26. Iker
IKER
Eran cerca de las nueve, la hora a la que nos habían citado para comenzar el turno de noche en la casa de acogida.
A esas horas, el hogar parecía otro completamente distinto.
Por la mañana rebosaba luz, colores vivos, pasos apresurados, conversaciones y risas que rebotaban por los pasillos.
Al anochecer, los sonidos eran más suaves y apagados.
Solo s e escuchaban algún que otro murmullo y el zumbido lejano de un televisor.
Iván nos recibió en el hall con una sonrisa agotada.
Llevaba la misma camiseta gris y los vaqueros desgastados de por la mañana, lo que me hizo preguntarme si realmente alguna vez se iba de allí.
Empezó a recitarnos una lista de instrucciones y normas para la noche, mirándome a mí, porque, por supuesto, Sora no las necesitaba.
—Normalmente, las guardias se hacen aquí.
Empujó la puerta doble de cristal junto a recepción.
La estancia era una salita mínima, con un sofá verde musgo —del mismo tono que las cortinas— que, con solo echarle un vistazo, ya anunciaba dolor de espalda.
En una esquina, una mesa de cristal con dos jarras metálicas, una cesta con dulces y varias bolsas de té desperdigadas.
—Siempre dejamos la puerta abierta —prosiguió—. Este es vuestro campamento base. Ellos saben que estáis aquí, así que si necesitan algo, vendrán. Y bueno, os podéis turnar para dormir un rato. Lo que consideréis mejor.
Encendió una lámpara de pie, que nos regaló una luz un poco más cálida y amable.
—Ahí podéis escribir el registro —continuó explicando Iván mientras señalaba una libreta roja—. Cualquier cosa, por pequeña que os parezca, nos sirve después a nosotros para continuar con el trabajo.
Nos miró, esta vez a ambos.
—Las noches son impredecibles. Hay veces que todo está tranquilo y otras en que te toca lidiar con ansiedad, síndrome de abstinencia… —Se llevó un dedo a la sien. Parecía extremadamente cansado—. La noche de ayer fue un poco complicada, aunque supongo que algo os habrán dicho Álvaro y Cris.
Lo habían contado a mediodía, después de pasarse ambos toda la mañana durmiendo. Uno de los más jóvenes de la casa había sufrido un fuerte ataque de pánico y habían tenido que llamar a Iván. Tan solo después de dos horas, mucha conversación y mucha tila, habían conseguido que se fuera a dormir.
—Si os sentís superados, me avisáis —señaló su teléfono móvil con una media sonrisa—. Siempre está encendido y con sonido.
—Descuida, Iván —le tranquilizó Sora—. Vete a descansar. Estaremos bien.
Asintió y se despidió de nosotros, dando un abrazo rápido a Sora. A veces me seguía sorprendiendo esa familiaridad con la que todos la trataban aquí. Sin embargo, ya no me costaba entenderlo.
Entonces nos quedamos solos, y yo me dediqué a observar la habitación durante unos instantes. Nos esperaba una noche, cuanto menos, interesante. Y mentiría si dijera que no había estado aguardando ese momento con una mezcla de inquietud y ganas.
—Pues vamos allá —dijo Sora, con la atención puesta en mí y con una sonrisa—. ¿Preparado?
Llevaba ropa cómoda y el pelo suelto. Tenía las ojeras más marcadas que de costumbre y, aunque me moría por hacerlo, no me atrevía a preguntarle cómo estaba.
El martes, la merienda idílica en la playa terminó convirtiéndose en una escena cargada de tensión.
David hizo algunos comentarios poco afortunados que debieron de herir profundamente a Sora, porque salió corriendo sola hacia la orilla.
Al poco rato, los vi hablando y gesticulando, y lo siguiente que observé fue a Sora, sollozando, en brazos de Cris, que la abrazó con fuerza antes de que ambas desaparecieran en dirección a Cala Blanca.
Lo que más me molestó fue que David regresó adonde estábamos y actuó como si no hubiera sucedido nada. Pero era evidente que sí había pasado, porque, desde ese día, Sora parecía mucho más apagada.
Claro que me moría por saber qué había ocurrido entre ellos, pero evité incluso preguntarle a la persona que podría tener información al respecto: mi amigo Álvaro. Solo habíamos hablado una vez de Sora; me había escrutado con la mirada y me había preguntado con una sonrisa traviesa si me gustaba.
Le contesté que no. Porque no era nada de eso. «No puede ser eso».
—No sé si estoy preparado —respondí—. Pero estando tú aquí, me quedo tranquilo. Siempre sabes qué hacer.
No lo dije a modo reproche, sino como algo que estaba empezando a valorar. A ella se le escapó una risa suave.
—¡Qué va! —exclamó—, aunque se me da bien improvisar. A veces la vida es un…
Pensó en algo durante unos segundos.
—Hay que seguir nadando. Aunque todo te agobie.
— Buscando a Nemo —afirmé, dibujando una sonrisa sincera en mi cara.
—¿Te gusta Disney? —Alzó las cejas, gratamente sorprendida.
—Tengo una hermana pequeña —solté.
«Quítate la armadura», me había dicho Cris. Incluso Sora me había acusado de que Álvaro le contaba más cosas que yo, con eso de las galletas. Así que reconocer que tenía una hermana se sentía como un pequeño paso.
—¿De verdad? —preguntó ella, entusiasmada—. ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se llama?
