Revolución 21. Sora
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21. Sora

SORA

La quemadura escocía un poco bajo la venda.

Y no sabía por qué, pero mientras mis compañeros bajaban de la furgoneta, me había quedado mirando un buen rato la herida con una sonrisa un poco ridícula, hasta que Cris me dio unos golpecitos en la ventanilla que me devolvieron a la realidad.

Tras diez minutos de traye cto, habíamos llegado a un barrio residencial a las afueras de Cádiz, donde nos esperaba la casa de acogida.

Era un antiguo palacio algo deteriorado por los años, con la pintura cuarteada y algunas grietas.

Dos palmeras altas nos daban la bienvenida a un enorme jardín lleno de diversas plantas; incluso contaba con una pileta que hacía de piscina.

Había gente al sol, leyendo o hablando en pequeños corros, mientras que un par de enfermeros cruzaban el patio con prisas.

También hubo quien nos dedicó alguna que otra mirada curiosa.

Avanzamos en grupo por un pasillo natural de buganvillas que se enredaban sobre nuestras cabezas. El olor dulce me golpeó de lleno y, sin querer, me devolvió a otro verano, a otro cuerpo, a otra Sora. Muy diferente a quien era en ese momento.

«Cinco, cuatro, tres, dos, uno».

Me agarré el colgante mientras continuábamos el camino.

A lo lejos, vislumbré a dos personas conocidas, que nos saludaban enérgicamente con las manos.

Iván, el director del centro, un hombre alto, calvo del todo y con un polo gris que parecía no cambiar nunca.

A su lado, con sonrisa mellada, estaba Loli, que vestía el uniforme de cocinera con gran orgullo.

Se adelantó hacia mí y me estrechó entre sus brazos.

—¡Mi Lucerillo! —exclamó, usando el mote que me había puesto hacía cinco años.

—¡Mi Loli!

Me aferré a ella y noté su cuerpo huesudo, frágil y firme al mismo tiempo. Olía a tabaco y a rosas, una mezcla imposible que, con los años, había comenzado a resultarme incluso agradable.

—Oye, me mola tu pelo —comentó Cris, señalando el nuevo color antes de darle otro abrazo sincero—. Ese marrón cobrizo te queda genial.

Sonrió con amplitud, aceptando el cumplido.

Después abrazó al resto del grupo, uno a uno, como si los conociese de toda la vida.

Loli tenía esa forma de querer: total, sin matices, sin distancias.

Siempre decía que la mejor revolución de nuestro tiempo era amar a todos. Incluso a quienes no conocía.

Mientras abrazaba a Iker, pensé, durante un segundo demasiado largo, en cómo sería estar yo en ese lugar. No por error, como en el almacén, o jugueteando, como en la gincana. Sino, más bien, abrazarlo con intención y decisión. Pero aparté la mirada antes de darle más importancia.

—Hola, chicas —nos saludó alegremente Iván, sacándome de mis pensamientos, gracias a Dios—. Me alegra mucho veros un año más. Y hola a todos. Bienvenidos. Yo soy Iván, el director del centro, y ella es nuestra cocinera, Dolores.

—Loli para los amigos —puntualizó con una sonrisa.

—¿No deberías estar trabajando? —le susurré bajito, pues la tenía enganchada a mi brazo.

—Me he pedido un rato para veros —explicó, orgullosa—. Por cierto, hoy voy a hacer croquetas, que sé que te encantan.

Me guiñó un ojo y yo sonreí complacida.

—Queríamos daros las gracias por venir a nuestra casa —continuó Iván—. Aquí hay gente que necesita mucha ayuda. A veces la ayuda es simplemente quedarse. Tomar la mano y estar. Con eso podemos hacer más de lo que imaginamos, ¿verdad, Loli?

Iván hizo un asentimiento hacia su dirección y yo, sin querer, miré a Iker. Ojalá él también pudiera creerse aquello. Que no siempre hacía falta cargar solo con todo, que a veces bastaba con dejar que alguien se quedara cerca. «En aquello que sea que estés pasando y no me cuentas».

