Revolución 27. Sora
59%

27. Sora

SORA

El reloj marcaba las once de la noche cuando Marcos llamó a la puerta.

Después de hablar de nuestros respectivos no romances, la conversación se cortó de golpe; a ninguno de los dos se le ocurría qué más decir. Nos quedamos envueltos en un silencio extraño, de esos que no sabría si clasificar como incómodo, tranquilo o ambos a la vez.

Iker se había hundido en su libro. Las páginas pasaban despacio bajo sus dedos, y cada tanto fruncía un poco el ceño, como si estuviera resolviendo algo dentro de la historia.

Me habría gustado seguir hablando con él —preguntarle cualquier cosa, aunque fuera tonta—, pero no encontraba nada digno de compartir en alto.

Y yo me había dedicado a escribir en mi cuaderno, aunque de vez en cuando le espiaba fugazmente.

Había rellenado más de diez páginas en veinticuatro horas.

Era la única forma que tenía de sacar todo lo que me bullía dentro tras la ruptura con David, pero no solo eso.

También estaba plasmando mis miedos sobre el nuevo año, mis cansancios sobre ser coordinadora y, para qué mentirme a mí misma, la extraña sensación que me invadía estando cerca de Iker.

Porque, además, ahora sabía que ni tenía novia ni nadie especial esperándolo en casa. Y descubrirlo me dejó una sensación extraña en el pecho, incómoda y peligrosamente cercana a la esperanza.

—Hola, Marcos —saludé con amabilidad.

—Quiero salir a fumar, ¿me abrís?

Me levanté enseguida para atenderlo. Al volver, aproveché para estirar un poco el cuerpo.

Llevaba dos horas clavada en la misma postura y ya tenía los hombros tensos, las lumbares quejumbrosas y el cuello rígido.

Me incliné hacia delante, despacio, arqueando la espalda hasta tocarme la punta de los pies con los dedos.

—Bueno, Marcos suele salir a fumar cinco veces —le comenté a Iker mientras continuaba con la cabeza pegada a las rodillas—, ya solo quedan cuatro.

Al alzarme, me encontré con los ojos de Iker posados en mí. Tenía una media sonrisa que resaltaba su atractivo y no paraba de pensar que quería seguir hablando con él, no volver a sumirme en un silencio largo.

—¿Te gustan los dulces?

«Sora, ¿qué clase de pregunta es esa?».

—Me refiero a que —proseguí de inmediato, caminando hacia la mesa— Loli nos ha dejado bizcocho. ¿Te apetece?

—No tengo demasiada hambre —contestó Iker, levantándose del sofá—. Pero vale, probaré un trozo.

Se acercó a la mesa y, como la salita era tan diminuta, su brazo tocó el mío. Fue solo un instante, un roce leve de manga contra manga, pero bastó para que una electricidad extraña me recorriera la piel.

Tosí levemente, nerviosa, y me llevé un trozo de bizcocho a la boca.

—Mmm… —murmuré, saboreándolo un segundo más—. Es de pistacho. Mi favorito.

—Loli te cuida como una madre —comentó Iker y dio un bocado al suyo—. Está bastante rico, sí.

Lo observé mientras comía. El peso en el pecho que cargaba desde el martes empezaba a aliviarse, aunque ahora lo sustituía ese pellizco extraño y nuevo en el estómago.

—Sí, desde aquel día, dice que soy su ángel. Su Lucerillo.

—Lucerillo —musitó Iker—. Porque eres luz.

Alcé los ojos, algo avergonzada.

—Sora… —Los ojos de Iker vacilaron unos segundos—. Loli me dijo que estás detrás del programa Lev.

Tardé un segundo en reaccionar, con el corazón desbocado. Decidí meterme el último trocito de bizcocho en la boca, ganando así un tiempo valioso para pensar mi respuesta.

—Lo siento, Iker —fue lo primero que me salió—. No pretendía ocultarte nada, de verdad. Es solo que…

—Lo sé, tranquila.

