20. Iker #2
Aquella rutina me hacía sentir bien, excepto por la última parte, cuando David aparecía, cada maldita mañana, con un café con hielo para Sora.
Sin poder evitarlo, el viernes volvió de golpe a mi cabeza: las guirnaldas meciéndose en el techo, la música latiendo fuerte, Sora moviéndose con ligereza dentro de su tutú blanco mientras se reía. Las manos de David en su cintura. Y yo como un tonto esperando a que viniera a buscarme.
Partí el pan despacio y mastiqué pesadamente, incapaz de apartar la vista de ellos.
Observé a David rozar sus hombros, inclinarse y besar su mejilla.
Sora no se apartó y a mí se me cerró el estómago de repente.
Pero en cuanto David se alejó, ella levantó la vista.
Directa hacia mí. Nuestros ojos se encontraron durante un par de segundos, hasta que parpadeó y volvió a su tostada, como si no hubiera pasado nada.
Me quedé completamente inmóvil. Quise convencerme de que había sido casualidad, de esas ironías de la vida sin importancia.
Como también había sido casualidad la cercanía en el almacén.
O el pique durante la gincana. O todas esas miradas durante el fin de semana que, incluso entre el ruido y la gente, parecían encontrarse sin remedio.
Me obligué a tragar el bocado que se me había atascado en la boca, pensando que aquel lugar me estaba haciendo delirar por completo.
—Nueva semana —anunció Sora al cabo de un rato—. ¿Estáis preparados?
Hubo algunos vítores desordenados, cucharas chocando con platos y palabras ininteligibles brotando de bocas llenas. La segunda semana empezaba con fuerza.
Yo no sabía muy bien qué era lo que sentía, pero al menos ya no tenía esas ganas inhumanas de salir corriendo y mandar a todos a la mierda, lo cual me parecía un logro.
—Hoy comenzamos la misión en el Centro de Acogida Buen Pastor —continuó explicando—.
Es una casa para personas con algún tipo de adicción.
Viven allí durante un tiempo, hasta que se encuentran mejor y pueden reubicarlos.
Nuestra labor consistirá en acompañar en los talleres que tienen por las mañanas.
Baile, cocina, huerto… Podéis apuntaros al que queráis.
—Obviamente, Sora y yo llevaremos el de baile —añadió Cris con una risa—. Pero sois bienvenidos si queréis pasaros.
El murmullo creció enseguida, entre comentarios, debates y decisiones. Juan y Ángela se decantaron por el cinefórum. Marta y Rocío optaron por el taller de cerámica. Álvaro prefirió la cocina y, tras insistirle un poco, arrastró a Diego con él, que protestó lo justo antes de rendirse.
Quedábamos Charlie —que dijo que iría donde más le necesitaran— y yo. Sentí la mirada de Sora sobre mí.
—Yo… puedo colaborar en el huerto. —No sabía gran cosa, pero mis manos recordaban las tardes ayudando a mamá en el jardín de casa. Aquello debería bastar.
—Estupendo —dijo, dedicándome una gran sonrisa. Como si hubiera contestado una pregunta dificilísima en un examen—. Charlie, ¿te apuntas con Iker?
—Con mi bro , siempre.
Alzó la mano para chocar los cinco. No sabía desde cuándo me había convertido en su bro y me daba algo de vergüenza eso de chocar la mano, pero le correspondí con un intento de sonrisa.
—Normas básicas —intervino Cris—. No hacemos preguntas personales. No damos consejos. Seguimos siempre las indicaciones de los trabajadores sociales, ¿vale?
—Y recordad nuestro lema: pequeños gestos de amor —puntualizó Sora.
El desayuno se fue disolviendo poco a poco. Obediente, tomé mis cosas y las llevé a las pilas para fregar, mientras que Álvaro se quedaba rezagado hablando con Rocío. Abrí el grifo y agradecí el agua fresquita.
Entonces alguien se colocó a mi lado.
—Gracias por ofrecerte con lo del huerto.
Sora apareció con más utensilios de los que había usado. Los platos comunes, las jarras de agua, los termos de café; todo lo que siempre acababa olvidado en la mesa pero alguien tenía que recoger.
—¿Tanto te sorprende? —pregunté, dedicándole al plato una atención ridículamente intensa para tratar de no sonreír.
—Sorprenderse no tiene por qué ser algo malo, ¿no?
La miré de reojo y vi que ella sí sonreía.
Deslizó la mano por delante de mí para alcanzar el friegaplatos que estaba a mi lado. Entonces lo vi. En la base de su muñeca, la piel estaba enrojecida, irregular, como una media luna mal dibujada.
—¿Qué te ha pasado? —pregunté, señalando.
Sora se miró la mano, como si acabara de acordarse de que la tenía herida. Aunque la marca aún se veía reciente; la piel estaba enrojecida y ligeramente brillante.
—Ah, esto. Nada, nada —le restó importancia—. Estuve ayudando con el desayuno y me he quemado con la cafetera. A veces soy un poco torpe, ya sabes.
El almacén. La gincana. Ahora el café.
¿La torpeza llegaba cuando yo estaba presente? ¿O era simple casualidad?
—Anda, déjame ver.
Aunque le tomé la mano con cuidado, despacio, la pillé un poco por sorpresa. Noté el pequeño sobresalto en sus dedos antes de que soltara el estropajo y me dejara hacer.
Quemadura. Superficial, pero mal aspecto. La piel aún estaba caliente y el centro más oscuro prometía ampolla.
—Estoy bien, no me duele —comentó ella.
—¿La has enfriado, al menos? —dije pasándole el dedo alrededor de la marca, apenas rozándola. Su piel estaba más suave de lo que esperaba.
—Sí…
—Échate crema. Deberían tener en la enfermería.
Alcé la vista y la encontré mirándome fijamente durante unos segundos. Un mechón se le había escapado junto a la sien, rebelde, y le rozaba la mejilla. El resto del pelo quedaba recogido bajo un pañuelo anudado a modo de bandana, en tonos cálidos.
—¿Eres médico? —preguntó.
—Casi —respondí con una mueca.
—Eso sí que es otra sorpresa.
No dije nada, solo me limité a apretar los labios. El ruido del campamento seguía alrededor, pero ahí, en ese espacio mínimo entre el fregadero y su muñeca, todo parecía más lento.
—No la dejes al aire —añadí, intentando rellenar el silencio—. Tápala un poco, ¿vale?
—Vale —respondió con voz suave, casi íntima.
Seguíamos con la mirada clavada el uno en el otro. Ninguno se mostraba dispuesto a apartarla primero.
—Todos los fregaderos ocupados, ¿me hacéis un hueco? —dijo entonces Álvaro, apareciendo de repente y dejando caer un montón de utensilios.
En ese mismo instante, solté la muñeca de Sora como si me hubiera quemado yo. Ella carraspeó algo nerviosa y continuó fregando el plato que había dejado a medias. Sentí un calor incomprensible en la cara mientras Álvaro me miraba de reojo, con una sonrisa traviesa.
—¿Y luego me la lías a mí? —susurró.
—No sé de qué hablas —respondí con la vista al frente.
No, no sabía de qué me hablaba. No quería saberlo.
Yo solo esperaba que Sora se echara la maldita crema.