Revolución 24. Iker
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24. Iker

IKER

—Hola, Iki —me saludó, con el nombre que me puso cuando era más pequeña.

Su voz era el sonido que más me reconfortaba del planeta Tierra.

—Hola, cielo —dije a la cámara.

Mi hermana sonrió en la pantalla del teléfono. Llevaba dos trenzas hechas con mimo, pero su pelo indomable se escapaba por todas partes. Pensé que cada vez que la veía estaba más mayor. Y que el tiempo pasara sin mí me mataba un poquito más día a día.

—Mira lo que estamos haciendo.

Giró el teléfono y la cámara barrió una mesa larga de mármol gr is. Sobre la superficie, se amontonaban cajitas abiertas, abalorios de colores e hilos enredados. Mis primos estaban sentados alrededor y me saludaron con entusiasmo.

—Estamos haciendo pulseras de la amistad —me explicó mi hermana—. ¿Dónde estás tú? ¿Cuándo vienes?

—Estoy en un sitio… ayudando a la gente —dije.

—Ayudando a la gente… ¿Dónde?

—Estoy un poco lejos de ti, princesa. Estoy cerca del mar.

—¿Y has hecho amigos? —me preguntó mientras observaba fijamente la pantalla.

Dudé unos segundos. ¿Había hecho amigos?

—S-sí… —balbuceé, sin estar demasiado seguro—, he hecho amigos.

—¿Cómo se llaman?

—Pues está aquí Álvaro, ¿te acuerdas de él? —expliqué—. Y tengo un amigo nuevo que se llama Charlie. Y Juan… Y hay dos chicas que se llaman Cris y Sora.

—¿Y son guapas? —quiso saber, abriendo los ojos.

Me sonrojé de repente.

—Sí, aunque no tanto como tú.

Ella sonrió, pero unos murmullos al fondo la distrajeron. Mi hermana se giró hacia nuestra prima para decirle algo mientras el teléfono se agitaba sin parar.

—Lucía, no te veo, cariño.

Entonces alguien apareció en pantalla: mi tío Javier, con su pelo canoso y su mirada seria.

—¿Qué tal, Iker? —me saludó con voz calmada—. Es que están ahí haciendo pulseritas muy entretenidos. ¿Cómo va todo por el campamento?

—Pónmela otra vez, por favor.

Él me observó a través de la cámara, pero yo aparté la mirada. Hasta mirarle me dolía.

—¿Cuándo vuelves a Madrid? —continuó, ignorando mi petición.

—No lo sé —mentí.

—Me gustaría que nos viéramos —explicó, sin sobresaltarse demasiado—. Tengo que bajar en algún momento a cerrar un contrato y quiero hablar contigo en persona.

—Pásame a mi hermana, por favor.

Mi tío suspiró, exasperado. Lejos quedaban aquellas tardes en las que me recogía para ir en bici, al cine o incluso al McDonald’s, sin que mamá se enterase.

—No sé por qué lo complicas todo tanto —masculló con cierta tristeza.

«Porque tú me jodiste la vida cuando ya la vida me había jodido demasiado a mí».

Pero preferí no decirlo en voz alta, por si Lucía estaba aún escuchando. El teléfono se volvió a mover y mi hermana apareció en pantalla, pero lejos, lo que significaba que Javier aún sostenía el móvil.

—Iki, te estoy haciendo una pulsera azul —dijo mi hermana—. ¿Cuándo vas a venir?

La pregunta del millón. La que siempre me hacía en cada videollamada, a pesar de verla feliz. Tenía que agarrarme a la certeza de que Lucía me echaba de menos para así seguir luchando. Ella sabía que le faltaba algo, como a mí me faltaba ella.

—Pronto, cielo. Te lo prometo —dije—. Iki está trabajando para traerte de vuelta a casa, ¿vale?

Aguanté la respiración mientras pasaba el dedo por la pantalla, como si así pudiera tenerla más cerca de mí. Había heredado los ojos de papá, pero la nariz era sin duda de mamá.

—Vale. —Me sonrió—. Voy a terminar tu pulsera. Te quiero.

El teléfono se movió y la cara de Javier apareció de nuevo.

—Iker…

Colgué la llamada y casi me dieron ganas de estampar el aparato contra el muro.

Cuando no podía hablar con mi hermana, la rabia y el dolor me devoraban por dentro. Pero cuando lo conseguía, era casi peor: todo dolía el doble.

El aire comenzó a faltarme y las lágrimas empañaron mis ojos.

Apreté los labios para evitar montar un espectáculo.

Había un par de personas alrededor captando alguna raya de cobertura que me lanzaron miradas de curiosidad, así que me alejé un poco y me senté en un pequeño bloque de cemento del camino.

Necesitaba tranquilizarme antes de volver a caer en un agujero negro. Probé con la técnica que aquella psicóloga del hospital me había enseñado: mano derecha en el pecho, mano izquierda en la barriga. Inspira, espira… Inspira, espira. Al cabo de unos minutos, empecé a calmarme un poco.

Cuando por fin pude respirar mejor, me encontraba derrotado. Hundí la cabeza entre las rodillas, sintiéndome de nuevo un muerto en vida. Tal vez el campamento no era más que una ilusión, una manera de enterrar la mierda debajo de una alfombra. Pero explotaría nada más volver.

Volvería a mis ruinas. A las noches sin dormir. A los juicios, las visitas de la trabajadora social, los papeles que no entendía. A estar lejos de lo único que me quedaba. A esa soledad que me devoraba como un lobo.

—Iker, ¿estás bien?

Parpadeé. La voz de Cris me aterrizó de golpe.

