22. Iker
IKER
El huerto me gustó mucho más de lo que esperaba.
Había algo en ese trabajo tan mecánico y repetitivo que me había conseguido bajar l as revoluciones del cuerpo, trayéndome una calma inesperada y apagándome la cabeza durante un rato.
El día anterior había recolectado algunas lechugas y tomates, arrancado malas hierbas y revisado qué plantas necesitaban más agua, mientras que ese día habíamos estado trabajando con las lavandas, que también crecían por toda la finca.
Había podado ligeramente las flores secas, colocado tutores en las ramas vencidas y recolectado flores para secarlas y hacer saquitos.
Y, contra todo pronóstico, me sorprendí al ver que no se me daba tan mal.
Sabía qué hacer casi sin explicaciones. Incluso di un par de indicaciones al grupo, repitiendo frases y consejos que le había oído decir a mi madre o a mi abuela.
Como si todo ese conocimiento hubiera estado guardado en alguna parte, esperando el momento oportuno para salir.
Lo que sí me costaba era lo otro: hablar.
Los residentes se conocían entre ellos y, aunque sonara a cliché, parecían una gran familia: funcional y extraña, pero real. Menos mal que Charlie estaba conmigo, pues él era capaz de sostener cualquier charla sin esfuerzo.
Tras un par de días juntos, las conversaciones se habían vuelto más crudas y profundas.
De pronto, estábamos en una especie de rueda improvisada en la que cada uno se presentaba y contaba su historia más dura.
Jorge fumaba como un carretero y había perdido la custodia de sus hijas tras una recaída.
Youssef, de dieciocho años, luchaba contra una adicción al cannabis.
Noelia vivía en la casa con sus hijos —que correteaban mientras tanto por el jardín— por falta de recursos.
Sheila se recuperaba de una anorexia brutal que casi le había costado la vida.
Incluso Charlie contó que había crecido siendo la figura paterna de su casa, lo que le había producido muchos dilemas mentales.
—No me ha pasado nada interesante, lo siento —dije cuando me tocó el turno.
Había tan buen ambiente que todos rieron. Nadie pensó que yo fuera una persona terrible o que podría estar mintiendo descaradamente.
Pero lo que más me descolocaba era que, a pesar de todo, no dejaban de sonreír. Le quitaban hierro al asunto y se aferraban a lo poco bueno que les quedaba. Y una y otra vez, soltaban un «gracias a Dios» con la misma naturalidad que respirar.
Yo no podía evitar preguntarme qué clase de Dios suponía ese para ellos. Porque no entendía cómo se podía creer en alguien que permitía tanto sufrimiento y, encima, darle las gracias por las migajas con las que se conformaban después. Me parecían unas matemáticas imposibles.
Pero entonces me golpeaban las palabras de don Manuel: «Tienes el dolor mal colocado», «muerto en vida».
Aquellas personas habían sufrido tanto o más que yo, pero parecían haber encontrado un sitio donde colocar su dolor para que no les aplastara. Yo no sabía cómo se hacía eso porque nadie me había enseñado. La vida —o precisamente la muerte— no llegaban con manual de instrucciones.
—Creo que hemos terminado por hoy —comentó el trabajador social, un chico de unos treinta años con los ojos azules y la ropa totalmente cubierta de tierra—. Y el calor está empezando a ser criminal.
En eso tenía razón. La camiseta sudada se me pegaba a la espalda y estaba deseando darme una ducha. No obstante, aquel día me había protegido un poco mejor del sol. Juan me había prestado una gorra y Sora había aparecido esa mañana con un bote de crema solar.
«Las marcas de sol dan un aspecto más interesante».
Sentí algo raro en el estómago y quise pensar que era hambre.
—Podéis iros a descansar, la comida será en media horita —nos indicó el trabajador social.
El grupo comenzó a dispersarse, pero Charlie me miró y dijo:
—Voy a aprovechar para pasarme por el taller de cerámica —comentó. Tenía tierra hasta en las orejas—, que lo mismo me da tiempo a hacer algo. ¿Te apuntas?
—Ahora voy, si eso. Gracias.
No di más explicación y Charlie no la necesitó para salir andando en dirección a la casa. Eché un último vistazo a la cesta con las flores de lavanda que había recolectado. Y, por algún motivo, me reconocí un poco en ellas.
Mi abuela me había contado una vez que las lavandas tenían raíces finas y frágiles, de esas que exigían paciencia.
Al trasplantarlas en primavera, primero perdían las flores y se quedaban mustias, como si protestaran por el cambio.
Pero, si les dabas tiempo, terminaban agarrándose a la tierra nueva y volvían a florecer.
Ahora, en pleno verano, lucían preciosas.
El campamento estaba haciendo algo extraño en mí.
Intentaba convencerme de que solo me estaba adaptando por pura supervivencia.
O porque sentía que tenía una deuda con Álvaro; al final, había acabado allí por mi culpa y no podía abandonarlo.
Pero había momentos —pequeños, casi ridículos— en los que sentía que algo dentro de mí dejaba de estar tan seco.
Como si, después de mucho tiempo, estuviera aferrándome otra vez a algún sitio.
