.
Tenía la cabeza apoyada justo sobre mi pecho, siguiendo el ritmo de mi propia respiración.
Su mano descansaba en mi hombro, con los dedos cerrados de forma inconsciente; parecía haberse agarrado a la tela de mi camiseta en mitad de la noche sin darse cuenta.
Pero lo peor es que nos encontrábamos más acurrucados de lo que recordaba y que mi brazo se hallaba alrededor de ella. No rozándola con vergüenza. Tampoco por mero accidente. Estaba rodeándola. Mi cuerpo había decidido por mí que era ese exactamente el lugar donde tenía que estar.
Durante un buen rato —más largo de lo que me atrevería a confesar—, no me aparté. Me quedé ahí, inmóvil, conteniendo la respiración, sin querer romper aquel escenario improvisado. Y dándole vueltas a muchas muchas cosas.
Entonces Sora se removió y abrió los ojos despacio. Al reparar en nuestro abrazo, se incorporó de golpe. Su cara se tiñó de rojo en cuestión de segundos, como si hubiera estado haciendo algo prohibido y no simplemente dormir. Me había pedido perdón más de diez veces durante el camino.
—Vamos a dormir, que lo necesitamos —anunció Sora tras un rato charlando—. ¿Todo controlado?
El grupo asintió, en especial Cris. Pusimos rumbo a las cabañas, aunque dudé si podría quedarme dormido: tenía el corazón y los pensamientos demasiado acelerados.
—Buenas noches, Iker —dijo Sora, cuando llegó a la puerta de su cabaña—. Espero que puedas descansar. Que creo que no te he dejado mucho.
Seguía teniendo cara de cansada, pero se la notaba bastante más relajada. Me pregunté si yo había influido a hacerla sentir mejor.
—Descansa —le dije, dedicándole una sonrisa sincera.
Me sonrió durante algunos segundos de más y se metió en su cabaña.
Yo me quedé allí, en mitad de la plaza de albero, pensando en qué hacer.
No tenía ganas de dormir, pero tomarme un café a esas horas sería terrible para mi corazón.
Tampoco me apetecía hablar con nadie, así que decidí buscar un refugio para estar en silencio con mis pensamientos.
Y aunque podría haberme dirigido hacia cualquier otro sitio —la mesa de siempre, por ejemplo—, algo tiró de mí hacia la capilla, que estaba completamente vacía.
Siempre que la pisaba imaginaba que a mi madre le habría encantado.
A pesar de que no era nada religiosa, le fascinaba cualquier lugar que le aportara calma y paz.
Debía admitir que aquel era uno de esos lugares.
Por primera vez, elegí sentarme en uno de los bancos delanteros.
Apreté los labios, un tanto incómodo, sin saber qué hacer con mi cuerpo o mis pensamientos.
¿Me sentaba? ¿Me arrodillaba? ¿Miraba al frente?
¿Al cielo? ¿Cerraba los ojos? ¿Se suponía que tenía que pensar en algo concreto o, precisamente, dejar la mente en blanco?
Hasta en la capilla había unas normas no escritas que el resto parecía conocer y yo no.
Intenté recordar lo que había visto esos días, y si había algo que todos hacían, era cantar.
A mi lado descansaba un cancionero con unas letras de goma eva en la portada que decían MARTA .
Seguro que a mi compañera de grupo no le importaría que le tomara el librito prestado.
Quizá entre esas páginas encontraría alguna pista.
Abrí una al azar y leí las estrofas:
Reviento de amor, estoy temblando de gozo
Te como con la mirada, estás aquí y no estás solo.
Me removí incómodo en el banco. No sabía si me desconcertaba más ese reventar de amor o que alguien me dijera que no estaba solo en este mundo. Porque la soledad era la mochila más pesada con la que cargaba.
Cada lágrima, cada risa, en mi memoria se han grabado.
Intenté imaginar a alguien fijándose en todo eso. En cada gesto. En cada detalle de otro. Y me di cuenta de que ya empezaba a hacerlo con Sora de forma inconsciente.
Quiero entrar, hacerte mío, curar tu herida si me la das.
Si por un segundo vieras cómo te miro
No querrías ver nada más.
Levanté la vista del papel un segundo. Aquellas palabras me resultaban demasiado grandes, casi exageradas. Aquel amor del que hablaba la canción —y del que tantas veces hablaba Sora— me parecía imposible.
Cerré el cancionero y suspiré. Recorrí la vista por la capilla hasta que observé un cuadro gigante que se apoyaba en un árbol.
El hombre de la imagen tenía pelo largo y barba poblada, con la frente surcada por finos hilos de sangre.
Los labios estaban relajados, y una de las comisuras se elevaba ligeramente, mientras que una lágrima le recorría la mejilla.