Rozó mi brazo con suavidad en un intento de tranquilizarme.

Me recordó fugazmente a aquella primera mañana de campamento, cuando yo había hecho lo mismo, pero él se había tensado.

Me alegró pensar que aquellas dos personas no tenían nada que ver con lo que éramos en ese momento.

Me estaba encantando esta nueva versión de ambos.

—No te lo decía porque me debas ninguna explicación. Entiendo por qué no querías contármelo.

Dio otro bocado al bizcocho y se fue hasta el sofá para sentarse de nuevo. Yo me quedé observándolo, un poco paralizada. ¿Se habría enfadado? ¿Se habría sentido observado, juzgado por mí? ¿Cambiaba eso algo entre nosotros?

—Aunque, para serte sincero, tengo curiosidad —dijo, en un tono calmado—. Y quería saber si te gustaría contarme un poco más. Por qué empezaste, cómo se te ocurrió… Y si alguna vez pensaste que llegaría un desastre como yo.

Me miró con una sonrisa divertida. Eso me dibujó otra en mí y por fin relajé los hombros.

«Quiere conocerme».

O, al menos, quería saber más sobre el programa; pero eso suponía una parte de mí, así que me era suficiente. Me senté a su lado, un poco más cerca que antes, esperando que no se sintiera incómodo.

Jugueteé con mi colgante mientras Iker me observaba con una atención tranquila, de esas que no interrumpen ni empujan.

Entonces le conté cómo había surgido todo: aquella cena con Mateo, la propuesta a mi profesor, las tardes eternas ajustando el proyecto y, finalmente, la financiación.

Intenté escoger bien cada palabra; sabía que Iker formaba parte del programa, pero no por qué estaba allí y no quería tocar sin querer una herida.

Él me escuchó sin prisa. De vez en cuando hacía alguna pregunta breve, solo para entender mejor, y asentía como si aquello le importara de verdad. Incluso en algunos momentos me avergoncé de tanta intensidad como estaba mostrando. No quería ser demasiado yo.

—Este sitio me cambió tanto que pensé que podía hacer lo mismo por otras personas —concluí—. Creo que siempre hay posibilidad de volver a empezar, no importa lo perdido que estés.

Me dio miedo sonar ingenua. Demasiado idealista, quizá. Pero Iker no se burló ni apartó la mirada.

—¿Y estás contenta? —preguntó con curiosidad sincera.

—Depende —suspiré con una media sonrisa—. Te preguntaré a ti si estás contento a final de mes. Si te ha servido y si te encuentras…

—¿Menos perdido?

Hice una mueca y miré hacia otro lado. Lo último que quería es que sintiera que lo estaba juzgando o estudiando como si fuera un proyecto. En ese momento, la puerta chirrió y Marcos entró de nuevo en la casa. Asomó la cabeza y nos dijo un simple «buenas noches» antes de marcharse.

—No sé por qué estás aquí, Iker. Intento no pensarlo —retomé la conversación, acurrucándome un poco en el sofá—. Aunque, por supuesto, me produce curiosidad, no voy a mentirte.

—Estampé mi coche contra un restaurante de lujo —dijo de repente—. No fue aposta.

Llenó los pulmones con una respiración lenta mientras yo abría los ojos como platos.

—Iba bastante bebido. Y bastante enfadado —continuó—. Aparqué en una cuesta y olvidé poner el freno de mano.

Me mordí el labio para no reírme. De todas las cosas que habría pensado sobre Iker, aquello no era una de ellas. Pero mi expresión me delató, porque me miró perplejo.

—¿Por qué te ríes?

—Perdón, perdón —dije sacudiendo la cabeza y dejando escapar una sonrisa—. Es solo que… me esperaba otra cosa.

—¿Qué esperabas? —preguntó, frunciendo el ceño, ofendido—. ¿Tan mala pinta tengo?

