25. Sora #2
Algunos del grupo soltaron silbidos ahogados y bufidos de anticipación, sospechando que algo estaba a punto de estallar.
—No discutáis, que dejamos de creer en el amor —protestó Marta.
Se escaparon un par de risas suaves, pero a mí no se me movió ni la comisura de los labios. Empezaba a cansarme de esa versión idílica que todo el mundo parecía tener de nosotros.
Entonces sentí la mirada de Iker clavada en mí.
—¿Os habéis dado cuenta —dijo Charlie, que ignoró la tensión y cambió de tema— de que aquí el tiempo no pasa igual?
—Estoy de acuerdo —añadió Camila, con el codo apoyado en la rodilla de David. Parecía estar incluso disfrutando del ambiente enrarecido—. Aquí todo se intensifica. Especialmente los amores.
—También hay algo curioso de este campamento —añadió David mientras abría una lata de Coca-Cola—. Hay gente que repite patrones sin poder evitarlo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ana, divertida.
—A que hay gente que se empeña en arreglar a los pajaritos rotos que llegan. —Me miró mientras daba un buche a su bebida.
Tragué saliva y clavé la mirada en el suelo.
«Pajarito». El mote que me había puesto en el primer campamento y que durante años había sonado a protección.
Ahora empezaba a resultarme sofocante. Pajarito, porque era débil.
Pajarito, porque estaba mejor en una jaula.
Pajarito, porque podía apretarme con las manos hasta dejarme sin respiración.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—Tío, hablando de pájaros…
Charlie se lanzó a contar no sé qué, cambiando por completo el tono de la conversación. Pero yo apenas lo escuchaba. Tenía la garganta cerrada y el corazón latiéndome demasiado rápido.
—Sora…
Iker pronunció mi nombre en voz baja, como una caricia. Pero en ese momento no quería hablar con nadie, solo desaparecer un rato. Me levanté despacio, aprovechando que el resto estaba ocupado charlando.
—Voy a dar un paseo —anuncié en voz baja.
Busqué a Cris y, con la mirada, le pedí que me dejase sola. Aunque asintió sutilmente, apretó los labios, tragándose las mil cosas que seguro habría querido pronunciar a viva voz.
Caminé hasta la orilla abrazándome a mí misma; trataba de contener todo lo que estaba a punto de desbordarse.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Pero fue nada más pisar el agua helada del Atlántico cuando todo se vino abajo.
Llegaron los recuerdos. Nuestro primer beso.
David entrelazando sus dedos con los míos en el cine.
Las fotos con temporizador. Las noches en su sofá bajo aquella manta de cuadros, riéndonos de películas malas.
Sus besos lentos en la puerta de casa. Y también Cádiz, y David jurando que me propondría matrimonio al finalizar la universidad.
La casa pequeña frente al mar que queríamos comprar.
Los cinco hijos y nuestro perro, al que llamaríamos Elías.
Pero también las discusiones que empezaban por nada y terminaban siendo gigantes.
El «no es para tanto, Sora» repetido demasiadas veces.
Todo lo que me tragué para no perderlo otra vez.
Cris abrazándome mientras yo le empapaba la sudadera de lágrimas y mocos.
Y yo convenciéndome de que todas las parejas discutían, de que David acabaría cambiando.
Que el amor tenía que aguantar y sufrir todo.
Siempre había creído que David era mi oxígeno. Pero allí, junto al mar, sentí un cansancio tan hondo que ya no quería seguir suplicándole al aire que me llenara los pulmones. Solo quería empezar a respirar por mí misma.
—Sora —me llamó David a mis espaldas.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
Me giré despacio y lo vi acercándose con decisión y enfado. Unos metros más atrás, distinguí a Cris. Se mantuvo a una distancia prudente: lo bastante lejos para no interrumpir, pero lo bastante cerca para no dejarme sola si aquello se torcía.
—¿Ahora sí quieres hablar? —pregunté con dureza.
Algo dentro de mí empezó a apartar a la Sora buena, dulce y paciente.
—¿Cuándo pensabas contarme lo de Iker?
—¿Por qué tenía que contarte lo de Iker? —repliqué, sin disimular mi crispación—. Sabes perfectamente cómo funcionan los turnos de noche.
—¿Y no podías ir con Charlie o Juan? ¿O con ese tal Álvaro?
—¿Ellos no te molestan, pero Iker sí?
David bufó, como si fuera una tonta que no entendía nada.
—¡He visto cómo te mira, Sora! —exclamó, meneando la cabeza—. Estás ciega.
No. Iker no me miraba de ninguna forma. ¿O sí?
La duda apareció tan rápido que me dio rabia. Primero Cris. Ahora David. Y, de repente, una parte incómoda de mí empezó a preguntarse si todo el mundo estaba percibiendo algo que yo todavía no había sido capaz de nombrar.
—Además, Iker es…
Dudó unos momentos, pero yo supe lo que estaba pensando.
—Un pajarito roto —terminé por él—. Como yo, ¿verdad?
—Como tú hace cinco años, sí —contestó—. Sé reconocerlo. Te recuerdo que fui el único que se quedó a tu lado.
Sacudí la cabeza con una sonrisa rota. Durante mucho tiempo me había creído esa mentira, pero no era verdad.
