Revolución 23. Sora #2
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23. Sora #2

Tomé otro sorbo de café, de repente nerviosa. Iker ni siquiera cumplía un ítem de mi lista imaginaria. Por el amor de Dios, ni siquiera era creyente. O al menos eso pensaba. No le había oído decir un amén desde que llegó. ¿De verdad Dios quería sorprenderme a través de Iker?

—Ayer David y yo nos peleamos —solté, sin poder guardarlo por más tiempo.

Cris puso los ojos en blanco incluso antes de que terminara la frase, como si pudiera oler el drama acercándose.

—Te lo cuento, pero necesito algo de misericordia por tu parte.

Ella se incorporó un poco en el banco y asintió, muy seria.

—Se enteró de que me iba.

Sus manos volaron hacia su boca, con expresión horrorizada, mientras le relataba con pelos y señales nuestra fatídica velada.

David había venido a buscarme como cada noche, pero en vez de ir a nuestro banco de siempre, decidimos dar una vuelta alrededor de Cala Blanca, por los caminos polvorientos.

La arena crujía bajo nuestras zapatillas, olía a mar y David alumbraba el camino con la linterna del móvil.

Habló del resto del verano, de sus planes con su familia, del máster que quería hacer, de su vida…

Y yo caminaba a su lado, como siempre, intentando encontrar un hueco para mí en todo aquello.

Entonces soltó tan tranquilo: «Menos mal que al final rechazaste la beca de Corea, Pajarito. No me imagino un año sin ti».

Algo debió de cruzar mi expresión porque, con tan solo mirarme, lo entendió.

A partir de ahí, todo cambió. La voz de David se enfrió de golpe y empezó a clavarme reproches uno tras otro: que le había mentido, que nunca lo priorizaba, que siempre quedaba en segundo lugar.

Las explicaciones que yo intentaba darle parecían no importar.

Para él, irme significaba romper todo lo que teníamos.

Porque, claro, el desastre en que nos habíamos convertido nunca parecía argumento suficiente.

Al final, levantamos la voz más de lo que me habría gustado.

David volvió al campamento dando zancadas y yo tuve que regresar sola, a oscuras, porque ni siquiera había llevado el móvil.

Entre las lágrimas y la noche cerrada, no entendía ni cómo había conseguido llegar.

Me metí directa en la cama para que nadie me viera, con la incómoda sensación de haber cruzado una línea.

Sin saber si aún se podía volver atrás o si aquello acababa de empujarnos, finalmente, hacia el desastre definitivo.

Y desde anoche, David me había evitado por completo. Ni café ni miradas; como si no existiera.

— Oh, Lord —dijo Cris, después de tomar otro sorbo de té—. Lo siento.

—¿Solo vas a decirme eso? —pregunté, anonadada.

—Estoy intentando ser misericordiosa, como me has pedido. —Se encogió de hombros—. Pero si quieres que no tenga piedad, dímelo. Estaré encantada de decirte lo que pienso de David.

Meneé la cabeza rápidamente. No hacía falta; sabía a la perfección lo que opinaba.

—Solo diré que, por primera vez, me alegro muchísimo de que las dos nos vayamos este año.

Rodé los ojos. Cada vez que recordábamos que Cris estaría en Milán y yo en Corea, ambas cursando nuestro último año de universidad, acabábamos de forma dramática al borde del llanto.

—Quizá poner distancia sea justo lo que necesitas —añadió, más suave—. Para darte cuenta de que puedes ser Sora… sin David. Que quizá incluso llegues a ser una mejor versión de ti misma.

Pasé el dedo por el borde de mi vaso, algo distraída. Había ido decenas de veces a Corea con mis padres a ver a toda mi familia. Pero nunca lo había hecho sola, dispuesta a integrarme en mi otra cultura, a hacer nuevos amigos o a hablar mi lengua materna durante todo el día.

A ser Sora… sin todo lo que pensaba que me definía.

—Espero que esto no te quite las ganas, Sori —dijo Cris, intentando suavizar el tono.

—No, si me prometes que vendrás a verme.

—Cada dos meses —afirmó con seguridad.

—No tienes tanto dinero.

—Atracaré un banco si hace falta.

Nos reímos a carcajadas. Y, aun así, una punzada me atravesó el pecho al pensar en separarme de ella tanto tiempo. Cris tomó mis manos y me miró fijamente.

—Sé que piensas que David es tu baile perfecto.

Y que crees que estabas destinada a casarte con él y todas esas bobadas de peli Disney que nos inculcan desde niñas.

—Hizo una pausa—. Pero, Sora…, Dios no te quiere bailando algo que te rompe.

Dios te quiere feliz. A lo mejor solo te está enseñando que también puedes moverte a otro ritmo.

Nos quedamos en silencio, dejando reposar sus palabras.

Su mirada entonces se posó por encima de mi hombro y yo ladeé la cabeza.

Un grupito diverso se amontonaba en la puerta de la cocina, con bañadores, toallas de playa, alguna sombrilla.

La hermana Pilar les entregaba varias neveras y unas cuantas bolsas llenas de comida.

—Qué pasa, chavalas —saludó Charlie, acercándose a nuestra mesa—. Vamos a bajar a merendar a la playa y a darnos un chapuzón. ¿Os apuntáis?

—¿Quiénes vais? —quiso saber Cris.

—Los que veis —dijo señalando a la gente. Reconocí a Marta y algunos de otros grupos, incluida Camila—. Ah, y David también. Se está poniendo el bañador.

Cris buscó mi mirada y yo dudé unos segundos.

—¿Tú qué vas a hacer? —le pregunté a ella, sabiendo por su vestimenta que tenía otros planes.

—Puedo ir a correr un rato y luego os busco —me informó—, pero ¿estás segura de querer ir?

No, no estaba segura. Pero necesitaba quitarme de encima la incomodidad que David me había dejado clavada en el pecho.

Tal vez todavía pudiera encontrar un momento para hablar con él y arreglar las cosas.

O terminar de romperlas de una vez. Porque no aguantaba más aquel punto intermedio; iba a acabar conmigo.

—Sí, nos vemos luego allí —contesté. Luego miré a Charlie—. Tengo que cambiarme de ropa, ¿me esperáis?

Al cabo de un rato, ya estaba con mi biquini, mis chanclas y mi vestido amarillo andando hacia la playa. Sin embargo, aquella vez no pude disfrutar del paseo, como hacía siempre. Porque yo, que conocía aquel lugar como la palma de mi mano, noté que el aire estaba denso, inquieto.

Como cuando el cielo contiene la respiración antes de una tormenta.