Sin embargo, lo que más me inquietaron fueron sus ojos —de un color extraño, entre el verde y el marrón— que conservaban una amabilidad desconcertante.
No parecía juzgar o exigir nada; miraba más bien como quien entiende sin necesidad de explicaciones.
Como si, de hecho, hubiera memorizado cada lágrima y cada risa, y aun así hubiera decidido quedarse.
Como si quisiera curar mi herida para siempre.
Pensé que, si Dios existía de verdad —y no creía que existiera, que conste—, quizá no se parecía a esa especie de hada mágica que yo solía imaginar de pequeño.
Tampoco a un Zeus enfurecido con un rayo en la mano esperando el momento perfecto para castigar a alguien.
Puede que se aproximara más a aquello: una mirada cálida, cansada y extrañamente serena, incluso con una herida abierta en la frente.
Hundí la cara entre las manos.
«Muerto en vida. Dolor mal colocado. Sigue bailando, aunque duela. Él cree en ti. La revolución del amor».
Todas las palabras que se me habían clavado desde que llegué se arremolinaban en mí.
El dolor que traje el primer día no había desaparecido por completo; Madrid seguía esperando mi vuelta, junto con todos los problemas que no parecían tener solución.
Mis padres no habían vuelto de entre los muertos.
Lucía seguía sin estar conmigo. Mi batalla legal con Javier continuaba.
Y, sin embargo, ya no quería morirme. Lo cual veía como un avance considerable.
Estaba incluso disfrutando del campamento. Bueno, no sabía si «disfrutar» era la palabra correcta, pero sí que me levantaba con un propósito. Y Sora tenía mucho que ver, aunque me empeñase en negarlo de forma categórica.
Cerré los ojos. No para rezar —ni mucho menos—, sino para descansar un segundo. Para dejarme llevar por su sonrisa, por su voz, incluso por ese olor suyo que ya empezaba a reconocer.
Porque, sin buscarlo y mucho menos desearlo, Sora me había atravesado por completo.
Sora era luz de madrugada. Esa claridad fina que se cuela por la rendija de la persiana cuando, después de demasiadas noches malas, por fin consigues dormir unas horas seguidas.
Primero molesta. Te obliga a entrecerrar los ojos, a girarte, a protestar.
Pero luego notas el calor tibio sobre la cara y recuerdas algo importante: afuera sigue existiendo el mundo.
Yo llevaba demasiado tiempo acostumbrado a la oscuridad.
A sobrevivir más que a vivir. La tristeza, cuando se instala mucho tiempo, termina pareciéndose peligrosamente a una casa.
Al principio quise apartar su luz. Ignorarla; incluso apagarla.
La vida a oscuras tenía algo perverso: todo duele más. Aunque el desastre se esconde mejor.
Pero la luz no está hecha para ser ocultada o guardada en un cajón. La luz no pide permiso para alumbrar, sino que busca cualquier grieta para colarse. Y Sora se me había colado justo por ahí.
Cuando ella estaba cerca, el mundo volvía a parecer habitable, incluso bonito. Poco a poco, me estaba acostumbrando otra vez al sol. Pero eso daba más miedo que toda la desesperanza que había sentido hasta ese momento.
¿Podía ser tan sencillo? ¿Podía una chica, con su risa fácil y su manera de mirarte como si de verdad importaras, devolverte las ganas de seguir viviendo? ¿O solo estaba confundiendo la luz con un incendio que acabaría devorándome para luego apagarse?
Un ruido me sacó de mis pensamientos. El padre Mateo entraba por la puerta de la capilla con una caja en las manos y no pareció notar mi presencia hasta estar dentro.
—Uy, lo siento —se disculpó al verme—. No quería interrumpir. Vuelvo después.
—No, no te preocupes —dije rápidamente mientras me ponía de pie—. Ya me iba.
—¿Cómo estás? —preguntó, caminando hacia el altar y dejando la caja en el suelo—. Has tenido turno de noche con Sora, ¿no?
—Sí —asentí—. Hemos llegado hace un rato.
—¿Y qué tal ha ido?
Se agachó en el suelo y, mientras abría la caja, me miró aguardando respuesta.
—La noche ha sido tranquila. Todo bien.
—¿Y qué tal Sora? —quiso saber—. Espero que haya podido descansar un poco. La pobre debe de estar agotada.
Tragué saliva, absurdamente nervioso. Sí, Sora había dormido. Pero tuve que recordarme que el padre Mateo no tenía por qué saber que habíamos acabado durmiendo abrazados. Además, había sido sin querer. No había pasado nada más, nada de nada.
—Sí, ha echado alguna cabezada —terminé por decir—. Ahora está durmiendo.
El padre Mateo asintió mientras empezaba a desmontar la decoración del altar.