—En mi caso, la mala vida y las malas decisiones me llevaron a la calle. Al alcohol y a las drogas. Esta casa me salvó la vida. Y personas como mi Lucerillo —Loli me señaló sin soltarme— hicieron que yo quisiera cambiar de verdad. Estaré agradecida a Sora eternamente.

—Y yo a ti, ya lo sabes —murmuré, algo emocionada.

Aunque intenté contenerme durante unos segundos, no pude evitar mirar a Iker, que ya me observaba.

Me daba un poco de vergüenza destapar aunque fuera una parcela mínima de mi pasado.

Pero, por otro lado, la parte más insensata e indomable de mí deseaba poder compartirlo con él.

¿Qué pensaría Iker de una historia como la mía?

—Y mira… —continuó—, ahora estoy aquí, cocinando. Con mi contrato fijo. Y muy feliz.

—Y nuestra Loli es la que manda aquí, ya lo veréis —bromeó Iván.

—Eso es verdad —asintió ella, soltando una risilla entre los dientes.

—Queda un rato aún. Venid, os enseñaré la casa —dijo Iván, guiándonos al que sería nuestro nuevo hogar durante aquella semana.

La casa estaba tal y como la recordaba del verano pasado, pero completamente diferente a como la había encontrado la primera vez que la pisé, hacía cinco años. Entonces me había parecido demasiado oscura, sombría y tétrica. Pero supongo que sería por los ojos con los que miraba.

Ahora era capaz de fijarme en los detalles. Como que, a pesar del estado desgastado de sus paredes y muebles, siempre había flores frescas, olor a bizcocho recién hecho y una música suave que llegaba desde alguna de las habitaciones.

El grupo se adelantó, y yo me quedé un poco más rezagada con Loli, que seguía sin soltarme del brazo.

—Qué me alegra verte, mi niña —comentó—. ¿Cómo están todos? ¿Y tus padres? ¿Y tu hermana?

—¡Mi hermana está participando en el campamento! —le conté, entusiasmada—. Creo que le toca venir la semana que viene. Tengo ganas de que la conozcas.

—¡No me digas! —exclamó—. Qué mayor… Si hace nada me contabas anécdotas de cuando hacías de niñera…

—Ahora se cuida sola, sí.

Y eso dolía un poquito. Porque en el fondo seguía siendo mi niña pequeña.

—¿Y David? —preguntó, con una mueca divertida—. Dime que seguís juntos. No he visto una pareja más bonita que la vuestra, te lo digo de corazón.

Tomé aire. Sabía que Loli lo decía desde el recuerdo de aquel primer campamento. Le tenía el mismo cariño a David que a mí. Los dos habíamos estado aquella noche en el lugar en que su vida —y la nuestra— había cambiado para siempre. Un vínculo que nos ataba a Loli; un vínculo irrompible.

—Estamos en un periodo extraño —contesté, sin saber explicarme mejor.

—Lo siento, mi Lucerillo —se disculpó, deteniéndose para mirarme con pesar—. Espero que podáis arreglarlo pronto. No os entiendo por separado.

Y quizá ese era justo el problema. De tanto mezclarnos, habíamos dejado de distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro. Le sonreí lo más ampliamente que pude para dejarla tranquila.

Pero sin saber por qué, bajé la vista a mi mano vendada. Ahí donde él había acariciado mi piel.

Minutos más tarde, Iván había terminado el tour y explicado algunas normas. La mayoría del grupo ya estaba ubicado en las diferentes salas de los talleres. Quedaban Iker y Charlie, así que nos dirigimos a la zona exterior, donde se encontraba un pequeño huerto.

—¿Así que huerto? —comencé la conversación, casi sin pensarlo—. ¿Sabéis algo del tema?

—En absoluto —dijo Charlie, tan despreocupado como siempre.

Vi a Iker debatiéndose sobre si hablar o no, pero finalmente dijo:

—Mi madre tenía un pequeño huerto en casa. La ayudaba de vez en cuando.

Madre. Huerto. Ayuda. Tres palabras que me hacían conocer a Iker un poquito más. Porque, en realidad, si me ponía a pensarlo, sabía muy poco de él.

Sabía que venía de Madrid. Que era casi médico.

