Revolución Epílogo. Cris
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Epílogo. Cris

Epílogo

CRIS

Maldito momento en el que habíamos decidido viajar todos juntos como una familia feliz.

Me lavé las manos con más insistencia de la necesaria, como si el agua pudiera arrastrar también las malas decisiones.

Saqué del bolso un neceser pequeño y me retoqué el colorete y el gloss , esperando disimular un poco la cara de cansancio.

Luego, me ajusté la boina azul mientras me miraba al espejo.

En un par de ocasiones, él me había dicho que me sentaba fenomenal ese color, pero seguro que ni siquiera se acordaba.

Tras soltar un suspiro, salí del baño en busca de los chicos, que esperaban pacientemente la llegada de nuestras maletas. Aproveché el tiempo muerto para intentar pillar un poco de wifi y avisar tanto a mi familia como a él.

Ya hemos llegado. Espero que sigas vivo después de tu cena de empresa. Ya te contaré si sobrevivo al frío coreano

Le di a «enviar» y guardé el móvil en el bolsillo del abrigo.

Sabía que, con el cambio horario, no iba a recibir respuesta en horas.

Cuando alcé la vista, Álvaro apartó la suya demasiado deprisa y se recolocó las gafas con un gesto torpe, casi nervioso.

Seguramente lo había leído; lo conocía demasiado bien.

Me crucé de brazos y fingí muchísimo interés en la cinta de equipajes mientras pensaba en si, en realidad, una parte de mí quería que Álvaro supiera que estaba intentando salir de ese lugar absurdo en el que no éramos nada, pero tampoco conseguíamos ser solo amigos.

—Ahí están.

Los chicos se adelantaron para agarrar las maletas —tan enormes que parecía que nos mudábamos allí— y las colocaron cuidadosamente en el carro. Yo me limité a supervisar, dar apoyo moral e intentar no lesionarme antes de salir del aeropuerto.

Entonces nos encaminamos por el pasillo infinito, rodeados de carteles en hangul que me hicieron arrepentirme de todas las oportunidades perdidas de haber aprendido a decir algo más que annyeonghaseyo .

El aeropuerto internacional de Incheon parecía una película de Navidad con presupuesto infinito. Había árboles gigantes decorados con luces doradas, guirnaldas colgando de las columnas y villancicos sonando bajito por los altavoces.

Y no sabía si en verdad había allí miles de parejas o si mi cerebro había decidido convertirse en una especie de radar, pero mis ojos iban constantemente hacia ellas. Gente esperándose con flores, abrazos largos y dedos entrelazados. ¡Hasta parejas con ropa a juego!

Me entraron ganas de vomitar ante tanta ñoñería, pero en ese momento Álvaro bostezó de forma tan exagerada que me sacó de mis pensamientos. Le di un codazo automático.

—Pero córtate un poco.

—¿Qué? —protestó, encogiéndose de hombros—. Estoy cansado. Han sido quince horas de vuelo.

—En primera clase —respondí, escandalizada—. Un poco de respeto por el resto de los mortales que viajan como sardinas en lata.

—Ibas llorando de felicidad con el asiento reclinable y la comida gratuita —bromeó Álvaro.

—Sé apreciar los milagros cuando suceden.

—Me alegra que hayas disfrutado tanto de viajar en business —rio Iker, que tiraba diligentemente del carro.

—Muchísimo —reconocí con una amplia sonrisa—. De hecho, espero que Sora y tú os caséis pronto y herede tu fortuna.

Le guiñé un ojo.

—Ese es mi plan.

Se sonrojó un poco y no pude evitar sonreír. ¿Quién nos iba a decir el primer día del campamento que Sora acabaría construyendo una historia de amor con aquel chico tan sumamente complicado?

Salimos finalmente hacia la zona de llegadas, casi arrastrados por una marea de personas que parecían haberse puesto de acuerdo para volver a casa todos el mismo día.

Me puse de puntillas inútilmente, tratando de encontrar a Sora entre aquella multitud de gorros, bufandas y carteles de bienvenida escritos a mano.

—¡Ah, ya la veo! —exclamó Álvaro, señalando un poco hacia la izquierda.

Primero distinguí una mano agitándose entre la multitud y luego a mi amiga.

Salí corriendo.

—¡Espera! —gritó Iker detrás de mí.

—¡Yo la conocí primero! —respondí mientras sorteaba a la gente—. ¡Así que yo la echo más de menos que tú!

Sora ya estaba riéndose antes de que llegara a ella. Nos chocamos más que abrazarnos.

—¡Por fin! —exclamó ella, que me apretó tan fuerte que casi me deja sin costillas—. ¡No puedo creer que estés aquí!

—Yo sí, porque he sobrevivido a quince horas de avión por este momento.

Dimos un par de saltitos ridículos, de esos que una siempre cree que ha dejado atrás con la adolescencia hasta que ve a su mejor amiga en un aeropuerto al otro lado del mundo.

Después volvimos a abrazarnos, más fuerte todavía, como si necesitáramos comprobar que sí, que era real.

Cuando por fin nos separamos para respirar, descubrimos que los chicos esperaban pacientemente a nuestro lado.

—¿Puedo saludar ya a mi novia? —preguntó Iker, con los brazos cruzados y una expresión divertida.

Me aparté con toda la dignidad que pude reunir y le hice un gesto hacia Sora, como quien cede el primer baile en una boda.

