23. Sora
SORA
—Maaartes —pronunció mi amiga mientras se dejaba caer en el banco del comedor, con una taza de té entre las manos—. Nueve días.
—¿Los estás contando? —me reí, tomando asiento enfrente—. ¿Tan mal vas?
Como si fuera una costumbre no escrita, cada tarde terminábamos encontrando un hueco para estar solas y comentar el día. Los demás, por suerte, parecían respetar ese instante como si intuyeran que lo necesitábamos para sobrevivir.
— Honey , tu café está más negro que mis ojeras. —Señaló mi vaso—. Creo que ambas estamos reventadas.
No podía negarlo. Era mi tercer café del día y el cansancio empezaba a golpear justo ahora, cuando la tarde bajaba un poco el ritmo.
La s mañanas suponían una carrera en las misiones, las noches se nos iban entre charlas y preparativos; apenas me quedaban seis horas para dormir.
Además, cuando no estaba fuera, me tocaba reunirme con Mateo y Teresa para revisar turnos, incidencias y esos temas que parecían pequeños hasta que había que resolverlos.
—Es diferente cuando eres coordinadora, ¿a que sí? —comentó Cris, subiendo las piernas al banco y cerrando los ojos por un momento.
—Ajá —asentí—. Por cierto, ¿dónde estabas? Te he llamado por el walkie y no contestabas.
—Abajo, en la capilla —respondió casi sin pensar, agarrando la taza—. Necesitaba hablar con el Jefe un rato. Modo desconexión.
—¿De verdad? —Arqueé una ceja, con sonrisa pícara—. ¿No andabas con Álvaro?
Abrió exageradamente los ojos, como si estuviera diciendo una locura. Demasiado exageradamente.
—¿Con Álvaro? ¿Por qué iba a andar con Álvaro?
—Bueno, siempre que te pierdo, te encuentro con él. Pero como no me cuentas nada…
Y era raro, porque la dinámica de Cris solía ser otra: se pillaba platónicamente de alguien, provocaba interacciones que organizaba durante días enteros y luego me lo contaba con pelos y señales. Sin dramas y con muchas carcajadas.
Pero Álvaro… De él apenas me hablaba, así que intuía que había algo más serio.
—No hay nada que contar —respondió con una ligereza casi ensayada—. Es majo y de charla fácil. Punto.
—¿Sabes si tiene novia? —pregunté, curiosa.
Cris me fulminó con la mirada.
—No lo sé. ¿Por qué tendría que saberlo? —Hizo una mueca—. Además, no me importa. En absoluto.
—¿Cómo puede ser que habléis tanto y eso no lo sepas? —pregunté mientras contenía una risa.
—Bueno, todavía no hemos llegado a ese nivel de conversación. —Se pasó las manos por la cara, algo nerviosa—. Vamos, que tampoco sé si quiero llegar ahí. Que no me gusta ni nada.
La miré en silencio. Cris podía engañar a medio campamento; a sí misma si hacía falta, pero a mí no. No cuando empezaba a hablar demasiado rápido o cuando evitaba mirarme. Y, desde luego, no cuando decía que no le gustaba alguien con esa cara.
Dejé escapar una risa sincera. Cris estaba demasiado adorable.
—Deberías preguntarle —le aconsejé.
Ella apretó los dientes y jugueteó algo nerviosa con su taza, con la vista clavada en el líquido amarillo.
—No pienso hacer eso —dijo—. Además, lleva desde ayer evitándome y no sé por qué, así que da igual. Estábamos bien y de repente, pum, ni me mira apenas. Por eso, olvídate. No hay nada.
Ahí estaba. No era que Álvaro le diera igual, sino que le importaba lo suficiente como para asustarla.
—¿Y eso te molesta? —pregunté, suave.
—No —dijo demasiado rápido. Luego noté que respiraba hondo—. O sea…, no sé. Es que no sé qué le pasa.
—Cris…
Me mordí el labio y la miré con una sonrisa.
—Si pretendes que te diga que estoy pilladísima por Álvaro, lo siento. No va a ocurrir.
—¿Ya te has olvidado de Mateo? —bromeé para aligerar el ambiente—. ¡Qué traidora!
—Mateo siempre tuvo el corazón ocupado.
Tomé un sorbo de café mientras sacudía la cabeza.
—Ahora que lo dices, ayer Álvaro vino a buscarme para pedirme su teléfono —comenté, sin darle más importancia—. Quería llamar a una tal Valeria. Me sorprendió porque era bastante temprano e incluso se saltó la oración.
—¿Valeria? —preguntó Cris—. ¿Y no te dijo quién era?
—No, pero parecía preocupado.
Cris tardó apenas unos segundos en entenderlo. Primero frunció el ceño, confundida; luego abrió un poco los ojos, como si las piezas acabaran de encajarle de golpe. La incredulidad le cruzó la cara antes de convertirse en un enfado muy poco disimulado.
—Menudo idiota —escupió, dejando caer la frente sobre la mesa con todo el dramatismo del mundo.
—¿Me he perdido algo?
—Seguro que Valeria es su novia, y la llamó porque se sentía culpable después de lo que pasó el domingo —murmuró.
Dejé el vaso de café en la mesa, la agarré del hombro y la volví a levantar para que me mirase directamente.
—¿Perdona? ¿Qué pasó el domingo? —inquirí.
—Nada, nada —negó liberándose de mis manos—. Solo nos quedamos hasta las cuatro de la mañana o así. A solas. Hablando.