Su color favorito: el azul. Que le gustaba el café; era el primero en servirse por las mañanas.

Que odiaba el tomate crudo, porque siempre lo apartaba del plato.

Que cuando algo lo exasperaba, tomaba aire lentamente.

Y que le gustaba leer; más de una tarde me lo había encontrado caminando hacia algún lugar con un libro debajo del brazo.

—¡Vaya! —exclamó Iván—. Para tener un huerto hay que disponer de espacio. Mi mujer quería poner uno, pero vivimos en cincuenta metros cuadrados. ¡Y con dos niños! Imposible. La terraza está llena de juguetes.

Iker hizo una mueca a modo sonrisa, pero no continuó hablando. Al menos ya no se quedaba rezagado, ni miraba las musarañas, ni soltaba una bordería de tanto en tanto. Parecía un Iker totalmente diferente al del primer día. Incluso hoy…

Frené en seco y clavé los ojos de nuevo en la venda de mi mano.

Por primera vez, el hielo de Iker no me dejó helada, sino que me dio un calor reconfortante.

—¿Qué tal va eso?

La voz de Iker me sorprendió agradablemente.

La mañana se había ido entre presentaciones, talleres y esa mezcla de cansancio y novedad que siempre traía el inicio de una nueva semana.

Iker se había acercado hasta el fondo del comedor, donde yo me encontraba pasando un trapo por la mesa en la que acabábamos de comer, solo para hablar conmigo.

Sin embargo, cuando alcé la vista hacia él, no me miraba a los ojos.

Tenía la atención clavada en la venda de mi mano, enormemente manchada de haber estado trajinando todo el día.

—Mejor —contesté—. Aunque creo que debería ponerme una nueva cuando llegue.

Asintió, pero no añadió nada. Se quedó casi inmóvil, como si quisiera decir algo más y no encontrara por dónde empezar. Ni siquiera me miraba a los ojos.

—¿Cómo ha ido el día? —me adelanté yo, apoyándome en la mesa con la mejor postura que encontré.

—Bien —respondió—. Creo que bien.

Se mordió el labio, puede que intentando convencerse a sí mismo de aquellas palabras. Yo esperé unos segundos, por si me contaba algo más, pensando con resignación que Iker no era una persona especialmente charlatana.

—Por fin me voy adaptando un poco —reconoció al cabo de unos segundos, mientras buscaba mi mirada.

—Sabía que lo harías —le dije, de forma sincera. Y un poco orgullosa también, ¿por qué no?

Sus ojos mostraron cierta duda. En ese momento, me fijé que tenía la cara algo enrojecida por el sol de la mañana.

—Mañana échate crema, por favor —le advertí, con una risa suave.

—¿Qué? —parpadeó, llevándose la mano a la cara.

—Al parecer no soy la única que se quema. —Me acerqué un paso, inclinando la cabeza como si lo evaluara con seriedad, y reí—. Tranquilo, no es grave. Además, pienso que las marcas de sol dan un aspecto más… interesante.

Quería decir «atractivo», pero no me atreví.

Él ladeó la cabeza, sorprendido, pero la voz de Cris, que reunía al grupo, rebotó en el comedor y nos obligó a apartar la mirada y caminar a su encuentro. Y lo agradecí, porque no tenía ni idea de en qué momento se me había ocurrido decir eso.

Ignorando el repentino calor que estaba sintiendo, me obligué a volver a modo coordinadora para organizar los turnos de la noche. El grupo se sentó espontáneamente en algunas de las mesas para escuchar, con rostros cansados pero felices.

—¿Qué se hace exactamente durante las noches? —preguntó Nerea, con las gafas manchadas.

—Es una especie de guardia —respondí—. Acompañamos a quien lo necesite.

—De todos modos, Diego y Nerea —añadió Cris—, al ser menores, no podéis participar. Lo sentimos.

Le hice una mueca a Cris que solo ella entendía y luego escuché a Diego suspirar aliviado, como si le hubiéramos quitado un examen importante. Nerea, en cambio, se cruzó de brazos, visiblemente molesta.

—¿Hay alguien más que no se vea haciéndolo? —pregunté—. Es una tarea de carácter voluntario.