—Sí, tienes permiso —dije—. Aunque, sinceramente, sois un poco intensitos. Os visteis el mes pasado.

Observé que él sonreía como un completo enamorado y la abrazaba con infinita ternura. Sora le sostuvo la cara un segundo antes de besarlo, y hubo algo en ese gesto que me hizo removerme, incómoda.

Después de todo lo que habían pasado —el caos, las heridas, el miedo, la culpa, las huidas—, ahora eran absoluta paz.

Admiraba lo capaces que habían sido de sostener su historia de amor mientras trabajaban por sostenerse cada uno por sí mismo.

Cómo su relación les había sumado en el proceso, pero nunca restado. Y encima, a distancia.

Era bonito verlo.

Resultaba bonito y profundamente irritante. Porque no pude evitar mirar de reojo a Álvaro.

Cuando Sora estaba rota por Iker en el campamento, una noche me dijo algo que todavía se me quedaba enganchado en la garganta: a veces, lo que más dolía no era lo que terminaba mal, sino lo que se quedaba a medias. Porque entonces no había cierre, solo un eterno «¿y si…?».

A ellos les había salido bien, pero a nosotros no tanto. Álvaro se había convertido en ese incómodo signo de puntos suspensivos con patas que no conseguía dejar atrás del todo, aunque estuviera disfrutando de mi experiencia en Milán.

—Estás distinta —dijo el susodicho, mientras abrazaba a mi amiga.

—¿Distinta para bien o distinta preocupante? —quiso saber Sora alzando una ceja, divertida.

Álvaro se apartó un poco para estudiarla mejor.

—Distinta bien. Más… tú.

—Eso ha sonado mejor en tu cabeza, ¿a que sí? —pregunté.

—Efectivamente. —Álvaro se ajustó las gafas—. Iba perfecto hasta que salió por mi boca.

—Lo sospechaba.

Sora soltó una carcajada.

—Pues gracias. Creo.

En ese momento, yo también observé a mi amiga.

Llevaba un abrigo largo color celeste, el pelo oscuro recogido en una coleta y esa calma nueva que no tenía cuando nos despedimos meses antes.

Como si por fin hubiese aprendido a habitar en sí misma.

Era verdad que estaba diferente; más madura y serena.

—Lección número uno para conquistar a una chica, Álvaro… —empezó Iker, apoyando la mano en el hombro de Sora—. Mejora los piropos. Nada de conceptos abstractos.

—Lección número dos… —replicó Álvaro con retintín—. Nadie te ha pedido consejo. Además, ¿quién ha dicho que quiera impresionar a ninguna chica? Paso. Estoy disfrutando muchísimo de mi soltería.

Álvaro intentó sonreír de manera casual. Mi ser cristiano me impidió estamparlo contra la pared en ese momento. Pero, por otra parte, sentí un alivio ridículo al escuchar aquello.

—Bueno —intervino Sora con rostro ilusionado—. ¿Preparados para vivir una Navidad a quince grados bajo cero? ¿Habéis traído suficiente abrigo?

—Como para no hacerlo —comenté—. Lo has recordado mil veces.

Sora llevaba dos semanas mandando el pronóstico meteorológico diario por el grupo de WhatsApp que habíamos creado con la excusa del viaje.

Como lo había abierto ella, siempre tan responsable, lo había llamado «Equipo Corea 2025».

Yo había propuesto alternativas mucho más honestas, como «Malas decisiones» o «Cero responsabilidad emocional», pero, por algún motivo incomprensible, no me había hecho caso.

—Y tranquilos, si nos falta algo de ropa ya tenemos a Cris —rio Iker.

—Hemos tenido que repartir su ropa en nuestras maletas porque no le cerraba la suya —le explicó Álvaro a Sora.

—Porque soy una persona previsora —me defendí, cruzándome de brazos—. Pero como sois unos quejicas, no os pienso dejar ni una bufanda.

—Eso dices ahora. Luego te daremos pena —respondió Álvaro.

—Lo digo completamente en serio.

Le lancé una mirada de advertencia. Álvaro me la sostuvo con una sonrisa tranquila que me aceleró el pulso. Me obligué a apartar la vista.

—Bueno, ¿nos vamos? —pregunté, impaciente.

—Venga, sí —dijo Sora—. ¡Os va a encantar Corea!

Mi amiga echó a andar con la energía de una guía turística emocionada e Iker la siguió de cerca empujando el carro de las maletas.

Las ruedas traqueteaban sobre el suelo brillante de la terminal mientras sorteábamos todo tipo de viajeros.

Recorrimos los últimos metros hasta las puertas automáticas y entonces levanté la vista.

Al otro lado del cristal, la nieve caía en silencio.

Sora llevaba años contándome que, en Corea, la primera nieve que veías era algo casi sagrado. Que si la compartías con la persona que te gustaba, el destino hacía el resto. Personalmente, me parecía una cantidad preocupante de responsabilidad para unos cuantos pedacitos de agua congelada.

Pero estando allí plantada, a punto de salir del aeropuerto, pensé que quedaban dos semanas por delante. Dos semanas de amigos, de rutas en tren y en coche, de ciudades iluminadas, de comida nueva. Pero también de recuerdos viejos, conversaciones pendientes y heridas que aún continuaban abiertas.

Quince días podían dar para mucho.

Al fin y al cabo, dicen que en Navidad el amor está en el aire. Aunque yo, sinceramente, esperaba no atragantarme con él.