Revolución 22. Iker #2
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22. Iker #2

—Yo lo intenté una vez —comentó Loli mientras se encendía el cigarrillo—. Lo de bailar.

Soltó una risilla entre dientes y supe que me había pillado mirando.

—Pero soy un pato mareado —dijo, expulsando el humo despacio—. Y eso que ellas son las mejores profesoras del mundo, ¿eh? Pero conmigo no hay nada que hacer.

Reprimí una mueca cuando el olor del tabaco me llegó de lleno.

Loli se asomó por completo a la ventana, como si estuviéramos en un balcón, y saludó efusivamente con la mano, llamando la atención de las chicas.

Dudé durante un segundo si agacharme, pero decidí que eso sería todavía peor.

Así que me limité a mantener mi mejor cara de circunstancias mientras miraba hacia dentro.

Sora seguía estirando, pero sus ojos se posaron en mí y casi pude verla reprimiendo una sonrisa. Sentí el calor subiéndoseme a las mejillas y recé para que luego no se le ocurriera preguntarme qué demonios hacía allí, plantado junto a la ventana. Tendría que pensar una excusa decente.

Loli devolvió su atención a mí.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —dijo, mirándome con expresión curiosa. Al ver mi cara extrañada, añadió—: Del sur.

—Ah no —respondí, intentando ocultar mi nerviosismo repentino—. Vivo en Madrid.

—Igual que las chicas. ¿Las conocías de antes? —preguntó mientras le daba otra calada al cigarro.

Mis ojos siguieron, casi por inercia, el recorrido de sus dedos: nicotina, saliva, poyete, mechero. Esperé, por el bien de todos, que se lavara las manos antes de volver a la cocina.

—Las he conocido aquí.

—Son maravillosas —afirmó—. Sora me manda un regalo cada Navidad, ¿sabes? Mira, este año me regaló esto.

Se sacó una medallita de plata que llevaba colgada. Se trataba de una cruz pequeña, con una paloma en el centro.

—Es preciosa, ¿verdad? —Besó la medalla y se la guardó—. Así me recuerda que Dios siempre está conmigo.

—¿También crees en Dios?

En cuanto lo pregunté, me di cuenta de lo absurdo que sonaba. Claro que creía. Trabajaba en una casa de acogida religiosa y llevaba una cruz colgada.

—Él siempre creyó en mí —me respondió, expulsando el humo.

Aquellas palabras me sorprendieron. Yo ni siquiera tenía claro que Dios existiera y, si lo hacía, habría preferido que alguien de carne y hueso creyera en mí, no un ser invisible y lejano. Pero pensé que cada uno elegía su anestesia favorita para sobrevivir a esta vida.

—Y me lo recordó a través de Sora y David —añadió, con la mirada perdida, como recordando algo extremadamente íntimo.

El nombre de David me rajó por dentro, más aún pronunciado junto al nombre de ella. Sora y David. David y Sora. Ni siquiera sonaban bien juntos.

—Se nota que le tienes cariño a Sora —comenté para animarla a seguir.

¿Qué había pasado en aquella casa con Sora y David para que Loli no dejara de hablar de ellos? ¿Había sido allí donde todo comenzó? ¿Se habían enamorado entre aquellas paredes, donde yo mismo me encontraba?

—La quiero como a una hija —sentenció, muy seria—. Me ayudó tanto… Por eso estoy tan orgullosa de lo que ha creado.

—¿Creado? —pregunté, algo perdido.

—Sí, el programa ese para los de servicios sociales —dijo, sin más—. Siempre se me olvida el nombre. Len, Les…

—Programa Lev —terminé por ella, sintiendo un escalofrío.

Loli se acercó un poco más, como si fuera a contarme un secreto:

—Ya sé que tienen que ser anónimos…, pero yo a esa chica la tengo calada. —Hizo memoria, frunciendo el ceño—. ¿Cómo se llama? ¿Rocío? Tiene cara de haberse metido en más de un lío.

Se encogió de hombros, práctica y sin dramatismo.

—Pero si esto le está sirviendo, bendito sea. Que mi Lucerillo ha trabajado mucho para que el programa salga adelante.

Se me arremolinaron las preguntas de golpe y hasta dudé si la había oído bien.

En el almacén, le había confesado a Sora que era del programa. Habría sido el momento perfecto para contarme que ella se encontraba detrás de eso, pero no lo hizo. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué decidió ocultarlo?

—En fin, esto ya está —dijo apagando el cigarro—. Me voy, que todavía me queda faena.

Se me había olvidado por completo que el cubo de la fregona continuaba bajo el grifo hasta que Loli lo agarró, me lanzó un beso con descaro y me dejó allí, con la mente hecha un completo amasijo de hilos.

—La próxima vez, entra. Que desde fuera pareces un acosador bastante creepy .

Cris se asomó a la ventana con gesto divertido, sin darme tiempo a seguir dándole vueltas a la cabeza, aunque consiguió acelerarme todavía más el corazón.

Miré detrás de ella por si Sora había oído semejante tontería, pero ella aún se estaba acercando, con la sala vacía. El taller ya había concluido.

—Solo venía a avisaros de que ya es la hora de comer —me defendí, usando la mejor excusa que pude encontrar.

—Tenemos reloj. —Cris me sacó la lengua.

En ese momento, Sora se acercó a la ventana con una sonrisa. Llevaba el pelo suelto, algo enmarañado, y la cara enrojecida por el calor.

—Ey, ¿ya has terminado el taller? —me saludó con una sonrisa.

En ese momento, fui consciente de sus ojeras.

Parecía más cansada que de costumbre, como si hubiera pasado toda la noche despierta.

David no le había acercado el café aquella mañana —y sí, por desgracia, yo llevaba la cuenta de esos detalles—, así que no pude evitar preguntarme si todo iba bien entre ellos.

—Recogemos y vamos —dijo Sora—. Nos vemos ahora en el comedor.

Dudé unos segundos. Me apetecía quedarme solo, ordenar un poco todo lo que Loli acababa de soltarme. Pero también tenía un pequeño impulso que me invitaba a entrar, ayudar y hacerlo bien.

El problema era que ahora ya no sabía de dónde nacía.

¿Quería hacerlo porque era lo correcto? ¿Porque, por una vez, no me estaba apeteciendo salir corriendo? ¿O porque, después de lo que Loli me había contado, acababa de entender que quizá Sora tenía algo que ver con mi necesitado certificado de horas?

Tras pasarme la mano por el pelo, acabé entrando tras ellas para ayudarlas a recoger.

Y aquella duda, pequeña y molesta, se me quedó enganchada en el pecho mientras trabajaba en silencio.