La mirada se me fue hacia Iker sin poder remediarlo. Estaba preparada para que dijera que no. Al fin y al cabo, ya había cumplido sus horas de voluntariado y las noches no eran obligatorias.

Pero no dijo nada, lo cual me alegró sutilmente el corazón.

—Yo… preferiría no hacerlo —intervino Rocío con voz entrecortada—. No me veo preparada, la verdad.

—Tranquila, Rocío, no pasa nada —le dije con el tono más suave que encontré.

—¿Y cómo hacemos los turnos? —quiso saber Charlie, que tenía la camiseta manchada de barro y de pintura al mismo tiempo.

—Se recomienda que sean siempre chico con chica —explicó Cris— y, si es posible, con uno que haya vivido la experiencia. De aquí…

Juan, Cris, Marta y yo levantamos la mano.

—Juan y Ángela pueden ir juntos —propuso Cris, con toda la lógica del mundo.

—Por supuesto —accedió Juan, pasándole una mano por el hombro a su novia—. Podemos empezar con el turno de mañana, si va bien.

Hice un gesto afirmativo y comencé a apuntar en las notas del móvil para recordar los turnos.

—Yo puedo ir con… ¡Charlie! —dijo Marta, girándose hacia él, que estaba justo a su lado.

Él le chocó los cinco, encantado.

—Equipo Superpower —comentó—. ¿Nos encargamos del turno del viernes?

—¿Por qué el viernes? —preguntó Marta, extrañada.

—Porque no me importa perderme la verbena, y quizá a otro le apetezca más. —Se encogió de hombros—. No os ofendáis.

Marta hizo un gesto de aprobación; tampoco le entusiasmaba eso de disfrazarse. Yo solté una risa ligera ante tanta sinceridad.

Aunque, en ese momento, llegó lo complicado: solo quedaban Álvaro e Iker.

Sabía que entre Cris y Álvaro había buen rollo, así que no me extrañaría que quisieran ir juntos. Por otro lado, la idea de pasar una noche entera a solas con Iker me atraía más de lo razonable.

Pero si levantaba la mano para elegir a Iker, me exponía demasiado ante él y los demás. Si optaba por Álvaro, quizá mi amiga lo sentiría como una traición.

Lo que más miedo me daba, sin embargo, no era la decisión en sí, sino lo que sentía. No tenía ningún derecho a pensar en Iker de esa manera. Se suponía que estaba intentando arreglar las cosas con David, que esa era mi prioridad… Pero mi corazón parecía empeñado en ir por libre.

Así que ahí estaba, atrapada entre lo que debía querer y lo que, muy a mi pesar, empezaba a querer de verdad.

«Por el amor de Dios, que hable alguien».

Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos, como si se hubiera congelado el tiempo. Nadie habló. Ni Iker para ofrecerse, ni Cris para escoger a Álvaro, ni Álvaro para elegir a Cris.

O alguien decía algo ya, o tendríamos que empezar a rezar por una intervención divina, porque aquello comenzaba a resultar incómodo.

—¡Por orden alfabético! —sugirió Charlie—. A, be, ce… Álvaro y Cris juntos.

Vi a mi amiga intentando no alterar ni un ápice su expresión, aunque el leve movimiento de su garganta al tragar saliva la delató. Nada comparado con la cara de Álvaro, que tenía pinta de estar a dos segundos de desmayarse.

—Sí, está bien —asintió Cris, con tono desenfadado—, podemos hacer la noche del miércoles.

A Iker se le escapó una sonrisa entre los labios. Pero no sabía si era por ellos o por lo que venía a continuación.

—Y, Sora, tú con Iker —continuó Charlie, de repente asumiendo el rol de coordinador.

Al final, no hizo falta que ningún milagro. Bastó con él.

«Sora, tranquila».

—¡Estupendo! —canturreó Cris mirándome con expresión inescrutable—. ¿Jueves, entonces?

—Vale —respondí sin poner pegas.

En ese momento, Iker y yo volvimos a mirarnos y, esta vez, nos sonreímos tímidamente.

De repente, con el corazón acelerado, recé para que el jueves no tardase mucho en llegar.