25. Sora
SOTA
El pueblo costero de Aldira era uno de los más bonitos del mundo.
Parecía sacado de una película de verano, de esas en que todo el mundo lleva lino blanco, suena música de fondo y, en cualquier momento, alguien podría ponerse a cantar. Sus calles empedradas y sus casas blancas le daban un aire de postal perfecta. Un aire que, además, olía a sal, algas y brasas.
Sonreí cuando la arena blanca tocó mis dedos descalzos y, por unos momentos, olvidé todo lo que me preocupaba.
Hicimos un corro desordenado con toallas, alguna que otra sombrilla y las neveras en medio. Como corría algo de brisa, decidí sentarme en una de las toallas y mantener el vestido puesto. La mayoría salió escopetada hacia el agua, incluido David, que ya se estaba quitando la ropa.
Durante el camino hacia la playa, me había colocado a su altura, buscando ese hueco mínimo entre los dos.
—No me apetece hablar ahora. Si eso, luego —me había dicho.
Estaba empezan do a pensar que hablábamos cuando a él le apetecía, pero nunca cuando yo lo necesitaba. Siempre era yo quien se adaptaba a su ritmo y aguantaba sus silencios, que dolían más que una discusión.
Lo observé desde mi sitio, intentando captar su atención, aunque solo fuera un segundo, pero estaba demasiado entretenido hablando con Camila mientras se dirigían a la orilla.
Me pregunté entonces si había tomado una buena decisión bajando a la playa.
Barajé la opción de levantarme e irme, pero no quería que David ganase la batalla.
Además, Cris me había dicho que se pasaría luego, así que decidí escribirle para que ese «luego» se convirtiera en «pronto».
Con ella a mi lado, me sentiría un poquito más segura.
—Ey, hola, Sora —saludó Álvaro, que se sentó a mi lado.
Nos lo habíamos encontrado saliendo de Cala Blanca y también se había apuntado sin pensarlo, aunque no llevase el bañador puesto. En ese momento, agradecí tenerle cerca.
—¿Y tu otra mitad? —me preguntó—. ¿Dónde te la has dejado?
Tardé unos segundos en procesar a qué se refería.
—Ah, Cris se fue a correr un rato. Ahora viene —le comenté, sacando mi teléfono—. Le iba a escribir para mandarle ubicación.
Desbloqueé la pantalla y busqué la conversación con mi amiga, que estaba fijada de las primeras.
—¿Y tu mitad? —pregunté a Álvaro, divertida, sonriendo mientras tecleaba el mensaje.
—Ni idea, Iker desaparece cuando quiere —contestó, riendo.
A los pocos segundos, sonó una notificación. Reproduje los audios de Cris, que nos avisaba que tanto ella como Iker estaban en camino. Algo que me sorprendió, aunque por la expresión de Álvaro, no fui la única.
—¿Cómo que… están juntos? —Frunció el ceño un segundo—. ¿Se ha ido a correr con Cris?
Lo miré alzando las cejas. Yo tampoco entendía en qué momento espaciotemporal se habían juntado.
—Bueno, me alegra que se haya dado una vuelta —añadió enseguida Álvaro—. Lleva unos meses complicados. Y supongo que está bien que no dependa siempre de mí.
Asentí despacio. Sabía que Iker no estaba pasando por un buen momento, pero escucharlo de su amigo del alma me enterneció… y, al mismo tiempo, me despertó una curiosidad incómoda.
Abrí la boca para preguntar algo más, pero Álvaro me interrumpió.
—¡Galletas de dinosaurios! —exclamó, alcanzando una bolsa y sacando un paquete como si fuera un tesoro—. No te creo… Iker y yo las comíamos de niños, a escondidas, mientras jugábamos a la Play. En más de una ocasión nos pusimos malos de la barriga. Éramos unos brutos.
La imaginación me hizo sonreír. Dibujé a un Iker pequeño, tirado en el suelo, mando en mano, compitiendo con Álvaro frente a la pantalla. Con un bol enorme de leche y galletas entre los dos, mojándolas hasta que se rompían y se hundían en el fondo.
—¿Por qué a escondidas? —pregunté mientras él me ofrecía una galleta.
—Ah. —Sacudió la cabeza—. Nuestras madres eran rollo healthy y esas cosas. Nos hacían bizcocho de plátano. Con suerte, te caía algún trozo de chocolate negro del noventa por ciento.
—Me encargaré de meteros un par de cajas en las maletas, entonces —comenté riendo a la vez que daba un bocado a mi tiranosaurio.
Acabamos hablando de padres, de infancia, de esas cosas que solo cuentas cuando te relajas. Y en unos minutos, sentí que había conocido más de Álvaro que de Iker en días. Curioso, eso sí, que de la tal Valeria no obtuve absolutamente ninguna información.
—Ahí están —dijo Álvaro al cabo de un rato.
Cris e Iker venían andando por la arena, ambos con ropa de deporte. Los dos miraron en nuestra dirección; Cris saludó alegremente con la mano. Iker solo se limitó a mirarme, pero me puse un tanto nerviosa.
«Y no entiendo por qué, porque a mí no me gusta Iker».
— Hello, my loves —saludó mi amiga al grupo, pero enseguida se vino directa hacia mí y me envolvió en un abrazo.
—¿Qué tal el running ? —pregunté, intentando sonar casual.
—Puf, regular —respondió—. Este señor de aquí es una abuelita.
Señaló a Iker, que me sonrió. Con el pelo húmedo cayéndole sobre la frente y una expresión mucho más relajada que el primer día, costaba ignorar lo atractivo que era.