—No, no —contesté—. En realidad, me desconcertabas un poco. No se me ocurría nada lo suficientemente creíble como para que un chico como tú hubiera terminado aquí.

—Estoy aquí porque fui un idiota ese día —confesó, resoplando—. Era la primera vez que conducía bebido, te lo prometo. Ni siquiera me gusta el alcohol. Me encontraba mal y fui en busca de Álvaro, con la mala suerte de que vive en una maldita cuesta.

Ya no pude contener la risa imaginando la escena. Conociendo ya a Álvaro y sabiendo un poco más de Iker, la escena se dibujó sola en mi cabeza y resultó mucho más cómica de lo que debería. Finalmente, su expresión se relajó y acabó riendo también conmigo.

Esperé unos segundos, por si me contaba un poco más de lo que le había llevado a aquella situación, mientras en mi cabeza se montaban diferentes escenarios. ¿Una discusión con sus padres? ¿Una mala nota en el examen? ¿Una ruptura dolorosa?

Pero no añadió nada más, y como yo le había contado a medias lo de David, me pareció justo.

—Bueno, pues ya lo sabes. —Se encogió de hombros.

—Gracias por contármelo. —Sonreí.

—Y sí, deberías estar contenta —dijo—. La experiencia no te deja indiferente. Pero no quiero que me trates como un estudio clínico para tu informe. Por favor.

—¿Ni un poquito? —le piqué.

Puso los ojos en blanco, pero luego me miró. Primero a los ojos, pero un segundo después bajó a mis labios, lo que paralizó un poco los latidos de mi corazón.

—Tienes… —dijo, alzando un dedo con cierta indecisión.

—¿Qué…?

Me llevé una mano a la boca.

—Espera.

Se inclinó hacia delante. Me acarició la barbilla, demasiado cerca de la boca. Su tacto me dejó completamente helada y me pregunté si lo que estaba sintiendo tenía algún sentido. ¿Cómo me iba a estar colando por un chico como Iker?

—Tenías un poco de bizcocho. Perdón.

Me costó tragar y apreté los labios en una fina línea, evitando sonreír o hacer cualquier gesto que me delatara.

«Normalidad, Sora. Solo te ha quitado una miga de bizcocho».

Fingí un bostezo, como si no le hubiera dado importancia. Iker se levantó un momento para beber agua, lo que me dio unos segundos para tranquilizar mi desbocado corazón.

—¿Tienes sueño? —me preguntó, sonando totalmente casual.

«No ha pasado nada».

—En el campamento, siempre estoy cansada.

Y aquello era verdad. Estaba todo el día con una energía por las nubes; mitad adrenalina, mitad responsabilidad. Pero, en cuanto frenaba un poco, el cansancio me arrastraba a un agujero profundo. Desde la escenita de la playa, además, me costaba todavía más pegar ojo.

Y aunque aquel sofá no era demasiado cómodo y me había tomado un café, mi cuerpo se estaba relajando. La presencia de Iker no me incomodaba como antes, ni tampoco me ponía en guardia. Me hacía sentir otras cosas más suaves y cálidas.

—Duerme un rato —me propuso Iker, sentándose de nuevo, ahora mucho más cerca—. Yo haré guardia.

Le miré fijamente.

—Estás siempre cuidando a todos —insistió—. Pero ¿quién te cuida a ti?

Iker se dio unas palmadas en su hombro, a modo invitación.

Dudé durante unos segundos. Sin poder evitarlo, pensé en David, porque, aunque ya no éramos nada, seguía sintiendo que le debía algo. Tal vez se había convertido en una vieja costumbre de la que tardaría tiempo en deshacerme.

Pero es que sentir el cuerpo de Iker más cerca era una invitación que me cosquilleaba el alma.

—No voy a dormirme —anuncié con convicción—. Solo me relajaré un poco.

Me acerqué a él y apoyé la cabeza en su hombro, tímida y progresivamente, hasta dejar caer todo el peso.

—Madre mía, te pesa un montón —bromeó.