Cris estuvo ahí. Teresa, Mateo, mi familia…
Mucha gente se quedó cuando yo estaba rota, no solo él.
Pero David había sabido colocarse siempre en el centro de mi rescate.
Como si quererme hubiera sido una hazaña.
Como si tuviera que agradecerle hasta la eternidad que no se fuera.
—¿No lo ves, Sora? —continuó, con la voz más cortante de lo habitual—. Estás repitiendo el mismo patrón.
—¿Y cuál es tu teoría exactamente? —pregunté, con la voz algo temblorosa—. ¿Que me voy a enamorar de él porque está roto? ¿Que tú te enamoraste de mí por lo mismo?
—No pongas esa cara, sabes que no va por ahí.
—Va justo por ahí —respondí—. Ahora empiezo a entenderlo.
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
La sola idea de que en realidad David no me había querido, sino que me necesitaba débil, hizo que el suelo se volviese inestable bajo mis pies.
—David, no puedo más.
Clavé la mirada en sus ojos y me obligué a pronunciar las palabras, aunque la voz me temblaba.
—Llevo meses aferrándome a lo que fuimos. A cómo me mirabas antes. A lo que este lugar significaba para nosotros.
Las lágrimas amenazaron con desbordarse, pero luché por mantenerlas a raya. Al menos por el momento, porque no pensaba darle esa satisfacción.
—Sigue siendo nuestro lugar —replicó David con la dureza de quien dicta una ley inquebrantable.
—No. —Sonreí de manera triste—. Ya no lo es. Ya no quiero que lo sea.
David apretó la mandíbula y dio un paso hacia mí, pero yo retrocedí.
—Te he justificado constantemente —continué, ignorándolo—. Incluso cuando no lo merecías. Me he dejado la piel por mantener esto. Y tú ¿qué has hecho?
«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».
—¿Ahora la culpa es mía? —rio él, irónico, negando con la cabeza—. He procurado estar de buenas contigo. He intentado cuidarte desde que llegué. Y encima me encuentro con que me has mentido y has tomado la decisión de irte a otro país sin contar conmigo.
—¡Traerme café por las mañanas no es cuidarme! —dije, más alto de lo que pretendía—. Cuidarme es que hagas el esfuerzo por comprenderme. Por entender por qué necesito irme.
—Si de verdad me quisieras, no te irías —bufó él—. ¿Qué clase de novia quiere estar lejos de su pareja?
—¡Necesito encontrarme! Necesito saber quién soy. Si de verdad me quisieras, apostarías por mí, no tratarías de encerrarme en una jaula.
«Pajarito».
Me llevé la mano al colgante. Ya no era un pajarito roto y no necesitaba a alguien que volviera a cortarme las alas. Necesitaba a alguien dispuesto a volar alto conmigo.
—David, se acabó.
Puede que fuera por el tono en que lo dije, pero se quedó completamente inmóvil.
—De verdad que se acabó.
Los ojos se me humedecieron y tuve que parpadear varias veces, sosteniendo el caudal que llevaba dentro.
«Aguanta, Sora».
Eché a andar, pero me interceptó en el camino. Me agarró el brazo lo suficientemente fuerte como para sentirme intimidada, algo que nunca me había ocurrido con él.
—Suéltame.
En sus ojos había una desesperación que jamás había visto, pero me obligué a mantener la calma.
—Sora, escúchame —suplicó—. Lo siento, lo siento. Sabes que te quiero. Joder, Sora, te quiero.
Aquellas palabras me atravesaron justo donde siempre lo hacían: en la parte de mí que todavía quería creerle. La que temía que nadie más volviera a decirme «te quiero».
—No, no me quieres —respondí, con el labio tembloroso—. Ya no. Nos hemos acostumbrado a fingir que sí. Suéltame, por favor.
Algo se rompió en sus ojos, pero al final me dejó ir.
—Sora, por favor, no te vayas… —suplicó con una voz que me destrozó el corazón.
No quería hacerle daño a David por nada del mundo, pero no podía seguir aguantando que me lo hiciera a mí. Dios me quería feliz.
«Dios me quiere feliz».
Volví a tocar mi colgante y me obligué a seguir caminando. Si me quedaba unos segundos de más, la jaula me atraparía de nuevo. Tenía que marcharme de verdad, con el cuerpo y con el alma.
—Sora… —volvió a llamarme.
Cerré los ojos y continué caminando, sin darme cuenta de que había empezado a temblar.
—Sora, si sigues andando, acabamos de verdad. Luego no me vengas llorando, porque no pienso hacerte caso.
Alcé la vista y encontré a Cris cada vez más cerca. Me esperaba a unos metros, con los brazos abiertos y los ojos brillantes, como si estuviera aguantando las lágrimas por mí.
«Dios me quiere feliz. Dios me quiere feliz».
Seguí avanzando sin mirar atrás. Ella dio el último paso por mí; hundí la cara en su hombro y solo entonces me permití romperme.
Lloré soltando todo lo que llevaba demasiado tiempo guardando: culpa, frustración, pérdida, miedo…
Pero también lloré con alivio. Aquellas serían de las últimas lágrimas que pensaba regalarle.
Por fin, aquel había sido nuestro último compás.