26. Iker #2
Me entró la estúpida curiosidad de si mi nombre también estaba escrito ahí dentro. Y me dio más miedo la respuesta que la duda.
—¿Y te ayuda? —quise saber.
—Mucho —afirmó rotunda—. Cada noche, anoto todo lo bueno que ha pasado en el día. A veces crees que el día ha sido un desastre, pero luego te das cuenta de la cantidad de cosas bonitas que ha tenido.
La escuché con atención. ¿Sería yo capaz de hacer eso?
—Empecé hace cinco años, después de mi primer campamento —explicó, con la mirada un tanto perdida, como rebuscando en sus recuerdos—. Me lo recomendó Teresa. Yo… no estaba demasiado bien por aquel entonces.
Medité aquellas palabras. Sora volvió la vista hacia mí, y probablemente tuvo que ver alguna expresión extraña, porque me preguntó:
—¿Qué pasa?
—No, nada —me disculpé, carraspeando para intentar recomponerme—. Es solo que me cuesta imaginarte… mal.
—¿Por qué?
—Siempre estás riendo. —Me encogí de hombros—. Siempre feliz. Parece que nada te afecta demasiado.
«Excepto David, por lo visto».
Se hizo un breve silencio mientras ella jugueteaba con su taza.
—La alegría es una decisión —dijo finalmente.
—¿De verdad crees eso?
Me costaba pensar que resultara tan sencillo. Tan simple como decidir estar contento. Y, aunque durante aquella semana había conocido a personas con historias durísimas que estaban alegres, seguía preguntándome cómo era posible hallar la felicidad cuando te encontrabas atravesando un huracán.
—Hace cinco años estuve aquí. En esta misma sala —comenzó—. Era mi primer campamento. También para… David.
Intenté que mi cuerpo no reaccionase ante ese nombre que me causaba tanta incomodidad. Me limité a observarla con cuidado por si su expresión corporal me daba más información. ¿Lo del martes habría sido una discusión sin más o el punto de no retorno?
—Todo fue bien durante casi toda la noche —explicó. Luego tomé un sorbo de café, como para ganar tiempo—. Pero a eso de las tres de la mañana, Loli quiso entrar en la casa.
Asentí, invitándola a continuar.
—Ella estaba lidiando con muchos problemas en su vida —me relató, con la mirada perdida—. Desde la casa comenzaron a acompañarla y venía a dormir de vez en cuando. Aquí hay una norma: solo puedes entrar a dormir si vienes sobrio. Si no, te toca dormir en la calle.
Tomó aire. Parecía que aquellos recuerdos la removían.
—Loli llegó a las tantas, completamente drogada y borracha —explicó—. Imagínate. David y yo éramos menores de edad en ese momento…
—¿Por eso ahora no pueden quedarse los menores? —pregunté.
Murmuró en señal de afirmación.
—El caso es que me dio tanta pena… —suspiró— que decidimos dormir con ella.
—¿En la calle?
—Sí —contestó, con una mueca—. En un cajero automático, que era donde Loli solía dormir. David la estuvo tranquilizando toda la noche, hasta que se quedó dormida. Y después me tranquilizó a mí, que estaba demasiado alterada y asustada. No dormimos nada.
Me tomé unos segundos para asimilar todo aquello. Intenté imaginar la escena: una Sora joven entre cartones, inquieta, incómoda por el duro suelo. Y un David amable, cuidándola de verdad, muy diferente al chico que había conocido en ese campamento.
—Al día siguiente nos cayó una buena bronca. —Esta vez lo dijo con media sonrisa—. Pero a mí esa noche me cambió la vida. Ver a Loli de esa manera nos recordó que la vida podía doler muchísimo, pero que siempre existen motivos por los que luchar. O por los que dar gracias.
Se quedó en silencio. Intuí que había mucho más que no me estaba contando. Y me pregunté si llegaría el día en el que podríamos ser sinceros el uno con el otro, sin reservas de ningún tipo.
—¿Y fue ese verano cuando conociste a David?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla demasiado. Me sentí estúpido al instante. Ella alzó la mirada, intentando descubrir algo en mi expresión, y yo me esforcé por mantener el rostro neutro, como si solo estuviera siguiendo el hilo natural de la conversación.
—Sí. —Hizo una pausa—. No eran mis mejores momentos. Estaba pasando por una situación difícil. David…
Se mordió el labio antes de continuar.
—David hizo que me sintiera vista por primera vez.
«Sería imposible no verte, Sora».
Pero no comenté nada. Tan solo me limité a apretar la mandíbula.
—Entiendo —dije—. Y desde entonces estáis juntos…
Aguardé su respuesta conteniendo la respiración, aunque procuré disimularlo. Quizá estaba cruzando una línea. Sora se abrazó las rodillas, apoyó la barbilla sobre ellas y se quedó escrutándome en silencio, como tratando de leerme la mente.
—Sí, pero lo hemos dejado muchas veces —musitó—. La última fue hace unos meses.
Intuí que su relación había sido complicada. En su rostro se marcaba un cansancio que iba mucho más allá de lo físico.
—Ya no estamos juntos —sentenció, encogiéndose de hombros—. Definitivamente.
Intenté rebuscar entre mi torpe repertorio de palabras alguna que la hiciera sentirse mejor, pero no encontré ninguna que estuviera a la altura.
«Idiota, di algo». ¿Pero qué se decía en esos casos?
—Lo siento —susurré.
«Eres imbécil».
Ella me miró con una ternura casi divertida.
—¿Y tú? —preguntó.
—¿Yo?
—Sí, tú. —Se acomodó mejor, todavía abrazada a sus rodillas—. ¿Algún drama amoroso que contar?
Bufé por la nariz y aparté la vista.
—Dramas, muchos —contesté—. Amor, bastante menos.
—Qué forma tan elegante de esquivar la pregunta.
Me humedecí los labios, intentando no sonreír, pero volví a mirarla a los ojos.
—No tengo novia, si eso es lo que preguntas.
Sora no respondió enseguida; parecía calmada.
—Preguntaba si hay alguien especial.
Durante un segundo, pensé en que el planteamiento resultaba ridículo. ¿Cómo iba a haber alguien especial si en los últimos meses mi único objetivo había sido sobrevivir? Por supuesto que no.
Y, sin embargo…
«¿La tengo delante?».
—No —respondí.
Sora me sostuvo la mirada mientras intentaba contener una pequeña curva en los labios.
—Vale —dijo.
—Vale —contesté.
Nos quedamos ahí, con una media sonrisa tonta instalada en la cara, como si ambos supiéramos que aquella conversación había significado más de lo que estábamos dispuestos a admitir.