No sabía si el entusiasmo era porque le gustaban los niños o porque podía conocer un poco más sobre mí. Ambas me parecían buenas opciones.
—Se llama Lucía —contesté—. Tiene cinco años.
Dudé unos segundos, pero saqué el teléfono de mi bolsillo.
Deslicé el dedo por la pantalla hasta que encontré mi foto favorita con ella.
La había tomado papá, durante las últimas vacaciones en San Sebastián, en un prado increíblemente verde.
Yo salía sentado en una roca y Lucía me abrazaba por detrás, con un chubasquero amarillo.
Le pasé el teléfono a Sora, que observó la foto con una sonrisa cálida.
—Se nota que la quieres un montón —comentó—. Y ella a ti.
Miré al suelo, algo avergonzado. Si supiera por todo lo que estaba pasando para recuperarla…
—Sí —contesté a media voz—. Siempre digo que es la mujer de mi vida.
—Uf —suspiró mientras me devolvía el móvil—. Contra eso no se puede competir.
El comentario hizo que me diera un vuelco el corazón, pero ella se dirigió a la mesa, como si no hubiera dicho nada del otro mundo.
—¿Te apetece un café? —me preguntó.
Yo deslicé los ojos hacia la cafetera que nos habían dejado. Después de dos semanas, me había acostumbrado al de supermercado.
—Sí, ¿por qué no?
—Sé que te gusta el café frío —dijo ella—. Si quieres, puedo intentar robar algunos hielos de la cocina.
Reprimí una sonrisa al darme cuenta de que se había fijado en eso.
—No te preocupes —contesté agradecido—. Así está bien.
Colocó dos tazas perfectamente alineadas y tomó el termo de café para llenarlas.
—Espero que la noche sea más tranquila que la que tuvieron Cris y Álvaro —comentó.
Pero también hizo una mueca extraña, como sabiendo un secreto del que no iba a hacerme partícipe.
—Álvaro no ha querido contarme mucho —reconocí—. Lo cual me parece todavía más extraño. ¿Sabes algo que yo no sepa?
—Sé muchas cosas —rio—. Pero debería contártelas tu amigo. Solo te diré que, entre otros temas, hablaron largo y tendido de quién es Valeria.
Resoplé e incluso me sentí mal por ambos. ¿Persona correcta, momento incorrecto? Eso debía de doler bastante.
—Álvaro tiene que gestionar algunos asuntos —respondí rápidamente con una mueca en los labios—. Lo siento por Cris. No debería pagar las consecuencias de ese desorden.
—Así que eres un tío legal —observó Sora—. Pensaba que de esos ya no quedaban.
Se acercó despacio y me ofreció la taza de café. Al tomarla, rocé sus dedos. Solo un instante, apenas una leve caricia. Pero fue suficiente para que el calor de la taza se me subiera al pecho.
—Entonces ¿crees que nos iremos de boda? —preguntó ella, divertida.
—No me importaría. Cris me cae bien. Y te prometo que Álvaro es un buen chico.
«Y además, así tendría una excusa para verte en Madrid».
—Me alegro de que pudieran hablar y aclarar algunas cosas —dijo Sora—. Las noches aquí dan para mucho.
—Eso suena peligroso —musité, sin filtros.
Y lo era. Porque cada vez que Sora me miraba, me sonreía o me rozaba, se me olvidaban todos los muros que había construido para protegerme.
—Un poco —me dijo con una media sonrisa—. Depende.
Tragué saliva mientras me sostenía la mirada unos segundos. Al final, bajó la vista con lentitud y dejó su taza en la mesita.
Después se inclinó hacia el bolso de tela que había traído, lo abrió sin prisa y empezó a sacar las cosas una a una. Un cuaderno lila, un estuche bordado con unos caracteres coreanos y una botella de acero. Cuando terminó, se acomodó en el sofá y volvió a mirarme.
—¿Vas a quedarte ahí observándome toda la noche?
Se me secó la boca al darme cuenta de que llevaba los últimos minutos parado, de pie, contemplando todos sus movimientos.
Entonces me adelanté y tomé asiento en el sofá.
Lo suficientemente lejos de ella para que no se sintiera incómoda.
En realidad, no sabía si le apetecía pasar aquella noche conmigo o no.
O todo había sido producto del azar; de un azar llamado Charlie.
Tal vez hubiera preferido estar aquí con él, ya que lo conocía del año pasado.
O con Álvaro, con el que parecía llevarse bien.
O con David. Sobre todo con David. Me pregunté si les bastaría una noche a solas para arreglar lo que sea que se hubiera roto en esa playa.
—Vienes preparadísima —comenté, señalando su libreta.
—Te recomendé traerte un libro, ¿recuerdas? —contestó riendo.
—Lo tengo en la mochila. —Le guiñé un ojo, con un atrevimiento que no era propio en mí—. ¿Y tú? ¿No lees?
«Ojalá te guste leer también».
Sora sonrió, se descalzó y se hizo un ovillo en el sofá. Me fijé en que llevaba unos calcetines de corazones algo infantiles, que me parecieron adorables.
—Soy más de escribir.
—¿Y qué escribes?
Se incorporó un segundo para tomar el cuaderno y me lo mostró. Entonces me fijé que ponía un THANKS en grande.
—Se llama journaling . O, bueno… —Sonrió—. Yo lo llamo mi cuaderno de todo. Aquí escribo lo que sea que lleve dentro. Una reflexión, una pregunta, una oración…