—Sí, hola —respondí, algo avergonzado, intentando recomponerme.

Me incorporé y me sacudí los pantalones, ya condenados por el albero.

—Siempre estás por aquí —rio—. ¿Alguien importante al otro lado del teléfono?

—Sí. —Y al ver su expresión de picardía, continué—: Pero no ese tipo de alguien.

Cris hizo una mueca divertida y observó su teléfono mientras tecleaba algo y consultaba su Apple Watch. Me fijé en que llevaba un conjunto color burdeos y zapatillas de running.

—Voy a bajar a Aldira a hacer una pequeña ruta —me comentó—. Son solo tres kilómetros. Algo sencillito, que estoy con la regla. ¿Te apuntas?

Esta chica nunca se andaba con filtros innecesarios.

—¿Cómo sabes que me gusta correr? —pregunté con recelo.

—Me lo dijo Álvaro —reconoció con una sonrisa despreocupada.

Cómo no. Seguro que en alguna de sus conversaciones hasta las cuatro de la mañana, que pretendía no juzgar.

—Bueno, ¿te vienes entonces? —Me miró de arriba abajo—. Vas perfecto para la ocasión.

Me observé a mí mismo y caí en la cuenta de lo que decía. Justo aquel día me había puesto las zapatillas de correr; al fin y al cabo, eran las más cómodas para las tareas en el huerto.

Dudé unos segundos, sopesando mis dos opciones. Por un lado, podía quedarme allí, ahogándome en mi propia cabeza. O podía irme con Cris y disfrutar de un poco de brisa fresca. Y quién sabe, quizá podría preguntarle un par de cosas…

—Está bien. Sí, ¿por qué no? —dije finalmente—, pero te lo advierto, tengo la rodilla un poco chunga.

Podría hacer tres kilómetros, ¿verdad? Recé porque así fuera. No quería quedar fatal delante de Cris y que luego fuera con el chisme a Sora. Tenían pinta de contarse absolutamente todo.

—Vamos, abuelita —me animó Cris—. Tendré piedad.

La ruta resultó ser más bonita de lo que había esperado. Un sendero de madera discurría entre la playa y el bosque, con una pasarela pegada a la arena. De vez en cuando, el camino se ensanchaba en pequeños miradores, con bancos donde sentarse a respirar y mirar el mar.

Empecé el primer kilómetro a tan buen ritmo que me sorprendí.

Las piernas respondían, la cabeza iba más ligera y, mientras corría con la brisa del mar en la cara, algo se calmaba por dentro.

Sin embargo, en el segundo kilómetro, el cuerpo me recordó quién mandaba.

Al principio fue solo una molestia, un aviso pequeño, pero después llegó el pinchazo en la rodilla, seco e insistente, como una aguja clavándose cada vez que apoyaba el pie.

Apreté la mandíbula y seguí, intentando que no se notara.

Cambié un poco la zancada y fingí que estaba regulando el aire, cualquier cosa con tal de no admitir que andaba algo escacharrado.

Cris tuvo que darse cuenta de alguna forma, porque bajó el ritmo sin decir nada, lo justo para quedarse a mi lado.

—Vale, creo que aquí abandono —asumí, en cuanto llegamos a uno de los miradores—. Sigue tú.

Frené y ella también lo hizo.

—Nunca se abandona a un soldado caído —respondió con una sonrisa.

Cris respiraba tranquila y yo jadeaba; aun así, fui capaz de dedicarle una sonrisa agradecida. Pensé que Cris era una de esas amigas leales que querrías tener a tu lado siempre.

—Pero deberías ir a que te miren esa rodilla —añadió—. Mi hermana tiene una clínica de fisioterapia. Te puedo pasar su teléfono para que te eche un vistazo.

—Ya me han echado muchos —respondí, riéndome—. Clavo endomedular femoral.

Ella abrió los ojos con sorpresa, pero también confusión.

—Tuve un accidente hace unos meses y aún me estoy recuperando.

Me sorprendió la ligereza con la que lo dije. Tal vez hablar de ello como si le hubiera pasado a otro era un mecanismo de defensa.

—Pero gracias por invitarme a correr.

Ella asintió con una alegría sencilla, sin hacer más preguntas, y lo agradecí.

—Está bien, ha sido un placer. —Me dio un par de golpecitos en el hombro.

Nos sentamos en uno de los bancos con vistas a la playa.

Mientras recuperábamos el aliento, nos dedicamos a observar el trajín de personas que iban y venían por el paseo.

Cris comentó que, aunque disfrutaba de Aldira, ella se consideraba mucho más cosmopolita: le gustaban las ciudades grandes, los restaurantes distintos, las cafeterías abiertas hasta tarde y poder improvisar cualquier plan despreocupada por el horario del último autobús.

Yo defendí que no había nada comparable al mar, al silencio y a respirar sin sentir que el mundo iba demasiado rápido.

Mientras discutíamos con intensidad sobre si era mejor vivir rodeados de árboles o de cafeterías modernas, pensé que aquello era lo más parecido a sentirme con un amigo desde hacía mucho tiempo. Quitando a Álvaro, claro.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —solté al cabo de un rato.

Cris, que estaba sentada con los codos apoyados en las rodillas, giró la cara hacia mí. Aún tenía las mejillas ligeramente encendidas por la carrera.

—Depende de si es muy difícil de responder —comentó con expresión de sospecha—. O pone a alguien en serio peligro.

Tomé aire lentamente, dudando unos instantes. ¿Sería capaz de guardarme Cris el secreto? ¿O iría corriendo a contarle a Sora todo lo que habíamos hablado?