Aunque existía una posibilidad que me asustaba aún más. Que el corazón —ese idiota romántico e ingobernable— estuviera ganando una partida que yo no había pedido jugar. Sora empezaba a ocupar una parte preocupante de mis pensamientos.
No la conocía. En absoluto. Encima, intuía que su corazón le pertenecía a otro. Y, para rematar, tenía esa facilidad absurda para descolocarme. Con su orden desmedido, su manera de tenerlo todo bajo control y esa manía suya de parecer siempre tan jodidamente perfecta.
Nunca me habían gustado las chicas así. Además, vivíamos en mundos muy distintos.
El suyo olía a café recién hecho y a listas y orden; el mío, a frenazos y a noches sin dormir.
Lo sensato habría sido mantener las distancias y tratarla como lo que era: una coordinadora con la que me tocaba coincidir a ratos.
Pero a ver cómo se le explica eso a un corazón que no entiende de razones.
Resoplé mientras cruzaba el umbral de la casa. El olor a carne asada me llenó los pulmones y el estómago rugió; esta vez de verdad de hambre. Estaba comiendo tan bien que me daba miedo pensar en lo que sería de mi nutrición cuando volviera a Madrid.
Algunos residentes, a quienes ya les sonaba mi cara, me saludaron al cruzar el pasillo, y yo les devolví la sonrisa. El Iker del primer día había llegado convencido de que aquello estaría lleno de bichos raros. Ahora me daba hasta vergüenza recordarlo. No eran raros, sino personas con historias.
Como yo.
Me pregunté, por un segundo, si Sora intuía la mochila que cargaba.
Me imaginé, también, qué pensaría si se lo contara todo.
¿Se horrorizaría? ¿Huiría despavorida ante tanto dolor?
Bueno, conociéndola, probablemente intentaría arreglarlo con esa fe suya en que, con amor, todo puede mejorar.
Ella era luz —el Lucerillo— y me daba miedo ser capaz de apagarla.
El sonido de música y una voz familiar me llegaron amortiguados por los pasillos.
Seguí el rastro hasta el ala derecha de la casa y acabé en un patio interior.
Allí había una pequeña casita de madera con grandes ventanales.
Sobre la puerta, pintado a mano, se leía: PSICOMOTRICIDAD .
Cerca se amontonaban cestas con balones, aros y otros materiales coloridos.
Me asomé con disimulo para que no me vieran y descubrí una sala cubierta de espejos, que me recordó a esos vídeos que Cris subía a redes, en los que bailaban en un estudio.
«Quizá los he visto demasiadas veces».
Sonaba una canción lenta que parecía de ballet.
Cris entró en mi campo de visión y, a su lado, Sora.
Llevaban ropa de entrenamiento —conjuntos cuidados que parecían uniformes— y estaban delante del todo, de cara al espejo.
Detrás, un grupo pequeño de hombres y mujeres de distintas edades se colocaba en filas imperfectas, con mallas y camisetas deportivas, procurando seguirles el ritmo.
—Cerramos los ojos y estiramos… —dijo Sora, que levantaba los brazos hacia arriba mientras la imitaban, algunos torpes, otros concentrados—.
Imagina que empujas el aire. Que lo empujas hacia arriba…
y creces. Nota cómo se alarga la espalda.
Los hombros. El cuello. Suelta la tensión. Inhala… Exhala… Respira…
Y, sin saber muy bien por qué, yo también me dejé llevar. Respiré con ella, muy hondo, mientras no podía apartar la mirada. Sora parecía tan cómoda dentro de su propio cuerpo, tan segura en cada movimiento, tan en paz… que resultaba hipnótico observarla. ¿Estaba mal mirarla tanto?
—Muchacho, necesito eso.
Di un respingo y me encontré a Loli a mi lado.
—¿Q-qué?
Ella se rio levemente. Llevaba la fregona en una mano y señalaba con el mango hacia el grifo exterior junto al que me había colocado.
—Ah. Perdona.
Me aparté de inmediato, con el corazón acelerado, y tragué saliva.
Ojalá no pensara que había estado ahí, medio escondido, mirándolas. O, peor aún, que se lo comentara a ellas. El simple pensamiento hizo que quisiera que la tierra me tragase en aquel instante.
—Eres voluntario, ¿no? —preguntó—. ¿Te llamabas…?
Dejó el cubo en el suelo y lo colocó bajo el grifo. El agua empezó a caer en un hilo débil e irregular, así que aquello iba a tardar un poco.
—Iker. Me llamo Iker.
Loli metió la mano en el bolsillo izquierdo, sacó un cigarro y me lo ofreció.
—¿Fumas?
—No, gracias —decliné la oferta.
Valoraba bastante mis pulmones y nunca había entendido por qué no todo el mundo hacía lo mismo.
Mientras se encendía el cigarrillo, la miré detenidamente.
No debía de tener más de cuarenta y pocos años, pero el cuerpo parecía empeñado en sumar algunos más.
Piel foto-envejecida. Dedos teñidos de la nicotina.
Arrugas prematuras alrededor de la boca.
Delgadez por desgaste. Todo en ella gritaba que su vida no había sido fácil.