Cris se sentó en una toalla libre, lo bastante cerca para hablar con nosotros, pero lo suficientemente lejos de Álvaro. Contaba los minutos para poder preguntarle qué información había obtenido aquella tarde.
Antes de acomodarse, mi amiga le hizo una seña sutil a Iker que no me pasó desapercibida.
—¿Hay alguien? —preguntó él, señalando el hueco que había a mi lado.
Negué con la cabeza, de repente tensa. Se acomodó a mi lado, con una distancia prudente entre los dos. Aun así, nuestras piernas se rozaron ligeramente, y se me olvidó respirar.
—¿Te has ido a correr con Cris? —le preguntó Álvaro a mi espalda, pues estaba sentada justo en medio de los dos.
—He hecho el intento.
Iker se inclinó hacia mí, lo que me hizo girar la cabeza y encontrármelo muy cerca.
—Tengo la rodilla un poco mal —me explicó, aunque no le había preguntado nada.
Su voz sonaba demasiado cerca y, de pronto, parecía que toda la playa se había reducido al espacio mínimo entre los dos.
«Sora, ¿qué te pasa?».
—¿Por dónde habéis ido? —siguió preguntando Álvaro, que parecía querer saber por qué razón se habían ido Cris y él solitos.
Desde el otro lado, mi amiga me realizó un gesto para que mirase el teléfono.
Álvaro tiene novia
OMG. En serio?
Sí
Lo siento. Podemos cambiar el turno. No quiero que estés incómoda…
Me sacrifico. Prefiero que lo hagas con Iker
—¿No podéis estar dos minutos sin hablar? —rio Iker.
Me puse roja como un tomate. ¿Habría leído la conversación? Me mordí el labio y me guardé el teléfono, sin saber qué responder.
En ese momento, las risas de David y Camila fueron tan exageradas que nos hicieron mirar. Ella le dio un pequeño empujoncito, él la atrapó por la cintura un segundo y Camila soltó un grito entre carcajadas. David parecía empeñado en demostrar que nuestra discusión no le importaba.
O, quizá, que la que no le importaba era yo.
Acabó mirándome, casi satisfecho de haber llamado mi atención, y después sus ojos se posaron en Iker. Sentí arder el lugar donde nuestras piernas se rozaban.
—Oye, ¿esta semana no os toca estar en la casa de acogida? —preguntó Camila, envolviéndose en la toalla antes de sentarse justo enfrente de nosotros.
Unos segundos después, David se dejó caer a su lado, bastante más cerca de ella de lo que Iker estaba de mí.
—Sí —respondió Marta, que se había puesto a la sombra junto a Cris—. Esta semana nos toca a nosotros.
—Nosotros estamos en la residencia —explicó Ana, una chica de pelo corto con las orejas llenas de pendientes.
—Deberías mandarle saludos a don Manuel —murmuré volviéndome hacia Iker.
Él soltó un bufido, sin apartar los ojos de mí.
—David me estaba contando que tenéis turnos por la noche —comentó Ana, que era su primer campamento—. ¿Os ha tocado ya a alguno? ¿En qué consisten?
—Han empezado hoy —aclaró Cris.
Cris comenzó a explicar al detalle qué se hacía en la casa de acogida, pero Iker, en ese momento, se echó ligeramente hacia atrás, casi sin darse cuenta, lo justo para que su hombro quedara a un suspiro del mío.
Me puse tan nerviosa que dejé de escuchar a los demás. Lo primero que se me ocurrió fue alargar la mano hacia la bolsa donde estaba la munición.
—Creo que te va a gustar —le dije a Iker, girándome un poco para tenderle el paquete de galletas de dinosaurios.
Sus ojos se iluminaron al instante, como si tuviera cinco años de nuevo.
—¿Cómo sabes que…?
—Álvaro me cuenta más cosas que tú —musité.
Por unos segundos, pensé que añadiría algo más, pero la voz de Álvaro se coló en medio:
—Pareja de chico y chica, no de novios. Por aclarar…
Lo dijo tan alto que nos arrastró de vuelta a la conversación. Al parecer, estaban hablando de cómo organizaban las parejas para los turnos en la casa de acogida.
—Bueno, hoy sí que hay novios —se rio Charlie—. Ángela y Juan.
—¿Y a ti, Sora? ¿Cuándo te toca? —intervino David, de repente, después de pasarse todo el día sin dirigirme la palabra—. No me has dicho nada.
—No me has preguntado —respondí, seca.
El silencio cayó entre todos durante un segundo.
—A Sora le toca el jueves —soltó Charlie, completamente ajeno a la tensión, antes de tomar un sorbo de su batido de chocolate.
En ese momento, me planteé si Iker se estaría preguntando qué pasaba con David; incluso, si Iker había caído en la cuenta de que David existía.
—¿Vas con Charlie? —insistió David, mirándome solo a mí, ignorando la presencia del resto.
—No, yo voy con Marta —contestó Charlie con ligereza—. Sora va con Iker.
—Ah. Con Iker.
David alzó las cejas, sonriendo con ironía. Luego posó los ojos en Iker y lo escrutó con la mirada.
—Bueno es saberlo —añadió.
—Ni que tuviera que pedirte permiso —escupió Cris, lo suficientemente alto para que todos los escucharan.
Al parecer, no solo yo estaba empezando a hartarme.
—Eso debería decirlo Sora, ¿no? —replicó David, sin dejar de mirarme.
—Puedo decirlo también —intervine, aguantándole la mirada mientras apretaba los puños—. No tengo que pedirte permiso.