Yo me incorporé de golpe y lo miré con la boca abierta, pero Iker se estaba riendo. Me gustaba ese lado divertido y relajado.

«Y otra vez estamos muy cerca».

—Tranquila, haré el esfuerzo. —Volvió a tocarse el hombro—. Pequeños gestos de amor. De eso hablas constantemente, ¿no?

Me acurruqué de nuevo y dejé que su aroma —una mezcla a madera y bosque— me reconfortase.

—Estás empezando a formar parte de la revolución —musité mientras cerraba los ojos.

—¿La revolución? —preguntó con suavidad.

—La revolución del amor —expliqué—. ¿No crees que hoy en día no hay nada más revolucionario que atreverse a amar a los demás? Eso dice siempre Loli.

Sentí un leve movimiento de su cabeza, como si asintiera.

—Suena grande —dijo.

—En realidad, empieza siendo muy pequeño. Tan pequeño como un granito de mostaza.

Guardó silencio e intuí que debía continuar ahora que se había abierto una grieta de escucha.

—Consiste en una rebeldía buena y sencilla. Elegir siempre el amor, por encima de todo —continué—. Elegir amar cuando sería más fácil no hacerlo. Elegir amar incluso en los gestos más diminutos, esos que quizá nadie más llegue a ver.

Él soltó el aire lentamente.

—Interesante.

—Por ejemplo…, quedarte cuando podrías irte. Escuchar, aunque estés cansado. Comprender antes de juzgar. Perdonar incluso cuando todavía duele…

Noté que se movía un poco, como acomodándose para atender mejor.

—Y ahí es donde empieza la revolución —continué—. Donde empiezas a bailar al son del Amor, como me gusta decir.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino de esos en los que algo está encontrando su sitio.

—Buscar el amor en todo lo que haces —murmuró finalmente, casi como si estuviera probando la frase en su boca.

—¿Cuántos gestos de amor con otros he tenido hoy? Me lo pregunto todos los días. Es algo que escribo en mi libreta, por ejemplo.

—Siendo honesto, me encantaría leer algo de esa libreta.

Su comentario me hizo abrir los ojos, y me ardieron las mejillas.

—Quizá algún día —susurré—. Solo si te portas bien.

—¿Portarme bien, en tu milicia, es amar mucho?

Yo susurré un leve sí.

—Me portaré bien, entonces. —Por su tono, supe que sonreía—. Intentaré hacer eso que dices. Lo de amar mucho.

—Puedes empezar con quienes tienes alrededor —continué—. Tienes a Álvaro. Al grupo entero…

—¿A ti? —preguntó.

Se me cortó la respiración durante una milésima de segundo.

—Ya lo haces —musité, intentando sonar ligera—. Cuidándome la quemadura, salvándome cada vez que tropiezo. O dejándome descansar en tu hombro.

Él respondió con un murmullo distraído, como si estuviera encajando las piezas. Luego nos sumimos en un silencio tranquilo y me permití cerrar los ojos de nuevo. Al principio había sentido el corazón desbocado, pero con el paso de los minutos, incluso nuestras respiraciones se habían acompasado.

Por un momento, pensé en que quedaban diecisiete días para que el campamento terminase. Y, de repente, me supo a insuficiente.

—Para ti es fácil, eres bailarina —comentó al cabo de un rato—. Sabes cómo hacerlo.

Pero ambos éramos conscientes de que no solo se refería al baile.

—A bailar se aprende bailando, Iker.

No sé en qué momento el cansancio me ganó sin darme cuenta. Mis pensamientos se fueron apagando uno a uno, sin ruido ni preguntas. Pero, antes de dormirme, tuve la certeza —simple y extraña a la vez— de que aquella noche no debía sostener nada, ni resolver, ni cuidar.

Porque Iker, a su manera, estaba decidiendo amar; estaba decidiendo amarme.

Y no, no hubiera querido estar con ninguna otra persona allí que no fuese él.