De verdad que no podía creerme que, de todos los chicos del campamento, Cris se hubiera pillado tantísimo del amigo de Iker.
—¿Y cómo no me lo cuentas? —pregunté, ofendida. Normalmente tardábamos lo mínimo indispensable en contarnos cualquier novedad en nuestra vida.
«Normalmente» . Lo de David empezaba a quemarme en la lengua.
—Es que no pasó nada —se defendió—. No le di más importancia. Y sí, te dije que me acosté tarde porque el menta poleo se alargó. Además, lo sabrías si te quedases. Pero estás demasiado ocupada intentando salvar el Titanic emocional de David. ¡Hasta Iker se está quedando más rato que tú!
Me mordí el interior del labio. Las últimas noches habían seguido el mismo patrón: risas en grupo, una señal de David y luego los dos solos, en nuestro banco o caminando por la playa.
Veladas ideales, excepto la de anoche. Pero aquello tendría que esperar porque andábamos ocupadas con el drama de Cris.
— Oh God. Oh my God . Vale, claro. Seguro que por eso me está ignorando.
Porque de repente ha recordado que tiene novia.
Fantástico. Increíble timing, Álvaro, de verdad —empezó a soltar Cris, cada vez más rápido, hablando ya prácticamente sola—.
Madre mía. ¿Y si ahora se siente obligado a hacer el turno conmigo en la casa de acogida?
¿Y si en realidad no quiere estar conmigo y solo le da pena decirlo?
¿Y si piensa que estoy pilladísima por él?
Porque no lo estoy. ¡Solo hablábamos! Hablábamos como personas que somos.
Como seres humanos con capacidad lingüística.
Qué horror. Ahora vengo, voy a tirarme por un barranco.
Hizo el amago dramático de levantarse, pero la agarré del brazo antes de que pudiera escapar, conteniendo la risa.
—Cris, relájate —la tranquilicé—. A lo mejor Valeria es su hermana. No parece el típico chico infiel, de verdad.
—Eso no explica por qué me está ignorando, ¿a que no? —soltó, sin disimular su enfado.
Nos quedamos en silencio y le recoloqué un mechón de pelo con cariño.
Cris se movía como pez en el agua en los enamoramientos ligeros: bromear con que estaba «pillada», coquetear un poco, reírse después…
Pero le costaba implicarse de verdad, porque eso significaba darle a alguien la posibilidad de marcharse. Y eso levantaba alguna que otra herida.
—Cámbiame el turno —me suplicó de repente—. Yo voy con Iker y tú con Álvaro. Nos inventamos una excusa.
—No —dije demasiado deprisa.
Ella entrecerró los ojos al instante.
—Sora Alcázar. Eres una amiga terrible.
—Es mejor que lo mantengamos así —me apresuré a decir—. Por mi investigación…
Me llevé la mano de manera inconsciente a la venda que cubría mi quemadura.
Por supuesto que no quería cambiar el turno.
Precisamente estaba contando las horas para que llegase el jueves por la noche.
Desde que había sabido que Iker y yo iríamos juntos, tenía un pensamiento absurdo instalado en el pecho, aunque intentaba convencerme de que era pura curiosidad.
—Álvaro también forma parte del programa —señaló Cris, recuperando su energía—. Búscate otra excusa, honey .
—Si te cambio el turno, no vas a aclarar nada con Álvaro —continué, ignorándola—. Y tú siempre vas de frente con estas cosas. No huyas.
Apreté los labios, esperando haberla convencido.
—Claro —asintió despacio—. Y esto no tiene absolutamente nada que ver con que te guste Iker.
—¡No! —protesté demasiado deprisa—. ¿Por qué dices eso?
Cris sonrió de oreja a oreja. El sol le iluminaba las pecas y los ojos verdes le brillaban con una diversión peligrosa. De repente, parecía muchísimo más interesada en mi problema que en el suyo.
—Sora, cariño, no eres nada sutil cuando aparece Iker. Ni él tampoco, vamos a ser justos.
Quise reírme y quitarle importancia, pero una parte de mí recordó demasiado rápido todas las veces que había buscado a Iker con la mirada sin darme cuenta. Y, peor aún, todas las veces que lo había encontrado observándome también.
Tomé aire y me obligué mentalmente a trabajar muchísimo mejor el arte del disimulo. No necesitaba que la gente empezara a hacerse ideas raras.
—Pero, bueno, si estoy equivocada, cámbiame el turno —insistió con sonrisa malvada.
—Está bien, tú ganas —me rendí, resoplando—. Prefiero hacer el turno con Iker. ¿Contenta?
—Contentísima, de hecho.
—Pero no saques conclusiones raras.
Cris me miró como si acabara de servirle las conclusiones en bandeja.
—Estoy feliz porque ojalá puedas dejar de mirar la vida desde el prisma de David.
Suspiré. Mi amiga tenía razón. Llevaba años observando la vida a través de un prisma que me hacía ver —sin cuestionarlo demasiado— que David era el novio ideal: guapo, con futuro, con una familia bonita, con amigos, con esa fe visible y ordenada que encajaba en todos los posibles escenarios que me habían enseñado a desear desde pequeña.
—Estoy segura de que hay chicos espectaculares esperándote ahí afuera —insistió—. Quién sabe, Iker puede ser uno de ellos. ¡Deja que Dios te sorprenda!